Eugenesia, peronismo y antiperonismo: debates en torno a la figura de Ramón Carillo

Susana Novick

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Este artículo[1] pretende aportar algunos elementos al debate –aún vigente– acerca de la adhesión del primer peronismo (1945-1955) a un conjunto de ideas conocidas como eugenesia, surgidas a fines del siglo XIX en Inglaterra y aplicadas en varios países europeos, Estados Unidos y América Latina. Durante la Segunda Guerra Mundial, el nazismo tomó parte de ese conjunto de ideas para formular y diseñar su política de exterminio. Para los antiperonistas, sostener que el primer peronismo se inspiró en las ideas eugenésicas para diseñar sus políticas públicas ha sido una estrategia útil para defender su perspectiva de que el peronismo fue una experiencia política nazi-fascista. Como lo demostraremos en este texto, la argumentación carece de lógica, de sustento científico y se contradice con los datos empírico-históricos que están al alcance de cualquier investigador.

 

El ideario eugenésico

El naturalista, antropólogo y geógrafo británico Sir Francis Galton (1822-1911), animado por los trabajos de Darwin (1809-1882) y su teoría sobre la selección natural de las especies, consideró que esas ideas podían ser aplicadas al ser humano para lograr su perfección, al plantear la eugenesia como “política de Estado” mediante el uso de técnicas positivas y negativas. Ya en 1909, Galton definió la eugenesia, aclarando sus objetivos y campo de aplicación, y sostuvo que la ciencia intentaba mejorar por todos los medios las cualidades raciales de la población. El ideario eugenésico se asoció a la expansión del imperio británico, coincidente con la clasificación en razas superiores e inferiores, y con la alarma surgida ante la decreciente reproducción de la raza blanca. Galton propuso varias etapas hacia el perfeccionamiento deseado: difusión del conocimiento de las leyes de la herencia y de los futuros estudios sobre el tema; desarrollo de investigaciones sobre las diferentes civilizaciones, su surgimiento y declive de acuerdo a la fecundidad de sus clases sociales; recopilación y sistematización de los factores que mostraran las circunstancias en que se propagaban las familias numerosas y saludables; estudio de las influencias que afectaban el matrimonio; y toma de conciencia de la importancia que la eugenesia tenía para la nación. Concluía afirmando que la eugenesia cooperaría con la naturaleza para asegurar que, en el futuro, la humanidad fuera representada por las mejores razas (Galton, 1909: 36-43).

Los eugenetistas extremos creían que el ser humano y la sociedad solo podrían ser mejorados mediante el perfeccionamiento genético de la especie humana, estimulando las variantes humanas valiosas –identificadas con la burguesía o con razas adecuadamente matizadas, como la nórdica– y eliminando las indeseables –identificadas por lo general con los pobres, los pueblos colonizados o los extranjeros. Los eugenetistas menos extremos concedían relativa importancia a las reformas sociales, la educación y los cambios ambientales.

La eugenesia fue fundamentalmente un movimiento político, “protagonizado casi de forma exclusiva por miembros de la burguesía o de la clase media, que urgían a los gobiernos a iniciar un programa de acciones positivas o negativas para mejorar la condición genética de la especie humana”.[2] Afloraron así, claramente, los vínculos entre la biología y la ideología, especialmente evidentes en la relación entre la eugenesia y la nueva ciencia de la genética, nacida hacia 1900. Durante el siglo XIX, el racismo tuvo un peso creciente, y la biología resultó un elemento legitimador para la ideología burguesa –teóricamente igualitaria–, ya que se pudo colocar en la naturaleza la responsabilidad de las emergentes desigualdades humanas: “Los pobres eran pobres porque habían nacido inferiores… la biología no solo era potencialmente la ciencia de la derecha política, sino la ciencia de aquellos que mostraban una actitud de desconfianza con respecto a la ciencia, la razón y el progreso”.[3]

En América Latina, sin embargo, los postulados eugénicos tuvieron su sello propio. El discurso eugenésico en que se basó buena parte de la política legislativa referida a la reproducción humana, la política migratoria y la política sanitaria, no partió de la concepción genética de Gregor Johann Mendel (1822-1884), dominante en Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, sino que se adscribió a las nociones hereditarias del naturalista francés Jean-Baptiste de Lamarck (1744-1829), en las cuales también se incluía el ambiente –y no sólo lo genético– como variable determinante. Así, las ideas eugenésicas penetraron en América Latina e influyeron en las políticas sociales de cada uno de los países con diferente intensidad. Como se carecía de investigaciones científicas sobre biología y genética prosperó una eugenesia asociada a la puericultura –cuidado materno infantil– y la homicultura –cuidado de la vida de los sujetos– en cuya concepción se incluían los problemas socioeconómicos y del medio ambiente. Existe una abundante y valiosa bibliografía sobre esta temática abordada por sociólogos, historiadores, antropólogos, filósofos, etcétera, de Hispanoamérica, que muestra cómo el tema de la perfección humana, de la existencia de diferencias raciales y de grupos que se consideraban superiores ha perdurado en el tiempo.[4] Asimismo, si bien las ideas eugénicas formaron parte de los debates acerca de la evolución, el progreso, la civilización y la “degeneración de la raza”, nunca alcanzaron el impulso observado en Europa y Estados Unidos (Stepan, 1991: 8).

 

Las ideas eugenésicas en la Argentina

La década de 1930 sintetizó en nuestro país dos crisis: la económica –quiebre del mercado internacional– y la política –golpe de Estado de 1930. En el contexto de ambas rupturas las cuestiones poblacionales emergieron colocando en primer plano a la eugenesia como un camino que conduciría a resolverlas. Los sectores económicos dominantes, las elites intelectuales, los funcionarios políticos, los profesionales, la clase media educada, etcétera, adhirieron al pensamiento eugenésico originado en Europa –especialmente el proveniente de Francia e Italia– como un instrumento que “curaría” a una sociedad enferma, en la cual se observaban las consecuencias negativas de la decadencia de la civilización moderna, que incluía tanto el voto universal como las actitudes perniciosas de las mujeres –trabajo fuera del hogar. Esa perspectiva, apoyada en la ideología social del darwinismo, propugnaba el ascenso y el fortalecimiento de la raza blanca como promotora de la expansión económica, mientras rechazaba a los “menos aptos” para lograrla. Era una estrategia defensiva frente al progreso ya no asegurado por el capitalismo, frente a las masas participando en política y frente a los sectores más pobres reproduciéndose más rápidamente que los considerados superiores. Cimentada en la existencia de avances científicos “racionales y certeros” que interpretaban las desigualdades sociales como consecuencias de las leyes jerárquicas de la naturaleza, incorporaba la posibilidad de mutilar y excluir socialmente a los “menos aptos”.

En la Argentina, Víctor Delfino participó del Primer Congreso Internacional de Eugenesia realizado en Londres en 1912, y fundó en 1918 la Sociedad Argentina de Eugenesia, de corta vida, seguida años después por la Liga Argentina de Profilaxis Social. Durante la década siguiente, los Anales de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social representarían la continuación y difusión de esas ideas. Una reciente investigación sobre la historiografía contemporánea acerca de la eugenesia (Armus, 2016) advierte sobre la viscosidad del concepto y las múltiples adjetivaciones que ha recibido a lo largo del siglo XX: “eugenesia anglosajona o latina, positiva o negativa, blanda o dura, ambientalista o genetista, preventiva o selectiva, abiertamente o disimuladamente coercitiva”, son algunas de las utilizadas. Asimismo, se puntualiza que los discursos eugenésicos fueron utilizados por grupos de muy diversas tradiciones ideológicas: sectores políticos y profesionales vinculados con las elites conservadoras, liberales, reformistas y también por grupos anarquistas. Todas características que delinean un complejo panorama de la eugenesia argentina.

 

Congreso de Población de 1940

A fines de 1940 aconteció un evento emblemático convocado por el Museo Social Argentino:[5] el Congreso de Población de 1940, que representó la culminación de los debates poblacionales y eugenésicos de ese período. El doctor Carlos Bernaldo de Quirós[6] fue integrante de la comisión organizadora y tuvo una descollante actuación en el encuentro. En un clima apocalíptico, cimentado en la decreciente fecundidad de la raza blanca, en las altas tasas de mortalidad y en la interrupción del flujo migratorio europeo, la elite intelectual que participó en el Congreso señaló como principales fenómenos poblacionales: la denatalidad –o desnatalidad–, es decir el bajo crecimiento poblacional, el “decaimiento racial” –decadencia de la raza blanca–, el despoblamiento rural, el envejecimiento de la población, la mortalidad infantil, la ilegitimidad en los nacimientos, el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la tuberculosis, el paludismo y la participación femenina en el mercado laboral. En este ambiente ilustrado, las ideas eugenésicas emergieron como una perspectiva clave para estudiar y resolver las cuestiones poblacionales. El concepto de “raza superior”, la necesidad de “vigorizar la raza argentina” y de lograr una población sana y fuerte, libre de enfermedades y discapacidades, acompañaron las argumentaciones de los intelectuales más destacados. Estos intelectuales, pertenecientes a las clases acomodadas y cultas –clase media y alta–, ponían de manifiesto su decepción frente a los resultados de una crisis (1929-1930) que habían cuestionado la capacidad expansiva del capitalismo y su ideología dominante: el liberalismo. En el orden interno, habían fracasado las ilusiones colocadas en la inmigración blanca, europea y laboriosa, que la elite había propiciado e impulsado para poblar la “desierta” Argentina: no era tan blanca –dado que las corrientes inmigratorias quedaron conformadas predominantemente por campesinos de la porción meridional del Viejo Continente–, ni tan sumisa, dado que los inmigrantes trajeron consigo ideologías contestatarias –socialismo, anarquismo, comunismo– que pusieron en duda las bondades del sistema abierto argentino y reclamaron sus derechos sociales y políticos. En ese contexto, las ideas de un mejoramiento social a través de la biología afloraron como un instrumento ideológico eficaz para hacer frente al nuevo panorama. Alejandro Bunge, un miembro de la aristocracia argentina e influyente intelectual del período, quien también participó en el Congreso de Población, dijo en 1940: “La prosperidad fabulosa alcanzada en un siglo dependió en gran parte del enorme crecimiento de la raza blanca, y la crisis de 1929 coincide con la detención de ese crecimiento”.[7]

 

La participación de Ramón Carrillo en el Congreso de Población de 1940

Previsto inicialmente para el mes de junio, el Congreso se reunió finalmente entre el 26 y el 31 de octubre de 1940, y contó con la asistencia de 227 delegados de todo el país. De estos sólo 15 fueron mujeres. Ramón Carrillo, con 34 años, participó activamente en los debates de la Sección VI: Movimientos Migratorios. Política de la Inmigración,[8] en la cual presentó tres trabajos junto con Pedro N. Almonacid (h) titulados: “La demografía en Santiago del Estero y su posición en el conjunto de la República” (1941a); “Desarrollo de las industrias agropecuarias y forestal de Santiago del Estero” (1941b); y “Caracteres etnográficos y sociológicos de la población de Santiago del Estero” (1941c), publicados al año siguiente en la Revista de Economía Argentina. Sus ponencias constituyen una completa descripción y análisis de la historia demográfica de la provincia, así como de su evolución poblacional y económica, que merecerían un estudio en particular.

Las ideas expuestas en esta Comisión,[9] analizadas a través de la versión taquigráfica, resuenan plenas de vehemencia. Los ejes de la polémica fueron dos: por un lado, la necesidad de repensar la política migratoria formulada por la ley Avellaneda (1876), observándose aquí tres posturas: abrir nuevamente las fronteras; sólo aceptar inmigrantes calificados de acuerdo a las necesidades del país; o mantener las restricciones para proteger a obreros y empleados argentinos. El otro eje surgió de la necesidad –o no– de vigorizar racialmente la población nativa. El desprecio por los indios y los negros, la idealización de la raza blanca, la noción de clases superiores e inferiores, etcétera, fueron ideas que la elite intelectual expuso abiertamente en estos debates, mostrando un enfoque racista que formaba parte del proyecto social elaborado por la dirigencia política oligárquica. Creemos que aquí se plasman dos visiones de la sociedad de aquella época que van más allá de las diferentes posturas acerca de la política migratoria. Fueron percepciones que posteriormente, con el surgimiento del peronismo, configurarán perfiles más nítidos y contrapuestos.

Para valorar más acabadamente la postura sustentada por Ramón Carrillo, escuchemos a los participantes de la Comisión VI del Congreso de Población. En ella, uno de los despachos que generó ardientes discusiones proclamaba: “la política de protección del inmigrante es necesaria para el perfeccionamiento físico de nuestra población, pues la inmigración sana y apta es un factor de vigorización para todos los núcleos humanos, y particularmente del de nuestra población nativa”. El ingeniero Besio Moreno solicitó la supresión de la frase: “para el perfeccionamiento físico de nuestra población”. Explicó que había viajado mucho y que no había en ninguna parte hombres de tanta resolución, carácter y vigor como los nuestros, de modo que no era posible perfeccionarlos con elementos extraños. Agregó que era partidario de la inmigración de raza blanca y de origen grecolatino. Le replicó el relator de la Comisión, diciendo que “los índices de los enrolamientos demuestran que, en realidad, hay un porcentaje de inaptos bastante acentuado… cuando el perfeccionamiento se acentúa con razas puras, ese perfeccionamiento se transmite a sus descendientes… cuando no interviene el cien por ciento de pureza, se corre el riesgo de que comiencen a prevalecer los caracteres de las razas inferiores”. Y concluyó afirmando: “En nuestro país hay mucha raza mestiza” (Museo Social Argentino, 1941: 369-372). Besio Moreno le respondió que en nuestro país no había mestizos. El relator, por su parte, afirmó lo contrario y sostuvo que esto traía “muchos desastres en nuestra vida política”. El ingeniero Marotta apoyó a Besio Moreno y aclaró que “la Argentina tiene uno de los mejores capitales humanos”. Por último, Besio Moreno sostuvo que la raza argentina era la mejor del mundo, especialmente si la comparábamos con la de los Estados Unidos y Canadá, que tenían un 30% y un 20% de negros, respectivamente. Por su parte, el doctor Madrid Páez afirmó que la población de nuestro país disminuía por causas económicas y también por causas biológicas, circunstancia que demostraba el precario estado de los padres: “Provincias donde es difícil encontrar gente verdaderamente sana, porque el que no sufre de paludismo sufre las secuelas de la sífilis o de la tuberculosis” (Museo Social Argentino, 1941: 372). Marotta le contestó: “La población autóctona que desprecia el señor delegado, es la que mejor va a defender el país, porque tiene más acendrado el sentimiento de la nacionalidad”. Sin embargo, Madrid Páez insistió en la inferioridad física de la población nativa: raquitismo, paludismo, alcoholismo y dietas sólo a base de trigo y mazamorra. Por último, Marotta lo acusó de racista. En este momento del debate resultó muy interesante la participación del señor Eguren, quien afirmó: “no podemos pretender que se va a solucionar el problema de la raza con la inmigración. Es un problema de carácter esencialmente económico, de fomento económico, y no un problema de mezcla de gente que venga de afuera. La raza nuestra –si la vamos a llamar raza– es perfectamente fuerte, y perfectamente buena, merecedora de que nosotros le aseguremos el nivel de vida a que es acreedora por sus características” (Museo Social Argentino, 1941: 374-375).

El doctor Baglieto Rivara adhirió a la posición de Madrid Páez, mientras que el delegado Carreño apoyó a la Comisión y explicitó los beneficios de una política de perfeccionamiento físico de la población. Contrariamente, el delegado Foulon insistió en que la desvigorización de la población nativa era netamente física por la desnutrición y desamparo en que se encontraba: “Primero debe encararse el mejoramiento de lo autóctono por los medios con los que contamos, es decir, defendiéndolo y permitiéndole que trabaje al par de cualquiera que venga de afuera” (Museo Social Argentino, 1941: 377).

El doctor Ramón Carrillo intervino y comentó su experiencia como médico del Ejército, afirmando que no era verdad que la población nativa fuera incapaz militarmente, que existía un cupo de jóvenes a incorporar y que el resto pasaba a servicios auxiliares. En ningún caso se los declaraba inútiles. Hizo referencia a las razas del norte del país: Salta, Jujuy, Santiago del Estero y La Rioja, a las que había estudiado en particular. De sus estudios demográficos concluyó que el fenómeno de la denatalidad era un fenómeno que se observaba especialmente en el litoral, en provincia de Buenos Aires y un poco en Córdoba, pero que las provincias del norte del país mantenían bien alto el índice de natalidad, uno de los más elevados del mundo. Afirmó: “En las provincias del Norte tenemos un gran poder de fertilidad, tres a cinco hijos por familia. Y en este momento la reserva del país está precisamente en fortificar esa población nativa (Aplausos)” (Museo Social Argentino, 1941: 377-378).

 

Eugenesia, peronismo y antiperonismo

Hemos realizado un exhaustivo análisis de los debates desarrollados en el Congreso de Población de 1940. En ese espacio, los participantes que adherían a la corriente eugenésica –de la cual Carlos Bernardo de Quirós fue su más notable exponente– insistieron hasta el cansancio en que existía un decaimiento racial en la Argentina, sintetizado en el deplorable estado de salud de la población del interior –especialmente en las provincias del norte– aquejada por el paludismo, el alcoholismo, el tabaquismo, las enfermedades venéreas, etcétera. Pero otro grupo minoritario de participantes, que adhería a una visión alternativa –de la cual Ramón Carrillo fue su más lúcido exponente– sostuvo que no existía ese supuesto “decaimiento racial”, que simplemente era necesaria una política social que atendiera a esa población del interior para solucionar su situación sanitaria. Es más, se colocaba en ese grupo poblacional el futuro crecimiento demográfico que el país necesitaba y sobre el cual todos coincidían. Ramón Carrillo, médico nacido en la provincia de Santiago del Estero y luego ministro de Salud Pública durante los dos primeros gobiernos peronistas, plasmó en su extensa obra sanitaria esas nociones ya expuestas en 1940. Por su parte, Carlos Bernaldo de Quirós, defensor de las ideas eugenésicas, fue un activo y acérrimo antiperonista (Miranda, 2013), quien mantuvo posiciones opositoras al gobierno. La visión que nutría la política de población peronista no podía ser aristocratizante, selectiva y defensora de la superioridad racial, porque su proyecto político justamente se sustentaba en los grupos considerados “no aptos” e “indeseables” por la corriente eugenésica. De allí que resulta inaceptable afirmar que las políticas del primer peronismo se inspiraban en el ideario eugenésico.

¿Pero por qué durante tanto tiempo se ha sostenido –y aún se sostiene– este vínculo que conduce a fortalecer la construcción ideológica de un peronismo nazi-fascista, y esta construcción ha impregnado en la conciencia de vastos sectores de la sociedad argentina? Criticar las políticas sanitarias diseñadas y aplicadas por Ramón Carrillo, acusándolas de inspirarse en ideas nazis, forma parte de este proceso socio-político y cultural. Consideramos que varias son las razones de la persistencia de ese esquema interpretativo: a) el peronismo fue una experiencia política violentamente derrotada, posteriormente perseguida y proscripta, y en ese sentido fueron escasas sus posibilidades de generar visiones alternativas a las creadas por el golpe de Estado triunfante en 1955; b) las clases medias cultas fueron antiperonistas, pues vivieron el ascenso de los trabajadores al escenario político como una amenaza a su posición social, de algún modo privilegiada, y los sectores intelectuales, quienes consideraban al peronismo como un movimiento “plebeyo” y “antiintelectual”, lo asociaban con el fascismo; c) la exitosa y persistente campaña llevada adelante por el gobierno de Estados Unidos contra el peronismo, incluso antes de las elecciones de 1946 –esa estrategia vinculaba constantemente las acciones del peronismo con la experiencia nazi; Escudé dice al respecto: “Estados Unidos… se embarcó en un inflexible y enérgico acoso político, público y encubierto, contra el gobierno constitucional argentino”;[10] así, las investigaciones sobre los documentos oficiales de Estados Unidos confirman la existencia de una coalición anglo-norteamericana contra la Argentina desde mediados de la década de 1940; hacia fines de esa década, la sistemática embestida de Estados Unidos y Gran Bretaña contra la economía argentina, especialmente al negarle divisas e interferir en su inserción en el comercio mundial, implicará un obstáculo severo al ambicioso plan de industrialización de Perón; una vez derrocado el gobierno en 1955, por el golpe de Estado militar apoyado y alentado desde Estados Unidos, la estrategia perduró y se expandió por múltiples vías; d) los medios de prensa conservadores sostuvieron desde un principio una intensa campaña contra el gobierno, generando y difundiendo la idea de que el peronismo era igual al totalitarismo.

 

Palabras finales

Resulta desatinado pretender que hayan sido las ideas eugenésicas vigentes durante la década de 1930 –surgidas frente a una grave crisis económica que ponía en peligro el proceso de acumulación garantizado durante la estrategia agro-exportadora, fundadas en una percepción colonial del mundo, defensoras de la raza blanca como raza superior– las utilizadas por el primer peronismo para la formulación de su política poblacional. Éste introdujo transformaciones tan profundas que no podían dejar de afectar también a esas ideas, a pesar de que perduraran en la agenda pública varias cuestiones similares: aumentar la natalidad, atraer inmigración, reducir la mortalidad infantil, redistribuir la población evitando la excesiva concentración urbana, arraigar la población rural, etcétera.

Al preguntarnos entonces si el peronismo significó una ruptura o una continuidad de las ideas eugenésicas poblacionales fuertemente difundidas durante la década de 1930, observamos que, más que una nítida ruptura discursiva, se dio una reapropiación y redefinición, como ocurrió con otros temas: el voto femenino, los derechos laborales, etcétera. En un contexto de alianza política policlasista, el peronismo generó nuevas concepciones sociales, basadas en la inclusión, la igualdad y la justicia social, invirtiendo las jerarquías con las que se había forjado el paradigma eugenésico del período anterior. En efecto, en la década de 1930, el ideal eugenésico pretendía mejorar la sociedad apelando a la moral, a los principios religiosos, a los roles tradicionales de la mujer y al liderazgo y superioridad de la raza blanca, enfoque originado en los desarrollos de la biología y la genética. Intentaba de algún modo restaurar un orden que se había roto. Por el contrario, durante el peronismo las políticas poblacionales apuntaban a eliminar asimetrías, fortalecer el rol de los trabajadores como actores socio-políticos, promoviendo su movilidad social ascendente, ampliar los poderes del Estado para cercenar las desigualdades que producía el capitalismo; a través de un programa sustentado en una renovada idea de pueblo y nación. Se pretendía instaurar un nuevo orden donde los grupos sociales más postergados adquirían nuevos derechos e identidades. Las políticas poblacionales durante el primer peronismo intentaron alterar y subvertir criterios, al tornar en “aptos” y “deseables” a aquellos que la mirada aristocratizante de la eugenesia consideraba “indeseables”: cabecitas negras, pobres, inmigrantes, analfabetos, mujeres desamparadas, etcétera.

 

Bibliografía

Armus D (2016): “Eugenesia en Buenos Aires: discursos, prácticas, historiografía”. História, Ciências, Saúde, 23. www.scielo.br/pdf/hcsm/v23s1/0104-5970-hcsm-23-s1-0149.pdf.

Bernaldo de Quirós C (1934): Delincuencia venérea. Estudio eugénico-jurídico. Buenos Aires, sd.

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Carrillo R y Almonacid PN (1941b): “Caracteres etnográficos y sociológicos de la población de Santiago del Estero”. Revista de Economía Argentina, Buenos Aires, 276-XL, junio.

Carrillo R y Almonacid PN (1941b): “Desarrollo de las industrias agropecuarias y forestal de Santiago del Estero”. Revista de Economía Argentina, Buenos Aires, 275-XL, mayo.

Escudé C (1988): El boicot norteamericano a la Argentina en la década del ’40. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina.

Galton F (1909): Essays in eugenics. London, The Eugenics Education Society.

Hobsbawm E (2012): La era del imperio (1875-1914). Barcelona, Crítica.

Miranda MA (2013): “La tardo-eugenesia en Argentina: un enfoque desde la longue durée”. Arbor, Ciencia, Pensamiento y Cultura, Madrid, 189-764, noviembre-diciembre.

Museo Social Argentino (1941): Primer Congreso de la Población. Buenos Aires, dos volúmenes.

Novick S (2018): Política y población. De los conservadores al peronismo. http://pobmigraiigg.sociales.uba.ar/publicaciones/libros/

Quién es Quién en la Argentina (1943): Buenos Aires, Kraft.

Stepan NL (1991): The hour of Eugenics Race, gender, and nation in Latin America. Cornell University.

[1] Artículo realizado en base a Novick (2018).

[2] “La eugenesia, que era un programa para aplicar al género humano las técnicas de reproducción selectiva familiares en la agricultura y la ganadería, precedió de forma notable a la genética” (Hobsbawm, 2012: 923).

[3] Hobsbawm (2012: 924). La genética recibió su nombre de William Batenson, quien redescubrió los trabajos de Mendel en 1905.

[4] Ver en Novick (2018) la extensa bibliografía consultada. Por razones de espacio no se incluye en este artículo.

[5] La entidad fue fundada en mayo de 1911 por Tomás Amadeo. Creada a la manera de sus similares europeos y norteamericanos, surgió como necesidad de la clase gobernante, en momentos en que los conflictos sociales y la confrontación ideológica se agudizaban. Eran tiempos de las leyes de Residencia (1902) y de Defensa Social (1910), durante los cuales los inmigrantes se movilizaban cuestionando las bondades del modelo agro-exportador y hacían peligrar la estabilidad política del país. Por ello, el Museo Social Argentino (MSA) propugnaba la reafirmación de la identidad nacional como estrategia defensiva ante el peligro social encarnado en los inmigrantes, basada en la idea de una sociedad más armónica. Con visión panamericanista desplegó una amplia labor: organizó eventos, creó diferentes centros de estudios, difundió ideas a través de sus publicaciones (Boletín Mensual, Boletín Bibliográfico), etcétera. En 1930 creó la primera Escuela de Servicio Social del país, en 1932 la Asociación Argentina de Higiene y Medicina Social, en 1933 la Junta de Ayuda Social, y en 1937 la Sociedad Argentina de Estadística. El área poblacional fue tempranamente abordada –especialmente en sus aspectos morales, sociales y familiares–, constituyendo uno de sus tradicionales ejes institucionales. En efecto, en 1918-1919 realizó una encuesta sobre el tema migratorio a 45 miembros prestigiosos de la clase dirigente argentina, pues consideraba el campo demográfico como un área fundamental en la cual debía aportarle ideas al gobierno y ejercer su influencia. Tarea que podía llevar a cabo, dado que reunía a distinguidas personalidades de la época: profesores, legisladores, autoridades universitarias, funcionarios públicos, dirigentes religiosos, representantes del mundo empresario, etcétera. En 1939, el MSA coordinó otra encuesta sobre migraciones, hecho que demuestra su continua preocupación por los problemas socio-poblacionales.

[6] Carlos Bernaldo de Quirós nació en Gualeguay, provincia de Entre Ríos, en 1895. Se recibió de abogado y doctor en jurisprudencia en la Universidad de Buenos Aires. Tuvo una destacada actuación en la provincia de La Rioja, como juez, como miembro del Superior Tribunal y como legislador. Desempeñó importantes cargos en el Banco Hipotecario Nacional y fue presidente del Tribunal de Ética de la Asociación de Abogados, miembro del Consejo de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, así como del Museo Social Argentino. Era hermano del célebre pintor argentino Cesáreo Bernaldo de Quirós. Escribió numerosas obras referidas a temas jurídicos –accidentes de trabajo, juicios hipotecarios, etcétera– y también al área de la medicina social, la demografía y la eugenesia. Entre ellas: Delincuencia venérea. Estudio eugénico-jurídico (1934); Problemas demográficos argentinos (1942); “El estatuto de la mujer argentina al iniciarse el año 1937. El nuevo derecho de la Madre y el Hijo” (1936). Ver Quién es Quién en la Argentina (1943).

[7] Bunge (1940: 44). Alejandro Bunge nació en 1880, en Buenos Aires, y murió en 1943. Se preocupó ampliamente por los problemas de población, economía, política económica y política social. Su padre, Octavio Bunge –doctor en jurisprudencia y miembro de la Corte Suprema de Justicia–, se casó con María Luisa de Arteaga, con quien tuvo ocho hijos. Alejandro fue el quinto. Sus dos hermanos mayores: Carlos Octavio (1875-1918) y Augusto (1877-1943) tuvieron una gran autoridad intelectual, al igual que sus dos únicas hermanas, prestigiosas escritoras e intelectuales. Estudió en Buenos Aires en el Colegio del Salvador y se especializó en Alemania, en el área de las matemáticas aplicadas. Flamante ingeniero, se casó con María Schreiber, alemana y católica, con quien tuvo también ocho hijos.

[8] El Congreso trabajó dividido en seis secciones: I) “Natalidad, Nupcialidad, Morbilidad y Mortalidad”; II) “Problemas Raciales”; III) “Población y Cultura”; IV) “Población y Régimen Agrario”; V) “Urbanismo”; y VI) “Movimientos Migratorios. Política de la Inmigración”. Si bien se presentaron en total 113 trabajos, en las sesiones plenarias sólo se debatieron 98, pues 15 de ellos –presentados a la Sección I– no llegaron a tiempo (Museo Social Argentino, 1941).

[9] Los debates en la Sección VI estuvieron presididos por el doctor Guillermo Garbarini Islas, el doctor Carlos E. Dieulefait como vicepresidente, y el doctor Emilio B. Bottini como secretario. El relator afirmó que el Congreso debía colaborar con el Estado para la solución de sus grandes problemas demográficos (Museo Social Argentino, 1941: 356).

[10] Escudé (1988: 13). Y más adelante afirma: “De hecho el subsecretario de Estado Summer Wells confiesa en sus memorias que Hull tenía ‘un prejuicio casi psicopático con la Argentina’”. Y agrega: “Hull estaba decidido a acabar con el gobierno de Ramírez. Después de un considerable conflicto burocrático, los fondos de Argentina en los Estados Unidos se congelaron… Hull presionó a los británicos para que se unieran a un embargo total de la economía argentina… Hull preparó un “sumario” contra la Argentina y tomó medidas para fortalecer militar y económicamente a los países más vulnerables a la presión de Buenos Aires. Al mismo tiempo, se mandó a poderosas unidades de la Flota del Atlántico Sur a la desembocadura del Río de la Plata”. Y concluye: “Ramírez fue derrocado. Con el gobierno Farrell-Perón establecido en Argentina, Hull no sólo siguió una política de no-reconocimiento, sino que tampoco quiso dar a conocer los pasos que el gobierno argentino debía tomar para ser reconocido. Forzó a los británicos para que siguieran las directivas de los Estados Unidos, muy a su pesar. Estaba decidido a causar la caída del gobierno Farrell-Perón”. La dificultosa relación entre la Argentina y Estados Unidos había comenzado durante la Primera Conferencia Panamericana (1889) y, para la Segunda Guerra Mundial, la rivalidad entre ambos países ya era tradicional. Se planeó y llevó a cabo un boicot económico contra la Argentina desde 1942 a 1949, al tornar más vulnerable la economía y afectar la estabilidad política, desarrollando las políticas anti-argentinas en Buenos Aires y luego desde el Departamento de Estado.

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