FÁBULA DE LA GEOMETRÍA DE LA MEMORIA

Roberto Doberti

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Desde la ventanilla de la nave, la Tierra se veía desvaída, poco precisa. GK452 pensó que era casi absurda, que la disposición de las tierras y las aguas no respondía a ningún parámetro que pudiera reconocerse. Estuvo a punto de despreciar ese azaroso planeta, pero su sentimiento se contuvo con cierto remordimiento al recordar que fue ahí donde se había generado, decenas de siglos atrás, todo el cosmos que habitaba.

El sistema planetario se había ampliado con planetas y satélites, astros diseñados con geometrías precisas y variadas, así como eran múltiples sus colores y texturas.

GK452 venía de un planeta, el DX5, con océanos estrictamente circulares, cuyas aguas eran en unos casos verdes, en otros púrpuras, y de otros ya no se acordaba la tonalidad. No era fácil acordarse, porque los colores variaban según un algoritmo que no se hacía público, para no privar de sorpresa a sus habitantes. El fondo cónico vibraba con regularidad, produciendo un suave oleaje que llegaba con idéntico ritmo a todas las playas.

Había visitado otros planetas con tierras cuyos límites eran exactos hexágonos y pentágonos, y otros donde los cielos eran surcados por nubes rombicúbicas ligeramente redondeadas que se matizaban en violetas y amarillos.

También recordaba los planetas fractálicos, donde la configuración de cada grano de arena era idéntica en estructura a la configuración de cada piedra, éstas a la de las montañas, luego a los continentes, y finalmente al del planeta todo. No menos interesantes le resultaban los neosaturnianos en los que los anillos se conformaban según cintas de Moebius. Anillos donde circulaban miles de habitantes a velocidades extraordinarias, sin riesgo de encontronazos y solo dispuestos a regresar para verse jóvenes en un tiempo futuro.

Por momentos añoraba su casa en DX5, esa casa que era trasladada periódicamente a distintas ciudades, y aunque la modificaba con frecuencia, G pensaba que se acercaba a lo que en la Tierra se había llamado el hogar.

La nave se iba acercando con suavidad a la superficie siempre imprevisible de ese planeta original, ahora apenas habitado.

Unos pocos, que se llamaban a sí mismos “guardianes de la memoria”, se habían empeñado en permanecer y hasta en clasificar y disponer las manifestaciones de actividades realizadas mucho tiempo atrás, que ahora resultaban de difícil comprensión.

Su misión, más bien rutinaria, consistía en verificar si los avances prometidos en la tarea de esos supérstites se venían cumpliendo. Su tarea era tildada de rutinaria y protocolar, pero a GK452 le costaba realizarla, porque en general debía hacer grandes esfuerzos para entender de qué se trataba todo eso.

Cuando lo conseguía era peor: algo inexplicable le producía un escozor anímico, una languidez, algo que los antiguos habían llamado nostalgia o melancolía, que no sufría en ninguna otra circunstancia.

Cuando finalmente llegó, lo recibieron dos personas. Cuando se presentaron recordó que persistían en el uso de exasperantes maneras de identificarse: Pedro Galíndez y Felisa Fuentes, dijeron. Le mostraron con entusiasmo dibujos de cuerpos deformes y pusieron énfasis en el nombre de los dibujantes. Él solo pudo retener Modigliani y Botero.

Siguieron mostrando muchas cosas que le costaba catalogar, y lo fueron llevando a un clima extraño: incertidumbre, exaltación, desesperación.

Cuando parecía que la inspección estaba por terminar, Pedro y Felisa le dijeron, con un extraño fulgor en los ojos, que habían recuperado algo distinto, algo especial.

Le mostraron fotografías, películas en blanco y negro, algunos libros y muchos periódicos, en los que aparecía una mujer joven, bella, rodeada de hombres y mujeres que la vivaban, de hombres y mujeres que compartieron con ella espacios de fábricas, de hospitales y de plazas abigarradas donde ondeaban banderas y cánticos, rodeada de niños flacos y alegres. También le dijeron que esa mujer había muerto joven, en medio del llanto y la veneración de multitudes, y de las maldiciones de los perversos. Esa mujer se llamaba Evita.

GK452 no estaba seguro de comprender, solo supo que si no lograba entender eso, toda su maquinaria se destartalaría. Una lágrima poliédrica rodó por el paraboloide hiperbólico de su mejilla.

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