El neoliberalismo como regresión social

Inés Schoenfeld y Arnaud Iribarne

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“La adhesión al credo neoliberal (…) convirtió a la economía argentina en una sucursal del casino especulativo internacional, empezando un ciclo incontenible de endeudamiento, desindustrialización, pobreza y paralización económica” (Aldo Ferrer, El futuro de nuestro pasado).

 

Si observamos un grupo de niños pequeños jugando, podemos notar que están juntos, pero que cada uno está desarrollando su propio juego. Entre ellos no interactúan, no comparten ni se prestan, porque cada uno toma un objeto que necesita para lo que está elaborando y eso le pertenece. Dentro del proceso madurativo, está atravesando una etapa que es la del egocentrismo. En ese momento no está habilitado para considerar al otro, ni tenerlo en cuenta. Más adelante, el sujeto comienza a considerar a los demás con quienes convive, comparte y actúa. Intercambia sus juguetes, los muestra, los presta. Nos encontramos en el pasaje del egocentrismo a la objetividad. Esto le permite acceder a juegos donde se acepta un reglamento preestablecido, con normas que se respetan y cumplen.

La salud es tener la madurez adecuada en cada etapa del desarrollo. Un individuo sano tiene que ser capaz de estar a solas y también disfrutar y compartir, entregar y preocuparse por los demás. Esta situación nos acerca a la salud social.

Thomas Hobbes estudió el comportamiento del hombre durante la guerra civil inglesa del siglo XVII y en 1651 publicó el Leviatán. Considera que el ser humano, “en estado de naturaleza”, se deja llevar por sus pulsiones y toma lo que desea como el niño del egocentrismo. Si tiene hambre, toma alimentos que su vecino tiene guardados para el invierno. La condición natural de los hombres lo lleva a un estado de guerra permanente, todos contra todos, donde el hombre es lobo del hombre. Por lo tanto, es necesario que exista un Leviatán al cual los hombres teman, que imponga las reglas del juego y defina qué se puede hacer y qué está prohibido. Es condición para que haya paz que cada uno renuncie en parte a sus deseos o apetencias para vivir en sociedad. Hay un contrato o pacto social, por el cual se trocan deseos, derechos y libertades por una obediencia a unas normas de convivencia ya establecidas por otros, como en el juego de los niños que tienen un reglamento.

El capitalismo vivió su época dorada desde el final de la segunda guerra mundial hasta la caída del muro. Una cultura democrática, plural, horizontal, con legítimos mecanismos de regulación a las empresas capaces de limitar su poder, organizada por una práctica de igualdad y libertad, y no mero simulacro retórico. En los últimos 20 años del siglo XX se impone la idea de dejar libres a los mercados y eliminar regulaciones estatales. Se parte de una versión del concepto de Adam Smith de que el mercado es quien asigna mejor los recursos. Pero el mercado que imaginaba el escocés fundador del liberalismo era aquel en el cual ningún oferente ni adquirente tuviera posibilidad de prevalecer sobre los otros. La realidad demostró que nunca es así: una o dos empresas abusan de su posición dominante y se imponen al resto.

El liberalismo promovido por John Locke contenía un concepto de la responsabilidad del yo para con la comunidad, y subsistió en aquel liberalismo anglosajón de los siglos XVIII y XIX. En contraste, el neoliberalismo del siglo XXI está totalmente salido de cauce en la exacerbación del carácter egoísta, tal como el niño en la etapa del egocentrismo. Se propone infundir miedo para quitar por la fuerza lo que se necesita. La sinrazón produce miedo por un infierno inmerecido.

En el mar se observa el “estado de naturaleza” que mencionaba Hobbes: el pez grande se come al pez chico. El mercado, sin regulaciones, tiende naturalmente a concentrarse y las megaempresas abusan de su posición dominante. La globalización determina que las corporaciones tienen más poder que los estados nacionales que deben regularlas. Se debilita el Leviatán. Con la decadencia de los estados-nación, en el dominio planetario del capitalismo, los países poderosos se despojan de la obligación de sujetar sus acciones militares al Consejo de Seguridad de la ONU. Como el niño que tomaba el juguete porque lo deseaba, los países consideran que el petróleo es esencial para las necesidades nacionales, por lo que inventan situaciones que justifiquen invasiones, destruyendo naciones. Tal como vaticinaba Hobbes, el hombre vive en estado de guerra permanente: basta ver a Siria, que hace 20 años era un país bello y agradable de desarrollo mediano, con una industria importante, y hoy ha sido destruido con un conflicto que amenaza ser eterno.

En el mundo neoliberal del siglo XXI, el hombre es el lobo del hombre. El pensamiento neoliberal ha construido una trama de argumentaciones falaces que llevan al fracaso de la sociedad y que muestran un índice de inmadurez social, ya que un proceso regresivo es un retroceso. No se ha madurado para adquirir una preocupación real y un reconocimiento del otro para dejar de lado el egocentrismo, y se produce una ruptura con elementales normas de convivencia de la vida social.

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