Deuda e ideología de los actores

María Teresa Piñero

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La deuda contraída por Macri implica un serio condicionamiento a las políticas del futuro gobierno, teniendo en cuenta su peso y magnitud, ambos extraordinarios. Las políticas económico financieras capaces de hacer frente a los daños producidos y detener el circuito perverso de endeudamiento deberán ir acompañadas de dispositivos que signifiquen su carácter de efecto neoliberal, tanto para la ciudadanía como para los actores políticos que deciden.

Para argumentar lo afirmado comencemos por marcar la naturaleza de la deuda. Desde nuestra perspectiva, la deuda pública en los países periféricos se enlaza a las mismas condiciones de acumulación, reproducción y distribución de su capitalismo: un capitalismo dependiente de los ciclos de los países centrales, que instituyó la deuda desde nuestros orígenes como principal mecanismo de sujeción colonialista y chantaje político. Wionczek (1969) advertía ya entonces que el tema de la deuda pública era una muralla secreta para los gobiernos, pues implicaba un mecanismo de manejo nacional de las políticas internas, un motor de acumulación interno cortoplacista pero estabilizador de insanos ciclos de desajustes fiscales y monetarios coyunturales. Un alivio extorsivo.

Su permanente refinanciamiento a través de mecanismos disciplinadores de poder –como los condicionamientos– los han constituido en instrumentos de control y de sometimiento tanto político como económico, produciendo la desposesión de los recursos que debieran ser utilizados para enfrentar las condiciones de extrema desigualdad por la que atraviesa tanto Argentina como los demás países latinoamericanos. Es en el año 2005 que este ciclo se cierra, al decidirse como política de Estado anudar autonomía nacional con resolución de la infinitud del circuito de la deuda pública argentina. La política –aun en un contexto de imperio del neoliberalismo en el mundo– fue desendeudarse, achicar la dependencia ampliando las posibilidades de manejo del capital según objetivos nacionales.

La historia cambió con el nuevo gobierno a partir de 2015. El endeudamiento macrista tuvo dos circuitos: el primero fue la colocación de deuda pública en el mercado, lo que no es inédito. Pero su crecimiento sí lo fue, debido a la emergencia del llamado mercado de la deuda en el mundo, producto de su espiralamiento y velocidad de reproducción por los efectos financieros emergentes de la crisis de 2009. Y también fue inédito el hecho de que el macrismo –al revés de lo que hicieron los Estados en general al poner controles internos– se dedicó a barrer las regulaciones sobre el mercado de la deuda, con la expectativa infantil de “atraer inversiones”.

El segundo ciclo fue la deuda con el FMI, quien vuelve a ser enemigo, pero conocido al fin. No así el mercado privado de la deuda, el entregado a los actores particulares del capital, que no fue significado como riesgoso: al contrario, fue ampliamente legitimado por el Congreso de la Nación, en ocasión de las leyes de pago a fondos buitres[1]. El Congreso legitimó un nuevo mecanismo para su manejo, y la sujetó a mecanismos de mercado.

Lo que me interesa marcar es que, si el primer ciclo de endeudamiento macrista fue legitimado en el Congreso de la Nación –y no la obra de un sujeto padeciente de hybris solitario–, es necesario abrir un espacio de debate sobre la narrativa necesaria para construir conexiones significativas comunes sobre la naturaleza del proceso del endeudamiento y el futuro de las acciones políticas por parte de quienes hoy, siendo actores del nuevo proceso, fueron legisladores entonces.

Nuestro estudio (Piñero, 2017) sobre las representaciones de los legisladores que votaron por el pago de fondos buitres –por el “sí al pago”–, tal como lo proponía el gobierno de Macri, dio como resultado cuestiones interesantes que trascendían las maneras de abordar las temáticas de deuda tal como se había comprendido hasta entonces, en su carácter de problema público. Sabemos que fue momento de alianzas o coaliciones y realineamientos políticos importantes que se cristalizaron en ese debate, ya que fue la primera ley que Macri envió al Congreso y que inauguró la etapa de Cambiemos y sus aliados, circunstanciales o no. Envío repentino y con urgencia que obligó a pronunciamientos disruptivos y en ocasiones marcadamente espontáneos. Seguimos a Van Dyjk (2005) en su formulación de los vínculos entre ideología, política y discursos, en tanto los discursos hacen observables las ideologías en el sentido que es sólo en el discurso que ellas pueden ser explícitamente expresadas y formuladas.

El estudio de los debates[2] nos permitió pensar la dimensión de creencias y representaciones políticas en relación a una constelación de problemas que emergen tangencialmente de una cuestión que a priori parece ser de una dimensión ajena, por su carácter de internacional. Para los del “sí al pago”, la deuda se ramificó en una red de representaciones positivas por su vinculación a las dimensiones de lo privado, tanto por la consideración de los actores que intervienen, por el mecanismo que los ligó –el contrato–, por el carácter definitivo y cierto que se le atribuye a la autoridad que dice el derecho que se invoca –una sentencia de un juez norteamericano–, tanto como del carácter cósmico e inevitable del proceso que la vehiculiza –el capitalismo financiero– y la perpetuidad del lugar subordinado y periférico que le atribuyen a la Argentina por su tradición marcadamente “subdesarrollada”.

Las clásicas orientaciones hacia lo nacional o lo internacional que autores argentinos –Di Tella, Mora y Araujo y otros– marcaban referidas a los arraigos racionales-afectivos de los actores decisores de la política fueron una buena guía de análisis, así como otras más vinculadas al neoliberalismo de los años post 2009 que aparecieron como de sentido común en los discursos. Emergieron representaciones sobre la deuda pública, no como mecanismo de chantaje y extorsión y parte de una ideología que la convierte en mecanismo de mercado, sino como de naturaleza contractual privada –entre Estado y bonistas– y legítima por ser contraída entre sujetos, que son estimados como “libres e iguales”. Discursos que dibujaron una nueva jerarquía de derechos: valen más los de los actores en el mercado que los derechos sociales. El problema del pago es caracterizado como público, no por su carácter de efecto social injusto o devastador, sino en tanto responsabilidad de la sociedad por violar una “sagrada” promesa de pago. La subordinación del crecimiento y el desarrollo del país a la lógica de los mercados internacionales financieros se presentó normalizada como favorable. Frente al riesgo inminente de no pago se nominó un “futuro venturoso”, siendo las únicas fórmulas programáticas presentes en los discursos las vinculadas a la “inserción en el mundo”, consiguiendo nuevas formas de deuda. Así, crecimiento y desarrollo se vincularon a un modelo de desarrollo por endeudamiento internacional. En términos de discurso, se presentó la narrativa de un solo tipo de capitalismo como fuerza incontrolable que se sabe maligna pero se superpone fatalmente a la voluntad real de los gobernantes, lo que articulado a las representaciones ético-pragmáticas –presentes en “los del sí”– sobre la obligación moral de “honrar las deudas”, nos lleva a reflexionar sobre su funcionalidad como coartada “para futuros recortes, medidas y reformas a favor de la lógica de lo que Lazzarato (2013) designa “economía de la deuda”, el abre-puertas a la pobreza y resignación colectiva y al enriquecimiento de las minorías que la administran, reproducen y sostienen. La deuda como emergente en sus orígenes de contratos legítimos entre individuos es un dispositivo del neoliberalismo, así como se considera al capitalismo como un Cosmos –en el sentido griego–, como una fuerza incontrolable, suprema, anónima pero portadora de tradiciones culturales que imponen su jerarquía y efectos como acontecimientos naturales.

Finalmente, si la deuda aparece como condición de posibilidad de desarrollo nacional e inscripta en un esquema neoliberal pleno en el que su reestructuración se subordina a la lógica del mercado financiero, está claro que la política del nuevo gobierno debe hacer frente al problema de la deuda reivindicando estrategias soberanas de su tratamiento y desmontando los dispositivos ideológicos de la deuda. Lo cual deja abierto el interrogante en torno a los modos en que se puede y se debe subvertir esa lógica de sentido, y por lo tanto, de las maneras en que el nuevo gobierno debe construir a su interior y hacia afuera la batalla por los significantes de las nuevas formas de liberación de la deuda.

 

Bibliografía

Lazzarato M (2013): Gobernar a través de la deuda. Tecnologías de poder del capital neoliberal. Buenos Aires, Amorrortu.

Piñero MT (2017): “Debates sobre reestructuración de deuda externa en el Congreso de la Nación. El capitalismo financiero en la Argentina”. En Tensiones en la democracia argentina: Rupturas y continuidades en torno al neoliberalismo. Cuaderno de Investigación, Córdoba, CEA-FCS-UNC.

Van Dyjk T (2005): “Política, ideología y discurso”. Quórum Académico, 2-2.

Wionczek M (1969): “El endeudamiento público externo y los cambios sectoriales en la inversión privada extranjera de América Latina”. En La dependencia político-económica de América Latina, México, Siglo XXI.

[1] Ley 27.249 de “Normalización de la deuda pública y acceso al crédito público” de marzo de 2016 que implicó la derogación de las leyes denominadas “cerrojo” y “pago soberano de la deuda”.

[2] El entrecomillado de algunos lexemas remite a las palabras de los legisladores en ocasión del debate. Se seleccionaron aquellos de mayor frecuencia léxica. Para mayor detalle, consultar la investigación referenciada.

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