Los equipos de la unidad

Mariano Fontela

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“En octubre de 1946, cuando estaban en marcha las tremendas transformaciones que acometía el gobierno peronista, el presidente Perón nos concedió una audiencia a un grupo de estudiantes universitarios. En el curso de la conversación deslicé algunas críticas a la acción del gobierno, al que le atribuí debilidades (no nacionalizar CADE) e inconsecuencias (adherir al Pacto de Río de Janeiro). Perón, algo molesto, me respondió: “Vea, jovencito. Hay dos clases de revoluciones. Las dogmáticas, como la Revolución Francesa, que la escribieron primero los enciclopedistas y después la realizaron o difundieron desde el poder los ‘sans culottes’ y los líderes revolucionarios, desde los fanáticos hasta los conciliadores. O la revolución rusa: primero Marx escribió la teoría y después Lenin, Stalin, etcétera, trataron de ejecutarla desde el poder. Como la realidad comenzó a apartarse de las previsiones de los enciclopedistas y de las elucubraciones marxistas, tuvieron que, una de dos: o negar el dogma para incorporar la realidad, o negar la realidad para mantener el dogma. Nuestra revolución la vamos a ir haciendo todos los días. Después vendrán los filósofos a explicar qué clase de revolución hemos hecho. Nosotros queremos acercar el ideal a la realidad y reformar la realidad para acercarla a los valores de nuestra ideología revolucionaria. (…) Y en cuanto a la política exterior, les recuerdo el Martín Fierro: ‘El que gana su comida / bueno es que en silencio coma. / Ansina, vos ni por broma / querrás llamar la atención. / Nunca escapa el cimarrón[1] / si dispara por la loma’” (Antonio Cafiero, El peronismo que viene, 1995).

En estas páginas trataré de justificar la necesidad de formar “equipos técnicos” para las próximas elecciones. El testimonio de Antonio Cafiero siempre me pareció un lujo. Por la irreverencia del “jovencito” y por la contundencia breve de la lección que contiene la cita del Martín Fierro, pero también porque entiendo que explica el origen de una particularidad que predominó en el peronismo: primero hace y después explica. Quizás por eso durante décadas la Doctrina Peronista se basó más en “realizaciones” que en conceptos abstractos. También es cierto que el peronismo construyó un esquema conceptual muy simple para expresar sus ideales. Ambos elementos facilitaron que durante décadas pudiera desdoblar su forma de percibirse entre un “peronismo realmente existente” –pragmático, poco selectivo, muchas veces “sucio” de tanto ir y volver al barro de la política– y un “peronismo verdadero”[2] –anclado en un momento sagrado del pasado, y por eso ideal, inmaculado, perfecto, siempre superior al “real”. En ciertas etapas incluso ese desdoblamiento se convirtió en un trastorno de identidad disociativo: una “doble personalidad”.

Pero la larga década kirchnerista llevó las cosas a la situación original, por buenas razones: sus realizaciones. Nuevamente hay un numerosísimo sector del peronismo que considera que lo que debemos hacer de ahora en más es repetir casi exactamente las mismas políticas que aplicamos desde 2003, aunque también algunos compañeros sigan usando el viejo truco disociativo: muy bonito todo, pero el “verdadero peronismo” siempre va a ser mucho más.[3] Merced a esta tara, el peronismo suele postularse más como un movimiento que busca reeditar un pasado glorioso que como uno que reivindica un conjunto sistemático de propuestas para una futura acción de gobierno. El discurso predominante actualmente parece ser: sabemos lo que hay que hacer porque ya lo hicimos.

 

Un consultor molesto

Algún consultor colado podría permitirse cuestionar esta estrategia, diciendo que en las elecciones no cuentan tanto los logros del pasado como las promesas para el futuro –por más que éstas sean irrealizables o irrelevantes en comparación con aquéllos– porque la mayor parte de los votantes asume que los problemas ya resueltos dejan de ser problemas, y que lo único que cuenta es resolver las cosas que preocupan en el presente. No van a faltar los compas que crucen duro al consultor, advirtiéndole –casi retándolo– que si uno vota sin memoria es probable que los problemas del pasado vuelvan a estar vigentes. Seguramente el consultor, muy tranquilo, les contestará a esos recordadores seriales que el problema de los votantes desmemoriados es justamente que no sirve de nada decirles que alguna vez tropezaron con esa misma piedra: no lo recuerdan. Ni siquiera se acuerdan de haber estado ahí. Por más que les pasen cien videos de ellos mismos cayendo al piso, el tema no les dice absolutamente nada, porque los indujeron a creer que no es la misma piedra, sino otra. Y porque no sienten precisamente afecto por los memoriosos que intentan convencerlos de su estupidez.[4]

En eso copan la escena otros compas, menos ilusionados que los memoristas. No dejan que el consultor se levante: le dicen que las propuestas no son determinantes para ganar las elecciones, que son un vicio socialdemócrata que ya es considerado pieza de museo en todo el mundo. El consultor les reconocerá que muchas veces pesa más la imagen superficial –el packaging, dice, porque mecha palabras en inglés– de ser “un equipo con propuesta” que un análisis profundo acerca de la consistencia de un largo listado de soluciones sesudamente estudiadas. Pero les recordará que si bien muchos votantes priorizan las cuestiones emocionales o fidelizar el voto, otros sí leen las propuestas y votan en función de ellas. Les preguntará si acaso les sobran los votos. Y aprovecha la confusión para salir de la sala.

Pero la discusión sigue. Otros compañeros insisten en que lo relevante al construir una propuesta de gobierno no es tanto la “sintonía fina” como la ideología: a la “gente” no le interesa comparar propuestas concretas, sino elegir a dirigentes en quienes confía que sabrán decidir por la mejor opción en cada momento. Y cuando no confía en ninguno, elige a quienes les tiene menos bronca. La discusión se embarulla más porque muchos compañeros suelen traducir las diferencias ideológicas en términos morales, con lo cual viven su militancia como una cruzada contra los infieles. Por eso necesitan tanto escandalizarse todos los días leyendo y replicando por todos los medios las frases desafortunadas de los rivales que no gozan de su beneplácito: traen en su cartuchera decenas de declaraciones que demuestran la honestidad de su indignación. Y a la vez sufren feo cuando ven que alguien no comparte sus amores y odios, sino que los invierte, o incluso cuando alguien expresa que francamente todo eso le da lo mismo.[5]

Termina la reunión con una sola conclusión: los peronistas son reacios a elaborar plataformas electorales detalladas. Les apasionan otras cosas. Se podrían agregar algunos factores explicativos más: en 1989 y en 2002 el peronismo debió asumir el gobierno antes de tiempo y ante graves crisis socioeconómicas, lo que obligó a quemar los esquemas previos; además, el menemismo aprovechó la escasez para usar la plataforma como papel higiénico, cuando pocos meses antes se habían producido durísimas discusiones en el Congreso Nacional del Partido Justicialista para definir el texto exacto de cada una de las 1.516 oraciones que contenía;[6] y también haría falta tener en cuenta los casos de soberbia y obsecuencia disfrazadas de fanatismo: cuando el peronismo está en el gobierno –nacional, provincial o municipal– no suelen caer simpáticas las propuestas hechas desde afuera de los ministerios. Si alguien propone algo es porque no está conforme con lo que se hace: toda propuesta es vista como una crítica, y toda crítica –por más evidente buena leche que pueda tener– es vista como un peligroso juego de regalarle argumentos a los enemigos[7] –como si fueran a necesitarlos– o como un intento larvado de socavar la moral revolucionaria. Nuestros cimarrones no solamente disparan por la loma, además lo hacen cantando a los gritos.

Hoy hay un dato adicional: todavía no se sabe quiénes van a ser los principales candidatos, con lo cual al lógico nerviosismo que genera esa incertidumbre se suma la duda acerca de si quienes finalmente encabecen las fórmulas estarán abiertamente dispuestos a recibir consejos como los que podríamos darles.

 

Equipos técnicos

En fin, si algo de todo esto es cierto, ¿qué sentido tiene impulsar la formación de “equipos técnicos” para las próximas elecciones?

En primer lugar, discutir un conjunto de acciones de gobierno permite cuestionar las políticas del actual gobierno no solo por sus consecuencias negativas, sino también “por la positiva”: porque no hacen lo que honestamente entendemos que hace falta hacer. De paso, eso permitiría hablar más del futuro que del pasado, para no tropezar otra vez con nuestra piedra.

En segundo lugar, no nos vamos a presentar en las elecciones solamente para ganarlas, o para impedir que ganen quienes no queremos: si las ganamos vamos a tener que gobernar. No vamos a hacer un buen gobierno si somos mejores que los malos, sino si hacemos del nuestro un país mejor. Sin dejar de valorar la enorme creatividad del peronismo para afrontar las crisis, no veo por qué sería una idea descabellada ir precalentando para ver cómo nos va con ciertas discusiones. Y por si alguien quiere reeditar un viejísimo debate, aclaro que no estoy proponiendo que elaboremos un “plan de gobierno”, sino que nos organicemos mínimamente para discutir en términos concretos cómo se sale de este lío. Cómo se sale con más trabajo, con más salud, con más educación, con más viviendas, con más justicia.

En tercer lugar, no solamente la sociedad argentina está dividida, el peronismo también lo está. No solo los dirigentes, también muchos militantes y cuadros “técnicos” parecen preferir las peleítas que los acuerdos. Muchos compañeros dedican más tiempo a cuestionar a algunos peronistas que a criticar al actual gobierno. Estamos muy lejos de practicar una “cultura compañera”[8] que promueva la unidad en la diversidad. No es raro entonces que algunos dirigentes no quieran acordar una fórmula de unidad. ¿Es porque de puro miserables piensan únicamente en su interés personal? Tal vez hay de eso, pero también es cierto que no serían los únicos: escudados en una hipotética clarividencia hablamos como si tuviéramos información detallada acerca de qué proyecto de país impulsa cada uno de ellos. Podría nombrar mil ejemplos de dirigentes, militantes o cuadros “técnicos” que hace unos años impulsaban ciertas políticas y después cambiaron de idea: pasaron de héroes a villanos, o viceversa. Ayer nos sacábamos fotos con ellos y hoy no podemos dejar pasar diez minutos sin putearlos. O viceversa. ¿Y si pensamos que el malo de ayer puede ser el bueno de mañana? O viceversa. Mejor un malo que un bruto… Pero no, preferimos afirmarnos en nuestra pureza moral vociferando a los cuatro vientos el repudio a ciertos dirigentes, sin más motivo a veces que una simple frase. No nos quita el sueño una idea o una propuesta concreta: nos escandaliza una expresión desafortunada que revela la maldad congénita de quien la dice. Como además no tenemos ganas de dedicar al tema estudio suficiente, tomamos el camino corto: si dice algo “bueno”, está ocultando sus malas intenciones; si dice algo “malo”, las está demostrando. Semejante sana convicción es el mejor pasto para la supervivencia de los dirigentes que no acuerdan un proyecto de unidad. Absurda lógica si se tiene en cuenta la rapidez con la que tantos compañeros cambian de opinión.

Me pregunto entonces si no es mejor provocar debates entre esos supuestos proyectos tan diferentes: quizás el contraste entre propuestas sirva para enriquecerlas mutuamente; o al menos podríamos fundar nuestra indignación en algo más que declaraciones rimbombantes; o tal vez nos enteremos de que en realidad son muchas más las coincidencias que las discrepancias. Mi opinión es que no es tan importante buscar consensos como clarificar las posiciones. Pongo un ejemplo: algunos antikirchneristas cuestionan que sean tantos los argentinos que cobran “subsidios” del Estado, pero también muchos kirchneristas sostienen que el trabajo es el “ordenador social” que genera integración social y es la principal fuente de realización de las personas. Es cierto que muchas veces la primera de las expresiones demuestra demasiada facilidad para citar números tan contundentes como falsos y refleja un prejuicio negativo hacia quienes sufren situaciones contra las que nada pueden hacer,[9] pero también es factible que ambas posiciones confluyan en ciertos proyectos de generación de empleo, decididamente opuestos a la orientación que tienen algunas de las políticas del actual gobierno. O algo todavía más evidente: que ambas posiciones pueden servir para impulsar distintos proyectos que pueden ser llevados a cabo por un mismo gobierno.

Pero además, imaginemos que la situación no es tan dramática como para afirmar que estamos tan profundamente divididos: podríamos mejor entender que en el peronismo hay muchos militantes o cuadros “técnicos” que integran grupos o componen sectores que riñen para reproducirse y tienen diferentes visiones sobre lo que hay que hacer, y que razonablemente buscan a los candidatos que en este momento más se acercan a esas posiciones. Más allá de las posibles alianzas, o incluso si no hubiera una fórmula presidencial “de unidad”, lo más probable es que quien gane deba convocar a la unidad, incluyendo a dirigentes, militantes o cuadros técnicos que en ese momento no acuerden en todo con los ganadores más visibles. Porque no nos sobran los votos, pero también porque vamos a necesitarlos para gobernar, a menos que alguien pretenda hacerlo copando los ministerios con banditas de pibes exaltados o de viejos cabrones.

¿No sería una buena idea entonces ir ejercitando las discusiones entre esas visiones a priori tan diferentes? Dicho de otra manera: si quienes pretendan conducir al peronismo en las próximas elecciones demuestran que tienen oídos para las propuestas, vengan de quien vengan, o que pueden incluir sectores minoritarios, no sólo tendrán más probabilidades de retener votos de esos sectores, sino que también es posible que vayan ayudando a cambiar los hábitos centrífugos de muchos compañeros. La otra opción es seguir discutiendo entre quienes sabemos de entrada que van a estar de acuerdo.

Nos debemos una unidad que sea real, y no una que solamente esté basada en el deseo de ganar. Esa unidad tendrá que perdurar luego de las elecciones, entre otras cosas porque no nos va a sobrar nada. No es algo que puedan hacer solamente los dirigentes. Si no, nos va a pasar como a los radicales, que se subieron alegremente al tren del Pro cuando vieron que podían hacer perder al peronismo, y terminaron apoyando cosas insólitas. Si antes de las elecciones no habían tenido una mínima conversación en la que les preguntaran qué proponían, no era descabellado imaginar que menos los iban a consultar después…

Termino con una (buena) noticia: en la última reunión del Consejo y de la Comisión de Acción Política del Partido Justicialista nacional, en diciembre pasado, se le encargó a Ginés González García que armara un proyecto de organización de los “equipos técnicos”. Su respuesta fue elaborar un instrumento de movilización, de participación y de unidad para salir de la confrontación sobre el pasado y establecer propuestas, proyectos y esperanzas sobre el futuro; acordando entre distintos sectores una lista de “mínimos comunes” que favorezcan la unidad; y articulando cuadros de distintas regiones del país y de distintos sectores y ramas del movimiento. Propone incluir tanto los aportes individuales como los que provengan de partidos provinciales, sindicatos, universidades u otras instituciones o agrupaciones, con la mayor amplitud que sea posible, aunque se trate de compañeros que estén actualmente muy alejados del peronismo: en todo caso que sean ellos quienes se autoexcluyen.

Veremos qué sale de eso. Pero sea por ahí o por otro lado, en el PJ o en otros espacios, habrá que abrir el juego si queremos que haya más “realizaciones” en el futuro.

[1] Cimarrón es el animal salvaje. Martín Fierro se refiere a vacas o caballos que pastaban libres en la pampa argentina y eran arrinconados por los gauchos para poder atraparlos. “Disparar” en lunfardo significa “huir”.

[2] Una versión de esta idea del desdoblamiento fue expresada alguna vez por Carlos Altamirano, pero no lo cito porque la desdibujo demasiado como para adjudicársela. Si igual querés leerla de primera mano, podés buscar su libro Peronismo y Cultura de Izquierda.

[3] Claro que hay otros que piensan que se hizo todo mal, pero tampoco escapan a las reglas generales de lo que vengo sugiriendo: sus razones para argumentar que los kirchneristas no son verdaderos peronistas suelen basarse en conceptos y acciones que el peronismo consolidó en algún momento de su pasado.

[4] Algunos incluso se enojan con quienes les habían advertido de la piedra, justamente por haberles avisado, como si la existencia de la piedra fuera efecto y no causa de la advertencia. Y no faltan algunos cínicos que sí participan en la reinstalación de la piedra y luego piden disculpas, no por haberlo hecho, sino porque por un fingido exceso de piedad prefirieron callarlo para evitar dar malas noticias. Y los desmemoriados prefieren creerle a los piadosos…

[5] Con semejante clima se desestima la idea de llamar de nuevo al consultor para preguntarle si sabe de algún libro que explique por qué es tan difícil contagiar a otros el enamoramiento genuino que se siente por algunos dirigentes, o al menos por qué no suele dar buenos resultados putear a quien se quiere persuadir.

[6] Debo ese dato a un artículo de Martín D’Alessandro, “Las plataformas electorales en la Argentina moderna”, publicado en el número 65 de América Latina Hoy, de la Universidad de Salamanca. La Ley Orgánica de los Partidos Políticos –sancionada en 1985 pero aún vigente– sigue exigiendo en su artículo 22 que “con anterioridad a la elección de candidatos los organismos partidarios deberán sancionar una plataforma electoral o ratificar la anterior, de acuerdo con la declaración de principios, el programa o bases de acción política”. Esta ley se acata pero se cumple a medias, y ya ni siquiera se hace el esfuerzo de publicarlas. Las plataformas son tan irrelevantes que cada vez son más breves. El mismo texto de D’Alessandro muestra cómo fue variando la cantidad de oraciones que contuvieron las plataformas del PJ y luego el FPV en elecciones presidenciales: 774 (en 1983); 1.516 (1989); 1.355 (1995); 640 (1999); 80 (2003); 56 (2007); 154 (2011). Como el artículo es del año 2013 no consigna el dato de las últimas elecciones. Aunque no conozco su criterio para definir “oraciones”, conté pocas más de 300 en la plataforma del Frente para la Victoria de 2015, que contiene mucha más información sobre los logros de las gestiones 2003-2015 que propuestas para el futuro: cada vez que menciona el futuro, los únicos verbos usados son “continuar” y “profundizar” lo que ya se hizo. Según D’Alessandro, “el partido que obtiene la victoria más holgada de la democracia argentina contemporánea, el Frente para la Victoria en 2011, no incluyó [en su plataforma de ese año] siquiera una sola propuesta concreta”. Con el radicalismo pasó lo mismo, bajando desde 1.295 oraciones en la plataforma de 1983, a 218 en la de 2011. Dudo que haya sido porque mejoraron su capacidad de síntesis.

[7] Tal vez ahora algunos piensen que es mejor no hacer propuestas para que el gobierno actual no se las apropie y saque provecho inmerecido de su ingenio.

[8] Tengo en mente una imagen gráfica sobre qué es la “cultura compañera”: cuando alguien gana una interna y esa misma noche busca a sus adversarios derrotados para que coman y beban todos juntos, olvidando completamente los agravios. Opino que es un acto mucho más inteligente que aprovechar la victoria para pasársela por la cara a quienes perdieron.

[9] Se trata de un juicio que personalmente considero lamentable, pero opino que la mejor forma de modificarlo es debatir con quien lo expresa, y no insultándolo.

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