Consecuencias y desafíos del COVID-19

Ernesto López

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Podría decirse que el COVID-19 presenta por lo menos tres inquietantes facetas: a) alcanza un desarrollo planetario como nunca lo ha tenido peste alguna y posee además una alta capacidad de propagación; b) viene envuelto en un velo de incertidumbre que lo torna todavía más acucioso; y c) está causando ya visibles estragos económicos y sociales –entre varios otros– y preanuncia que también lo hará en la esfera política.

Con sus más y sus menos, la pandemia ha llegado prácticamente a todo el mundo. Viaja rápido e infecta con ritmo veloz. Es natural que, dadas estas circunstancias, el COVID-19 genere incertidumbre: además de la amenaza que porta, no se vislumbra un final, lo que en un contexto de cuarentena produce ansiedades y angustias de diversa intensidad. Afortunadamente se está trabajando en varias partes del mundo para crear una vacuna cuyo logro parecería estar cerca, pero aún no se ha concretado. Obviamente, este recurso permitirá salir de esta por momentos agobiante situación, que ha producido ya centenares de miles de muertos en el orbe y millones de contagiados: 565.333 personas en el primer rubro y 12.691.625 en el segundo, al día en que se redacta esta nota (12-7-2020).

Por otra parte, es ampliamente conocido ya que la pandemia ha tenido un alto impacto negativo, a escala mundial, sobre los planos económico, social y político –además de otros. El World Economic Outlook Database de abril de este año, del FMI, indica que en recién en 2021 el mundo podrá alcanzar un crecimiento del PBI apenas mayor que el de 2019, estimado en 149.128.013 billones de dólares norteamericanos contra 142.005.647 billones de dólares en el segundo, medición hecha a paridad de poder adquisitivo y precios corrientes. Por otra parte, en la Actualización de las perspectivas de la economía mundial, de junio de 2020, de la misma institución, se ofrecen estos datos sobre la variación porcentual anual del PBI real:

2018      2019      2020     2021

Mundo                                               3,6         2,9        -4,9         5,4

Estados Unidos                                 2,9         2,3        -8,0         4,8

China                                                 6,7         6,1         1,4         8,2

Rusia                                                 2,5         1,3        -6,6         4,1

India                                                  6,1         4,2        -4,5         6,0

Reino Unido                                     1,3         1,4      -10,2         6,3

Alemania                                          1,5         0,6        -7,8         5,4

América Latina y el Caribe             1,1         0,1        -9,4         3,7

 

De esto se desprende que la pandemia está ya causando un impacto negativo sobre la economía mundial. También que Estados Unidos, Reino Unido y Alemania lo sienten con mayor intensidad y que Rusia está apenas un poco mejor que los tres anteriores. En tanto que China e India muestran las mejores performances y América Latina y el Caribe exponen resultados claramente negativos –no hay una medición de la región desagregada en el cuadro, solo se mide a Brasil que presenta niveles muy parecidos a los del conjunto de América Latina y el Caribe y a México, cuyos números son peores. El año 2021 marca una mejora. Pero nadie se atreve a pronosticar una rápida recuperación. Al contrario, el propio FMI la califica de incierta.

Hay un “paisaje” que se repite por doquier y es el típico de las recesiones graves: descenso de la actividad económica, quiebras, achicamiento de empresas, penuria financiera, incremento del desempleo, precariedad laboral, caída de las ganancias empresariales y también de los honorarios, sueldos y salarios percibidos por profesionales, empleados, obreros y demás categorías laborarles.

Es esperable, además, que se desarrolle un proceso de reconversión estructural de la economía global. La interdependencia, que fue uno de los pilares de la globalización que se ha conocido hasta ahora, está grogui –como se decía antes en el boxeo– tanto a nivel productivo como comercial. La pretendida autorregulación sistémica ligada a la mendaz pretensión de que funcionaba adecuadamente un fundamentalismo de mercado está prácticamente knock out. Como contracara, comienza a perfilarse un regreso del Estado como actor destacado. El avance de la automatización laboral en el campo de la producción y de los servicios, empero, no dejará de estar presente, como ha sido hasta ahora, lo cual perjudica el mantenimiento o la generación de empleo.

Estas son, con sus pros y sus contras, algunas de las señales que abren la expectativa de que se desenvuelva un proceso de cambio: es difícil imaginar que después de esta fenomenal tormenta la vida continuará tal y como era antes.

La política, por su parte, deberá hacerse cargo de todas estas mudanzas y de otras que sería excesivo exponer en este espacio. Sobrevendrán reacomodamientos y pujas, como suele suceder en estos casos, en los que la inercia de lo viejo y los nuevos vientos conviven, casi siempre, a los tirones, sin que pueda darse por anticipado un ganador.

El próximo 3 de noviembre la elección presidencial norteamericana será probablemente un test que permitirá vislumbrar qué rumbo tomarán los Estados Unidos, nada menos: si persiste Donald Trump –un enemigo de la globalización tal como se la ha conocido hasta ahora– o es reemplazado por un demócrata.

 

Argentina

Argentina se encuentra en una situación muy comprometida. A diferencia de la mayoría de los países del mundo, no solamente debe enfrentar las difíciles condiciones macro y microeconómicas que deja la pandemia. Debe también resolver una muy exigente renegociación de su deuda externa, como bien se sabe o, lo que sería menos conveniente, declarar un default. Y para colmo de males, acarrea un lastre heredado del presunto expresidente Mauricio Macri, cuyo record económico es de lejos el peor entre quienes han pasado por el sillón de Rivadavia a partir de 1983: tres de sus cuatro años de gestión han tenido un crecimiento negativo tanto del PBI como del PBI per cápita. Un verdadero desastre que se combina con una exorbitante toma de deuda externa asociada a un irresponsable fomento de formación de activos externos –léase salida de divisas: dólares– facilitada por el propio Banco Central.

Así las cosas y dando por sentado que la pandemia será controlada, el presidente Alberto Fernández deberá abocarse ineludiblemente a recuperar nuestro país del fenomenal naufragio al que ha sido sometido por los negativos impactos de la pandemia y del macrismo presidencial. En este caso, sus prioridades mayores serían: renegociar la deuda externa, como ya se indicó, elevar el nivel de actividad económica, fomentar el empleo y estimular el comercio exterior, con el objeto de obtener dólares para hacer frente a los desembolsos que se exigirán si hay un acuerdo de renegociación con los acreedores. Esto solo alcanza y sobra para un período de gobierno: si el país se estabiliza y recupera su andar se habrá materializado una hazaña.

No será tarea fácil. Está cada vez más claro que una porción de la oposición está haciendo ya todo lo posible para que nuestra módica recuperación reestabilizadora no ocurra. Hay un macrismo cerril que encabeza precisamente el expresidente, que está ya jugando a esmerilar y desestabilizar al gobierno actual: lamentable e incalificable, pero real. Es desleal y diríase que hasta antiargentino. Pero existe y bien haría el gobierno en prestarle mucha atención a este accionar.

Sería también conveniente que se pusiera el ojo sobre una propuesta de desarrollo que vaya más allá de las inevitables prioridades de la coyuntura. Pero atención. Si algo está demostrando también la pandemia es que a aquel viejo debate que aún hoy reverbera, en el que descollaron Raúl Prebisch, Mario Diamand y Aldo Ferrer, entre otros, habría que pegarle una profunda revisada. Son numerosos ya los indicios –en alguna medida colocados por la propia pandemia– de que hay dimensiones insoslayables actualmente en Argentina, como la demográfica y la ambiental, que deben estar indisoluble y concretamente ligadas a la cuestión del desarrollo. Son hoy tan importantes como la agraria y la industrial.

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