El retorno del análisis político

Juan Manuel Abal Medina

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En la interesante entrevista que dio el día siguiente de su contundente triunfo electoral en el programa Corea del Centro, Alberto Fernández sostuvo que, después de tanto “auge de los empresarios, los CEOs y los deportistas”, el triunfo de la fórmula que comparte con Cristina Fernández de Kirchner fue también una revalorización de las políticas y los políticos.

Algo similar podemos sostener para el análisis de la política. Después de años de centrarnos en las potencialidades de las técnicas del marketing electoral, las capacidades demoscópicas del Big Data y los sofisticados usos de la microsegmentación y las redes sociales, que casi la mitad de los electores hayan votado por el Frente de Todxs nos permite volver a las fuentes. Al simple y concreto análisis político.

Durante estos meses, como tantos militantes, escuchaba acerca de encuestas y análisis que presagiaban diversos resultados. Con la ansiedad y el miedo que todos sentimos –no en vano veníamos de varias derrotas consecutivas–, en las charlas en paralelo con dos compañeros que respeto mucho nos deteníamos un rato, “parábamos la pelota”, y hacíamos el siguiente análisis: ¿quiénes de los que votamos en el ballotage 2015 a Daniel Scioli ahora no votaríamos a los Fernández? Y por el contrario: ¿cuántos de los que en esa elección optaron por Macri ahora dejarían de hacerlo? Un razonamiento crudo, sin fórmulas ni sofisticaciones, un puro análisis político. Obviamente, las consecuencias de ese razonamiento, que concluía en pronosticar un resultado muy similar al del pasado domingo, debían soportar estoicamente cómo los sondeos más variados nos hablaban de que “se acortaba la distancia”, que “estábamos cerca de un empate técnico”, que “con la proyección de las tendencias Macri podría quedar unos puntos arriba”, etcétera, etcétera. Con dudas y –por qué negarlo– bastante asustados con estos dos compañeros, volvíamos a repetir nuestro análisis sin obtener otro resultado que una victoria clara.

Unos días antes de la elección me reencontré con un amigo que viene desde hace años estudiando los comportamientos electorales. Después del obvio ritual de intercambiar resultados de sondeos, le compartí mi simple planteo y me respondió con una interesante reflexión: “Sabés lo que pasó, con todo el auge de las tecnologías electorales, Cambridge Analytica, las películas y documentales sobre el Brexit, nos olvidamos de que esas cosas es verdad que tienen un gran impacto, pero solo sobre unos pocos, un 5% del padrón, ponele, y cuando las elecciones están parejas y esos pocos las deciden, nos olvidamos del 95% restante que sigue votando por los mismos motivos que lo hizo siempre”. Y “los mismos motivos de siempre” no podían augurar nada bueno para un gobierno que no cumplió ninguna de sus promesas electorales –recordemos: terminar con la pobreza, reducir la inflación y unir a los argentinos– y que gestionó de tal manera que la inmensa mayoría de nosotros vivimos hoy mucho peor que cuatro años atrás.

Frente a esta realidad tan evidente, que como bien decía nuestro fundador es la única verdad, ¿qué podía ofrecer el gobierno más allá de sus herramientas tecnológicas? Solo dos cosas: la famosa “grieta” y el viejo “divide y reinarás”. La existencia de la llamada “grieta” le había permitido formar Cambiemos y su aprovechamiento ganar dos elecciones. Sin embargo, su abuso le complicó la gestión y, por lo tanto, sus posibilidades en una elección de renovación ejecutiva. Y la división del peronismo, que también le había facilitado sus victorias, comenzó a terminarse con los diversos encuentros por la unidad, iniciados en la UMET a principios del año pasado y concluidos con la presentación de la fórmula y la creación del Frente de Todos.

El último día de la campaña, la alianza oficial logró que su hashtag #YoVotoMM fuera tendencia número uno en Argentina. Sin embargo, las frases “Satisface a Mauricio”, “caricia significativa” y “gran apretón proveniente de Hurlingham” ilustran mejor que nada las limitaciones de estas técnicas.

Finalmente, el día siguiente a la elección, el oficialismo rompió todos los manuales básicos del marketing político: el candidato y presidente Macri, lejos de reconocer su derrota, se mostró claramente amenazante y enojado con el voto popular, y muchos de sus partidarios, incluso algunos dirigentes, denunciaron un supuesto fraude realizado “por los narcos”, en el proceso electoral que ellos mismos administran.

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