El trabajador como sujeto político del peronismo: ¿actualidad o anacronismo?

Lucas Diez

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“No existe para el Peronismo más que una sola clase de hombres: los que trabajan”. La frase, contundente como el resto de las 20 verdades peronistas, fue expresada por Juan Domingo Perón el 17 de octubre de 1950. El máximo referente del Movimiento Justicialista determinó fehacientemente su sujeto político: es el trabajador a quien le habla. Esta decisión, que ya transitó más de siete décadas y se mantiene vigente en el discurso político del universo panperonista actual, no fue azarosa ni infundada. La sociedad argentina, históricamente atravesada por corrientes migratorias y altamente atomizada por diferentes identidades culturales, no encontraba grandes puntos de cohesión social, salvo una jerarquía igualitaria ante la diversidad: la categoría universal de trabajador.El mundo laboral unificaba así al descendiente de italianos que trabajaba en una industria metalúrgica del conurbano con el autóctono de Tucumán que se desempeñaba en un ingenio azucarero.

Ahora bien, supongo que usted, lector crítico, se preguntará: habiendo más categorías universalizantes, ¿por qué elegir a la del trabajador como sujeto político y no otras? En lo que considero un análisis del peronismo, a mitad del siglo XX el trabajo no era una mera tarea de producción, sino también constituía un valor social. ¿Cuántas veces hemos escuchado que “el trabajo dignifica”? Este enunciado implica, en principio, una exclusión: si hay trabajadores, hay quienes no lo son. Si el trabajo dignifica, nadie quiere ser excluido. Siguiendo esta lógica, es de esperarse que los individuos encuentren lazos de pertenencia con una condición “positiva”deenormecontenido simbólico. El siguiente ejemplo resulta lo suficientemente gráfico como para determinar la importante construcción cultural en torno al trabajo: cuando se le pregunta a alguien de qué trabaja,la respuesta suele ser “soy tal cosa”.Esta falta de disociación entre el sujeto y la actividad que realiza subsume la identidad del individuo a lo que produce. Así, somos en cuanto producimos.

El peronismo, lejos de escapar a esta lógica, adhiere a ella y la capitaliza–¡vaya palabra!– en términos electorales. Perón, en la frase citada en el encabezado, le habla a los dignos. ¿Quién no quiere ser considerado digno? Esta construcción del discurso peronista en torno del trabajador, identificado como el sujeto político, fue el norte a seguir no sólo desde lo simbólico y lo discursivo, sino también desde la praxis política. Los gobiernos peronistas que se sucederían, más allá de sus matices, se arrogarían la representación del movimiento obrero, alternando sus discursos entre los términos “pueblo” y “trabajadores”, como si se trataran de sinónimos.

Ahora bien, transitando los fines de la segunda década del siglo XXI, resulta importante preguntarnos: ¿qué tan vigentes se encuentran los sustentos socioculturales que dan sentido a la identificación del trabajador como sujeto político del peronismo? Desde una primera aproximación, pareciera que los cambios sociales han transformado radicalmente la sociedad de 1950. Desde la cuestión de género, no es casual que el peronismo le hable sólo al trabajador y no a la trabajadora, ya que las características del sistema productivo ponían al hombre en el centro de la escena y relegaban a la mujer a la informalidad laboral o las tareas domésticas. La solución del primer peronismo fue legislar el voto femenino en 1947 y ponerlo en práctica a partir de las elecciones de 1951, crear el Partido Peronista Femenino y lograr la vinculación con las mujeres por su género y no por su condición de trabajadoras. Desde esta perspectiva, la importante tarea realizada por los movimientos feministas ha permitido incorporar a la agenda pública las desigualdades históricas que han sufrido las mujeres, por lo que en la actualidadel binomio “trabajador-trabajadora” resulta más representativo, ampliando así los alcances del sujeto político.

Desde otra perspectiva, hay otras cuestiones que atender. Hace poco tiempo, un domingo al mediodía, en una reunión familiar, surgió un debate respecto a la supuesta dignidad del trabajo. La discusión, con el asado como testigo, dividió a la familia entre quienes defendían fervorosamente que el trabajo es el motor para la realización moral de los individuos, y los que sostenían que se trataba de un eslogan para justificar la explotación del trabajador, y que encima éste se enorgullezca de su sometimiento. Si bien estas posiciones quizás resulten exageradas–y mi familia parezca un tanto extraña–, lo cierto es que producto del debate se conformaron dos grandes grupos bien definidos. Por un lado, estaban los mayores de cuarenta años, que ya habían sido padres, madres o abuelos. Por el otro estaban quienes teníamos entre veinte y treinta años. ¿Se imagina usted qué grupo defendió cada postura? Los jóvenes criticamos el relato de la dignidad del trabajo, entendiendo al mismo como un medio y no un fin, en clara contraposición con el pensamiento de los más experimentados. Si bien la “muestra” es extremadamente acotada y sesgada, el ejemplo sirve para postular que las distintas generaciones tienen distintas percepciones sobre el trabajo. Los “millennials” de la mesa nos reconocíamos como trabajadores y trabajadoras, pero no veíamos en esa categoría un componente moral que nos unificara e igualara. Coincidíamos en que el concepto no nos generaba empatía y en que nuestra realización como individuos radicaba meramente en la búsqueda de la felicidad –tanto individual como colectiva–, pero ésta no quedaba supeditada a una condición económica o productiva. Claro está, discutir eso resultó de mal gusto para padres y madres… ¡y ni hablar de la abuela! Todos ellos, personas que trabajaron durante toda su vida, vieron en nuestra postura un ataque casi de índole personal.

De esa experiencia me surgen algunos interrogantes que ponen en duda la vigencia de la hipótesis de la dignidad del trabajo. ¿Para las nuevas generaciones se trata de un axioma o de una falacia? ¿Resulta posible encontrar un sujeto político que se aggiorne mejor a los tiempos actuales y resulte más inclusivo? ¿Es posible modificar de un día para el otro al receptor del mensaje? No tengo una respuesta válida a esas preguntas. No obstante, no creo ser el único que ha percibido esto. Cristina Fernández de Kirchner, desde la campaña a elecciones legislativas en 2017, modificó radicalmente su discurso y dejó de hablarle a “los trabajadores” para centrarse en “los ciudadanos”. El ciudadano y la ciudadana son sujetos de derechos, lo que evidencia un análisis propositivo por parte de cualquier movimiento político que aspire a administrar el Estado. Importa un reconocimiento estatal:“para mí existís”, “para mí sos…”. Desde una primera aproximación, resulta una perspectiva inclusiva. Desde una mirada más crítica, importa también una exclusión: el sujeto necesita de un reconocimiento estatal para “ser”.

Este discurso presenta un fuerte arraigo con la teoría política del Estado-Nación.Es una decisión difícil.Saber a quién se le habla resulta el puntapié inicial de cualquier comunicación, y la política no se encuentra ajena a esto. Deberíamos explorar otras opciones más englobantes, que interpelen a trabajadores y trabajadoras, a desempleados y desempleadas, a grupos excluidos, a estudiantes, al mayor universo posible de personas. Quizás el concepto “individuo social” sea más inclusivo, ya que la persona no requiere de nadie más para existir y se realiza desde lo particular y colectivo. Se encuentra inmerso el concepto de solidaridad. Pero no es el objeto de este breve análisis aseverar cuál es la mejor opción, sino más bien abrir interrogantes que inviten a la reflexión.

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