Slams de poesía oral: el sonido justo

Tomás Rosner

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[Foto de Mili Morsella]

 

La poesía se recitaba y se gritaba en las calles hasta que se transformó en una experiencia solitaria y solemne. Los slams retomaron la tradición oral para revitalizar el género.

 

3’20’’ para dejar todo

Los slams son competencias de poesía oral. Cada poeta tiene tres minutos y veinte segundos para recitar o leer un texto propio. Algunos leen, pero muchos llevan sus poemas memorizados y las intervenciones son teatrales. Las notas las pone un jurado elegido al voleo entre el público, que suele ser mucho y estar escabiado. Al final de la noche hay un podio, pero lo más importante no es ganar, sino el río de poesía que pasa en el medio.

Como puede verse en el link al video de Diego Arbit y Sol Fantín, es una poesía coloquial, fresca, bien distinta a la concepción más clásica del género: https://www.youtube.com/watch?v=AtuR18nYqe4&t=42s. Si no, también está este de Paz Del Percio haciendo una versión muy particular del clásico de Los Fatales, “Bicho Bicho”: https://www.youtube.com/watch?v=WXNY2RyFNVQ.

 

¿Cómo sobrevivir al mundo?

El mundo es un lugar hostil, quien piense lo contrario no sabe dónde está parado, escribió alguna vez Fabián Casas, uno de mis escritores argentinos preferidos. Hace poco me respondió un mail y me agarraron palpitaciones. Esto no tiene nada que ver con la nota. Un buen editor me lo haría borrar.

Retomando el hilo: los que crecimos en los 90 vimos el antes y el después de Internet. El mundo cambió muchísimo, pero los niveles de agresividad que maneja el planeta son los mismos. Un camino para sobrevivir –al menos espiritualmente hablando– es la poesía que, de la mano de los slams, tomó una forma mucho menos acartonada: ya no se usan palabras que nadie conoce y se evitan las adjetivaciones floridas. Además, apunta a la vida cotidiana. Nada de “la hiedra ultraja el gélido estanque”. En definitiva, una poesía que nos queda cerca, tanto en los temas que toca como en la distancia que hay que recorrer para encontrarla. Sólo en Buenos Aires hay seis slams y en la mayoría de las provincias hace rato que también se hacen torneos.

 

¿Tiene sentido una competencia de poesía?

El formato viene importado de Nueva York. Al que se acerca –me pasó, claro– le hace ruido que la poesía se transforme en un campeonato. Pero cuando estás ahí lo entendés.

En una escena antológica de televisión, Andy Chango le contaba a Mauro Viale que había sido jurado en una Cannabis Cup. Mauro cuestionaba la capacidad para calificar con objetividad en “un certamen de esas características” y ahí Andy le hacía una toma de aikido: “a quién le importa, Mauro: es un mundial de marihuana, no Miss Universo”. Bueno, con los slams pasa lo mismo. No importa demasiado quién gana, pero hay un saldo: el esquema de torneo favorece al espectáculo. El otro día, Verónica Stewart, organizadora del slam Justa Poética, me decía: “suena un poco gorra, pero descubrimos que cuanto más hincapié ponemos en las reglas, el juego se pone más divertido. Aparte, así podemos asegurar un tiempo de duración: eso es clave para el público, porque el slam es un espectáculo cultural como cualquier otro”.

Diego Arbit, referente del arte independiente porteño y fundador del Slam Capital allá por 2011, apunta a lo mismo: “el slam es un espectáculo y se piensa como tal. Hay conciencia de que se lee o recita para un público presente y, como en toda competencia, hay deporte y entrenamiento. La gente escribe textos especialmente para la ocasión, no es como en las lecturas de poesía donde cada uno elige una parte de su repertorio”.

 

De la política a la poesía oral

Conocí la movida de casualidad. En 2015 estaba muy metido en política y terminaba el año con un récord de elecciones perdidas: Buenos Aires, Río Negro, la facultad y las nacionales. Más allá de las derrotas, lo más doloroso había sido ver la miseria total en la interna del peronismo: previo a la primera vuelta fue horrible, y las semanas anteriores al ballotage la cosa se volvió directamente irrespirable. Después, lo que todos sabemos: Macri.

Me había jugado un pleno de diez años en política y las cosas no habían salido como esperaba. Ni lo personal, ni lo colectivo. Busqué agarrarme de algo: volví a escribir y empecé a leer como un loco. En eso, invité a salir a una piba que me encantaba –ahora somos novios. La excusa era intercambiar libros. Yo me olvidé, pero ella cayó con uno de Juan Xiet y otro de Diego Arbit: no los tenía para nada. “Pasa que son del under”. Los leí y me partieron la cabeza. Los busqué en redes y vi que organizaban un slam. Me mandé. Tenía la remera toda aureolada del cagazo, me trataron joya –aplauden a todos, hay re buena onda– y vi un montón de poetas buenísimos. Salí hiperestimulado. Me hubiera injertado dos manos más para tener cuatro y escribir como un pulpo sacado.

 

Impacto político del slam

Los tiempos de crisis económica son también momentos de fortalecimiento para las resistencias culturales. Natalia Tamara Rosa, que representó al país en el mundial de slam en Brasil, dice que la poesía oral va de la mano con la denuncia. “Al recitarse, lo personal se vuelve político: hay conciencia de la herramienta de lucha. Por eso, muchos de los textos tienen que ver con objeciones sociales”.

Un slammer que se mete con los temas sociales, pero desde el humor, es Maxo Garrone, que salió campeón del Slam Capital en 2016 al grito de “hay que meter a los chetos presos porque nacen con el corazón con iva y se embarazan para seguir evadiendo impuestos”: https://www.youtube.com/watch?v=ga9S9E-1idQ.

So Sonia también es crack y organiza del slam zona sur. Según ella: “se genera un espacio de escucha muy activa donde el público sale de esa pasividad a la que el capitalismo nos somete como espectadores. Además, es un espacio de profunda democratización de la palabra”.

Pau Impala organiza el slam de Quilmes que empezó hace unos meses y cuenta que, en la primera edición, para la mitad de los inscriptos era su debut leyendo en público. Sus palabras me llevan a pensar que evidentemente hay una necesidad de salir a expresarse con el cuerpo y en la vida real: no alcanzan las historias de Instagram.

Verónica Stewart también dice que “si bien quienes organizan La Justa tienen diferentes perspectivas, hay posicionamientos que se comparten y se acuerdan manifestar hacia afuera. Por ejemplo, el feminismo se presenta como faro. Gracias a eso resolvieron acompañar distintas luchas, como la del aborto legal”.

Una cuenta pendiente es aceitar el vínculo entre los slams de Buenos Aires y las provincias del país. Hace poco el slam de Bariloche recibió a los integrantes de La Justa: ese intercambio cara a cara es clave.

 

Recuperar la tradición oral

En El Narrador, Walter Benjamin hablaba de la crisis de la experiencia a mediados de siglo y la asociaba a la pérdida de la tradición oral. Ahora, el panorama se parece bastante. Vivimos en la constante interrupción. Ni a palos hay que demonizar a las redes sociales. Es más, favorecen la difusión de este tipo de eventos, pero hay que hacerse cargo de que nos resulta difícil mantener la atención en cualquier cosa por más de veinte minutos. Por eso, es llamativo ver cómo en los slams la gente se compromete con lo que está pasando. No tiene nada que ver con esas lecturas de poetas para poetas, con monólogos eternos sin levantar la mirada de la hoja. Pasa mucho que viene gente por primera vez y te dice: “che, al final me gustaba la poesía”. Eso es hermoso, porque es una transformación en la vida del espectador. Es que, como dice Natalia Tamara, “no es necesario hablar en rima para ser poeta. Es clave hacer visible que la poesía no está en un altar inalcanzable”. Su reflexión me hace acordar al Manifiesto de Nicanor Parra.

La idea de que la literatura se limita a la lectura de una novela o a lo solemne es parte de esa crisis de la experiencia colectiva. Como decía Juan Gil de Biedma, “el poema es un organismo acústico. Hay que leerlo de corrido, no detenerse línea por línea. Y, en lo posible, en voz alta. Hasta que se inventó la imprenta, la sensibilidad literaria era auditiva: uno leía mejor si leía a viva voz”.

 

El slam como herramienta de formación para los abogados

Empieza 2018, es una tarde de calor ecuatoriano y vamos con Nico al Konex porque toca Flopa. El sol le da en la cara, pero ella está adherida a la guitarra y se la recontra banca. Cuando termina nos quedamos a tripa abierta, como siempre después de sus recitales. Nos alejamos rápido de la gente para charlar tranquilos. Él tiene una comisión en la Facultad de Derecho y me propone que vuelva a dar clases. Le digo que ni en pedo. Cuando dejé la política también corté con la docencia: identifiqué que, como tantas cosas de mi vida, no la estaba disfrutando. Hablamos entre paréntesis, nos vamos por las ramas, intentamos recordar citas de escritores. Nico es como Ronaldinho Gaúcho, que miraba para un lado y metía el pase para el otro: me recomienda libros que todavía no leyó, pero que sabe que me van a interesar. Anoto todo en una libreta. “Tenés que hablar de justicia poética”. Negociamos y al final doy algo que se llama “Derecho y Literatura”. Ahí dedico una parte del módulo a que los estudiantes conozcan los slams de poesía. Es que el abogado también tiene para aprender de la poesía oral: ayuda a ser sintético, a generar un discurso que tenga en cuenta la sensibilidad de los oyentes, mejora la capacidad retórica para ir a un juicio oral y, lo más importante, hace más llevadera una vida llena de plazos, conflictos, presiones y jefes mierderos.

 

Encontrar la propia voz

Parece autoayuda berreta, pero ir a leer o a escuchar los slams puede ser muy sanador: te saca del enrosque. En las noches de slam uno conoce gente, nadie te mira mal: es como esas playas de Brasil donde podés tener una busarda de cerveza descomunal y nadie te va a poner carita de asco a lo Pinamar. Cuando una línea de algún poeta te gusta en particular, podés demostrarlo haciendo chasquear los dedos: casi como un subrayado de la experiencia oral.

Checha Kadener es un ícono del circuito slammer. Me acuerdo la primera vez que la vi en escena: me pasó un tren por encima. Checha se considera actriz antes que poeta. Ella dice que sus textos están teñidos de problemáticas sociales o de su condición de gorda, y que les mete humor porque la reflexión es más potente cuando hay risas. En el slam el humor tiene un lugar privilegiado.

Pedro Barrilete, varias veces campeón del slam, me cuenta que le encanta escribir y en el slam puede llegar a un montón de personas sin intermediarios, trámites ni ediciones. “Al principio sentía que mi cuerpo era un obstáculo con el público. Ahora entendí que es un puente. Gracias al slam me reconcilié con mi cuerpo y mi voz”. Algo parecido dice Javier Martínez Conde: “trato de escribir con mi voz, sinceramente, exponer las raíces de los dolores, abrazar la incomodidad”.

Creo que para todos los que pasamos por la movida es una experiencia que nos marcó y nos sirvió para producir más textos: ni bien me entero que hay una fecha me dan ganas de preparar algo nuevo ya.

Si la literatura es un gran lago que hay que alimentar, el slam permite generar nuestro propio hilo de agua. En definitiva, como dice el escritor chileno Alejandro Zambra, el desafío de los escritores jóvenes es “encontrarnos con el peso de las palabras, reconquistar su necesidad, incluso cuando sabemos que se han vuelto transitorias, más perecederas, más borrables que nunca”.

 

Tomás Rosner es abogado, poeta oral, autor de Ginseng, editado por Modesto Rimba en 2018. Además, selecciona citas literarias en el Instagram @los_fatales.

 

 

 

 

 

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