De qué libertad se habla: La razón de mi vida censurada en Estados Unidos

César “Tato” Díaz

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Quizás uno de los temas más investigados en nuestro país sea el peronismo. Pero no es menos cierto que algunos tópicos de ese enorme universo aún no han sido estudiados o, en su defecto, todavía presentan un velo de opacidad que si lo descorremos traerán al presente problemáticas que poseen una vigencia incontrastable. Este artículo se centrará en la libertad de expresión y en el libro La razón de mi vida analizado a través del diario oficialista Democracia (1951-1952).

El concepto de “libertad de expresión” es muy caro al mundo occidental y, sobre todo, a los países centrales, que suelen impregnar todo con un discurso anclado en este concepto. Soy un ferviente defensor de las “libertades”, aunque debo precisar que en lo relativo al universo comunicacional, por ser un genuino “jauretcheano”, creo que lamentablemente impera más la “libertad de empresa” ejercida por los grandes monopolios periodísticos.

En la primera mitad del siglo XX los Estados Unidos, con su potente prensa escrita, impugnaba a nuestro país aduciendo que aquí no se respetaba la “libertad de prensa”. Este mensaje era muy bien recibido por la oposición para minimizar la obra de gobierno llevada adelante por el general Perón, quien, en cierta ocasión, declararía que: “el justicialismo ha abandonado ya definitivamente el antiguo concepto liberal e individualista de la absoluta libertad, por entender que la libertad absoluta es el medio más propicio para el abuso de la libertad que conduce a la explotación y a la opresión del poder de unos pocos frente a la debilidad de la inmensa mayoría”. De este modo intentaba contrarrestar los embates que la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) irradiaba desde el país de “la estatua de la libertad”.

 

El libro

Como todo libro, La Razón de mi vida, tiene su historia. Aquí solo interesa rescatar algunos aspectos. La obra fue presentada en sociedad en la editorial Peuser el lunes 15 de octubre de 1951. Tuvo la singularidad de que la firmante de la obra no pudo asistir por su enfermedad y el presidente de la Nación encabezó la ceremonia, en tanto el escritor Horacio Rega Molina se encargó de la presentación, haciendo un encendido elogio de Evita. En ese mismo acto el director de Peuser comunicó que la tirada sería de trescientos mil ejemplares, acontecimiento inusual para la industria editorial argentina.

Con relación a la autoría, ya no hay discusión de que fue idea y redacción del periodista y escritor español Manuel Penella de Silva, quien vino a la Argentina en 1947 a instancias de Benito Llambí, por entonces embajador en Suiza. El hijo del autor valenciano ha ofrecido detalles poco conocidos sobre el tema, en especial la creencia de que el libro fue el fruto de una improvisación o de un capricho, y ha dejado en una zona de sombra los ideales subyacentes. A ello ha contribuido también la suposición, sostenida por algunos autores, de que se escribió cuando Eva Perón ya estaba enferma: “no, el libro se terminó de escribir en octubre de 1949 y, dato importante, fue concebido en horas de máxima esperanza, cuando Evita y mi padre se sentían en plena forma” (Penella Haller, 2019). Además, entre otras tantas interpretaciones que se han suscitado, figuran aquellas que preguntan si el escritor recibió su pago y cuánto fue ese monto, a quién pertenece la versión definitiva, etcétera. Cuestiones que no se abordarán en este artículo.

 

El diario Democracia

Este medio apareció en diciembre de 1945 con la finalidad de apoyar la candidatura del coronel Perón. Un par de años más tarde fue adquirido por Evita, iniciando la “contraofensiva de prensa” del gobierno peronista. Por esta circunstancia, rápidamente se popularizó como el “diario de Evita”, quien, en 1948, escribió una serie de notas (Vásquez, 2010) que, según el propio diario: “tal vez hayan sido el verdadero prólogo de La razón de mi vida, ya que tenían el humano y fino espíritu de la interpretación de un ansia popular y el certero y sintético estilo de la explicación que alecciona”. Un aspecto formal del matutino era que debajo del título aparecía la sentencia de Juan Perón: “mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar”, apotegma que luego de la muerte de Evita fue acompañado por el dibujo de su rostro encerrado en un óvalo y la frase: “Mil veces lo volvería a hacer por Perón y por mi pueblo”. Democracia también adquirió visibilidad porque en forma semanal tuvo un colaborador especial, “Descartes”, seudónimo utilizado por el presidente Perón para comunicarse con los lectores (Díaz, 2018).

En este trabajo me interesa difundir la censura ejercida contra el libro de Evita en los Estados Unidos, país que se arroga –ayer y hoy– la defensa más férrea de la libertad de expresión en todo el globo. En 1951-1952 La razón de mi vida gozaba del aprecio popular tanto en nuestro país como en el mundo, con innumerables traducciones a diferentes idiomas. El favor del público llegó también al país del norte y allí comenzaría una prueba más del doble discurso que ejercen para engañar a quien no adquiere el buen hábito de dudar y, sobre todo, cuando quienes hablan son los yanquis.

Se debe recordar que existieron dispares intentos para que el libro no fuera leído en nuestro país. Por caso, a pocos días de las elecciones de noviembre de 1951 el estallido de una bomba en San Martín y Cangallo hizo añicos las vidrieras de la librería Jacobo Peuser en las cuales se exhibían decenas de ejemplares de La razón de mi vida. En La Plata, asimismo, es célebre el ocultamiento que hizo el club Estudiantes, en el mes de junio, de unos dos mil ejemplares del libro, adquirido para “repartirlo” entre sus aficionados, dato este que es extrapolado por Hugo Gambini (2016), quien hizo referencia a este acontecimiento luego de la muerte de Evita. Obsérvese que la capital bonaerense pasó a llamarse Ciudad Eva Perón, y Gambini manifiesta arbitrariamente que el club se denominaría “Estudiantes de Eva Perón”.

Más allá de los “inconvenientes domésticos”, el hecho más reprobable fue a nivel internacional. El diario analizado alertó desde sus columnas a través de una bajada: “para los ingenuos que aún sigan creyendo en la sinceridad de la propaganda yanqui en materia de libertad y de democracia, para las mentalidades simples que se han tomado en serio sus declamaciones y creen que éstos son de veras los campeones de la libertad y los derechos humanos, va ahora una noticia que terminará de despertarlos”. El punzante “copete periodístico” hallaba a continuación su explicación: “en los Estados Unidos se ha prohibido la impresión de un libro argentino que ha obtenido una inmensa repercusión en todo el mundo, donde no ha merecido más que aplausos y admiración. Se trata de La Razón de mi Vida, el ya mundialmente conocido libro de la señora Eva Perón”. Editores argentinos y empresarios estadounidenses habían acordado la publicación por el vivo interés que despertaba la obra. Sin embargo, algo “raro” ocurriría para impedir la impresión y distribución en “yanquilandia” (sic). El diario proporcionaba las causas: “en organismos estrechamente vinculados al gobierno de los Estados Unidos había surgido la orden, apoyada en tácitas amenazas de sanciones económicas, que los editores norteamericanos no tuvieron mas remedio que cumplir”. Agrego por mi parte que dicha imputación no tardó en ser desmentida por el embajador norteamericano recién llegado a nuestro país. La crítica del diario se redondeaba añadiendo preceptos de la “verdad peronista” que el panamericanismo se obstinaba en ocultar: “esta demostración clarísima de que la libertad de imprenta y la libertad de expresión, como tantas otras libertades, sólo son una ficción en Norteamérica, aunque sirvan a los yanquis de bandera para meterse en todas partes y someter al mundo a su despotismo imperialista, no puede sorprendernos demasiado precisamente a nosotros, argentinos, que somos de los pocos que no queremos admitir sus directivas ni participar de sus farsas”. Referencia clara a la no incorporación al FMI, al sostenimiento de la “tercera posición”, la vigencia de las tres banderas peronistas, etcétera.

Veamos en tanto qué ocurría en nuestro país. Instituciones, sectores y gremios prontamente salieron a escena. La Secretaría de Cultura de la Nación, además de repudiar la censura, impulsaba denunciar la medida en la UNESCO. Mientras que ambas Cámaras parlamentarias determinaban que “la imprenta del Congreso realizará una edición especial de cien mil ejemplares de La razón de mi vida en idioma inglés, dedicada al pueblo de los Estados Unidos, la que será entregada en forma gratuita a los trabajadores norteamericanos como un homenaje del pueblo argentino”. El sindicato de Prensa, por su parte, tampoco perdía tiempo y publicaba su descontento, pues entendía que el libro era “la expresión trascendente del alma y la vida de nuestro pueblo”. Pero, sin duda, según Loris Zanatta, el gesto más contundente ante la arbitrariedad lo tomó el actor más importante por aquellos tiempos: la CGT. La central obrera llamó a un paro general y el 20 de julio de 1952, pocos días antes del fallecimiento de Evita, organizó una multitudinaria misa pública para rogar por su salud.

En tanto, el matutino Democracia fue el portavoz de una primicia que insertó en su primera plana. Se trataba de una carta proveniente de Estados Unidos que echaba luz sobre el sombrío acontecimiento. La misiva estaba firmada por Argentine Publishig Co. Allí proporcionaba detalles del silenciamiento: “desde hace varios meses estamos distribuyendo la obra de la Sra. Eva Perón La razón de mi vida entre nuestros clientes, libreros, universidades, profesores y estudiantes de este gran país”. Ofrecían también información acerca de la empresa distribuidora monopólica y brindaba datos acerca de la campaña de desprestigio basada en adoptar reprimendas de desabastecimiento “si el libro La razón de mi vida y ciertas revistas argentinas que traen noticias de la Tercera Posición y la doctrina Peronista son exhibidas en sus vidrieras o locales”. Como se observa, eran temidos también los mensajes de lo que el medio denominaba “la verdad peronista”.

La paradoja la podría representar la profusa información aparecida en el periódico, detallando que un historiador norteamericano escribió un libro con amplia y documentada información sobre la autora de La razón de mi vida. “El señor Robinson estudia la trayectoria de la revolución peronista a través de la actuación de la señora Eva Perón y por cierto que no oculta su admiración por ‘esta mujer de excepción que ocupa en el mundo un lugar primerísimo y que se ha ganado justicieramente una de las mejores páginas de la historia’”.

En definitiva, quizás este libro estadounidense haya impartido “justicia” a una de las tantas “injusticias” que los Estados Unidos cometían con La razón de mi vida y, sobre todo, con Evita, quien, en su lecho de enferma, seguramente lo habría leído del diario Democracia, pues en junio de 1952 así la halló el joven ministro Antonio Cafiero cuando fue a su encuentro a raíz de un llamado suyo.

 

Bibliografía

Cafiero A (2002): Mis diálogos con Evita. Buenos Aires, Altamira.

Díaz CL (2018): “Descartes, un singular periodista”. Actas del VI Congreso de Redes de Estudio sobre el Peronismo. http://redesperonismo.org/articulo/descartes-un-singular-periodista.

Gambini H (2016): Historia del peronismo. La obsecuencia 1952-1955. Buenos Aires, B.

Penella Heller M (2019): Evita y yo. Buenos Aires, Emecé.

Vázquez P (2010): “Escribe Eva Perón: sus artículos en el diario Democracia”. VI Jornadas de sociología de la UNLP. Memoria Académica. http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.5118/ev.5118.pdf.

Zanatta L (2009): Eva Perón. Una biografía política. Buenos Aires, Sudamericana.

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