Crimen y castigo

Walter Ego

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Segunda entrega de los “diágolos” de Walter Ego (1900-1982). Escritor póstumo. Autor pionero en la adaptación de clásicos, con títulos tales como Sueño de una noche Vegano y Chauchis a las armas. Actualmente, ni fu ni fa. Mañana quién te dice.

 

–Tengo la impresión, buen Herpes, de que Sócrates se sigue burlando de nosotros.

–¿Por qué lo dices, noble Repulgue?

–¿Acaso no lo escuchas?

–Debo confesar que no. Habla demasiado; me quedé dormido.

–Si esto es cierto, amigo, habrá que decir que te comportas como un verdadero idiota. Y no en el sentido banal que le asignan los modernos al término, sino en su sentido más original, que naturalmente es el nuestro: aquel que no se ocupa de lo común, de los asuntos de la polis.

–No seas tan duro conmigo, buen amigo. Trata de comprender mi situación. Ayer estuve trabajando hasta muy tarde y luego casi no pude dormir, porque una de las nenas está cambiando los dientes y llora, y llora, y no para de llorar… Además, dime una cosa: ¿no habíamos votado ya? Yo recuerdo haber votado contra el viejo charlatán justo antes de caer en los brazos de Morfeo.

–Sí, hemos votado. Por un margen llamativamente escaso hemos logrado condenar al viejo. Pero ya conoces nuestro sistema judicial: aún resta definir cuál será su condena.

–¡Cierto! Casi lo olvido. ¿Y qué piden Anito y sus muchachos?

–La muerte del filósofo.

–¿Y Sócrates?

–A su modo, lo mismo.

–No entiendo. ¿Acaso te estás burlando de mí?

–De ningún modo, brillante Herpes. Es precisamente eso lo que quería decirte. Desde que retomó la palabra, luego de la sentencia, el cretino no hace más que burlarse de nosotros.

–¿De qué modo?

–Pues del modo en que acostumbra hacerlo, con su insoportable ironía. ¿Recuerdas que empezó diciendo que no sabía nada y al rato se vanagloriaba de haber dejado en ridículo a poetas, políticos y artesanos?

–Lo recuerdo como si hubiera sido ayer.

–Pero si fue hoy.

–Así es, es que no lo recuerdo tan bien. Pero, no importa, tú prosigue.

–Prosigo. Sócrates ahora está diciendo que lo que realmente merece como castigo por su crimen es que lo alimenten de por vida en el Pritaneo.

–¿Eso dice? ¡Atrevido había resultado!

–Se considera un benefactor de la ciudad.

–Es un tipo tan raro…

–No, Herpes, no es raro: es algo peor.

–¿A qué te refieres?

–Es un oligarca, un filo espartano y, como si fuera poco, un viejo putazo.

–¿Oligarca, este piojoso? ¿Filo espartano, el hombre que nunca dejó Atenas, salvo para defenderla valientemente en la guerra? ¿Putazo, el marido de la yegua divina esa de Jantipa? Mejor explícate con más detalle, amigo. Empiezo a sospechar que tal vez tú y yo no estemos hablando del mismo Sócrates.

–¿Qué dices, Herpes? ¿De cuál otro Sócrates podríamos estar hablando?

–No sé, del brasileño por ejemplo. Todavía no ha nacido, es cierto, pero la Pitonisa ya anda presagiando que será, no sólo un virtuoso del balón pie, sino un ingenioso adalid de la democracia.

–¿Brasileño? ¿Qué es un brasileño?

–Alguien que nació en Brasil.

–¿Qué es Brasil?

–Un Estado-nación moderno.

–¿Estado-nación?

–Es como una Polis, pero nada que ver.

–¿Qué quieres decir?

–Como querer decir, amigo, no quiero decir nada. La verdad es que preferiría seguir durmiendo. Perdóname, pero no puedo evitarlo: las instituciones democráticas me dan muchísimo sueño.

–Tú sigue durmiendo, si es tu deseo. Por mi parte seguiré mi conversación con Aristócles, quien oportunamente se acerca a nosotros.

[Dirigiéndose a Aristócles, también conocido como Platón, también conocido como el Padre de la Filosofía, también conocido como el abuelo de todas las ciencias, también conocido como el guampudo que escribió la alegoría esa que se tienen que fumar hasta los estudiantes de corte y confección]

–¿Qué piensas de las palabras de tu maestro, hijo del sabio Aristón y la bella Perictione?

–A decir verdad, no las estoy escuchando con mucha atención, hijo del escurridizo Sodero y la accesible Ugis.

–¡Acaso no eres su amigo!

–Sí, sí, re amigo: pero tengo un argumento medio flojo de papeles y no puedo pensar en otra cosa.

–¿De qué se trata? Dime. Aunque no soy muy afecto a la especulación, uno que otro cursito on-line con el Gorgias de Leontino he tomado.

–El asunto es así: estoy escribiendo un librito, al que llamaré Melón o algo parecido, y el personaje principal afirma que no es posible enseñar nada, porque cada uno lleva en sí el conocimiento y…

–¿Qué estás diciendo? Eso no tiene ningún sentido.

–No importa, es filosofía nomás. El punto es que se me ocurrió una frase linda, y no sé cómo hacer para que encaje.

–¿Cuál es la frase?

–“Conocer es recordar”.

–Linda frase, ciertamente.

–El problema, como digo, es que no tengo ni idea de cómo justificar que uno ya tenga el conocimiento en sí mismo.

–Claro, porque es una pelotudez.

–Bueno, ahí está el problema. ¿Se te ocurre algo?

–Emmmm… ¿Qué tal si pruebas por el lado de la reencarnación?

–¿Qué dices?

–Claro, corte que el alma es eterna, viaja por el Mundo de las Ideas y…

–¿Qué es eso del “Mundo de las Ideas”?

–No sé, lo leí en el manual de Carpio. Hay un cuadrito y todo. Pero puede funcionar, así que escúchame bien.

–Te escucho.

–El alma va por el Mundo de las Ideas, tiene contacto directo con esas verdades eternas, únicas e irrepetibles que, como si fuera poco, son el modelo de las cosas sensibles, pero resulta que antes de nacer pasamos por un río, el Matanza suponte, y…

–¿Por qué no El Leteo? Suena mucho mejor.

–Está bien, el Leteo. Eso es lo de menos. Y cuando pasas por ahí, ¡zas! Te olvidas de todo. Y después, a lo largo de la vida, poco a poco, vas recordando esas verdades, etcétera. ¿Qué te parece?

–¡Un flash! ¿Cómo se te ocurrió eso de la reencarnación?

–Por una charla que tuve, hace minutos, con Herpes.

–¡Uy, Herpes! ¿Dónde estará ahora el bueno de Herpes? ¿Sigue con el asunto ese del alcohol en gel? Hace mucho que no lo veo.

–Pues aquí mismo, Aristócles, ni más ni menos que a nuestros pies, durmiendo.

–¡Por Zeus! Palmó mal.

–Sí, pero ya hay que despertarlo: es hora de votar.

–Déjalo descansar, che, se lo ve fundido al pobre.

–¿Te parece?

–Sí. Además, Sócrates ya está jugado.

–Sí, jugado mal.

–¡Re mal!

–Recontra, ¡ja!

–Recontraremil, ¡ja!

–Recontraremilnovecientoscincuentaycuatrodosmilonce, ¡ja!

–¿1954-2011?

–Sí, qué.

–No sé, me sonó raro.

 

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