Mi único heredero

Claudia Bernazza

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Mi único heredero es el Pueblo. Desde que tuvimos uso de razón peronista, nos supimos herederos. Esta certeza nos hizo militantes incansables, insistentes, de tiempo completo.

Somos hijos de aquel legado, casi un destino. Herederos de un movimiento único, nacido en la última frontera del mundo, lejos de las tradiciones políticas conocidas hasta entonces.

Pero a poco de caminar, esa herencia se demostró incompleta. O, por decirlo de alguna manera, no trajo manual de instrucciones. Así las cosas, los herederos comenzamos a pelear por la herencia. En ese escenario llegaron al poder dudosos testaferros y el camino se volvió cuesta arriba.

El pueblo, portador de memoria, nos regaló revanchas. Néstor y Cristina Kirchner pusieron en juego lo mejor del legado recibido, al que le agregaron aprendizajes del siglo XX y condimentos del siglo XXI. Se vistieron de América Latina, se reunieron con sus líderes, abrazaron a los nadies, lanzaron un satélite al espacio. No había tiempo que perder, y las cortesías no estuvieron en agenda.

A la hora de las urnas, las sirenas perfeccionaron su canto. Se centraron en los detalles, magnificaron los errores. Volvió el mercado y sus seducciones. Volvieron los proyectos personales y los méritos. Los altoparlantes difundieron con entusiasmo las voces de quienes aseguraban que nadie les había regalado nada.

Cuando despertamos a esta pesadilla, el pueblo recordó la herencia. Volvió su mirada a los días felices y pidió regresos.

Frente a este pedido cargado de reconocimiento y amor, pero también de exigencias, la generación heredera escribió el manual ausente. Vamos a volver, pero mejores. Vamos a volver, pero no los mismos.

No hay apellidos ni personas mágicas. No hay liderazgos individuales. Somos una red de referentes en la que, además, ha irrumpido una nueva generación.

Somos nuevos nombres. Somos nuevas prácticas. Somos un nuevo tiempo.

Somos liderazgos colectivos, fraguados al calor de los años felices, pero también en este presente de dolor y exclusión.

Mi único heredero es Alberto Fernández, dijo Cristina. Y cambió la historia.

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