Un alegato imprescindible

Leandro Morgenfeld

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Reseña del libro de Noemí Brenta: Historia de la deuda externa argentina. De Martínez de Hoz a Macri. Buenos Aires, Capital Intelectual, 2019, 240 páginas.

 

La deuda externa, que amenaza nuevamente con ser eterna, se ha vuelto un tema acuciante para la Argentina presente y futura, y Noemí Brenta, con un estilo incisivo y accesible para todo público, reconstruye una problemática de larga data pero que alcanzó una dimensión inmanejable desde la última dictadura militar.

En primer término, la autora explica qué es la deuda externa, sus distintas definiciones, las señales de peligro de caer en la insolvencia externa –reservas y acceso al crédito insuficientes para cumplir sus pagos en las condiciones promedio del mercado– y los riesgos de la iliquidez fiscal. La autora expone con precisión y claridad lo que suelen ser términos técnicos, cuya comprensión se pretende inaccesible al ciudadano medio.

Luego el libro sigue un orden cronológico, a partir de la deuda odiosa de la dictadura, por la cual Argentina pasó a ser el tercer país más endeudado del mundo, sólo detrás de Brasil y México. En ese período, que terminó con una estatización de buena parte de la deuda privada, se generaron las condiciones de la imposibilidad del pago. Así, en los años siguientes ocurriría lo que Henry Kissinger ya había planteado, como objetivo, en una reunión de la Comisión Trilateral: “yo prefiero que las naciones deudoras paguen sus obligaciones externas con activos reales a los bancos acreedores, con la entrega del patrimonio de las empresas públicas”.

En el comienzo del gobierno de Alfonsín hubo un tibio intento de discernir la legitimidad de la deuda contraída por los militares –en febrero de 1984 se creó en el Senado la Comisión Investigadora de Ilícitos Económicos–, pero ese y otros intentos en el ámbito regional fueron abortados tras el “giro realista” de septiembre de ese año. Así, los bancos estadounidenses terminaron inclinando el tablero y Argentina terminó acogiéndose al Plan Baker y luego, ya con Cavallo durante el menemismo, al Plan Brady. En el marco del Consenso de Washington avanzaron las privatizaciones y se consolidó la sumisión a los organismos financieros internacionales, aumentando cada vez más la deuda, a pesar de haber perdido las empresas estatales y pagado cuantiosas sumas por capital e intereses. El abultado endeudamiento externo siguió su imparable ascenso durante el gobierno de la Alianza, con el blindaje y el megacanje, financiando la fuga, hasta el corralito y el inevitable default.

Brenta analiza en detalle los canjes de 2005 y 2010 durante el kirchnerismo, el pago anticipado de la deuda con el FMI, los laudos internacionales, el arreglo con el Club de París y el duro conflicto con los fondos buitres. El capítulo final, “La recaída”, se centra en el nuevo ciclo de endeudamiento iniciado durante el macrismo, que derivó, en 2018, en la vuelta al FMI, además de la reaparición de la deuda externa como una bomba de tiempo que amenaza con explotar más temprano que tarde.

El despojo de los bienes del deudor, sostiene Brenta, es siempre la contracara del sobreendeudamiento, lo que en el caso de la Argentina la transformó en un país condenado a “transferir valor a los acreedores, extraído del trabajo y bienestar de sus habitantes, para atender deudas que sólo sirvieron para sostener programas económicos inviables, enriquecer a los especuladores, fugar capital y pagar las mismas deudas más sus intereses, comisiones y cargos de todo tipo”.

En las conclusiones se pregunta por qué debería preocuparnos este tema, generalmente ausente en el debate político, incluso en años electorales. Las respuestas son tres: a) porque exportar principalmente materias de precios volátiles genera inestabilidad económica; b) porque Argentina se subordina así al caótico capitalismo financiero global; y c) porque la desposesión por deuda, como explica David Harvey, es parte del sobreendeudamiento.

El futuro argentino parece bastante negro, teniendo en cuenta que en 2022 y 2023 hay vencimientos de deuda por 35.000 y 39.000 millones de dólares, y serias dificultades para renegociar los pagos o tomar nueva deuda, tras los más de 180.000 millones tomados por el gobierno de Macri. Para Martín Guzmán, economista de la Universidad de Columbia, los problemas incluso pueden llegar antes: “En el 2020 el tema central será la deuda externa del sector público. Cuando el gobierno acuda nuevamente a los mercados internacionales para refinanciar las deudas que vencen, es muy probable que enfrente disyuntivas delicadas. Pero si no hay un cambio de expectativas sobre el sendero que está transitando Argentina, la carga de deuda se tornará difícil de sostener. Hacer un roll-over de los vencimientos de deuda en moneda extranjera a un costo de refinanciamiento más alto en una economía que no despega sería un golpe fatal para la economía argentina, porque la forzaría a asignar en lo sucesivo una porción mayor de las ya estancadas divisas que el país genera para pagar deuda. Llegada esa situación, el gobierno estaría forzado a elegir entre dos caminos: uno de costos de servicio de deuda crecientes, con más austeridad y más recesión; u otro que conlleve una costosa reestructuración de deuda que no será nada sencilla, máxime teniendo en cuenta los marcos bajo los cuales el actual gobierno decidió endeudarse” (Página/12, 2 de mayo de 2019).

Este libro, en síntesis, es un alegato imprescindible para abordar una de las principales debilidades de la economía argentina de las últimas cuatro décadas, y una invitación a repensar alternativas a la hora de superar la sujeción al sistema financiero internacional.

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