De qué hablamos cuando hablamos de unidad

Claudia Bernazza

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“Perón diferenciaba tres niveles para [la] unidad de concepción: la doctrina, que es el conjunto básico de valores que un movimiento impulsa; la teoría, que son los mecanismos de selección y capacitación de dirigentes, y los que asume la organización para tomar decisiones colectivas; y las formas de ejecución, que indican las líneas políticas principales de cada área de gobierno. Para que haya unidad se requiere que haya acuerdo en todas y cada una de estas dimensiones. El ideal de unidad peronista, por tanto, no debe dar lugar a melancolías, sino a un esfuerzo por superar aquello que la obstaculiza: el vacío doctrinario. Explicitar la doctrina también servirá para establecer los límites que indiquen claramente aquello que el peronismo excluye, por ejemplo, cualquier forma de reivindicación de las últimas dictaduras militares.Por eso, la solución, una vez más, es la política, que no consiste en convencernos de que tenemos razón hablando sólo con quienes ya piensan igual que nosotros, sino en debatir con quienes –a pesar de las diferencias– compartimos una base política común. Perón decía que ‘el motor impulsivo de la organización peronista debe ser la persuasión”.(Antonio Cafiero, 2010)

Quizás cometa una herejía. Pero quisiera leer el concepto de unidad, tan caro a la historia y la doctrina de nuestro movimiento, a la luz de los estudios de las relaciones de poder de la segunda mitad del siglo XX, en particular desde los aportes del pensador francés Michael Foucault. Para que no me lean con recelo, también voy a leer el concepto de unidad a la luz de nuestro fin último –la felicidad del Pueblo y la grandeza de la Nación– y teniendo en cuenta las banderas históricas que lo hacen posible: Soberanía Política, Independencia Económica y Justicia Social.

En estos principios fundantes, no casualmente, el concepto de unidad no aparece. No aparece porque la unidad es un medio, es la estrategia para el logro de estos objetivos, dirán ustedes. Seguramente, pero no aparece. Y creo que no aparece porque esa finalidad y esas banderas contrarían las finalidades y las banderas de los capitales concentrados y sus personeros. Nuestros principios suponen, necesariamente, una toma de posición, y esa posición acarrea tensiones y conflictos que repercuten en la construcción de la unidad queintentan sujetos sociales concretos en cada momento histórico. ¿La Unidad con quién? ¿Con quiénes? ¿Dónde termina el campo popular y comienza el territorio de los “vendepatria”? Dudas, recelos, marchas y contramarchas. Sospechas de traición a la causa del Pueblo. ¿Quiénes somos “nosotros”? ¿Quiénes “los otros”? La toma de posición define territorios y fronteras, así comolímites infranqueables (“Fulano o Fulanaes mi límite”).

La pregunta acerca de quiénes serían convocados a la “unidad” tiene un sinnúmero de respuestas posibles. A esta pregunta retórica, de tipo racional, no se le puede dar una respuesta en abstracto. En los territorios y situaciones concretas, en el entramado de razones y emociones que nos atraviesa, la “unidad” es la unidad posible en cada momento y en cada correlación de fuerzas. Para resolver la distancia entre nuestraaspiración a la “unidad” y la unidad posible o unidad situada, los peronistas debemos profundizar en un concepto que practicamos mucho pero conocemos poco: el poder, o mejor dicho, las relaciones de poder, la distribución del poder, la lucha por el poder, la correlación de fuerzas en cada momento y en cada territorio. Para alcanzar el poder en cada etapa histórica, las fuerzas populares tuvieron que lidiar con fuerzas imperiales y, finalmente, con un capitalismo extractivo que se hizo de los resortes de la región. Para torcer la voluntad de los imperios, del poder económico o de las elites propietarias, se libraron batallas reales y formales. El poder popular se construyó, así, a sangre y fuego. Hombres y mujeres de carne y hueso dieron su vida para que se reconocieran derechos. Nuestra historia está plagada de martirios, desapariciones y muertes. La memoria no da cuenta de todos los nombres y apellidos, tampoco hay un recuerdo pormenorizado de todas las tribus, etnias o colectivos –sindicales, políticos, sociales–que se involucraron hasta dar la vida, por eso la memoria es una construcción permanente. Frente a fuerzas contrarias a las grandes mayorías se luchó, se conquistó, se negoció, se acordó, se abdicó, se retrocedió o se avanzó según la correlación de fuerzas en cada momento. La unidad de las mayorías fue la quimera siempre, pero cada sujeto que lideró estas luchas propuso una estrategia diferente frente a las clases dominantes y los señores del capital. El acuerdo alrededor de estas estrategias casi nunca fue unánime, y la unidad de concepción se estrelló en numerosas ocasiones contra una fragmentación de la acción.

Michel Foucault puede acercarnos algunas pistas para comprender esta realidad. El poder produce sujetos. Produce creencias y cultura, por eso persiste, no por sus ejércitosy sus políticas represivas.[i]El poder necesita sujetos convencidos acerca de la bondad de las instituciones y prácticas que propone. Esto losaben los poderes fácticos interesados en gobernar Latinoamérica. Ya han aprendido (ellos también leen a Foucault) que no necesitan ejércitos:en la era de las comunicaciones, sus prácticas brutales dejan demasiados rastros y el mundo se horroriza. Si bien estos poderes siguen echando mano de matones y ejércitos, policías y grupos parapoliciales, en las últimas décadas se han dedicado a construir un sistema mediático judicial mucho más eficiente: este sistema produce definiciones tales como “políticos corruptos”, “pibes chorros”, “extranjeros morochos –paraguayos, bolivianos o lo que mejor cuadre en cada caso–que roban el trabajo de los nacionales”, “empleados públicos vagos”, entre otros estigmas que generan tribus irreconciliables dentro del campo popular. A partir de estas definiciones, el sistema produce sujetos capaces de dar la vida por el exterminio de estas tribus.

Nuestro desafío, desde siempre, es fortalecer, ampliar o despertar la conciencia de sí mismos de los trabajadores. El 17 de octubre de 1945 Juan Perón afirmó que interpretaba al Movimiento como un renacimiento de la conciencia de los trabajadores, que “es lo único que puede hacer grande e inmortal a la Nación”. En la resistencia, desde el gobierno, desde las grietas del poder instituido, vamos en busca de nuestros compatriotas para enarbolar las banderas y luchar por las causas que nos identifican.

Nuestra fuerza política es el producto de un liderazgo que supo despertar una conciencia dormida. Movimientos de masas nacen de una conciencia colectiva que encuentra su voz en líderes que la expresan con contundencia y claridad. Se inician así procesos de acumulación para desequilibrar, en favor de nuestros ideales, la correlación de fuerzas. El sujeto colectivo que emerge de estos procesosmotoriza la historia yendo al encuentro de otros sujetos colectivos o, lo que es más desafiante, al encuentro de personas indiferentes o “enojadas” con la política.

La unidad es, en definitiva, un esfuerzo situado para reunir voluntades alrededor de las causas de las mayorías. Cuanto mejor expresen estas causas líderes y referentes, más voluntades se reunirán. La unidad del campo nacional popular es, siempre, un desafío mayúsculo, porque este campo ha sido penetrado por poderes fácticos que necesitan construir sujetos dóciles a sus mandatos.

Finalmente: una conciencia nacional no se produce desde los estamentos de un partido político. Ya lo expresó con claridad Perón,así que huelgan los comentarios. Un partido es un instrumento electoral, mientras el desafío al que estamos llamados es de otra naturaleza: la reunión de voluntades alrededor de ideas, causas y estrategias que asumimos como opción de vida.

Por eso, en cada etapa, vamos al encuentro de las iniciativas populares que buscan alcanzar nuestras mismas metas. Conscientes de que este encuentro parirá el sujeto político de la hora.Si en este proceso de acumulación quedan atrás viejos compañeros de ruta, antiguos integrantes del buró de nuestros partidos, esto forma parte de la única verdad: la realidad. La construcción de mayorías es un proceso dinámico y situado que sobrepasa ampliamente los rígidos límites de un partido.En los partidos podemos ver “fotos” de cómo se organiza formalmente la propuesta electoral de una fuerza política, podemos participar de espacios de formación, debatir y consolidar programas, pero eso no es suficiente.

Nuestra vocación es la construcción de un movimiento situado en su realidad y su tiempo.Esta vocación se expresa reuniendo voluntades o, dicho en forma más explícita, acumulando poder alrededor de los liderazgos que cada uno reconoce. Líderes y referentes surgidos de este proceso promoverán la unidad, aunque saben, tanto como Foucault, que la unidad es una producción histórica, dinámica, que sucede si se logra una buena lectura de época y, en definitiva, expresar los anhelos, intereses y utopías de las grandes mayorías.

Si se hubiese trabajado intensamente en la unidad del partido Conservador o del Radical, el justicialismo nunca hubiese nacido. Un líder encarcelado y una plaza con patas en la fuente fue un nuevo polo de atracción, inició un nuevo proceso de acumulación que se acrecentó con los años y los aciertos. Esa acumulación continúa, porque las fuerzas populares son un río interminable cruzando la historia. Aquí estamos, cada uno desde sus convicciones, escribiendo el capítulo de este tiempo.

Bibliografía

Cafiero, Antonio (2010): “La unidad del peronismo”.Página/12, 22/6/2010.

Giraldo Díaz, Reinaldo (2006): “Poder y resistencia en Michel Foucault”. Tabula Rasa 4, Bogotá.


[i]“Foucault encuentra innecesario describir el poder en términos negativos, como lo que excluye, reprime, inhibe, censura, abstrae, enmascara, y esconde. Deja de entender el poder mediante el modelo jurídico, centrado en el Rey y en los aparatos normativos del Estado, y realiza un desplazamiento de esa concepción jurídica del poder, negativa y represiva (…), a una productiva, creativa del poder. (…) Aunque cambia su noción de resistencia, no la concibe de manera negativa, sino como un proceso de creación y de transformación permanente; la resistencia no es una sustancia y no es anterior al poder, es coextensiva al poder, tan móvil, tan inventiva y tan productiva como él; existe sólo en acto como despliegue de fuerza, como lucha, como guerra. (…) Después de mayo del 68 para Foucault los temas del poder y de la dominación pasaron al primer plano. (…) Comenzó a insistir en la conexión entre razón y poder. En adelante no estudiará solamente los sistemas de exclusión, lo que la razón reprime, es decir, la función negativa, excluyente y represora del poder, sino su fuerza positiva y productiva. (…) La derecha, nos dice Foucault, se planteaba el problema del poder únicamente en términos de constitución, de soberanía, es decir, en términos jurídicos; y el marxismo en términos de aparato de Estado. El modo como se ejercía concretamente y en el detalle, con su especificidad, sus técnicas y sus tácticas no se buscaba; bastaba con denunciarlo en el ‘otro’, en el adversario, de un modo a la vez polémico y global, (…) pero nunca se analizaba la mecánica del poder. (…) [El poder] no actúa por represión sino por normalización, por lo cual no se limita a la exclusión ni a la prohibición, ni se expresa ni está prioritariamente en la ley. El poder produce positivamente sujetos, discursos, saberes, verdades, realidades que penetran todos los nexos sociales, razón por la cual no está localizado, sino en multiplicidad de redes de poder en constante transformación, las cuales se conectan e interrelacionan entre las diferentes estrategias” (Giraldo Díaz, 2006).

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