¿Por qué nos pasó el menemismo?

Bruno Beccia

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La dirección del peronismo gobernante en la actualidad camina no sin dificultades sobre sus verdades históricas y sus valores tradicionales, pero esto no siempre ha sido así. Durante los recordados años noventa el movimiento adquirió un rostro que nunca había tenido: en pleno auge del neoliberalismo, las ideas del Consenso de Washington y del “fin de la historia” hicieron mella en la doctrina y usurparon el espacio político.

¿A partir de qué estrategias sucedió semejante transformación? ¿Qué proyecto de poder logró filtrar esas ideas y hacerlas socialmente potables a lo largo de tantos años? ¿Cómo se sostuvo ese plan a pesar de las resistencias internas y externas? Estas son solo algunas incógnitas que intentaremos dilucidar a continuación.

Para entender el proyecto de poder de la segunda década infame –como la bautizó a posteriori Néstor Kirchner– es necesario diagramar de forma teórica seis plataformas de construcción política sobre las que se erigió el modelo menemista durante aquellos tumultuosos años, que dieron cierre al siglo XX.

En primer lugar, hubo una virtuosa y oportuna inserción a un clima de época, tanto global como regional. La caída del muro de Berlín fue el hecho paradigmático que concluyó un proceso de transformación que había comenzado en los setenta, se profundizó en los ochenta y que debía consolidarse en los noventa, para siempre. El fin del mundo bipolar dejaba el camino libre al capitalismo que, en ausencia de competencia y cuestionamientos, iría a fondo en su voluntad hegemónica. Esta situación ventajosa y de falta de límites del modelo triunfante suponía la “muerte de las ideologías” y, por lo tanto, de la política. La muerte de la política alfombraba la senda de un capitalismo desenfrenado, que abandonaría su matriz productivista por su cara financiera, fortalecida como nunca antes. Con el capital globalizado actuando a sus anchas, sin contrapesos ni vigilancia, se desdibujaba la posición antagónica ocupada durante décadas por la perspectiva socialista clásica, de aquel mundo bicéfalo de guerra fría. Así pues, el contraste con el enemigo comenzó a realizarse de modo más eficiente porque del otro lado del globo acababa de estallar esa mirada alternativa, diluida por los dogmatismos y los errores que rigieron al marxismo desde 1917. Francis Fukuyama y la Escuela de Chicago tuvieron en Argentina a muchos de sus mejores alumnos, que lograron filtrar en un movimiento de masas, nacional y popular los ideales que toda la vida sostuvieron sus principales detractores y que ahora, en la puerta de entrada del siglo XXI, se constituirían como aquel organismo patógeno al que se refería el general Perón cuando apuntaba a los traidores del peronismo. Pero ahora sin generar los prometidos anticuerpos.

El usufructo de la debacle del gobierno radical fue la segunda plataforma discursiva que posibilitó el diseño de una épica ideal, la de la salida de la crisis. Pero esta salida no se focalizaría en los defectos de sus antecesores políticos o en la remanida cultura de la grieta de la cual se abusó durante el macrismo. El eje polémico, la dimensión contrastante del discurso menemista se basaría en el Estado prebendario, decadente tras décadas de abandono y autodestrucción, situándolo como el perfecto antihéroe. Este sería el ejemplo justo desde el cual construir a contramano de lo público. La deconstrucción de aquel Estado fue la piedra basal de la reforma, las privatizaciones y la extranjerización de todo lo que aún seguía en sus manos. Esa decadencia estatal heredada –con el caso paradigmático de los teléfonos de ENTel– debía mostrarse como el obsoleto resabio del socialismo vernáculo, enfrentado al victorioso ejemplo del primer mundo capitalista, en la cresta de la ola, insuperable, omnipresente. La tarea era presentar la estatalidad como rémora de un pasado que no merece ser recordado. Esa idea fue exitosa.

Pero ningún modelo se sostiene solo en base a promesas, discursos polemizantes o viejas antinomias. Menos aún, uno formado y pensado por peronistas. El consumo es la plataforma más concreta y tangible de esta lista. De hecho, el crecimiento económico de los primeros años y una estabilidad cambiaria extrañamente extensa en nuestro país eran una carnada demasiado atractiva para despreciarla. Parecía aún más deliciosa acompañada de perfume francés, autos alemanes, aspiradoras japonesas y una coqueta piel de visón para abrigarse en invierno. Un valor reivindicado por el peronismo desde 1945 volvía a ser central en la estrategia de comunicación del menemismo, aunque ahora desprovisto de su identidad nacional y enmascarado tras una falsa ilusión de accesibilidad para toda la población. Por su parte, el plan de convertibilidad logró un efecto inédito en la historia argentina hasta ese momento: tendió un puente, una conexión de intereses entre la burguesía y los sectores del trabajo, que se sintieron partes fundantes de la misma fiesta, al menos durante un rato. El uno a uno, que desembocaría en la crisis de 2001, era la medida necesaria para equiparar en los papeles el interés nacional con el progreso mundial, que tenía al dólar como la divisa todopoderosa, frente a nuestro zigzagueante peso.

Maquiavelo decía que la verdadera política era la geopolítica. El menemato ubicó en el centro de su agenda la relación con el mundo. Si el gobierno se deshacía en elogios hacia el curso del “tren de la historia”, tenía que ganarse a sus máximos representantes. Durante los años noventa, el eje de la política internacional fue un capital valiosísimo para legitimar fronteras afuera un neoliberalismo que resultaría sobreactuado y exagerado, incluso para esos promotores globales. Por medio de la legitimación simbólica y del apoyo explícito de los centros del poder financiero mundial, Menem desarrollaba hacía adentro un modelo económico dependiente, a la medida de los teóricos de la peor ortodoxia, y exhibía una suerte de fetichismo pro-yanqui con algunas características desopilantes, relaciones carnales de por medio. La atadura ideológica con el liberalismo de la generación del 80 era evidente, tanto en su matriz entreguista como en su necesidad de escribir la historia a su modo. Si los viejos liberales quisieron suprimir la barbarie representada por los indígenas, los negros y los plebeyos, erigiendo a la inmigración blanca como capital civilizatorio, los neoliberales hallaron su barbarie en la estatalidad y su civilización, en la mano invisible del mercado.

Para llevar adelante el plan económico se necesitaba hacer más digerible ese reformismo permanente y sus consecuencias sociales trágicas y crecientes, más visibles en los márgenes de las grandes ciudades. La ejecución de una política de la antipolítica fue una plataforma de construcción de poder más exitosa que el plan de reforma mismo. La banalización, la farandulización y la degradación de la política como se la conocía hasta entonces, alcanzó ribetes inesperados. En pos de ocultar o justificar las inequidades, el darwinismo social y a los olvidados del sistema, se exploraron caminos argumentales que tendían a quitar al sistema político de la escena principal, o al menos disfrazarlo de algo bien distinto. Nunca antes, la casa de gobierno ocupó tantas veces las tapas de las revistas del corazón, ni los políticos colmaron las páginas de la sección de espectáculos. Romances, traiciones e intimidades de funcionarios, auspiciados por un enorme dispositivo mediático que mediante nuevas programaciones vomitivas, discriminadoras y violentas, constituyeron una vacuna al espíritu crítico de la sociedad, un mecanismo de distracción que desviaba la mirada de los nuevos y de los viejos problemas reales. Como siempre cuando se ejecutan estos planes de exclusión, el gobierno no es el único culpable. El menemato contó con una prensa que se volvió crítica solo cuando fue imposible ignorar los efectos del modelo, una Corte Suprema adicta en el marco de un poder judicial tan malo como el actual, pero con Punto Final y Obediencia Debida, y un apoyo abierto y explícito de los poderes fácticos que fueron, obviamente, coherentes con su historia.

La última plataforma discursiva del menemismo en esta humilde construcción teórica es la construcción de la imagen presidencial. Necesidad vital en un país presidencialista a ultranza, y más aún en la tradición simbólica del Partido Justicialista. Carlos Saúl Menem fue todo un producto político: su imagen, sus formas, su sonrisa, nada fue improvisado. Fue el primer ejemplo de un producto de marketing invadiendo los territorios tradicionalmente políticos, espacios que al menos simulaban una seriedad de origen, un modo de actuar con recato y solemnidad. Dialoguista, comprador, seductor y siempre abierto. Mujeriego, ganador, caudillo, transformador disruptivo y rebelde. Todas características alentadas por sus seguidores y explotadas por Menem y su círculo de poder más íntimo. Se nutría de las críticas, se reía y las usaba para su beneficio. Forjó una dinámica de gestión única y suya, gozaba del poder como nadie. Fue un hedonista con todas las letras que de nada se privó ni se interesó por tapar o disimular. Sus subestimadas virtudes en el plano del liderazgo, la trayectoria y el manejo de los hilos del poder, lo consagraron como un animal político, alguien que no podrá prescindir de la labor política hasta el último día de su vida. “El turco” representó a su modo el paroxismo de la flexibilidad del movimiento peronista, no sin resquebrajar varias verdades doctrinarias. Su gestión borró de cuajo la independencia económica, la soberanía política y la justicia social, volviéndose una pesada mochila que los peronistas debemos aguantar, aunque nos pese o nos dé vergüenza. Él añadió todas las cualidades del liderazgo peronista a un programa de gobierno liberal que nunca se había podido aplicar en democracia y que fue la secuela del plan de Martínez de Hoz, pero con más legitimidad popular. Menem fue un Macri Champions League. Fue el caballo de Troya del peronismo de esos años: en campaña acogió la revolución productiva, y en gestión, el Consenso de Washington. La modernización, la innovación y la inserción al mundo fueron solo eufemismos que solidificaron un relato creíble y duradero, irreversible en sus efectos e inolvidable en la memoria histórica de todos los argentinos. Menem lo hizo, y lo hizo muy bien.

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