Gobernar la pandemia

Marcos Domínguez

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¿Gobierno de infectólogos? ¿Enamoramiento de la cuarentena? ¿Comunismo encubierto? Parece que la oposición cambiemita más dura todavía continúa en plena hemorragia política. Lejos de la reconstrucción de un discurso opositor con vocación de poder, se mantiene en el consignismo altivo, resentido, grietológico, pero todavía políticamente ineficaz. Ataca las medidas de mayor aceptación. Y si el enemigo se equivoca, mejor no distraerlo.

Según un artículo de Santiago Dapelo en La Nación, diario insospechado de enamorarse de las filminas: “el entendimiento entre Fernández, Kicillof y Larreta, que tanto disgusta a los ‘verdaderos creyentes’ de ambos lados de la grieta, es imprescindible para manejar la situación. Basta imaginar lo que sucedería si alguna de las tres administraciones tomara medidas contradictorias con las otras”. Lo cierto es que en política no se puede ser adversario de todos. Tampoco aliado de todos. Ni todo el tiempo. Ni menos que el necesario. Sí se pueden realizar alianzas tácticas como las mencionadas, porque las exige el contexto. Porque de eso se trata, en gran parte, la política.

Hablando de relaciones de poder, ante una coyuntura que presenta un conjunto simultáneo de problemas de gran jerarquía –deuda, pobreza, hambre, salud, economía doméstica, equilibrios geopolíticos– el estilo de conducción de Alberto Fernández viene logrando, hasta ahora, algo no menor: evitar la dispersión de su base de sustentación, y la consolidación de un frente opositor unificado. Pero, naturalmente, la estrategia de tejer inteligentes transigencias también implica ser intransigente en los grandes principios. Y es en medio de esta dinámica de disputas donde el juego de equilibrios del gobierno se complejiza. La reacción es esperable. Otra vez resuena la intransigencia de grandes conglomerados empresariales y medios de comunicación dispuestos –con o sin pandemia– a condicionar a la administración central. Es la melancolía de haber tenido en Balcarce 50 a un gobierno gendarme de sus rentabilidades extraordinarias.

La tarea no es sencilla. El pico de contagios no ha llegado todavía, y por eso cobra relevancia el fortalecimiento previo del sistema de salud, que tiene como condición de posibilidad la disposición del aislamiento preventivo y obligatorio de la cuarentena. El gobierno sabe que lidia con una situación que ya era compleja, pero que se agrava. El aparato productivo argentino –diezmado tras cuatro años de macrismo– no goza de la robustez del de muchos países europeos que declaran la cuarentena y paran la actividad comercial y productiva de la nación. Los problemas de desabastecimiento y la escalada inflacionaria están al acecho. El teletrabajo, como cotidianeidad no regulada, convive con casi la mitad de la economía en la informalidad. En este marco, y cuando la situación sanitaria lo permite, se comienzan a tomar medidas en torno a la paulatina y ordenada activación económica.

La clave seguirá siendo, por ahora, gobernar en el “mientras tanto”. Y en ese mientras tanto vienen ocurriendo cosas notables. Los sindicatos ponen sus recursos a disposición. El ejército no solo está produciendo insumos, sino que está garantizando alimentos en focos críticos del territorio. La acción contundente que el Estado –a través de su históricamente estigmatizado personal– se encuentra realizando aparece como la más fundamental para reducir los daños. Científicos argentinos pensando en argentino, poniendo desarrollos en manos de la comunidad nacional. Todas estas son consecuencias prácticas de la forma de gobernar el mientras tanto. Y son estas consecuencias las que vienen permitiendo refundar un nuevo esquema de lealtades con “lo público”. No es poca cosa.

Este es el contexto en el que el impuesto a las grandes fortunas no aparece como un soplo comunista tardío, sino más bien como una medida –más– de emergencia basada en el más frío cálculo de racionalidad capitalista con una buena cuota de sentido común. En todos los países desarrollados que habitan los paladares de los “expertos” en materia económica, la carga impositiva es mucho –pero mucho– más alta para las personas ricas –que en nuestro suelo practican el deporte de la fuga– y más baja para las empresas –que son el motor productivo.

Hasta el momento, el ápice estratégico de la conducción de un país presidencialista construye un fino equilibrio no exento de naturales tensiones. Este equilibrio consta de: por un lado, involucrar a los responsables políticos que administran la cosa pública en cada distrito –oficialistas y opositores–; y por el otro, sostener un claro mensaje a la sociedad, recordándole que del otro lado de esa grieta –que existe, pero que no orienta la acción política gubernamental– acechan los sórdidos intereses antinacionales de siempre.

Muchas cosas dependen del estilo de conducción del presidente, claro está. No obstante, ¿hay algo que dependa de nosotros, fauna politizada, en este contexto? Esta época, nuestra época, requiere de nosotros una cuota enorme de madurez política para asumir que existe una realidad adversa con la que hay que negociar de modo eminentemente político, es decir, teniendo en cuenta las relaciones de fuerza vigentes hoy, desde una perspectiva de poder. Entonces, recuperar el prestigio de la política como arte también requiere entender la importancia de elegir qué batallas librar. Implica liderar sin estetizar ni simular. Persuadir. Pero implica también dotar a la coalición política que sustenta esa conducción de una fortaleza basada en la responsabilidad para enfrentar nuestros egos, incomodidades y veleidades. Esto es, debemos apartarnos de la atomización del discurso fomentada por el arte de la micro segmentación. En la política que habitamos, y en el frente que logramos construir, no se puede “volver a la fase 2”.

El desafío es permanente. En 2020 gobernar ya no radica solo en crear trabajo. En el 2020 gobernar es también desendeudar, reparar, contener, “hacer piso” en la economía, robustecer el sistema de salud. Achatar la curva de las discusiones facciosas. Administrar recursos escasos para cubrir necesidades infinitas. Priorizar la mirada de conjunto por sobre las miradas corporativas. Encontrar soluciones políticas para los apolíticos. Humanizar en tiempos de inteligencia artificial.

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