Kusch, El filósofo maldito. Aportes para pensar el presente

Ana Zagari

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La tradición de la filosofía argentina que comienza con Juan Bautista Alberdi tiene en el siglo XX numerosos exponentes que forman parte de la filosofía latinoamericana.

La comprensión de nuestro presente va indisolublemente unida a la historia: en nuestro caso, historia de las ideas, del pensar y de la influencia que tienen en la acción y la constitución de nuestra patria. La intrínseca relación entre filosofía y política se remonta a los orígenes de ambas en la Grecia clásica, y continúa como reflexión y acción jurídica con el derecho romano. Desde que la filosofía apareció en el mundo helénico se dio como un pensamiento en y de la polis. Kusch pone en escena esa vinculación existente desde los orígenes y que muchas veces en nuestras academias se escamotea.

Su obra abarca los problemas centrales que padeció el siglo XX y que siguen presentes en el nuestro: las injusticias sociales, la invisibilización de pueblos enteros por parte de muchas de las elites oligárquicas cuando son gobierno, el desapego de parte de las clases medias urbanas –aunque Kusch solo mencione a la porteña– por los que son diferentes en color, posición social y cultura. Y, a pesar de que hoy el término globalización es el que suple o encubre ideologías del neoliberalismo, es ese pensamiento único, blanco y europeizante con el que discute Rodolfo Kusch en su lenguaje, y que nos sigue posibilitando acudir a él para comprender este presente en el que parece que los estados nacionales ceden a los buitres, peores aún que el famoso hombre lobo del hombre descripto por Hobbes.

 

Pueblo y ciudadanía

En toda su obra, tanto teórica como de investigaciones de campo, hay un hilo conductor que sigue el curso de la cultura material de los pueblos y de su producción simbólica. En ese seguimiento, el rasgo que descubre Kusch –en todas las comunidades con las que compartió su vida y sus ideas– es el de la asociación entre la creatividad inmanente del pueblo y quienes, desde la actividad política, se hacen cargo de las construcciones, los símbolos y los pareceres del pueblo.

El pueblo es un sustantivo abarcador que da cuenta de una pluralidad. Sería el sujeto de una nación. Y no es sinónimo de ciudadanía, que es el conjunto de un pueblo que cumple con ciertas características descriptas en la constitución: por ejemplo, ser nativo o nacionalizado, ser mayor de edad, hasta 1952 ser hombre, tener la capacidad de elegir y ser elegido. Incluso cuando se pasan los 70 años de edad ya no hay ciertas obligaciones de índole jurídica, pero estos mayores siguen formando parte del pueblo. Pueblo es lo opuesto al Uno. El pueblo, tanto en su acepción teológica como política y cultural, es el nombre que designa en primer término a los de abajo, a los pobres, a los vulnerables. Y a todos los que luchan por la justicia social y por la reparación de quienes sufren las injusticias.

El pueblo sería más bien la raíz misma desde donde se llega a la ciudadanía, pero no es idéntica a la ciudadanía. Se construye desde una razón popular que tiende a reconocer en el suelo cultural a las masas desprotegidas por las instituciones liberales, a su sujeto, lábil, móvil, contradictorio, y por eso mismo plural, mezclado, pero aunado en sus demandas por la justicia social.

El aporte de la filosofía de Rodolfo Kusch radica en la vinculación intrínseca que tiene la cultura de nuestros pueblos con los procesos políticos populares. En nuestro caso, la identificación de las culturas y de los pueblos urbanos o rurales –más desprotegidos por las políticas liberales y neoliberales– con políticas populares, fundamentalmente el peronismo, se comprende porque han imbricado sus proyectos con la posibilidad de recuperar la dignidad de los más vulnerables. Esto es lo que destaca Kusch en su obra y por lo cual fue perseguido por la dictadura militar de 1976 y expulsado de la academia.

 

La antropología filosófica para América

En el prólogo del Esbozo de una antropología filosófica americana se propone diseñar una antropología propia, “sobre la base de experiencias e informes brindados por gente de pueblo”, e inmediatamente anticipa una aproximación al nombre pueblo, identificándolo con el concepto de lo masivo, lo segregado y arraigado a la vez, lo que es opuesto a lo uno, es decir que pueblo siempre refiere a formas culturales.

Kusch redefine la cuestión del ser y del estar y le otorga prioridad al estar. Así responde a su lectura diferenciada de las filosofías tradicionales y pone en juego la producción cultural de América. Y nos anticipa la contradicción que se tiene frente a este nombre: el pueblo resignifica al ego, al yo. No es el yo el protagonista y hacedor de la cultura, es el pueblo como comunidad el que produce formas culturales, materiales y simbólicas. El yo está supeditado al entramado cultural al que pertenece. En cambio, para la tradición moderna, que en gran parte se ha impuesto en nuestro pensar, el yo es superior al nosotros: es la representación de la figura del individuo y la fuente del egoísmo.

Aunque de manera tácita, la Modernidad se apoya para diseñar a ese sujeto en su propia historia y en una decisión estratégica que elige que la cultura europea es la única capaz de indicar la verdad, la belleza y el bien. Para ello hegemoniza un relato filosófico y deja de lado muchas manifestaciones de la cultura que contradigan el modelo elegido. Esto se realiza con la ayuda de las conquistas y las colonizaciones reiteradas sobre otros pueblos que Europa ha realizado desde 1492 en adelante. Y aunque ahora el poder hegemónico se ha desplazado, la concepción es la misma: el blanco superior, cuyo “deber” es civilizar al resto de la humanidad.

Mientras tanto, Rodolfo Kusch, como muchos otros y otras, pone en el centro de su filosofía ejes culturales que abren a un pensar plural y se aleja de la configuración europea de la filosofía. Por ello es que Kusch crea el nombre geocultura e identifica, desde un inicio, geocultura con campo popular. Geoculura: imbricación de la tierra y las manifestaciones humanas que son culto y cultivo de ese espacio. No puede escindirse esta categoría del llamado campo popular, ya que es la creatividad inmanente del pueblo la que configura la geocultura. Denomina ejes geoculturales al Litoral, los Valles Calchaquíes y Cuyo, como los tres originarios. Después, ya en la mitad del siglo XX, surge el de Buenos Aires, que confluye a través de un fenómeno de revuelta y asume una serie de demandas populares en el movimiento peronista, debilitando la concepción unitaria porteña. Aunque la crítica que hace el filósofo a este eje es el del unitarismo hegemónico, solo apaciguado por el surgimiento desde el suelo de la patria del movimiento liderado por Perón y Evita.

Identifica nacional con popular. El antagonismo de esa cultura nacional y popular es para Kusch lo que denomina el eje geocultural de Buenos Aires, con su concepción unitaria y europea de construcción nacional, hasta que aparece en el espacio público de la ciudad el peronismo. Estos antagonismos permanecen: la vertiente del unitarismo y de los liberalismos de las clases dominantes y, más recientemente, del neoliberalismo que, por querer minimizar el Estado a favor del mercado, replican la concepción de la primacía de una clase burguesa u oligárquica que se aleja de las demandas populares. Hoy, dos ejemplos recientes que Kusch no vio, pero que podemos analizar desde su antropología, son los gobiernos neoliberales del menemismo y el intento de recuperar dicha supremacía a partir de diciembre de 2015.

Lo que desestiman las políticas neoliberales que priorizan al mercado, máscara de los sujetos del poder concentrador, es que “una antropología a partir del silencio lleno del discurso popular, basada en la ausencia del saber de lo que es el hombre, se ubica al margen de una definición del hombre” (Kusch, 1978).

 

Figuras del equilibrio del estar: el manosanta, Perón, Evita

Por ello, al pensar, América elige la concepción que nos ofrece nuestra propia lengua castellana: ser/estar. El estar como instalación es el modo de definir América. Para Kusch, el estar es un modo de relación con el mundo, en las dimensiones de lo sagrado y lo profano, lo común y el individuo, la autoridad religiosa y la política, la circulación de los bienes, distinta a la concepción capitalista de la circulación de las mercancías, etcétera.

Es en ese orden que la aparición del peronismo –como movimiento de reivindicación de los de abajo– es mirado y escuchado por Kusch, componente fundamental de comprensión de nuestra cultura, aún en sus grietas. En su Esbozo analiza el discurso de una informante cuando en su lenguaje es capaz de diferenciar la cultura del contrato de la cultura de la comunidad. En esta última Kusch encuentra formas de cuidado del conjunto, desligadas del conocimiento universitario y próximas a las creencias de esa comunidad. Se habla, por ejemplo, del manosanta que influye como un otro misterioso, semejante a Jesús dice la informante, en la cura de los pobres. Si nos detenemos por un momento en esta palabra, cura, comprendemos que en el ejercicio de la autoridad de ese otro se juntan el cuidado del cuerpo y del espíritu. Ya que curar es sinónimo de cuidar la diferencia con la cultura llamada occidental, en las culturas estudiadas por Kusch no hay división entre la cura del cuerpo –que en nuestro caso está reservada al médico– y el cuidado del alma –que nuevamente en nuestro caso está reservada al sacerdote, al rabino o… al psicoanalista. Lo importante es señalar que el papel del manosanta unifica en su persona la capacidad de curar cuerpo y espíritu, porque no existe la tajante división de las dos sustancias, como ha enseñado la filosofía cartesiana: la extensión –cuerpo– y el cogito, el pensar.

Otro signo importante es que el manosanta se vincula con los pobres, los abandonados. “La característica del abandono pareciera radicar en una pasividad del pobre en tanto no puede gastar, no puede curarse y está siempre imposibilitado” (Kusch, 1978). Esto se contrapone con la abundancia de medios y de instrumentos de los ricos. Ellos en su desmedida abundancia y en su falta de sacralidad desequilibran el suelo. Solo quieren sacar provecho de la tierra y de su fecundidad, sin cuidarla. El desequilibrio que se presenta en sequías, inundaciones, plagas, etcétera, son manifestaciones de la ira de Dios. La eficacia del manosanta es solo con los pobres, porque los ricos son refractarios a su saber. Ellos tiene un único objetivo: aumentar sus ganancias. Con los pobres el manosanta establece contactos no instrumentales, mediante la proximidad: mira, toca, habla, y así cura. Al rico no le interesa esta forma de ejercicio de la proxemia y no cree en el poder ni en el saber del manosanta.

¿Qué relación existe entre el manosanta y Perón? Dice Sebastiana, la informante del Esbozo, que el equilibrio está garantizado por Perón porque él “da la ley pareja p’al pobre que también necesita” (Kusch, 1978). El gobierno tiene que garantizar una economía para todos: el rico no quiere la justicia social. Fue Perón quien escuchó a los pobres. Pobres en este sentido es sinónimo de pueblo: los ricos no son pueblo. Y Evita los abrazaba, los miraba, los cuidaba. Al caer el peronismo, nuevamente el pobre siente la indefensión. “Desapareciendo Perón incide el castigo de Dios, se producen revueltas o sea que irrumpe el desequilibrio cósmico en la sociedad” (Kusch, 1978). Desequilibrio porque, al desaparecer Perón, desaparece la justicia social que, en el caso de Sabastiana, puede ser leída como justicia cósmica: el peronismo aglutina lo divino y lo humano y les da sentido a los pobres, al pueblo. Esto de ninguna manera significa que en el peronismo no haya contradicciones, pero éstas conviven o se resuelven en una lógica diferente a la del silogismo. Hay una dialéctica capaz de mover desde lo inconsciente hasta el concepto, desde la pasión hasta la poesía, desde la reivindicación por las demandas hasta la escritura de la Constitución de 1949, paradigma de una carta magna inclusiva que anticipa jurídica y políticamente temas de la agenda contemporánea como la ecología, los derechos ahora llamados de tercera generación y los derechos de siempre: al trabajo, a la vivienda, a la tierra. También el cuidado de la infancia, que en todas las plazas se explicaba con la leyenda “los únicos privilegiados son los niños y los mayores deben cuidarlos”. No son los privilegios que se arrogan para sí lo ricos.

La filosofía de Kusch mantiene la decisión estratégica respecto de que la filosofía es pensar político. La decisión por lo americano, por un conocimiento que no es el conocimiento oficial, es político en el sentido de poner en el pensar el estar juntos, el vivir juntos como el suelo que –siempre en tensión y en conflicto– puede lograr el equilibrio o ser desequilibrante, es decir nefasto, violento. El equilibrio es lo que plantea la informante Sebastiana, algo muy semejante a la justicia social. El desequilibio se asocia con las estructuras del poder financiero, judicial y político que hace oídos sordos a las demandas del pueblo, que pretenden borrar la dignidad de los pobres y de los que son más vulnerables, haciendo del gobierno un gobierno para pocos.

Quiero detenerme en el gerundio que usa Kusch en la cita sobre la desaparición de Perón. Para la historia argentina, a partir de 1976, desaparecer significó –en palabras del dictador Videla– no estar ni vivos ni muertos. Los desaparecidos, militantes, obreros, intelectuales, madres que buscaban a sus hijos, eran parte del pueblo. En 1955, la desaparición de Perón también tuvo que ver con desaparecer cuerpos, con fusilar, con no poder mencionar los nombres de Perón y Evita, con no poder contar con sus imágenes o con tenerlas a costa del silencio. La pregunta es si en Argentina la oligarquía sabe que solamente mediante la desaparición es posible que siga en el poder. Aún en democracia, hoy la pregunta es hasta qué punto las definiciones políticas del bien y del mal concentran en el peronismo el mal radical, por ejemplo en la reunión del presidente Macri con el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa del 4 de mayo de 2016, en la que el escritor le asigna al peronismo ser la causa de la tragedia argentina y se esperanza con el gobierno de Cambiemos.

Un componente importante de la geocultura es la resistencia: la resistencia popular a formas anquilosadas del pensamiento único –que es paradójicamente dualista– se respalda en una cultura viva. En ella hay analizadores propios que aprecian o deprecian lo que se quiere imponer. Se analiza en términos de hostilidad u hospitalidad. Sólo los movimientos populares, en nuestro caso fundamentalmente el peronismo, logran poner en el centro lo que por derecho de mayorías es equilibrio político.

Es innegable la vigencia de la filosofía kuscheana. Dado que el tiempo no es lineal ni progresivo, y dado que es posible el tiempo sobredeterminado capaz de actualizar formas del pasado que parecen ya superadas, también es posible pensar que nunca se vuelve al mismo lugar y que la densidad del presente “acarrea” los pensares, las luchas, las resistencias y los logros del pueblo. Volver hoy a Kusch es parte del acervo cultural que está en la serie de todas la formas de la cultura del pueblo, aun las que hoy permanecen latentes. Y volver a Kusch es también tener herramientas conceptuales para la discusión militante. Es conocer el trabajo antropológico que hace con los informantes, donde nos enseña, como Perón, a poner la oreja, a escuchar, a ablandar nuestras opiniones y juicios, para que entren las de quienes forman parte de unas formas de resistencia muchas veces en soledad, para recuperarla y contribuir a su visibilidad. Tarea militante también es recuperar a Kusch para el conocimiento y la discusión con un filósofo que, si fue maldito para la academia oligárquica, es fuente de revisión para el peronismo

 

Bibliografía

Kusch GR (1976): Geocultura del hombre americano. Buenos Aires, Fernando García Cambeiro.

Kusch GR (1978): Esbozo de una antropología filosófica americana. San Antonio de Padua, Castañeda.

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