El año 1820 o la irrupción de las masas populares en la historia de Buenos Aires

Facundo Di Vincenzo

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Comenzaré con una reflexión de Rodolfo Walsh, quien el 5 de enero de 1977, en una punzante crítica a la conducción de la agrupación Montoneros, escribía: “En los actuales documentos montoneros apenas figuran referencias de historia argentina anteriores a 1945, ni siquiera a los propios caudillos montoneros. Creo que en ese vacío histórico subyacen las ‘leyes’ de la toma del poder en la Argentina y que esa determinación es más fuerte que las que surgen de cualquier otro producto histórico, ya que es la determinación espacial y temporal concreta que nos corresponde a nosotros. (…) Un oficial montonero conoce, en general, cómo Lenin y Trotsky se adueñan de San Petersburgo en 1917, pero ignora cómo Martín Rodríguez y Rosas se apoderan de Buenos Aires en 1821” (citado en Baschetti, 1994).

Tomando estas líneas y transitando las primeras dos décadas del siglo XXI, vale la pena preguntarse: ¿nuestros estudiantes, militantes, funcionarios e intelectuales tienen alguna idea de aquello que ocurrió en 1820? El objetivo de este trabajo es repasar aquel acontecimiento en donde, como bien afirmaba Walsh, los sectores que lideraban Martín Rodríguez y Juan Manuel de Rosas se apoderaron del poder político en la provincia de Buenos Aires. En realidad, debería decir: el momento en que después de unos cuantos años los sectores populares con sus líderes aparecían como actores políticos concretos.

Repasemos. El primer día de febrero de 1820, a unos cinco kilómetros del pueblo de Mariano Benítez en el norte de la provincia de Buenos Aires, se llevó a cabo la batalla de Cepeda que enfrentó a las tropas de Buenos Aires –bajo el mando del director supremo de las Provincias del Río de la Plata, provincias que en la mayoría de los casos no reconocían su autoridad, José Rondeau– y a los federales que, según afirman los historiadores académicos y “eruditos” –Bartolomé Mitre (1857) y Vicente Fidel López (1912)– contaban con Estanislao López, Gobernador de Santa Fe; Francisco Ramírez, que lideraba las tropas de Entre Ríos; Pedro Campbell, que conducía la caballería correntina; las tropas de los indios del Chaco y las misiones; más el insubordinado general Alvear, con 54 jefes y mil milicianos que “andaban dispersos”. También estos eruditos suman algunos uruguayos radicados en el litoral, tras el éxodo oriental.

 

La historia oficial y las otras historias sobre Cepeda y el año 1820

Como lo afirmó en su Historia de la República Argentina (1883-1893) Vicente Fidel López, la reacción del litoral federal contra el Buenos Aires unitario y centralista no fue una reacción espontánea, inorgánica y salvaje del interior contra un gobierno “culto” de los porteños. Los líderes federales, además de representar a las masas de criollos y gauchos y de tener contacto con varias de las comunidades aborígenes, también representaban buena parte de la opinión de los sectores cultos y urbanos de sus respectivas provincias. Como afirma en su Historia de la Argentina Ernesto Palacio (1954), estos líderes eran elegidos por los vecinos en asambleas realizadas en los cabildos, pero además contaban con asesores prestigiosos, abogados o clérigos, que estaban al tanto de las tendencias políticas universales y de los diferentes problemas de “la capital”.

Lo cierto es que una carga de caballería de los litoraleños bastó en los campos de Cepeda para desarticular a los porteños y poner fin a una tentativa de Constitución unitaria y centralista del Directorio porteño. En este punto me interesa resaltar que desde Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López hasta tres de los principales estudiosos del siglo XIX en el Río de la Plata –Tulio Halperin Donghi, Raúl Fradkin y Jorge Gelman– se han enfocado en leer este momento histórico desde una óptica que es la de Buenos Aires. Para ser más preciso, siguiendo la línea de la historiografía académica argentina, se ponderó la Historia del Estado Nación –Buenos Aires– por sobre las otras historias de los estados provinciales o la historia de los pueblos y sus líderes o representantes. El problema no fue –ni es– sólo nuestro, como señala el historiador Peter Burke (1996) en Formas de hacer historia: la disciplina histórica arrastra una tara desde su nacimiento, tara que en nuestro caso es profunda, ya que el primer historiador oficial fue también jefe de la facción porteña y presidente de la República. Para Burke, la historia como disciplina surge motorizada por los estados nación hacia mediados del siglo XIX. Nace como operadora política ideológica de los sectores vencedores de las guerras civiles, en definitiva, aquellos que se apropiaron de la maquinaria del Estado: Mitre, Sarmiento, los porteños. Una minoría, si consideramos a los demás actores sociales del periodo. Pero una minoría poderosa que –como toda minoría que llega al poder– para sostenerse crea su historia, que no podrá ser otra que una historia impopular.

Por suerte, el pueblo con el tiempo demuestra ser siempre más sabio que los eruditos, como escribió Ramon Doll (1934): “Haga el lector una brevísima investigación y pregunte a 50 de sus conocidos qué fue Pavón, y observará que obreros o empleados no están seguros de si Pavón fue una batalla o un general. Y el pueblo acierta cuando ignora despreciativamente una historia oligárquica, nepótica, porque adivina que de esa historia están ausentes los que, hechos en el sufrimiento y en la lucha desde abajo, carecen del relumbrón periodístico y oratorio que se necesita para estar en sus páginas”.

En resumen, me interesa marcar que la batalla de Cepeda expresa el triste final de un proyecto que hacía años estaba en aguda disolución. La caballería del litoral no hizo más que generar una desorientación política y estratégica que los hombres del Directorio venían arrastrando desde al menos tres años atrás. Los porteños no supieron, no pudieron o no quisieron sostener la guerra revolucionaria contra los españoles más allá del área de influencia de su ciudad portuaria y se enfocaron en desarticular –traición mediante– la lucha sostenida por José Gervasio Artigas y sus aliados del litoral contra el invasor portugués. El historiador Joaquín Pérez (1950) escribió, probablemente, uno de los más hermosos párrafos en materia de pensamiento e historia de nuestra historiografía sobre este problema: “Esta minoría, aunque bien orientada en un comienzo, terminó más tarde por perder el contacto con la realidad del país, oscureciéndose su criterio al término de cometer los mayores desatinos políticos. No seremos nosotros los que arrojemos puñados de lodo sobre aquellos hombres cuyo pensamiento americanista posibilitó la creación del ejército de los Andes, declaró la independencia y jalonó de sacrificios el camino al Alto Perú en su afán por llegar a Lima. Pero, desgraciadamente, destiñeron el objetivo de la revolución de Mayo, cuyo triunfo buscaron por puertas secretas y menguadas”.

Reafirma estas impresiones de Joaquín Pérez –en relación a la pérdida de contacto con la realidad de la elite porteña– lo que expresa el órgano oficial de prensa de los porteños, La Gaceta de Buenos Aires, en donde hacia 1819 escribían: “Los montoneros, con cualquiera otro nombre más culto o más disfrazado, deben contarse en el catálogo general de las adversidades que afligen al hombre, lo prueban y lo consolidan. ¿Hay algún hombre de seso que haya consentido que el patriarcado de Artigas, la dictadura de Francia y el gobierno de Estanislao López puedan durar en el tiempo? Todos ellos dan que hacer, distraen al gobierno, ponen en tribulación al Estado y a los particulares. Todo esto es verdad, pero todo es propio de los insectos viles, y de las ruines sabandijas. (…) A nadie le ocurre el pensamiento de capitular, es preciso concluir con ellos a todo trance”.

Hoy sabemos –como señalan historiadores como Washinngton Reyes Abadie (1974)– de la impopularidad del Directorio por –entre otras cosas– haber operado oscuramente, traicionando a las provincias del litoral y a la Banda Oriental. Ya a fines de 1919 no había dudas de que existía una alianza entre el Directorio y el gobierno lusitano para acabar con la tentativa republicana y federal defendida por Artigas, López y demás gobernadores del interior. Me interesa resaltar aquí que no sólo el litoral había alzado la voz contra los porteños. En noviembre de 1919 la Provincia de Tucumán se proclamó independiente tras el levantamiento de algunos jefes de su guarnición. El general San Martín, llamado por Buenos Aires para reprimir a los federales, no sólo desobedeció al Directorio, sino que en múltiples cartas manifestó estar más cerca de la causa federal que de la porteña. Además, el 9 de enero de 1820 se sublevaba en San Juan, al grito de “viva la Federación”, el Batallón 1 de Cazadores del Ejército de los Andes, que contaba con unos mil hombres, y en la posta de Arequito, Santa Fe, en la misma semana se sublevaba el Ejército del Alto Perú al mando del coronel Juan Bautista Bustos.

 

Juan Manuel de Rosas en el tormentoso año de 1820

Otra idea que me interesa dejar en relación a los acontecimientos que se desarrollan inmediatamente después de la batalla de Cepeda, es la de considerar el año 1820 como un momento bisagra, en donde se quiebran todos los significados y tambalea la base de sustento ideológico de la ciudad-puerto de Buenos Aires.

Por primera vez el ideario federal manifestado por Artigas y sus aliados del litoral puede presentarse como una opción real y tangible para su implementación en la ciudad-puerto. Bien sabemos los historiadores que José Carlos Chiaramonte ha explorado una y otra vez este tema, asociándolo con la cuestión del nacionalismo y haciéndose muchas preguntas: ¿se menciona el vocablo Federalismo? ¿Se alude a la Nación Argentina? ¿Se habla de patria? ¿Qué idea de unidad prevalece? La respuesta de Chiaramonte era tajante: afirmaba que no existía una idea de nación en aquella época. Ahora bien, a continuación, transcribiré la proclama que, por pedido expreso de las autoridades de Buenos Aires, el comandante del Quinto Regimiento de Campaña, Juan Manuel de Rosas, difunde para reclutar la tropa de voluntarios frente a la situación crítica que vivía la provincia, tras Cepeda: “Ved, mis compañeros, las circunstancias en que por segunda vez salimos á campaña á engrosar un ejército que debe darnos la paz y restablecer el orden, mostrando á los que nos envuelven en sangre la última lección de la imperiosa urgencia que reclama por la unión, olvidando perjuicios locales y políticos, y otros motivos propios, solamente de la degradación en que nos han sumido la discordia y el furor anárquico. Vamos á concluir con la guerra y á buscar la amistad que respeta las obligaciones públicas, para conseguir retirarnos a los placeres de la vida privada. La campaña hasta aquí ha sido la más expuesta y la menos considerada: comiencen desde hoy mis amigos a ser la columna de la Provincia, el sostén de las autoridades y el respeto de sus enemigos. (…) Nada más os pido firmeza. Desconfiad de los que os sugieren especies de subversión del orden y de insubordinación: reproducid conmigo los juramentos que hemos hecho de sostener la representación de la Provincia, y confiad en que los trabajos y sacrificios que costará esta segunda campaña serán provechosos, y que traerán mil bendiciones sobre el Quinto Regimiento, sobre sus virtuosos jefes de escuadrón, honrados oficiales, y sobre todos los amigos y paisanos que acompañan al comandante en jefe” (Carranza, 1905). Observo que en esta proclama no aparecen los términos: nacional, nacionalismo, patria o federalismo. Sin embargo, claramente se alude a una serie de cuestiones vinculadas a una unidad de pertenencia, en tanto que la tropa mencionada representa a un lugar específico, la campaña sur de la provincia de Buenos Aires. También se alude a intereses en común. Quienes integran la tropa son identificados por Juan Manuel de Rosas como: “virtuosos jefes de escuadrón”, “honrados oficiales”, “amigos y paisanos”. En síntesis, Rosas le habla a una comunidad armada, en el sentido que todos ellos se conocen entre sí. De modo que su participación aparece como voluntaria, vale decir, todos ellos participan porque el resultado, en el caso de que sea un triunfo, beneficiará a todos y a cada uno de los que integran el regimiento.

Aquí resalto otra tara historiográfica: mal que les pese a los historiadores, las palabras existieron antes que los escritos. Que no aparezcan las palabras que buscan Chiaramonte y otros tantos no quiere decir nada. Como puede observarse en la proclama, el contenido de las palabras nacionalidad, patria y nación puede encontrarse con otras palabras y formas: tradición hispánica, costumbres gauchas, criollas e indígenas, americanismo, federalismo, etcétera. Durante muchos años se han preocupado por hacernos creer que el Estado inventó la Nación. En realidad, deberíamos decir que un grupo que se apropió del Estado inventó un tipo de Nación. Ahora bien, ello no significó, como lo sugiere Héctor Muzzopappa (2018), que haya un solo nacionalismo, ni que ese nacionalismo inventado por unos pocos sea el nacionalismo argentino. En realidad, más allá de las instituciones, los estados y gobiernos, el sentimiento de nacionalidad y la nación siempre estarán presentes, con diferentes pulsiones y emanaciones, mientras sobre un territorio existan hombres y mujeres que cuenten o recuerden las historias de quienes ya no están en ese territorio.

 

Referencias

Baschetti R (1994): Rodolfo Walsh, vivo. Buenos Aires, De la Flor.

Burke P (1996): Formas de hacer historia. Madrid, Alianza.

Carraza N (1905): Oratoria Argentina. Recopilación cronológica de las proclamas, discursos, manifiestos y documentos importantes que legaron a la historia de su patria argentinos célebres, desde el año 1810 hasta 1904. La Plata, Peuser.

Doll R (1934): Liberalismo en la literatura y la política. Buenos Aires, Claridad.

La Gaceta de Buenos Aires (1819): Reimpresión facsimilar dirigida por la Junta de Historia y Numismática de América. Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 7 de febrero,

López VF (1912): Historia de la República Argentina, 1883-1893. Buenos Aires, Juan Roldán.

Mitre B (1857): Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina. Buenos Aires, La Nación, 1949.

Muzzopappa H (2018): “El nacionalismo argentino y sus diversas configuraciones”. En Política, Educación y Sociedad en la Filosofía Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, FEPAI.

Palacio E (1954): Historia de la Argentina. Buenos Aires, Abeledo-Perrot.

Pérez J (1950): Historia de los primeros gobernadores de la Provincia de Buenos Aires. El año XX desde el punto de vista político-social. La Plata, Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires.

Reyes Abadie W (1974): Artigas y el Federalismo en el Río de la Plata. Buenos Aires, Hyspamérica.

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