Lo que está en juego es definir lo que se pone en juego en estas elecciones

Mariano Tilli

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Nosotros y ellos

En cada proceso electoral los espacios políticos, a través de sus políticas comunicacionales, discursos y narrativas, intentan construir un “nosotros” identitario. Esta autodefinición de “nosotros somos esto” es constitutivo de todo discurso político. Y como la construcción de un “nosotros” es relacional, implica de manera directa construir un “ellos”, los que no son como son nosotros, nuestros adversarios.

Durante la mayor parte del siglo XX los partidos políticos clásicos definían su “nosotros” –y por consiguiente el “ellos”– de manera dogmática e ideológica. Simplificando, los liberales se definían como los garantes de la “libertad”, los marxistas como los garantes de la revolución del proletariado, los conservadores como los garantes de las tradiciones histórico-culturales, etcétera. Y definían a sus opositores como la contracara de ello. Este “nosotros” no se modificaba fácilmente, ya que estaba construido generalmente por una ideología que canonizaba autores, pensadores y políticos de antaño. Ante cada contienda electoral se ponía en juego ese “nosotros” mediante una serie de propuestas políticas construidas en base a la coyuntura histórica. Porque cada vez que se definía quiénes eran ese “nosotros”, tomaban forma las cuestiones que se ponían en debate ante el electorado. Un “nosotros” clásico liberal debatía sobre las libertades, y así cada espacio político establecía los ejes del debate que intentaba hegemonizar en la arena política. Es decir que, mientras se constituía un “nosotros” y un “ellos” se construían los ejes sobre los que cada espacio pondría su foco.

Ahora bien, cada “nosotros” interpela a la sociedad desde distintas propuestas. Son limitados los casos en que en los debates electorales las fuerzas políticas eligen una misma cuestión para debatir. En algunos procesos electorales hay un tema excluyente: como en 1983, donde el debate se centró en la construcción de una sociedad democrática, o en 1989, en que el eje de las campañas fue la crisis económica y la salida de la hiperinflación. En otros procesos electorales la fragmentación política permitió una multiplicidad de ejes sobre los que las fuerzas políticas deseaban debatir, como fue el caso de las elecciones de 2003.

Con la consolidación del kirchnerismo –luego del amplio triunfo de 2011 ante una oposición fragmentada– se fueron consolidando dos polos identitarios que ponían en el centro del debate distintas cuestiones. Por lo tanto, lo que estaba en juego era sobre qué se iba a debatir. Esas dos identidades construyeron sus propios campos valorativos, definieron sus “nosotros” y sus “ellos”, y le dieron forma al campo discursivo en el que se constituyó el debate político durante la última década. No era la primera vez en la historia argentina que eso pasaba. Tampoco era la primera vez que cada una construía un relato en el que un “nosotros” era incompatible con “ellos”.

Recurramos a un ejemplo: en febrero de 1946, luego de tres años de gobierno de facto, se realizaban elecciones para reestablecer el sistema democrático. El campo político estaba dividido entre el peronismo que había irrumpido tras el 17 de octubre y toda la oposición que unificada se presentaba bajo el lema de “Unión Democrática”. Para estos últimos, explica Félix Luna, influenciados por el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, lo que estaba en juego era si el país continuaba bajo un régimen autoritario o si entraba en una nueva etapa democrática. Ellos se consideraban la garantía de la democracia y consideraban que Perón era la continuidad del régimen autoritario.[1] Pero el peronismo no discutió sobre el eje propuesto por sus opositores, sino que construyó otro campo discursivo para el debate electoral: para Perón y los peronistas, lo que estaba en juego era mantener los derechos económicos, laborales y sociales adquiridos durante su gestión en el gobierno de facto, frente a quienes querían limitarlos o eliminarlos. La defensa de estos derechos era la defensa de una democracia muy distinta a la postulada por sus opositores.

Como queda claro, cada fuerza política ponía en juego distintos “nosotros” y distintos “ellos”. El peronismo para sí mismo era el garante de los derechos de los trabajadores y para sus opositores era el autoritarismo, mientras que la Unión Democrática era para sí misma la garante de la democracia y para sus opositores era quien quería recortar o eliminar los derechos adquiridos por los trabajadores. En ambos casos se apeló al miedo: votar al peronismo era para unos votar contra la democracia, y votar a la Unión Democrática era para otros apoyar a quienes venían a eliminar las conquistas sociales.

El debate político no se dio en un mismo campo discursivo. Quienes lograran convencer a la mayor cantidad de votantes que lo que estaba en juego era lo que ellos sostenían y no lo que sus opositores proponían, ganarían la elección. La hegemonía discursiva era fundamental para lograr la hegemonía política. Félix Luna sostiene que ni el partido político más popular hasta ese momento –la Unión Cívica Radical– supo ver que para el electorado lo que estaba en juego era un gobierno que mantuviera sus derechos ante el temor, creíble en ese contexto, de que fueran eliminados. Los resultados electorales mostraron el éxito del planteo del peronismo: logró ser identificado como el abanderado de la inclusión de los trabajadores y logró desestimar las denuncias de ser una fuerza no democrática. Lo que se puso en juego fueron los derechos sociales y no el debate entre autoritarismo y democracia. Ganó en el campo discursivo, convenciendo sobre lo que se debía debatir y lo que estaba en juego. Por eso ganó el peronismo.

 

La impronta de Cambiemos

En este siglo muchas cosas han cambiado. Sin embargo, las contiendas electorales siguen debatiéndose en el terreno identitario de un “nosotros” y un “ellos”. Aunque los partidos –o las grandes agrupaciones de fuerzas políticas– hayan dejado de lado las identidades políticas dogmáticas fuertemente ideológicas –con excepción de la izquierda tradicional y algunas fuerzas políticas neoconservadoras–, los espacios políticos intentan construir identidades amplias buscando la mayor inclusión posible, con límites dinámicos y flexibles, pero sin olvidar de dejar bien en claro el límite con los “otros”.

Para las elecciones de 2015, Cambiemos construyó un “nosotros” conformado por valores como la transparencia, la honestidad, la eficiencia, el republicanismo, la modernidad y la inserción internacional, frente a lo que consideraban corrupción, populismo, atraso, ideologismo, ineficiencia y cerrazón del kirchnerismo. Para estos últimos, Cambiemos no era más que neoliberalismo, individualismo, ajuste, quita de derechos y beneficios sociales, y gobierno de ricos para ricos. Fue Cambiemos quien logró convencer al electorado de que lo que estaba en juego era, en síntesis, continuar con el populismo –como negatividad– o reconstruir una república moderna. El triunfo sobre lo que se debate, en este caso entre populismo o república, fue central para garantizar un resultado electoral favorable. Presentándose como lo nuevo y lo moderno contra el pasado arcaico, ese “nosotros” cambiemita interpeló de manera creíble y fue internalizado eficazmente por la mayoría de los ciudadanos, no solo como fruto de estrategias electorales exitosas, sino por ser expresadas en un contexto político que facilitó dicho éxito. Votantes identificados con las tradiciones políticas más tradicionales se vieron seducidos por la irrupción comunicacional de la “revolución de la alegría”, lo que, sumado al desgaste del oficialismo, los errores políticos, las deficiencias de su candidato, las denuncias de corrupción y un arrollador aparato comunicacional opositor le restaron eficacia a la propuesta oficial, que quiso identificar a su propio candidato como la garantía de la continuidad y la ampliación democrática.

Dos años después, para las elecciones de 2017, la contienda parecía tener la misma lógica: Cambiemos había consolidado con éxito su “nosotros” basado en la transparencia, la honestidad, el desarrollo y la modernización frente al atraso, la corrupción, el clientelismo y la “vía venezolana” con la que identificaban al kirchnerismo, afectado además por los bolsos de López y la catarata de denuncias de corrupción en tribunales federales, amplificadas hasta el hartazgo por los medios hegemónicos. El éxito de la fórmula narrativa oficial no sólo les había permitido conseguir aliados legislativos y políticos –algunos ocasionales, como fue el caso de Sergio Massa durante el primer año de gestión, y otros menos coyunturales–, sino que había logrado mantener deshilachado al peronismo, sin un liderazgo fuerte y consolidado. Para esas elecciones la oposición no tuvo y no pudo imponer un eje discursivo alternativo: el kirchnerismo recurrió a los mismos ejes discursivos que en el 2015, quizás como estrategia defensiva ante la imposibilidad de construir un proyecto en común con los peronismos provinciales. Los gobernadores no se sumaron a ese relato, en parte porque para ellos lo principal era mantener una relación fluida con el gobierno –que se mostraba ganador, y ante el temor de que se incendien sus provincias– y en parte por la mala relación que habían tenido con Cristina durante su presidencia.

Ante esta debilidad estructural, el kirchnerismo –reconvertido en Unidad Ciudadana en la Provincia de Buenos Aires y en muchos casos presentándose como opositor a los propios gobernadores peronistas– no tuvo la potencia suficiente como para cambiar el eje del discurso. Pese a que había claras señales de la crisis económica que se empezaba a gestar, el kirchnerismo no pudo modificar el eje discursivo planteado por Cambiemos, centrado nuevamente en que se estaba eligiendo entre el futuro y el pasado. Fue vano el intento de identificar a Cambiemos como una rémora oligárquica de los 90 que nos había desordenado la vida. Apelando al pasado, no logró captar que para el electorado las expectativas de futuro aún eran altas y que el relato de la “herencia recibida” aún se mostraba fuerte y creíble –recurso que ya habían utilizado De la Rúa en 1999 y el kirchnerismo durante todo su mandato. En síntesis, en 2017 el debate electoral se hizo en el campo discursivo planteado por Cambiemos y en los términos discursivos impuestos por Cambiemos. El fracaso de la oposición estaba garantizado.

Pero a veces, pequeños errores se convierten en el inicio de una escalada difícil de contener: la campaña presidencial para 2019 se inició tempranamente. Dos meses después del triunfo de 2017, el gobierno intentó atacar los frentes políticos que siempre había querido abrir. En diciembre de ese año propuso una serie de reformas laborales, previsionales e impositivas que originaron una reacción popular que, acompañada por movilizaciones multitudinarias, comenzó a resquebrajar el hechizo del aparato comunicacional de Cambiemos. Este cambio no se debió solo a las masivas movilizaciones, sino que fue consecuencia de la ruptura del contrato electoral, de ese “nosotros” identitario cambiemita que venía a hacer más digna la vida de los argentinos. La reforma previsional aprobada afectaba los ingresos de los jubilados, es decir, a la vida de todas las familias, y por ello se convirtió en un límite y significó para muchos de sus votantes un acto de traición. Como pequeña digresión podría afirmarse que las elecciones no se ganan solo con los convencidos, sino que el centro está puesto en los “independientes”, cuyo apoyo siempre es crítico y que no dudan en cuestionar con firmeza a quienes votaron cuando cometen errores. Ese electorado “independiente” es el que marca la credibilidad de un gobierno. Años atrás, luego del triunfo por el famoso 54 por ciento y ante el temor al “vamos por todo” –muletilla de los opositores a Cristina que buscaba mostrar un supuesto poco apego institucional de su gobierno–, sumada a la poca flexibilidad política y la radicalización discursiva que exhibió el gobierno ante la crisis del campo, ese electorado muy rápidamente le quitó su apoyo al gobierno y le propinó la primera derrota en 2009. De manera similar, luego del triunfo de 2017, la reforma previsional le quitó a Macri el apoyo de ese electorado independiente que siempre es muy difícil de recuperar. La crisis cambiaria posterior al verano de 2018 terminó de romper definitivamente el idilio.

De cara al 2019, el “nosotros” de Cambiemos expulsaba ciudadanos a ese limbo que se denominó “tercera vía”. El kirchnerismo, montado en la grieta, podría seguir movilizando y representando a los excluidos y a las víctimas de las políticas económicas del gobierno, pero no podía sumar a su “nosotros” a los decepcionados con el oficialismo. Para éstos, que el gobierno los haya defraudado no significaba que el kirchnerismo dejara de ser la corrupción, la falta de transparencia, el populismo y la demagogia con que Cambiemos lo había definido. Eran apátridas: no había un “nosotros” que los contuviera y el kirchnerismo se mostraba incapaz de sumarlos. La poca flexibilidad, la ausencia de dinamismo y especialmente la incapacidad de leer políticamente lo que pasaba en la sociedad –habilidad que el peronismo demostró tener durante muchos períodos de su historia–, sumado a cierto apego a preconceptos ideológicos, pusieron a prueba los propios límites que se había impuesto el kirchnerismo. El peronismo nunca había sido un partido apegado a las ideologías: fue fuertemente pragmático y había sabido reconstruir su “nosotros” frente a cada contexto histórico, lo que le había permitido sobrevivir a López Rega, Herminio Iglesias y el menemismo, y a resignificarse continuamente. Esta situación ya la habían vivido en 1985 durante la primavera democrática alfonsinista, y en 1997 frente al soplo de aire fresco que significó la irrupción de la Alianza. El peronismo nunca muere en la suya: se readapta a las nuevas circunstancias. Luego de 1985, de la mano de la renovación cafierista, y en 1997, de la mano del discurso productivista del duhaldismo. Pese a que ambos no lograron llevar al peronismo al éxito inmediato, se generaron rupturas discursivas que abrieron un campo político que pudo ser aprovechado por Menem en 1989 y por Kirchner en 2003, respectivamente. Por eso sobrevivió más de 70 años como actor político central de la política argentina. La capacidad de leer el contexto político y de adaptarse a él es una de las características fundacionales del peronismo. El kirchnerismo modelo 2019 enfrentaba ese desafío.

En plena crisis, el éxito de Cambiemos no era precisamente el poder de sumar nuevos apoyos propios –algo que se mostraba difícil–, sino el de mantener incólume la definición de quiénes eran “ellos”, sus significaciones y la identificación del kirchnerismo como el pasado, la corrupción y “Venezuela”. Esto no fue solo el logro de una campaña comunicacional: los bolsos de López, Moreno o la crisis de Venezuela eran hechos que le daban verosimilitud a esta identificación negativa de ese “ellos”. Este logro mantuvo con vida y con esperanzas al oficialismo. La crisis podía desilusionar a sus votantes, pero no convertía en virtuoso al kirchnerismo. Esa batalla estaba ganada. En un ballotage entre Macri y Cristina, los cambiemitas estaban convencidos de que su “nosotros” republicano podría ser reconstituido en base a las expectativas que generarían cierta estabilidad económica, algunas obras públicas y los tribunales abiertos para que desfilen la ex presidenta y sus ex funcionarios. Ese era el plan oficialista para 2019.

Pero algo salió mal. Cuando el kirchnerismo se convenció de que, aún con una nueva corrida cambiaria como la de principios de marzo, no lograba constituirse en una alternativa ganadora, pero que asimismo ello no consolidaba un “tercer espacio” con identidad propia, la opción política fue ir en camino de una construcción más amplia, más flexible, que constituyera un “nosotros” que pudiera seducir a los desencantados del peronismo no kirchnerista.

 

El giro neokirchnerista

La fórmula Fernández-Fernández significó para el gobierno un golpe a la estrategia ganadora de la grieta. Era cuestionar lo que se debatía. Implicaba abrir el debate político por fuera de los términos discursivos exitosos impuestos por el gobierno. Ya no podía endilgársele al nuevo candidato a presidente el “cristinismo tardío” de 2015. No tenía denuncias de corrupción, había criticado el cepo y no había mostrado posiciones pro-Maduro. El “ellos” construido por Cambiemos perdía verosimilitud. La candidatura de Alberto Fernández modificó para siempre el “nosotros” identitario de Cambiemos y su narrativa político electoral. Tal fue el golpe, que luego de tres semanas difíciles para el gobierno, la única salida para contrarrestar esta debilidad fue ofrecerle la candidatura a vicepresidente al senador peronista Pichetto.

¿Qué significa la opción Pichetto? Desde el punto de vista táctico es indudablemente una ampliación simbólica de Cambiemos, que le sirve de excusa para enterrar su nombre, ya gastado y sin credibilidad. Pero llevar en la fórmula al jefe de los senadores oficialistas hasta 2015 significa tener que enterrar el modelo discursivo de 2015, la falaz teoría de los 70 años de decadencia y el antiperonismo furibundo de muchos de sus dirigentes. Se ve forzado, por primera vez en su existencia, a dejar de lado el discurso desideologizado de la “revolución de la alegría”. Ese es el gran triunfo del giro neokirchnerista: hacer que Cambiemos tenga que debatir en terrenos en los que nunca debatió, al desbaratar el campo discursivo en que había desarrollado su narrativa con éxito.

Este giro también generó un terremoto político en la oposición peronista no kirchnerista. Como dijimos, a la luz de las últimas experiencias electorales, la falta de pragmatismo y de dinamismo ideológico –es decir, seguir mirando la realidad con los ojos de 2015 como si nada se hubiera modificado en estos años– hizo del kirchnerismo una fuerza que miraba más al pasado con melancolía que al futuro como desafío. La candidatura de Alberto Fernández no solo lo movió hacia el centro, sino que en cuestión de horas terminó con el poder simbólico de Alternativa Federal, ante el apoyo de la gran mayoría de los gobernadores. Con un video en las redes sociales nació el neokirchnerismo y le puso fecha de vencimiento al peronismo federal, que se autodestruyó en un par de semanas, sin pena ni gloria.

Ahora bien, este giro pragmático del kirchnerismo que construye un “nosotros” más inclusivo, que recurre al pasado pero para mirar el futuro de manera distinta, que suma voluntades que nunca habían estado cerca y que acercó a quienes estaban lejos desde hace años, modificó el campo del debate político.

 

La arena del debate discursivo

El “renunciamiento” de Cristina abrió la puerta a una nueva narración sobre el kirchnerismo y una apertura hacia la construcción de un nuevo “nosotros” de cara a las elecciones. Fue el propio Alberto Fernández el encargado de explicitarlo en su discurso inaugural de campaña. El nuevo eje se centró en mirar al futuro con la experiencia del pasado, enfocado en la experiencia de 2003. Propuso afrontar la crisis económica de un gobierno neoliberal, similar a la de 2001, con los actores que nos sacaron del pozo. Él mismo era el socio de Néstor Kirchner, su ladero en el laberinto en el que la Alianza había dejado a la Argentina y del que supieron salir airosos. Sostiene María Esperanza Casullo en su libro sobre el populismo recientemente editado que, narrativamente, la figura del ayudante del héroe es una figura providencial. Apelar al 2003 significó reconstruir la noción de una “unidad amplia” salvadora de la crisis y darle una nueva significación al kirchnerismo, revalorizando dicho período por sobre las etapas de la radicalización, como la herramienta necesaria en este contexto para reconstruir cierto orden político que evite una crisis como la de 2001. Alberto Fernández, como el ayudante del héroe, tiene los pergaminos simbólicos para sostener este discurso. Para ello es necesario emparentar la crisis actual a la crisis previa al 2001, una relación que hoy es verosímil y creíble –aunque no necesariamente cierta en lo que respecta a las causas–, apelando a la experiencia emocional y a lo que significa hoy en el imaginario social el recuerdo de 2001: disgregación social, violencia, desgobierno y hambre. Casi veinte años después, muchos cartoneros rondan por las noches por Buenos Aires: nuestra memoria recuerda a aquellas dantestas imágenes de finales de 2001. La sedimentación de nuestras experiencias, el dolor de lo que fue y la salida incruenta y virtuosa que logró el kirchnerismo es una apelación convincente para el electorado: hay que olvidar el cristinismo tardío de 2015 y explicar que estamos ante una crisis que puede generar consecuencias similares para toda la sociedad.

Esta narrativa que inaugura Alberto Fernández corre definitivamente el campo del debate político: “ellos” son la entrada en el 2001 y “nosotros” somos la salida virtuosa de 2003 y la garantía de los derechos adquiridos. Del éxito de este discurso, que busca enterrar el kirchnerismo del “vamos por todo” de 2015 y recuperar al que nos sacó del abismo en 2003, dependen las reales chances electorales de este neokirchnerismo. El “nosotros” planteado de esta manera es inclusivo y amplio, autocrítico, y acepta hasta a quienes hicieron todo lo posible por terminarlo. Una jugada arriesgada, pero la única posible si se quería tener chances de triunfo.

 

El nuevo (viejo) discurso de ex Cambiemos

Obviamente a Cambiemos no le conviene entrar en esta arena del debate. Ante el peligro de una derrota, el gobierno recurrió a Pichetto. El discurso que ex Cambiemos construyó ante este nuevo escenario fue apelar al dilema electoral de 2015 –república versus populismo– pero radicalizándolo, apelando a los viejos conceptos que había utilizado la Unión Democrática en 1946. Así lo planteó en sus primeros discursos el flamante candidato a vicepresidente: para él lo que se debate en 2019 es si continuamos por la senda democrática o si volvemos a caer en el autoritarismo. Lo que en 2015 era institucionalidad versus populismo trasmuta ahora a la radicalización: es democracia versus autoritarismo. El giro al centro del neokirchnerismo obligó a Cambiemos a radicalizarse: en su nuevo discurso, “ellos” no solo son corrupción y pasado, sino que ahora se convirtieron en un peligro para la democracia, porque además tienen entre sus candidatos a militantes comunistas. Lo dice quien fue jefe de la bancada del Senado de quienes ahora caracteriza como autoritarios.

De este modo Pichetto, en primer lugar, pone en cuestión el lugar de enunciación discursiva que Marcos Peña tiene dentro de Cambiemos. Es él mismo quien comienza a construir la nueva narrativa oficial. Pero, en segundo lugar, en manos de Pichetto esta narrativa abandona definitivamente la languidez del discurso desideologizado y pasteurizado de una década, y apela a cuestiones fuertemente impregnadas de ideología, como el nacionalismo conservador, el discurso antiinmigratorio o el desprecio a lo que denomina progresismo, y hasta reaviva el macartismo setentista de señalar a quién se considera comunista, como si el anticomunismo fuese una categoría de análisis bien entrado el siglo XXI. Esta apelación, si se quiere “bolsonarista” –con las distancias que hay con el bolsonarismo–, no se le “escapan” a Pichetto sino que forman parte de una ideologización planeada por Cambiemos en su búsqueda de mayor apoyo político.

Así como el giro neokirchnerista lo volvió centrista, el giro pichettista de Cambiemos lo volvió conservador, con apelaciones a la derecha más clásica. El debate electoral, hasta ahora, se plantea entonces en base a dos miedos: ex Cambiemos reconstruye el miedo al autoritarismo kirchnerista de 2015, radicalizándolo, y el neokirchnerismo construye el miedo a la crisis de 2001. ¿Qué miedo es más verosímil para el votante? ¿El miedo al 2015 del cepo, los patios militantes, las cadenas nacionales, las arengas contra los medios, 678? ¿O el miedo a la desintegración social que genera la falta de trabajo, la inflación, la recesión y el imaginario de la deuda?

Hay un terreno fértil para que los dos miedos se desarrollen. Cada uno de los espacios políticos intenta minimizar el poder de estos fantasmas con sus aperturas políticas. El kirchnerismo intenta desbaratar el miedo al 2015 corriendo precisamente a Cristina Kirchner de la candidatura presidencial. Si Cristina no va a ser presidenta, ¿cuánto éxito puede tener apelar al miedo a sus supuestas conductas autoritarias, antirrepublicanas, corruptas? ¿Es realmente verosímil la creencia –que difunden periodistas-operadores oficialistas como Majul, Leuco o Lanata– de que lo que está en juego es la democracia?

En cambio, ¿cuánto éxito puede tener apelar al miedo al 2001 con sus consecuencias grabadas en las memorias de millones, en medio de una crisis económica que lleva más de un año y que hunde en el hambre y la pobreza a millones de argentinos? ¿Cuánto éxito puede tener asociar los desmanes de las políticas de seguridad de Bullrich a los asesinatos de Kosteki y Santillán? ¿Cuánto éxito puede tener la apelación a una figura presidencial moderada que invita a reconstruir una alianza política amplia, con el apoyo de casi todos los peronismos provinciales e incluso de su más grande opositor interno ante la gravedad de la situación? ¿Cuánto poder puede tener asociar a Alberto Fernández a Néstor Kirchner, aunque en realidad su rol deba ser más parecido al de Duhalde? ¿Podrá más el miedo al cepo y a Cristina retando por cadena nacional a un jubilado por comprar dólares, o el miedo al default cuyas consecuencias la vivieron millones de argentinos con sus ahorros?

El éxito o el fracaso de los discursos políticos tienen que ver con la posibilidad de ser creíbles, verosímiles, de convencer al interlocutor. De construir una hegemonía discursiva. A priori, el discurso neokirchnerista de apelar al 2003 rompe la grieta de 2015. Porque la grieta de 2003 era entre orden y caos, y este último está más asociado a Cambiemos, no solo porque la UCR es uno de sus socios, sino porque algunos de los funcionarios actuales fueron protagonistas del gobierno que llevó a aquella crisis (Patricia Bullrich, Hernán Lombardi y Federico Sturzenegger, entre otros). Nadie quiere volver al 2001. Pero para que el planteo opositor sea creíble, es necesario demostrar que la crisis actual es tan grave como aquella. Si el gobierno reconstruye expectativas sobre la salida de la crisis en el corto plazo, el discurso opositor y su apelación al 2003 pierde eficacia.

Desde el lado de ex Cambiemos, apelar a que estamos ante un peligro para la democracia, incluso sin que la candidata sea Cristina, pierde credibilidad rápidamente al mostrar que el neokirchnerismo no es solo ella, sino que agrupa a gobernadores e incluso a opositores al kirchnerismo de dilatada trayectoria democrática. La radicalización macartista en boca de Pichetto es una muestra de que la oposición está teniendo éxito en la construcción de un campo discursivo distinto al que el gobierno deseaba, en el que se sentían cómodos y que les había sido exitoso desde 2015.

Si las condiciones del debate electoral van a estar dadas por la dicotomía propuesta por el neokirchnerismo –sintéticamente, entre 2001 y 2003–, al gobierno solo le queda intentar desbaratar esta idea buscando reconstruir las expectativas económicas de que es posible una salida sin caos. Para ello intenta, para mantener cierta paz cambiaria, construir un relato que postula que la inflación es alta pero que va bajando y que el poder adquisitivo del salario comenzará a recuperarse luego de las paritarias, junto a una serie de acciones que hace años tildaban de “populistas-kirchneristas”, como los controles de precios, los subsidios a los créditos y a la compra de automóviles, acompañados de una gestualidad que les permita mostrarse como pilotos de la crisis, con poder para contrarrestar sus efectos nocivos y con la capacidad de gestión que representa inaugurar obras públicas. En ello ponen todos los recursos disponibles: los propios y los prestados por el FMI. Si ex Cambiemos construye un relato creíble que logre convencer de que no estamos ante las puertas de un 2001, no le servirá de nada a la oposición tener un candidato que se muestra como garante de una salida como la de 2003. Pero tanto los números de la economía como la situación social, y principalmente la falta de fortaleza política para hacer creíble un relato de este tipo, hacen que este objetivo sea muy difícil de lograr.

Las dificultades para reconstruir el debate electoral en torno al eje democracia-populismo autoritario y las dificultades para salir del eje propuesto por el neokirchnerismo debido a los magros resultados de la economía, llevan a ex Cambiemos a recurrir a estrategias discursivas de las que renegó desde su constitución. La irrupción de Pichetto, como ya dijimos, implicó tirar por la borda la “revolución de la alegría” de Durán Barba y el optimismo entre cínico e ingenuo “a la Marcos Peña”, para apelar a lo que siempre combatió: el discurso ideológico.

Ante la crisis, intentado evitar que el gobierno sea identificado con el caos de 2001 y con la dificultad planteada para convencer de que su rival intenta poner en peligro la democracia, ex Cambiemos recurrió a la ideología de moda. De la mano del discurso populista conservador de Pichetto se modifica fuertemente la identidad del “nosotros” cambiemita. Fruto de estrategias de marketing, este discurso suma voluntades por derecha, pero también pierde a aquellos votantes apegados al liberalismo, a la ortodoxia económica y aquellos que militan el antiperonismo emocional.

Así como el neokirchnerismo se corrió de la izquierda al centro, el neocambiemismo se corre del centro a la derecha como estrategia de supervivencia. Así como la inclusión de Alberto Fernández dejó sin sentido la candidatura de Massa por afuera del peronismo unificado, la inclusión de Pichetto en la fórmula intenta desarmar las candidaturas que por derecha quieren construir Espert o Gómez Centurión.

Cuando las dos fuerzas políticas que se disputan el poder amplían su campo discursivo en la arena política y ocupan la mayor parte del arco ideológico, dejan poco espacio para terceras opciones y aumentan las posibilidades de polarización. Con el agravante de que el candidato mejor posicionado en este sector –el exministro de Economía que hasta 2005– fue socio del kirchnerismo en la recuperación económica. Ya dijimos que el socio del héroe hereda ciertos laureles y más cuando éste ya ha fallecido. Su candidatura podría haber sido más competitiva si, ante una crisis que podía identificarse con la de 2001, el kirchnerismo encabezaba su fórmula con Cristina. Lavagna tenía allí toda la legitimidad de auto-presentarse como el héroe de la salida de 2003 y adueñarse de los argumentos que hoy exhibe el neokirchnerismo. Había un espacio allí entre la ineficacia macrista y el golpeado kirchnerismo de 2015. Pero la nominación de Alberto Fernández ocupó el lugar simbólico que Lavagna quiso ocupar. Y lo desplazó de ese lugar. Hoy el discurso de Lavagna se reduce a captar los votos de los desencantados de Cambiemos que nunca votarían al peronismo, pero perdió el encanto de ser el héroe de 2003 que nos podría sacar del abismo similar al de 2001.

Si lo que se pone en debate es cómo evitar el 2001 con los actores del 2003, la opción de Fernández, jefe de gabinete de aquel gobierno, acompañado por Cristina, todo el peronismo y la simbología nestorista, es mucho más atractiva que la del ex ministro de Economía de aquellos años. La candidatura de Fernández obliteró una narrativa que podría haberle dado muchos frutos a Lavagna en tiempos de crisis económica como la que vivimos.

 

Algunas conclusiones

En síntesis, estamos ante un panorama político que desarmó lo que Cambiemos había planeado para esta campaña electoral. La crisis económica y el corrimiento al centro del kirchnerismo los obligó a realizar un giro hacia la derecha conservadora popular que debilitó muy fuertemente el poder de la grieta como performativa del campo discursivo en el que se configuraban las identidades políticas y en el que se desarrollaban los debates electorales. Campo en el que Cambiemos había demostrado mucha destreza y de la que había salido con dos importantes triunfos.

La entrada de ex Cambiemos al debate ideológico que siempre denostó y el intento del neokirchnerismo de despegarse del “nosotros” expulsivo de 2015, buscando reconstruir aquel ethos de ser fuerza política salvadora de la disgregación nacional y de la ampliación de derechos, modificaron el campo electoral de una manera que no preveían ni los más eximios analistas políticos y que hoy parece irreversible.

En este panorama volvemos a encontrar, reconstruido, el dilema de 1946. Así como la Unión Democrática apelaba a la dicotomía democracia-fascismo, ex Cambiemos quiere llevar el debate hoy a un enfrentamiento entre democracia y autoritarismo. Del otro lado, así como el peronismo había planteado en 1946 que el eje del debate electoral fuera garantizar los derechos sociales conquistados luego de décadas de gobiernos antipopulares frente a quienes querían eliminarlos, el neokirchnerismo apela hoy a la memoria histórica del primer kirchnerismo para garantizar los derechos conquistados, luego de una década de gobiernos antipopulares que habían dejado el país en su mayor crisis económica.

En otro contexto socio histórico, la apelación a las dicotomías de 1946 resurgen nuevamente con nuevos formatos. Habrá que ver quién tendrá mayor éxito en convencer al electorado sobre lo que está en juego. Porque lo que está en juego es, precisamente, qué es lo que se va a poner en juego en estas elecciones. Si es la república frente al autoritarismo, o si es la salida de una crisis que recorta derechos frente a quienes quieren radicalizar el rumbo del ajuste. Quien construya una narrativa política hegemónica tendrá mayores chances de éxito.

Esto es lo que se pondrá en juego en los próximos meses. Su resultado definirá los próximos años de nuestro país.

[1] Tan consolidada estaba esta idea que, luego de la derrota en las urnas, durante la jura de Perón el 4 de junio de 1946 en el Congreso, los legisladores radicales se retiraron del recinto.

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