Una Argentina anticultural, entre el delirio y la desigualdad

Juan Pedro Denaday

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“La política, se dice, es una necesidad ineludible para la vida humana, tanto individual como social. Puesto que el hombre no es autárquico, sino que depende en su existencia de otros, el cuidado de ésta debe concernir a todos, sin lo cual la convivencia sería imposible. Misión y fin de la política es asegurar la vida en el sentido más amplio. Es ella quien hace posible al individuo perseguir en paz y tranquilidad sus fines no importunándole –es completamente indiferente en qué esfera de la vida se sitúen dichos fines: puede tratarse, en el sentido antiguo, de posibilitar que unos pocos se ocupen de la filosofía o, en el sentido moderno, de asegurar a muchos el sustento y un mínimo de felicidad” (Hannah Arendt).

En el marco de la actual pandemia mundial por el virus denominado COVID-19, en la Argentina se han presenciado algunas escenas dantescas. Las manifestaciones anticuarentena exhibieron grupos de la población que se encuentran en un estado de enajenación lindante con la psicosis, o sea, con la pérdida completa del sentido de realidad. Si bien el atractivo popular de las teorías conspirativas y las pseudociencias no representa ninguna novedad, hoy parecen encontrar un fácil canal de difusión a través de Internet, en mala compañía con falencias educativas crecientes. Un poco más llamativo es que las pseudociencias, la carencia de argumentación lógica y las conductas transgresoras arraiguen con fuerza en sectores extendidos de las élites. Ya en otras pandemias de siglos anteriores se registraron demandas y comportamientos semejantes en los actores interesados en priorizar las ganancias económicas sobre las medidas preventivas de salud pública. En la actualidad a ese predecible comportamiento se le añade en varios países –algunos de importancia geopolítica, como Estados Unidos y Brasil– la conducta delirante de sus propios primeros mandatarios.

En la Argentina, donde por suerte ha imperado el raciocinio y se ha escuchado a los expertos, lo bochornoso ha sido el intento de politizar la cuarentena por parte de un sector de la oposición. Hay quienes llegaron a afirmar, sin ruborizarse, que el presidente se había “enamorado” de la cuarentena, mientras algunos “intelectuales” firmaron una solicitada denunciando la existencia de una supuesta “infectadura”. Se puede ser un liberal-conservador o adoptar cualquier otra posición legítima en la disputa pública, pero otra cosa muy distinta es decir todo tipo de irresponsabilidades con tal de obtener rédito político. Hace pocos días murió por Coronavirus un militante radical que vivía en el barrio de Mataderos y se dedicaba a organizar marchas anticuarentena. En una de las fotografías estaba con Fernando Iglesias, un exaltado cuya explicación sobre lo humano y lo divino consiste en recurrir de un modo obsesivo a la supuesta culpabilidad omnipresente del peronismo. El diputado considera a este movimiento político una rémora del pasado, pero el anacrónico parece ser él: su lenguaje se asemeja al de un Comando Civil de los años cincuenta. Según informaron sus familiares a la prensa, el hombre fallecido hacía campaña a favor del PRO “para que no vuelvan los comunistas”. El ejemplo sirve para poner de relieve que los discursos radicalizados e irresponsables de sectores dirigentes no tienen efectos inocuos. Se advierte, en este aspecto, una clara diferencia interna en el PRO entre aquellos que tienen un discurso racional –Horacio Rodríguez Larreta, Jorge Macri, Nicolás Massot– y quienes infunden odio mediante discursos extremistas e irracionales –Iglesias, Patricia Bullrich, Mauricio Macri– en línea con la propaganda de baja estofa de un sector autorreferencial del “periodismo” interesado en arrastrar a los políticos opositores al fango de su propia batalla.

Otros propagadores de los discursos de odio que, de un tiempo a esta parte, recorren la vida pública a nivel mundial son la pléyade de economistas neoliberales que deambulan por los canales de televisión repitiendo con necia soberbia recetas ya tristemente célebres. A esta altura es dable sospechar que se trata más de una cuestión de meros intereses que de auténticas posiciones ideológicas. Una ubicación extrema dentro de esta corriente la expresan los llamados libertarios, con poco peso real entre la sociedad, pero con mucha presencia mediática. Si hubo un partidario de la autonomía individual y contrario al hombre masificado, ese fue Sigmund Freud. Pero la autonomía individual no significaba para Freud el ejercicio de una –imposible– libertad irrestricta. Por el contrario, para ingresar en la cultura y convivir con otros seres humanos, el individuo necesita de unas represiones internas para domeñar sus pulsiones y de un mundo exterior provisto de limitaciones jurídicas, cuyo respaldo último no es otro que el monopolio estatal de la fuerza. Porque, de hecho, la libertad individual, sostenía Freud, no es como tal un fenómeno de la cultura, sino anterior a ella. Por ello el “esfuerzo libertario” puede orientarse a “favorecer un ulterior desarrollo de la cultura”, en la medida que se proponga reparar “una injusticia vigente”; o, caso contrario, “provenir del resto de la personalidad originaria, un resto no domeñado por la cultura, y convertirse de ese modo en base para la hostilidad hacia esta última”.

Jacques Lacan definía metafóricamente a la función paterna que encarna la ley con la figura de una “carretera principal”. La carretera principal es el medio que brinda cierta seguridad para partir de un destino y arribar a otro, señalando un rumbo y otorgando un sentido de la orientación. Cuando la función paterna por algún motivo falla, el sujeto se va hacia los pastizales o se extravía en caminos secundarios. De modo semejante, el individualismo anticultural genera una desorganización inconducente que impide la construcción de cualquier proyecto colectivo. En rigor, el autoritarismo es contrario a la función paterna que, bien entendida, se vincula con la protección. El escritor y director cinematográfico alemán Alexander Kluge señala que la pregunta que surge cuando se indaga en torno al sentido de lo comunitario es: “¿En quién puedo confiar? Protego ergo sum. Protejo, luego existo. Porque soy capaz de proteger, porque soy capaz de despertar confianza, por eso soy, por eso tengo autoridad”.

Aunque reconocían antecedentes durante el gobierno vicario de José María Guido (1962-1963), las políticas económicas neoliberales se aplicaron con determinación a partir de la última dictadura militar y el tejido social experimentó desde entonces una drástica reconfiguración. Más allá de errores políticos que quien escribe estas líneas ha insistido en la necesidad de corregir, el fuerte rechazo que el kirchnerismo ha concitado en el establishment no está, desde luego, disociado de su intento por revertir las políticas económicas neoliberales. Por causas múltiples que para ser explicadas demandarían un desarrollo que excede el alcance de este texto, lo cierto es que las administraciones kirchneristas pudieron cambiar algunos lineamientos macroeconómicos, el sentido de la redistribución del ingreso nacional y la orientación de algunas políticas públicas. Por cuestiones que, desde luego, no se reducen a un problema de mero voluntarismo político, de ese modo lograron atenuar, pero no eliminar el fenómeno de la extendida pobreza estructural. Suena muy cínico que el antedicho facilismo argumentativo sea con frecuencia invocado precisamente por los mismos que resultan ser los eternos oponentes a todas las políticas destinadas a alterar la matriz socioeconómica profundamente desigual que impera en la Argentina. En dichas condiciones, al gobierno macrista le alcanzó con desajustar algunos tornillos para desatar una crisis social de magnitud que, con los recortes al gasto público y el deterioro del salario real, dañó asimismo los elementos contracíclicos, estimulando el desarrollo de la crisis económica.

La actual administración no tenía, desde el vamos, una tarea fácil por delante, pero el carácter imprevisto de la pandemia ha agravado un cuadro socio-económico ya de por sí delicado. Es vox populi que el conurbano bonaerense vive una situación cargada de tensión social y nadie está en condiciones de asegurar que no se desaten estallidos en sus zonas más carenciadas. Amén de las políticas urgentes requeridas para paliar la situación de emergencia, si la Argentina no encara seriamente un proyecto orientado a organizar un capitalismo nacional, de perfil productivo y redistributivo, indefectiblemente vamos a vivir en una sociedad cada vez más deteriorada y peligrosa. Por tal motivo, al mismo tiempo que resulta importante dar el ejemplo con una cultura política que no entre en el juego histérico de los vocingleros, lo cierto es que sería demasiado cándido suponer que se pueden producir cambios sin concitar resistencias ni generar conflictos de intereses. Una cosa es no alimentar innecesariamente la llamada “grieta” y otra es aspirar a una vida pública plenamente armónica que se parezca más a la paz de los cementerios que a la necesaria conflictividad democrática. Después de todo, como gustaba decir el general Perón, para hacer una tortilla hay que romper algunos huevos.

 

Referencias bibliográficas

Arendt H (2013): ¿Qué es la política? Buenos Aires, Paidós, 1956-1959.

Freud S (2014): “El malestar en la cultura”. En Obras completas, tomo XXI. Buenos Aires, Amorrortu, 1930.

Kluge A (2014): El contexto de un jardín. Discursos sobre las artes, la esfera pública y la tarea de autor. Buenos Aires, Caja Negra.

Lacan J (2017): El seminario 3: Las psicosis. Buenos Aires, Paidós, 1955-1956.

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