Pollita

Vicky García

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La sala de espera del hospital de la calle Perdriel estaba casi desierta. La pantalla negra con números rojos que indicaba el turno en el cual serían atendidos los pacientes hacía rato que no emitía ningún cambio.

Julieta miraba el estacionamiento con la vista clavada en la puerta de salida del nosocomio. Una puerta corrediza pintada de negro. De esas que para que se abran o se cierren alguien debe dar la autorización. No se veía nadie en los alrededores con la autoridad suficiente como para decidir las entradas y mucho menos las salidas.

Desde que estaban allí, esperando, solo había visto pasar a dos mujeres rubias, muy gordas con el pelo atado muy tirante, bufando y arrastrando un tacho de basura patológica, mientras daban pasos muy cortos. El contenido debió de ser relativamente pesado porque ambas estaban transpirando.

Cruzaron muy seguras de un pabellón a otro.

No volvieron.

No había caso, por más fuerza que hiciera, por mucho que clavara su vista casi hasta que se le nublara la visión, la pantalla no padecía alteración alguna.

Podría levantarse de la silla y preguntarle a algún supervisor el motivo por el cual no cambiaba el orden de los números. Pero no era conveniente alterarlo. Julieta tenía el turno 0o8B. Al principio le pareció que era un doble cero pero después notó que se trataba de un cero y una letra o. La mano derecha le transpiraba tanto que casi se había borrado el papelito con la asignación del turno. ¿Y si las coordenadas no fueran legibles y tuvieran que volver a sacar un nuevo turno?

Matías no aceptaría, desde ya. Estaba tenso. Movía sin parar la pierna derecha. Era un movimiento que no se detenía y Julieta no sabía cómo decirle que se quedara quieto, que la estaba poniendo nerviosa a ella.

Alguien en alguna parte abrió una puerta, fue un chirrido grave y molesto. Luego ingresó a la sala una correntada de aire frío que a Julieta le erizó la piel. En otoño no solía usar shorts y mucho menos musculosa. Pero todo había sido tan abrupto.

 

–¿Siempre es así acá?

Matías se había impacientado más de lo normal.

–No, generalmente me atienden rápido. Capaz hubo algún accidente, en ese caso le dan prioridad a los heridos.

–¿Te traigo un café?

–No, no tengo ganas

–Te va a hacer bien tomar algo, así cambiás esa cara de susto que tenés.

Julieta observó el estacionamiento a través de la puerta de vidrio de la sala de espera. El asiento donde se había más o menos acomodado era de aluminio, o tal vez de otro metal. Lo cierto es que estaba frío y ese contacto con su pierna le provocó un estremecimiento. Matías estaba de espaldas a la máquina expendedora de bebidas, intentando introducir una moneda, pero la máquina la rechazaba, una y otra vez. Muy incómodo empezó a sacudir su billetera buscando otra moneda. Atrás de él un tipo de unos sesenta años completamente calvo suspiró impaciente. Matías giró desafiante hacia el tipo, quien dio un paso atrás.

Por las dudas.

Llevaba casi todo un brazo enyesado. Pero no pareció que Matías lo hubiera intimidado, más bien se diría que respondió a un acto reflejo. O tal vez quiso evitar una posible confrontación.

Julieta calculó cuántos segundos tardaría en atravesar la puerta de vidrio, cruzar el estacionamiento y esperar que la puerta corrediza se abriera. O que alguien la abra.

Hizo una cuenta mental. Si su cuerpo le permitía dar pasos largos, en algo así como sesenta segundos estaría en la vereda.

De ahí eran veinte metros hasta la avenida Caseros por donde pasaban los taxis.

 

–Uno para vos y uno para mí. Le puse azúcar.

–Si yo tomo amargo, Matías.

–El azúcar levanta el ánimo, bebé.

Odiaba cuando le decía “bebé”. Prefería que la llamara “gorda”. No, tampoco. Juli, o Julieta, estaban bien.

El primer sorbo le generó tanto asco que tuvo que reprimir una arcada. Pero después se acostumbró al sabor. Como se acostumbraba a casi todo.

–¿Le podés mandar un mensaje a mamá? –Matías ni si quiera se inmutó– Me esperaba a almorzar, ¿te acordás que te dije anoche?

–No, no me dijiste, pero cuando te revisen me comunico, así no se preocupa ahora.

 

Dos enfermeros pasaron frente a ellos arrastrando una cama ortopédica. Uno, el que parecía más veterano, silbaba. A Julieta le pareció que las sábanas tenían sangre.

Un horrible aroma a medicamentos quedó instalado en el aire. Pero también se respiró un espeso olor a sangre, no cualquier sangre: ese olor le remitía a coágulos de sangre, de esos que van quedando desparramados por ahí.

Matías llevaba puesta una bermuda que tenía sobreimpresa la palabra beach y en los pies tan solo unas ojotas con la banderita de Brasil. No parecía tener frío.

La pantalla seguía igual. No había señales de nada.

Julieta se dio cuenta de que sentado frente a ellos permanecía un niño de unos cinco años.

Era muy blanco y estaba vestido de pirata, con un sombrero que le quedaba un poco grande, y además un parche negro le cubría el ojo izquierdo. En una de sus manos sostenía una espada. Cuando el pequeño respiraba su cara se arrugaba, como si estuviera sufriendo. Era una mueca de dolor casi indistinguible. Dos asientos más allá, un hombre de traje hablaba por teléfono celular, como si nada.

Julieta se preguntó si ya estaban ahí cuando ellos llegaron, o si habían entrado luego y no lo había notado. Pensó en preguntarles qué número de turno tenían asignado, pero a Matías no le habría caído en gracia esa intromisión. Julieta advirtió que el niño no llegaba al piso. Sus patitas cortas colgaban del asiento. Quizás se conmovió.

Matías hizo un movimiento brusco que al pequeño lo asustó, y por un instante también atemorizó a Julieta. Sin embargo, solo sucedió que, en un intento casi desesperado para sacar el celular del bolsillo de la bermuda, éste quedó enganchado con la billetera y, cuando finalmente logró que los objetos se separaran, el celular salió disparado y fue a parar al piso. Fue un ruido estrepitoso. Pero no se trataba del ruido. Se trataba de sus movimientos. De su vehemencia.

 

–Ya hace una hora que estamos acá, Julieta.

–Andá si querés, Matías, vas a llegar tarde a trabajar.

–¿Querés que me vaya? ¿Ves cómo sos?

–Es para que no pierdas el día de trabajo.

–No importa. O sea, vos me importas más.

 

Un hombre con uniforme amarillo y una gorra a cuadros blancos y negros, y de cuyo pecho colgaba un silbato, ingresó por la puerta trasparente, seguido de un jovencito vestido como una estatua viviente y con la cara a medio pintar.

Lo sostenía de manera tal que impedía que la estatua apoyara el pie en el piso.

El de gorra llevaba una placa en la solapa de su camisa que decía “inspector de espacios públicos”. Dejó a la estatua viviente apoyada con las manos en una de las sillas de aluminio, o de otro metal, mientras se dirigió a sacar el turno por la pantalla virtual. La pierna de la estatua estaba suspendida en el aire y aferraba las manos a la silla con tanta fuerza que se le tensaban las venas del cuello, mientras apretaba los dientes con tanta elegancia que daba la sensación que pese al dolor no quería salirse del personaje.

 

–¿Qué mirás? –Matías pasó su brazo por atrás de la espalda de Julieta en un intento de abrazo. –¿Lo conocés? Le veo cara conocida. ¿No es el ex de tu hermana?

–No, ni idea, Matías

–¿Me das un beso? Dale, dame un beso.

Matías tomó a Julieta del cuello, la miró un segundo y después la besó por un lapso que pareció interminable.

El niño pirata, la estatua viviente, el hombre del celular y el inspector de espacios públicos la miraron fijamente. Julieta clavó su mirada en el piso. Si ella no los veía, ellos no la verían a ella. Aunque no estaba muy segura de que la ecuación funcionara de esa manera.

 

–Perdoname, pero a veces quiero demostrarte todo lo que sos para mí.

Julieta seguía mirando al piso, pero quería decirle. Decirle algo.

–A veces dudo de vos…

Matías pareció ofendido, herido quizás. Sorprendido seguro.

–Vos no tenés que dudar de mí. Me tenés que creer a mí y nada más. ¿Estás mirando a ese tipo, Julieta?

–¿A quién? Pará un poco, estamos en un hospital. Bajá la voz.

–Es que vos me ponés nervioso. Lo hacés a propósito, me provocás.

El tipo del celular, que no había dejado de hablar en ningún momento, hizo un silencio repentino y los observó de manera inquisidora.

–¿Te pasa algo?

Matías lo enfrentó con una mirada desafiante, pero el tipo del celular hizo un gesto como quien quiere decir que no está dispuesto a inmiscuirse en ninguna contienda, y luego continuó con la conversación telefónica con total normalidad: “Sos una completa inútil, Florencia, no puede ser que no puedas despachar una causa. Hace dos meses que trabajás en la fiscalía. Me parece que a vos te voy a mandar de maestranza. Supongo que limpiar inodoros te va a resultar más sencillo”.

 

–Escuchame, Julieta, ¿todavía te duele? Porque si no es tan grave, vamos a casa, te pongo hielo, y si te sigue molestando venimos otro día. Estoy perdiendo todo un día de trabajo por vos, ¿entendés?

–Andá, Matías, yo me arreglo. No hace falta que te quedes.

Matías sonrió y le agarró un cachete con fuerza.

–¿Adónde voy a ir si vos no podés hacer nada sin mí, pollita?

Definitivamente, “pollita” era peor que “bebé”.

 

Vicky García estudió Letras (FFYL-UBA). Se formó en los talleres literarios de Gabriela Cabezón Cámara, Virginia Feinmann, Juan D. Incardona y Natalia Moret. Cursó dramaturgia con Cecilia Propato y Mariana Mazover, y talleres de periodismo con Luciana Peker y Mariana Enríquez. Dirige el blog Zaparrastrosa Itinerante y produce el ciclo de literatura Bajo el cielo la llama.

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