La Unidad Básica: ¿podrá la dirigencia sin las bases?

Emilia Bonifetti

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Estoy escribiendo esta nota en un contexto regional donde predominan los gobiernos neoliberales, y en ese marco voy a desarrollar mi reflexión sobre la unidad y la militancia. En el sistema neoliberal podemos identificar tres frentes fundamentales con los que operan sobre nuestra sociedad: el económico, el cultural y el institucional. El económico está basado en la defensa del sistema financiero, el cultural trabaja sobre la idea del individualismo y la meritocracia, y el institucional ataca directamente a nuestras instituciones y a la práctica política en general. En este sentido, los partidos políticos se ven afectados: desde la llegada del neoliberalismo a la política no han dejado de corromperlos y deslegitimarlos, vaciándolos de contenido, cuerpo y forma, y transformándolos en muchos casos en una mera herramienta electoral –que no es poca cosa– por la que entramos en disputas feroces o en unidades poco legítimas. Así se desacreditan nuestras herramientas institucionales, logrando alejar la voz del pueblo de quienes en teoría los representan.

Trataré de describir el vacío institucional que vive la militancia surgida en los últimos quince años, una renovada fuerza política que es resultado de un gobierno peronista que supo volver a despertar e inspirar la justicia social en el pueblo argentino. Las bases hacemos grandes esfuerzos de organización en diversos territorios desde hace muchos años. El problema aparece siempre a la hora de la representatividad: no podemos ni queremos seguir siendo espectadores de listas y unidades que vamos descubriendo mediante fotos virtuales y trascendidos periodísticos. Sobre todo porque las operaciones son tan obscenas que terminamos cayendo en trampas que, lejos de acercarnos, nos dividen cada vez más. El ejemplo más cercano y demoledor fue la campaña de 2015: se dijo durante un año que lo peor que nos podía pasar era Scioli como continuidad del gobierno.

Acá estamos, siendo gobernados prácticamente por las corporaciones. El neoliberalismo anula la política y la representatividad reemplazando la discusión institucional por la discusión mediática, con un desfile de políticos que cuentan con recursos suficientes como para salir en la televisión con sus respectivos operadores periodísticos. Años enteros instalan y bajan candidatos en los medios masivos de comunicación, mientras la militancia sigue en las bases tratando de explicar lo inexplicable, atando cabos, cayendo en especulaciones y viviendo desilusiones. Así se daña la credibilidad y la fuerza de la política.

Los peronistas somos muy conscientes de la importancia de la unidad y de los esfuerzos que hay que consensuar para lograrla. Lo que no podemos hacer es seguir siendo espectadores de las decisiones que se toman en la dirigencia. Sobre todo porque durante los últimos 17 años hemos alcanzado un nivel de comprensión política que asombraría a más de un compañero conservador. ¿Les sorprendería escuchar a un “kirchnerista” defendiendo la unidad con Pichetto y no con Moyano, o viceversa? A mí no. Hace tiempo que escucho argumentaciones más interesantes en las calles de mi barrio que en la dirigencia. Estoy afiliada al Partido Justicialista desde el año 2013. Nadie me mandó. Lo hice por decisión propia, por convicción. Fue un gran logro: es sabido que una de las cosas más difíciles para los peronistas es afiliarse al partido. Gran paradoja. O no, para los que suelen andar con el peronómetro.

Hace años que vengo buscando un lugar donde discutir sobre nuestras diferencias. Lamentablemente no lo he encontrado. Lo que sí pude identificar en esta búsqueda es un peronismo antikirchnerista y un kirchnerismo antiperonista llenos de prejuicios y malentendidos, con una mirada individualista de la política, y no como fuerzas que se miden en acciones concretas.

No hay espacios de discusión política dentro del peronismo. Hay muchas agrupaciones con sus dirigentes. Hay muchas organizaciones con sus dirigentes. Hay un Partido Justicialista con sus dirigentes. Pero no hay discusión de base partidaria, y mucho menos intercambio entre las bases y la dirigencia. Hace muchos años que el Peronismo avanza intuitivamente.

Hay una fuerza peronista muy importante que surge con el kirchnerismo y acompaña a Cristina, no por sus condiciones individuales, sino porque es quien hasta ahora mejor ha sabido interpretar a muchos argentinos y argentinas. Hay compañeros que, por supuesto, no comparten esta posición y no por ello dejamos de ser peronistas. Creo que esa discusión se podría enmarcar perfectamente en el cambio generacional que están viviendo nuestras instituciones –y donde las mujeres empezamos a cobrar un merecido protagonismo, pero eso lo dejo para otro día. Lo que ahora me importa es presentar esta problemática para poder encontrar con otros la forma de dar una discusión genuina y de fondo. No tenemos mucho tiempo, las elecciones son el año que viene. La situación económica y social de nuestro país viene en caída libre. Hay que generar los mecanismos que permitan el encuentro y la discusión, la planificación y la definición de objetivos comunes. Es una discusión que necesariamente tiene que incluir a la militancia. Tienen que volver las unidades básicas, con todo lo que eso significa. Sería un buen punto de partida.

Tenía pensado terminar esta reflexión con una serie de preguntas vinculadas a la búsqueda de unidad, pero me surge una fundamental y constitutiva: ¿está dispuesto el Partido Justicialista a abrazar la política y a toda su militancia para saldar esta discusión, o llegó la hora de fundar algo nuevo que nos dé la institucionalidad que tanto necesitamos y que abrace a todo aquel que se quiera sumar sin pretensiones de linaje ni prejuicios generacionales? Me ilusiona pensar que nuestro partido tiene la capacidad de renovarse y transformarse en una gran fuerza política capaz de acompañar cualquier frente de unidad, venciendo así también el objetivo neoliberal de ahogarnos bajo consignas individualistas y mezquinas que refuerzan una mirada conservadora de la política. Creo que es totalmente posible, aunque una vez más queda todo en manos de nuestra dirigencia.


Comentario de un lector1

Me gustó la intervención de Emilia y más aún que exista una revista como Movimiento que dé acogida a este tipo de intervenciones en las que con claridad se manifiesta una crítica y un reclamo.

Comparto la idea en general. Me da la impresión de que los diez años de gobierno K nos acostumbraron a una política organizada dentro de las agencias gubernamentales. Todas las cosas tienen sus lados buenos y sus lados malos. Lo bueno era compartir de algún modo un gobierno y una dirigencia gubernamental que era mucho mejor que la que habíamos conocido desde 1955. Pero eso también fue acompañado de una práctica en la que las Unidades Básicas perdieron importancia relativa. Y creo que es con ellas que se puede construir esa organización que, al decir del General Perón, “vence al tiempo”. Pero, ya situados en la Argentina de hoy, podemos agregar que es la única que puede vencer al cerco mediático. Pues incluso las redes sociales son propiedad de corporaciones grandes o pequeñasque tienen la capacidad de borrar nuestros discursos y de impedir la comunicación. Como lo hacen con los periódicos, o como hace poco lo han hecho con Destapeweb en Twitter. Es en las Unidades Básicas, en los clubes de barrio o en las asociaciones barriales de todo tipo que tenemos la posibilidad de construir redes mediante las cuales nuestras voces se reúnan, discutan y se difundan al resto de nuestros vecinos.

Lo que quisiera agregar a lo que dice Emilia es que no es necesario esperar a que esas asociaciones sean producto del pensamiento y la dirección de las autoridades partidarias. Para ser peronista no es necesario estar afiliado al Partido, como tampoco es necesario que sean afiliados al Partido los que se reúnan y participen. El Peronismo ya ha dejado una marca en la sociedad argentina como forma de construcción política. Sobre el modo en que se encarna hoy la idea nacional, popular, democrática, feminista y ecologista, es algo que debemos ir definiendo nosotros, en la medida en que entre todos vamos construyendo una imagen de lo que es hoy el mundo; de lo que es la Argentina hoy en ese mundo; de cuáles son las características de esta época en la que la globalización capitalista se sirve de las nuevas tecnologías para concentrar la riqueza e incrementar la explotación incluso poniendo en riesgo la supervivencia de la especie–; y, entre otras cosas, también de quiénes son los que encarnan hoy la oligarquía vende patria. Pero todo eso lo haremos construyendo organización, como la que Emilia exige, y otras que se vayan construyendo.

No es cuestión de hacer intelectualmente un programa y luego reunir a la gente. Más bien es reunir a los vecinos en torno a sus necesidades, organizarnos con ellos, y desde allí ir haciendo el ensayo y error de pensar, hacer y corregir, una vez que veamos en qué habíamos errado antes.

La idea de representación que hemos absorbido desde siempre es aquella según la cual existe una serie de individuos que se reúnen y eligen a uno de ellos. Pero incluso esa forma fue cuestionada, dado que una vez que alguien es elegido se corre el riesgo de que no actúe según el mandato. Y es cierto que muchas veces no puede hacerlo, pues es solo ficticiamente un reemplazante, un representante, de la totalidad de sus electores. A veces no lo logra por ser una singularidad que es puesta en el lugar de la totalidad. Solamente es validada esa representatividad a posteriori, como resultado de sus conductas. Es un proceso de ida y vuelta, dialéctico. Por eso es que las organizaciones se van construyendo. Por eso es que el liderazgo no lo ocupa cualquiera, sino quien lo gana, ese que por sus rasgos y conductas hace sentir que es representante. Por eso es que los representados se sienten representados, y el acuerdo racional es también afecto compartido y respeto mutuo. Ese acuerdo se expresará ya no en el representante como un singular que ocupa el lugar de lo general, sino a la vez como un conductor reconocido y un símbolo. Perón fue eso. No solo un conductor, sino también un símbolo que permitía que la unidad del Movimiento se viese encarnada, visualizada. Del mismo modo en que la Marcha Peronista es más que lo que dice. Es también un símbolo que trasciende a sus propias palabras, necesariamente determinadas por la época en que fueron escritas. Como ocurre con todo himno.

Podemos acordar con Laclau en que el vínculo al mismo tiempo constituye al grupo y a su representante, siempre y cuando recordemos algo que olvidó, y Emilia recordó: que eso ocurre al mismo tiempo que se crea organización. No sé cuál es su experiencia. Pero a en la mía –de muchos años–, en todas las organizaciones en las que participé o estudié, hay unas pocas personas que son capaces, por vocación, de sostener la existencia de la organización. No digo que no hayan existido rituales de creación del grupo, e incluso de escritura de un programa y de elección de candidatos. Pero en los que participé o estudié –y que perduraron– siempre existieron compañeros cuya vocación era hacer vivir a la organización (junta vecinal, Unidad Básica, movimiento, club de barrio, etcétera). He visto que cuando ellas o ellos desaparecían, la propia organización flaqueaba en su existencia, a menos que otro compañero tomase la posta. Por eso el Movimiento pudo seguir existiendo luego de la revolución fusiladora y en otras dictaduras. Porque existieron líderes que se formaron como tales, formando el grupo. Y por eso cuando se forman esos grupos habrá alguien que ponga su tiempo, e incluso su seguridad personal, al servicio de necesidades que tomaron forma en reuniones en que se descubrieron y convirtieron en reivindicación.

Así pues, no es necesario ni suficiente con esperar que los dirigentes abran Unidades Básicas y convoquen a la discusión. Basta con reunirse, asociarse, ponerse el nombre de una organización –sea Unidad Básica o junta vecinal–, discutir con amigos y vecinos, aprender de la historia de nuestro Movimiento en aquellos líderes y acontecimientos que reivindicamos. Luego, cuando tengamos la capacidad de reunir vecinos para manifestarse con nosotros y cuando esos vecinos se sientan representados, por nosotros o por algún otro que se destacó para la faena; cuando por esas acciones hayamos logrado tener una identidad como organización popular; cuando haya ocurrido todo eso, será posible hacernos escuchar. Entonces será posible trenzar con compañeros que estén en escalones organizativos más amplios, comunicarles las reivindicaciones y las ideas que hemos ido construyendo, e incluso discutir con ellos sobre candidaturas y, sobre todo, sobre las conductas de nuestros candidatos. Con toda razón, en el Partido te escucharán más o menos según la cantidad de votos que puedas movilizar. En el Movimiento te destacarás por la cantidad de vecinos que lleves a las concentraciones y por los éxitos que hayas logrado, como líder y grupo, en la conquista de soluciones a los reclamos.

Lo grande de la forma de organización creada por el Movimiento Peronista y su tradición es que no tiene dueño. Que se arma y rearma según la fuerza de sus miembros y las ideas que en el andar vamos organizando y actualizando.

La forma partido tiene limitaciones muy serias que la tornan incapaz de incluir a todo lo nacional, popular, democrático, feminista y ecologista que hemos ido construyendo. Tiene la limitación racionalista según la cual lo central es el acuerdo programático, que no es poca cosa, pero que en la historia de los partidos políticos nunca fue lo principal en el auspicio de una cierta conducta. Porque las acciones de nuestros conductores están obligadas por algo que muchas veces debe decidirse en el momento, debido a cierta coyuntura, a cierta relación de fuerzas, a cierta información que les llegó y que los obliga a responder, sin previas consultas, y recién luego podrán ser evaluadas por nosotros. Pero también porque, para ser partido político y presentarnos a elecciones, debemos aceptar una Constitución y unas leyes que no siempre permiten la expresión popular de la diversidad. Por eso el Movimiento. Porque el Movimiento es justamente lo que vamos construyendo entre todos y no la expresión de un momento, de cierto acuerdo programático, ni de un dirigente.

Es cierto que esto suena a elogio del caos. Pero no lo es. Para demostrarlo basta con saber que el Movimiento existe hasta hoy y es capaz de reponerse de derrotas de nuestras mejores expresiones, como aquella del menemismo.

Un extranjero o un argentino de tradición liberal (incluyendo los liberales marxistas o los marxistas liberales) te preguntaría qué es el peronismo. ¿Es Urtubey, Pichetto o Cristina? Es como el viento, con toda su fuerza y con las impurezas que arrastra. Mientras nos movemos, construimos y nos peleamos, quienes ganemos representatividad (capacidad de organizar compañeros vecinos en una dirección política) seremos quienes definamos lo que es el Movimiento en cada momento. Por eso, cuando Emilia escribió esto es peronista, y por eso lo soy cuando escribo esto que me tenté a contestarle, abriendo una discusión sobre el tema.

Homero Saltalamacchia


1 El texto de Emilia Bonifetti fue publicado previamente –al igual que la mayoría de los textos incluidos en este número– en la página web y en el grupo de Facebook de la revista Movimiento. A continuación se trascribe el comentario de un lector (Homero Saltalamacchia) a esa publicación.

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