¡Basta de pobresismos!

Julieta Gaztañaga

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Me incomoda el pobresismo de los especialistas del comentario sobre política económica, cuando, por ejemplo, estereotipan a Martín Guzmán como un futbolista virtuoso y de bajo perfil, que patea de media cancha y mete ese golazo que salva al equipo del descenso y hace ganar el campeonato. Me incomoda, aunque sea una de las imágenes más entrañables para el sentir argentino, aunque el fútbol me parezca el deporte más hermoso de todos, y aunque el mismo ministro sea un crac jugando a la pelota, además de un académico brillante y humilde.

Se trata de una imagen engañosa, no en sí misma, sino por el contexto en el cual adquiere valor político.

El problema de esa imagen futbolera de épica bonita y exagerada es que no hace justicia al complejo y angustiante proceso institucional en el cual Guzmán nos ha hecho emocionar y admirarlo. ¿Por qué? Porque pertenece a un repertorio simbólico afectivo formado por el contraste con otra imagen y sus respectivos dispositivos ideológicos.

De un lado un “jugador increíble”; del otro, “un equipo organizado”. De una parte, talento, heterodoxia y obstinación; de la otra, dogmas à la mode, recetas y triunfalismo. Aquí, la artesanía del jugador-gladiador-héroe luchando contra los acreedores para dotar al horizonte soberano de consistencia macroeconómica; allá, la contabilidad creativa emprendedora del diseño de un proceso de endeudamiento masivo y excepcional. Aquí, los derechos sociales a pesar del mercado; allá, la fuga de divisas y la globalización de los amigos. Aquí, incertidumbre y responsabilidad política; allá, reproches de que negociar es complacer. Para unxs, obligaciones de Estado y apuesta al mercado interno en una pandemia; para otrxs, administración de un catering para las inversiones extranjeras de corto plazo y dudosa permanencia.

Efectivamente, me estoy refiriendo a la representación de las gestiones de gobierno del peronismo y del macrismo, y en especial a las diferentes imaginaciones sobre las relaciones entre soberanía, Estado y política que cada una entraña.

Me fastidia el pobresismo que presenta al macrismo, en general, y a los funcionarios que juegan el papel de Martín Guzmán, en particular, como si fueran maquiavélicos DT con recursos y contactos especiales con la elite del mundo deportivo frente a un peronismo de potrero con jugadores estrella. ¡Ni lo uno ni lo otro!

Obviamente a nadie le importa que a mí me moleste el pobresismo. Esto es claro. Lo que quiero señalar con ese neologismo patético es que hay un trasfondo mucho más grave y denso en estas construcciones, por más preciosas y emotivas que se nos apetezcan. Estas representaciones tienen consecuencias de largo plazo, que van calando hondo en el sentido común; en la construcción de nuestras expectativas sobre el Estado y los gobiernos; en nuestras maneras de actuar o reaccionar, resistir o ceder ante los reclamos, los derechos y las obligaciones; en nuestras formas de significar los aciertos y las desgracias de la política.

La imagen del goleador que corrió 90 minutos con la lengua afuera, frente a la de un equipo que organiza el juego sucio, se parece demasiado al contraste entre el superhéroe –que en realidad se parece bastante más a un policía superdotado que ordena el caos y corrige las desviaciones– y unos malhechores inescrupulosos y brillantes –que si usaran su creatividad para el bien y para el bien común los querríamos sin duda en nuestro equipo.

Estas visiones, incluso las que abrazan la épica con cariño, son peligrosas porque invierten las bases –teóricas, ideológicas y de praxis– que construyen las economías nacionales como campos de producción sociocultural. Y son peligrosas porque disimulan las profundas diferencias que hay en las bases de estos acuerdos de sentido común.

En primer lugar, porque la deuda –bastante más que el crédito– constituye un problema moral: es una institución de práctica social en la que el deudor asume el lenguaje y la moral del acreedor.

Entre 2003 y 2015, la prédica de la importancia del desendeudamiento externo y la sustitución de importaciones opacó la toma de crédito y se convirtió en símbolo de victoria política, independencia macroeconómica y dignidad soberana. Desde diciembre de 2015, en cambio, el endeudamiento pasó a presentarse alternativamente como oportunidad de crédito –en el doble sentido, de obtener préstamos y de ganar confiabilidad tras el pago a los holdouts– y como costo inevitable del desarrollo vía la apertura desregulada.

Claro, la dicotomía entre una macroeconomía basada en la felicidad del derroche y el ajuste necesario es más falsa que moneda de 7 pesos y medio. ¿Quién puede elegir entre gobernar con estadísticas maquilladas o con sinceramiento cruel? Usted qué prefiere: ¿morir o la muerte?

En segundo lugar, ambas imágenes tienen consecuencias variables para la representación de la actividad política como el arte de lo (im)posible y como gubernamentalidad. Las ultraderechas en todas partes suelen producir lo político colonizando aquellos términos claves que justifican reformas dolorosas, acciones autoritarias y postergaciones y cercenamientos de derechos que producen sufrimiento social.

El endeudamiento es un modo de gestión política de “las crisis” que muchas veces incluye la propia creación de esas crisis para justificar ciertas decisiones. Por ello es importante señalar que a fines de 2015 se produjo un punto de inflexión en el endeudamiento. Hasta entonces los préstamos eran para financiar obra pública y políticas de desarrollo; desde entonces, el endeudamiento masivo se orientó cada vez más a la especulación financiera y la fuga de capitales por la formación de activos financieros externos. Asimismo, el crecimiento monstruoso de los pasivos del Estado fue de la mano de una transformación cualitativa: hasta 2015 los acreedores eran mayoritariamente organismos nacionales y luego, extranjeros, con la prevalencia de un acreedor único que instaló sus oficinas en el Banco Central, el FMI.

No me tiren tomates. A todos se nos estruje un poco el pecho de emoción. ¿Pero qué gol es este? ¿De qué partido? Guzmán es mi ministro favorito y no tengo empacho en reconocerlo: es jugador y DT, juega de volante y de arquero al mismo tiempo, juega los dos tiempos y el suplementario, corre lo necesario, hace pases y respeta por igual a sus compañeros, a la hinchada y a los rivales. Respeto. Ni lástima ni miedo. Se sabe en una posición dentro de una dinámica cambiante, tal como entiende a la macroeconomía.

Es para festejar, me parece, la consistencia del acuerdo con los bonistas como base para romper con ese hábito de citar una “ley de la economía” escrita en 1803 como evidencia del mundo real. El peronismo primero observa lo que pasa, lo interpreta y busca transformarlo.

Este acuerdo viene a subrayar que la economía no es la disputa para sostener un equilibrio –imaginario– de un sistema ajeno al Estado que pide disculpas por la desigualdad y el colonialismo, sino un campo de experimentación, aprendizaje e intervención ante el desequilibrio y lo incompleto de los mercados. El acuerdo con los bonistas es la reestructuración de la deuda como un “momento” reflexivo de una totalidad mayor, donde la importancia de restaurar la consistencia macroeconómica se opone a la búsqueda de un equilibrio, fantoche, de la minoría contra la mayoría.

En las últimas dos décadas se forjaron dos modelos contrapuestos: el de “los muertos no pagan” y el de “este es un FMI distinto”.

El peronismo no juega al achique. Ha llegado el tiempo de una nueva síntesis, porque la economía nunca es libre y porque está en juego el futuro feliz del pueblo trabajador.

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