La unidad y el peronismo

Alfredo Mason

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Por los medios de comunicación –y ni hablar de las redes sociales– se insiste en mostrar la falta de unidad del peronismo. Claro está que no es precisamente una descripción de la realidad, sino una intencionalidad política que busca probabilizar, precisamente, la desunión. Pero en el ámbito dirigencial aparecen hechos que podrían confirmar lo efectivo de esa la falta de unidad. Aquí, como en el tango Corrientes y Esmeralda, de Celedonio Flores, “cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel”.

Cuando vamos bajando los escalones de la militancia y las estructuras territoriales donde el peronismo construye su poder, la unidad es un hecho que es presentado como una interpelación a la propia dirigencia. La expresión de los compañeros no deja dudas: únanse, tenemos que estar juntos.

Esto no quiere decir que ese estar juntos quiera decir revueltos, porque la unidad se consigue por medio de la organización, y para que ella se genere se plantea la cuestión de la conducción. Todos coincidimos en que es necesario derrotar en las urnas al proyecto neoliberal de Mauricio Macri. La cuestión a resolver es para qué, pues ya tenemos la experiencia de quienes solo quisieron llegar al gobierno y luego no supieron qué hacer: se llamó la Alianza, mezcla rara –hoy estamos tangueros– de Musetta y de Mimí que concluyó con la crisis de 2001.

Cuando Cristina Fernández de Kirchner plantea la necesidad de un nuevo contrato social para abordar la resolución de la crisis argentina, explica por qué debemos llegar, ya que en la realidad están los “diez puntos” de Macri para legitimar la política expoliadora y de pérdida de soberanía, frente a los cuales debe realizarse el acuerdo patriótico y responsable de las fuerzas políticas que estén dispuestas a producir un cambio total del caos a que nos han sometido. Ese es el elemento a partir del cual se resuelve la cuestión de la unidad. Cristina, al enunciarlo, comienza a mostrarse como la conducción de ese proceso, porque está viendo lo que el futuro inmediato nos reclama.

Tanto los medios de comunicación monopólicos (Clarín y La Nación) como los trolls de Marcos Peña van a seguir con la campaña de difamación, de ocultamiento, como lo hicieron en la presentación del libro Sinceramente, donde una militancia entusiasmada se bancó bajo la lluvia la palabra de Cristina. Por eso la tarea militante es llegar a aquellos que nos acompañaron en 2011 y que en 2015 fueron manipulados y traicionados en su buena fe, para decirles que no se ha perdido todo, que hay una esperanza que –como siempre– la encarna el peronismo, que quizás no estudió en Harvard ni fue CEO, pero que sabe que la única manera de “cambiar” es con trabajo y no con marketing.

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