Trabajo y empleo en el siglo XXI: hacia un modelo de producción, ingreso social y participación popular

Alberto Ramírez

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Entre el informe de Bialet Massé sobre el estado de las clases obreras argentinas y aquella discusión planteada a fines del siglo XX por el autor norteamericano Jeremy Rifkin en pleno auge neoliberal en torno al “fin del trabajo”, hay casi cien años de historia social, sindical y política en la Argentina, en los que se cruzan el Estado y el movimiento obrero, la conquista de los derechos laborales, la formación del modelo productivo industrial y, como contrapartida, las luchas frente a los gobiernos conservadores y neoliberales cuyas políticas tuvieron como consecuencia la desocupación masiva y la destrucción de ese aparato productivo industrial.

Ambas referencias tienen un sentido de cara a la Argentina posneoliberal que se viene con la gestión de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner. Respecto del informe de Bialet Massé, que había recogido la experiencia real del trabajo en cada provincia, tiene sentido analizarlo para repensar nuestra Patria en su totalidad geográfica y en los cambios producidos por tantos años de disputa entre el modelo nacional y popular encarnado centralmente desde el peronismo y el modelo neoliberal asociado al capital trasnacional expresado por los gobiernos dictatoriales y conservadores. Es decir, como hizo Bialet Massé debemos hacer una análisis real y certero acerca de con qué formas de trabajo y empleo contamos hoy, y desde ese diagnóstico real ver qué queda de lo que fue la instalación de un modelo productivo fabril, de aquella clase obrera politizada y movilizada con convenios colectivos de trabajo, con alta tasa de sindicalización y con un Estado fuerte y presente en la resolución de los conflictos laborales.

Con relación a la otra referencia mencionada, nunca compartimos la idea del “fin del trabajo”. Para nuestra población, desde la cultura popular el trabajo sigue siendo el ordenador de la vida cotidiana. No obstante, sí debe analizarse cómo se expresa hoy el acceso al empleo en tanto trabajo remunerado y en tanto ingreso económico que no necesariamente parte de una relación de dependencia tradicional patrón-empleado y de una plusvalía capturada por el propietario del medio de producción, aunque sí existe un capitalismo que adopta múltiples caras, pero que no necesariamente se expresa en los términos tradicionales de la explotación fabril, minera o campesina.

Hoy la franja de trabajadores del Estado, de servicios, integrantes de cooperativas de trabajo y cuentapropistas supera ampliamente el sector productivo industrial, estimado en alrededor de un 20% de la población económicamente activa. Si a ellos agregamos que hay alrededor de un 35% de trabajo informal, “en negro”, asistimos a una configuración del movimiento obrero que dista mucho del clásico modelo sindical argentino y su correlativo modelo productivo.

Paralelamente, se registra un retroceso en la conciencia en sí de la clase obrera, sobre todo en franjas de la población que han tenido dificultades de acceso a un trabajo formal, varias generaciones que convivieron con desocupación o trabajo precario, que contaban con edades de ingreso al mercado de trabajo desde los tiempos de la hiperinflación de finales del gobierno de Alfonsín, durante el auge neoliberal y hasta la llegada de Néstor Kirchner al gobierno. Con ello se fue perdiendo el hábito de la jornada de trabajo regular, el ingreso salarial sostenido en el tiempo, la concentración del trabajo en una misma planta y bajo un mismo convenio colectivo de trabajo, la solidaridad de clase y la toma de decisiones colectivas, al menos en una porción importante de la clase trabajadora argentina. También la aplicación de nuevas tecnologías y la modificación de los modelos productivos derivaron en cambios en la organización laboral.

A pesar de este panorama descripto, existe en nuestro país un movimiento sindical fuerte, una renovación de dirigentes y una capacidad de respuesta que, asociada a los nuevos movimientos sociales –centralmente las organizaciones sociales de trabajadores desocupados, movimientos de cooperativas de trabajo, trabajadores de la agricultura familiar, de hábitat y de la economía popular y solidaria–, que conservan la potencia de frenar políticas de gobierno y defender o generar alternativas legislativas y de gestión ejecutiva.

Desandar estos cuatro años de agresión al movimiento sindical, eliminación o congelamiento de leyes laborales y puestos de trabajo, desocupación y ataque a la industria nacional, no será fácil. Pero contamos con cuadros formados, técnicos y profesionales capacitados y con experiencia, tanto en la gestión como en la generación de puestos de trabajo. Será nuevamente necesaria la emergencia ocupacional, un audaz plan de empleo que rápidamente permita visualizar en cada territorio y en cada barrio que existe un nuevo gobierno atendiendo las necesidades del Pueblo y generando el círculo virtuoso del salario y el consumo popular, alimentando a su vez la producción industrial y el comercio interno.

En cien días de gestión debemos generar cien puestos por cada barrio, con salario digno, y desde allí multiplicar tantos barrios por distrito, más tantos distritos por cada provincia y tantas provincias que, en su conjunto, nos permitan decir que en esos días generamos una cantidad de puestos de trabajo que naturalmente reactiven nuestra economía en el marco de la crisis en que nos deja el gobierno de Cambiemos.

Articulando con el territorio como centro de la generación del empleo y dando respuestas inmediatas que articulen recursos económicos y humanos de los tres estados –nacional, provincial y municipal– junto a los tres estamentos de intervención –funcionarios, trabajadores del Estado y organizaciones de la comunidad–, estaremos en condiciones de iniciar la recuperación de un proyecto nacional, popular, federal y democrático, inclusivo e igualitario.

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