La espera es un privilegio de clase

Ariel Magirena

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El Frente de Todos se encuentra, por la desventura del Pueblo argentino, en el lugar oportuno y en el momento apropiado. Sin haber sido, objetivamente, oposición al gobierno oligárquico que demolió día por día la soberanía económica y política de nuestro país, con énfasis en la destrucción del poder adquisitivo de los ingresos y la aniquilación de los derechos sociales y culturales, recibió por repudio el beneficio de los votos contra Macri.

Una campaña enjuagada en la que el drama social estuvo ausente y el marketing fue prioridad, eludió la política y –por lo tanto– el urgente programa de salvación de la Patria con explícitos puntos de consenso mediante los cuales llamar al diálogo patriótico. Fue el recurso para evitar hablar de su ausencia, mientras millones de familias caían en la escala socioeconómica, subía dramáticamente la tasa de suicidios y se alcanzaba la cifra insoslayable del 50% de niños en pobreza.

La estrategia cobarde de disimular peronismo y la metodología deplorable del dedo, la rosca y la proscripción al momento de conformar las listas, contó con la tolerancia del electorado, urgido de hacer mediante las urnas lo que la política no hizo en lo concreto.

Lo mejor de la política, su militancia real, territorial, social, sindical, solidaria, activa y con vocación de servicio –quienes dan a la política–, resultó agraviada y herida por quienes se sirven de la política.

Una sola clase social se apropió de la agenda electoral y todo el espectro de partidos compartió la misma agenda, con los temas de micropolítica instalados por los medios de manipulación de masas y las redes virtuales para promover la fragmentación social.

En este contexto, el Pueblo se expresó en defensa propia, con furia y en contra.

El resultado de las PASO es contundente y alentador, pero yerra con error fatal quien interprete que ese voto fue el resultado de un acierto de campaña. El escrutinio del domingo revela la nueva edición del “voto contra” e implica un desafío para el que recibió la gracia de esa bronca.

Mientras este comunicador escribe, supera el centenar de veces que recibe un mensaje por redes llamando a desmovilizar. Una advertencia contra un presunto llamado a derrocar a Macri que nadie recibió. El equipo de manipulación de masas –de Durán B o de la CIA– se previene de una eventual pueblada, cuando en tiempo inminente la debacle económica produzca desabastecimiento de comida y medicamentos: el corralito social.

La inmadurez política del liberal progresismo resulta funcional a la usina del macrismo y ya avisa que se quedará en su casa si el Pueblo estalla. Si el plan tiene éxito, abonará al sueño del establishment de evitar épicas populares que son característica histórica contra la tiranía y que encontraron su cénit el 25 de mayo, el 17 de octubre, en el cordobazo o en las jornadas de diciembre de 2001.

El Pueblo saldrá a la calle cuando quiera, porque no necesita un grupo de WhatsApp que lo convoque.

La clase política se negó por tres años y medio a cumplir el mandato de las urnas, que en la misma fecha elige quién gobierna y quién debe ser oposición. Por eso su discurso niega que el movimiento obrero organizado le hizo seis paros generales a Macri y que todos los días hubo sindicatos en la calle y en la lucha, como también los organismos de derechos humanos en cada ocasión medular, como los 24 de marzo y cuando la Maldita Corte sancionó el 2×1 para los genocidas.

La información recopilada por la Correpi estima un promedio de 400 muertos por año en represión. Son diez veces por año los muertos de diciembre de 2001, que se pone como argumento para desmovilizar. Pero la movilización popular es espontánea y no se produce porque lo convoque una “dirigencia”, sino por la ausencia de una dirigencia.

Si el Frente Todos interpreta el lugar en el que lo puso el voto reciente, deberá tomar la iniciativa para evitar esas muertes. Y tomar esa iniciativa es ponerle freno a esta última etapa de saqueo que comenzó al día siguiente de la jornada electoral.

La contundencia del resultado electoral es mandato y respaldo para medidas políticas urgentes. El frente ganador debe llamar ya a un diálogo que incluya a todo el espectro democrático, los sindicatos, las organizaciones sociales y la Iglesia, para ordenar la transición o reclamar el adelanto electoral para salvar a las víctimas terminales del gobierno oligárquico.

No se puede esperar. La espera es un privilegio de clase. Mientras la política espera, los pobres sufren, mueren o se suicidan.

“Para los hombres de coraje se hicieron las empresas”, enseñó el padre de la Patria, José de San Martín. Será decisión de la representación política argentina si está a la altura del momento histórico, o si representará una nueva desilusión que rescate del archivo el telegrama de despido que el Pueblo mandó en 2001, que rezaba simple: “que se vayan todos”. El fin de la política será, entonces y por fin, la privatización de la política y los funerales de la democracia.

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