Bartleby no muere

Mónica Virasoro

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Aquella mañana de otoño tardío y aún altas temperaturas, el señor Carlos Arnaldo, gerente de la editorial Nieves Eternas llamó a Esteban, empleado de confianza, y le encargó ocuparse de la convocatoria al nuevo cargo de mecanógrafo. El coordinador general, favorecido por una beca de estudios, había anunciado su próximo retiro. Esteban, movido por su voluntad de acción rápida y eficiente, prometió esa misma tarde ocuparse del llamado. La noticia le había producido una sorda satisfacción, corroboraba rumores, instalados como volutas en el aire. Barrientos se va al fin… seguro voy ocupar su lugar. Me corresponde, por antigüedad, por mi estar siempre… cada día… cada hora… Fin de las hostilidades, fin de tercos y vanos esfuerzos por elevar un décimo su imagen sobre Barrientos a los ojos poco detallistas de Don Arnaldo. Yo respiro, yo aire fresco. Todo esto ya pensaba, sentía, desde aquella tarde que, en tono de advertencia, Barrientos le lanzó la noticia de su retiro. Como si yo fuera a lamentar su ausencia… craso error, qué despiste, no sospecha que es ese mi obstinado deseo. Es que se cree indispensable y yo estuve abonando esa creencia. ¿Cómo vamos a resolver en los libros que tenés en mano? –le preguntaba yo, con fingida preocupación, no fuera que para contrariarme decidiera quedarse. Ya a priori, Esteban gozaba de esa movida de piezas. Ahora las palabras de Carlos Arnaldo agregaban dos reacciones antagonistas: decían de la confianza depositada en Esteban, quien probablemente se convertiría en coordinador general, y entonces doble alivio, por el deseado retiro del competidor. Y no obstante… una renovada inquietud: ¿quién vendría a ocupar su puesto, a lucir sus destrezas, a competir en iniciativas? La inquietud, sin embargo, no jugaría de obstáculo. Esteban prioriza el entero, exacto, preciso cumplimiento de su obligación, bajo la convicción de que solamente esto le asegurará el éxito. No será como con Barrientos, que ya en la frente llevaba el signo de su arrogancia, desmadrada ambición, tono de sabérselas todas, ese aire de aquí estoy yo. Una pésima elección, error que asumo por inexperto, imperdonable candidez.

Con rapidez y decisión, al día siguiente lanzó la convocatoria. Será como un casting, le gustó ese rol que le tocaba, lo colocaba en un lugar de poder, poder de evaluar, de elegir, sí, y de acuerdo a sus exactas, propias necesidades. Ahora, bien sabía cómo tenía que elegir. Ya al segundo día para el cierre de la jornada se detuvo en el aspirante número 22, de nombre Bartleby, un hombrecito de talla mediana, peso mediano, más bien parco o acaso tímido, en fin, de pocas palabras, ojos pardos, cabello castaño, hombre todo de la medianía, nada que ver con el pelirrojo de Barrientos. Recordó, se repitió, siempre había desconfiado de los pelirrojos, color demoníaco, incisivo, ¿acaso el diablo no era siempre representado pelirrojo? Lo citó para el lunes a las diez de la mañana, según órdenes del director.

El lunes, Bartleby se presentó puntual y esperó más de una hora en la penumbra del recibidor. Costumbre del señor Arnaldo era provocar esas dilaciones. No por casualidad o por atraso involuntario, sino acorde al principio: buen ejercicio para templar los ánimos, contra la ansiedad, en fin, un buen método para el ablandamiento de los caracteres díscolos. Lo había comprobado en carne propia aquella vez que en su primer trabajo tuvo que esperar a su superior cerca de cuatro horas. Desde entonces, la lección quedó grabada a fuego lento y persistente.

A las 11 y 13 minutos Bartleby entró en la oficina de Carlos Arnaldo, no sin antes dar una última mirada al reloj, menos como acto de protesta que como gesto de constatación de un hecho objetivo. Después de saludos y presentaciones, Carlos Arnaldo le pidió que se explayara sobre su experiencia. Bartleby, con cadencia de cierre, respondió: –Usted no tiene de qué preocuparse, tengo mucha experiencia en el oficio. Carlos Arnaldo, descolocado, ya que pensaba que tenía el dominio de la situación por eso de la espera y la lección aprendida, quedó mudo por segundos, tratando de descubrir un modo digno de remontar. Bajó la vista, simulando consultar el informe sobre los aspirantes, y arremetió con una pregunta que, sino equivalente, era similar y complementaria, por lo que tal vez inspirara una respuesta más sustanciosa y cordial. ¿Tiene alguna referencia? –Tengo muchas –se apresuró a responder Bartleby–, no se preocupe. En situaciones normales, Carlos Arnaldo habría estallado y lo habría echado sin muchas contemplaciones. Pero esta era una situación de excepción. El clima de la entrevista, o el carácter del entrevistado, o todo junto sumado y sacado un promedio, daba que el entrevistador se descolocara, se paralizara, no encontrara palabras o se trabara con ellas. Ambos, Carlos y Esteban, quien también estuvo presente desde el comienzo, se miraron, mudos, seguramente se preguntaron algo en silencio. Arnaldo volvió a dirigir la vista al informe de su colaborador, buscando tal vez algún tipo de inspiración. Se acordó, tuvo un flash espontáneo de las mesas examinadoras. Entonces se dirigió a Esteban.

–¿Quiere, usted hacer alguna pregunta?

–No, es suficiente –respondió Esteban con la misma urgencia de salir del paso y Arnaldo, aliviado, dio por terminada la entrevista.

–Puede retirarse. Esteban, acompañe al señor y póngalo al tanto de los detalles: tema de contrato y papelerío.

Esteban acompañó a Bartleby, pero escatimó los detalles para regresar raudo al despacho de Arnaldo.

–¿Qué le pareció el candidato?

– Bueno… raro, ¿no? Viene a una entrevista de trabajo y no quiere hablar de su experiencia, no quiere aportar referencias… ¿qué quiere el hombre?

Esteban, fingiendo no darle importancia, argumentó a favor de su evaluación.

–No creo que eso deba inquietarnos. Aprecie en cambio sus cualidades, sus modales, sus ropas prolijas, su discreción, su timidez… Su timidez, claro está –pensativo y afirmando con la cabeza–, tal vez, ¿quién sabe? También sea una virtud. Son los aspectos por los cuales lo elegí entre 22 aspirantes.

–Bueno, esperemos. Ojalá tenga razón, ya se verán los pingos en la cancha.

–Ese me parece un dicho apropiado –respondió Esteban, aliviado y enfilando fuerzas para autoconvencerse de sus propios argumentos.

Pero no fue fácil. Pasaron dos semanas de inquietud en que Esteban, oscilante entre la confianza y la desazón, acorde al ritmo en que crecía o se desinflaba la fe en su elección, espiaba a Bartleby para descifrar en sus movimientos presentes los motivos de su extraño comportamiento aquel día de la entrevista. Pero había poco para observar. Bartleby trabajaba diligente, callado, parando sólo para el almuerzo con una puntualidad casi obsesiva. La ansiedad crecía a medida que se acercaba el día de la primera evaluación. A la tercera semana, otra vez los tres reunidos en la oficina del director para una tarea programada, el señor Arnaldo explica a Bartleby los motivos de la reunión.

–Todos los viernes uno de los copistas se reúne con Esteban para corregir el acumulado de tipeo y hoy le toca a usted. Como se trata de un trabajo tedioso, lo amenizamos haciéndolo de a dos. En esta ocasión, por única vez y sólo por un rato, los voy a acompañar a fin de ir conociéndonos.

–Preferiría no hacerlo –acotó Bartleby.

–Cómo que preferiría no hacerlo –se apuró Carlos–. No se trata de preferencias. Cómo se le ocurre, deme un motivo.

–No es mi tarea.

–Sí, es su tarea. Tipear y luego revisar, corregir. No puede entregar el trabajo sin releer.

–Preferiría no hacerlo –respondió Bartleby, con una más clara cadencia de cierre.

En un estado de creciente inquietud por el posible estallido de Carlos Arnaldo, Esteban interviene. –Bartleby, no repita como loro, y escuche lo que le dice el director. No se trata de preferencia, es una tarea que le atañe. Son prácticas muy acendradas en la editorial, costumbres que vienen de años, desde su fundación en los años 20. No pueden ser cambiadas así porque sí por un recién incorporado, casi un extraño.

–Preferiría no hacerlo –respondió casi como un autómata, sin levantar la cabeza.

–Bartleby… –repite Esteban en un tono más alto. Pero para ese momento Bartleby ya se había levantado de su asiento y comenzado a dar vueltas en círculo, para quedar luego mirando a la ventana en un estado casi hipnótico.

Otra vez Esteban y Arnaldo cambiaron miradas de interrogación. Arnaldo, sin duda, pensando en la impericia de Esteban: error flagrante de elección, y éste probablemente en lo mismo, autoculpándose, pero al mismo tiempo tratando de disculparse. No quería resignarse, ni por el momento reconocer el error: no lo hay, estoy seguro, fue una buena elección, se repetía, para fortalecer la fe como en todas las cuestiones de creencias. Hay que darle tiempo de adaptación, como a todas las cosas. Se acordó del gato que, recién llegado a su casa, ya algo adulto, se la pasaba maullando hasta que un buen día se terminó, pasó a la normalidad gatuna de uno o dos maullidos por día. Mientras esto cavilaba, el peso de la mirada de Arnaldo se hacía cada vez más punzante. Esteban baja la vista, se acerca a Bartleby que había retomado muy concentrado su meditación peripatética, le murmura vaya a saber qué en el oído y lo acompaña a la puerta. Al regresar ni se atrevió a abrir la boca, pero el señor Arnaldo sí.

–¿Y ahora qué me dice? ¿Tengo que continuar con los ojos en los modales y el atuendo?

–Vamos a esperar, pienso que se trata de un mal día. El hombre necesita una etapa de adaptación, como Bartolo. Tenga confianza, ya verá.

–Bartolo… ¿quién es Bartolo?

–Bartolo, mi gato. Pero nada que ver, me acordé de que no le había dejado comida, ¡pobre! Estará muerto de hambre –se apresuró a aclarar, avergonzado de la comparación. Carlos Arnaldo volvió a fijar la vista en los papeles desparramados sobre el escritorio, simulando interés en algún detalle. Era su manera acostumbrada de clausurar la conversación. Luego le hizo un gesto con la mano, señalando la salida: “vaya, nomás”. Esteban se tranquilizó. Interpretó por el gesto que el asunto no era una cuestión de Estado.

Lamentó, sin embargo, que no fuera la hora de salida. En esos casos siempre le gustaba salir a la calle, sentir el aire en la cara –aunque dudoso en verano y no tan atractivo en invierno–, vagar sin rumbo por la ciudad, mudar las prioridades, como un modo de romper con la rutina y renovar energías. Luego, al día siguiente, regresar limpio. Pero no era el caso. La jornada recién comenzaba, y todavía tenía que atravesar el fin de semana. Recordó que había quedado con Marisol, reunión casi de ultimátum. Tenía que decidir qué hacer con la relación que se estaba yendo a pique, por la alcantarilla de las infidelidades y los celos. Recordaba apenas que él tenía intención de reconstruir, pero ahora, con este episodio, no es que no quisiera, es que no se le caía una idea acerca del qué hacer. Todo era tan distante… Marisol lejana, allá, apenas una silueta sin vida. En primer plano, ahora, la nuca de Bartleby mientras tipea, la mirada fija punzante de Arnaldo. Y, sobre todo, la risita burlona de Barrientos, la que lo atacaba en los sueños: comenzaba pequeñita, insinuante, e iba creciendo en chillido, estallido, rumor maldito. Ahora la veía expandirse por la vigilia, parte de esa realidad, sólida, cercana, ineludible. Sin embargo, no se amedrentaba, reincidía en sus actos de fe, en su diagnóstico, en los buenos desenlaces. Se trata de algo pasajero, se repetía una y otra vez, y poco a poco la fuerza de la fe iba venciendo al llamado del derrotismo. Poco a poco, como por efecto de un acto de dudosa alquimia, se iban afirmando sus certezas, tanto que se convertían en euforia. Entonces Esteban comenzó a esperar el día de la prueba, el de la segunda prueba, en que se iba a demostrar la fugacidad de esa actitud que los había perturbado tanto, con esa ansiedad con que se esperan los momentos de mayor felicidad.

El día llegó, Arnaldo estaba demorado. Pero tampoco ayer hizo comentario sobre el tema. Es una suerte que no haya mencionado su intento de estar presente, eso me da mayor movilidad y capacidad de maniobra, siempre lo he sentido… esa mirada intimidatoria, esa permanente interposición. Quizás, si hubiera contado con esa libertad de movimiento, otra habría sido la cosa desde el principio. A primera hora, sin esperar a Arnaldo, Esteban se acercó al escritorio de Bartleby.

–Buen día, saludó –pero el copista no levantó la vista y siguió en su trabajo.

–Buen día –repitió con voz apenas más alta. Bartleby continuó en lo suyo hasta terminar el párrafo. Recién entonces le dirigió la mirada.

–Hola cumpa, cómo va.

–¿Cómo que es eso de cumpa?

–Acaso no somos cumpas…

–Bueno, sí… pero… la distancia, hay que guardar distancia –respondió Esteban, casi tartamudeando y tan descolocado que ya lo decía sin convicción.

–¿Distancia? ¿De qué?

–Entre nosotros.

–Está bien –Bartleby salió casi disparado para hablar con su vecino de escritorio.

–¡Eh! ¿Adónde va? –lo detuvo Esteban.

–Tomando distancia, como usted manda. Aprovechaba para arreglar algo con el cumpa.

–¿Qué es lo que tiene que arreglar?

–Nada, de nuestra organización. ¿Querés participar?

–Para nada. ¿De qué organización me habla?

–Varios temas… el trabajo, colaboración para el trabajo.

–¿Cómo? Si cada uno tiene su tarea… además, usted la vez pasada se negó a colaborar. Le cuento que para eso precisamente vengo ahora. Hoy, nuevamente, le toca a usted el trabajo de corrección que, como le explicó el señor Arnaldo, para amenizarlo lo haremos entre los dos.

–Preferiría no hacerlo –respondió Bartleby con la misma cadencia de cierre de otras veces.

–No me vuelva con eso. Por favor Bartleby, reflexione. No puede negarse, son normas de la editorial, normas antiquísimas. Piense un poco… su actitud puede hacer peligrar su trabajo.

–Preferiría no hacerlo –repitió, con una diferencia de tono apenas perceptible, acentuando el “no”.

–Esto no puede ser, no puede ser –repetía Esteban, variando volumen y tonalidad, mientras salía de la sala y no rumbo a la oficina de Arnaldo. Lamentablemente, no tenía nada que decirle. Toda su euforia matutina se había esfumado. Vacío de ideas e iniciativa, enrumbó hacia la calle. Necesitaba aire fresco. Sentía ahogo, asfixia, hasta una puntada en la boca del estómago. Caminó y caminó sin parar, como una cura de no reposo. Esto es un caso típico, un caso típico de… no se animaba a nombrarlo con su nombre. Atravesó la jornada, atravesó el finde. De Marisol ni noticias, el prometido encuentro había quedado arrumbado en el arcón de los olvidos. Pero el lunes, día clave… los lunes siempre se producía un giro, un enroque, y él que llega muy temprano. Estuvo presto, a las 10 de la mañana, para esperar a que llegara, tomara su primer café de la mañana… todos los rituales de Carlos Arnaldo, incluido el hacer esperar.

–Buenos días, señor Arnaldo, tengo que comunicarle: Bartleby… Bartleby… algo muy grave.

–¿Qué pasa con Bartleby?

–Hay indicios, muchos indicios, de que se trata de un caso de subversión.

–Esteban, por favor, no me queme la cabeza. ¿Qué está maquinando? Otra vez con Bartleby… antes me pidió que confiara en él, que se trataba de un mal día. Ahora me habla de un caso de subversión. ¿Se da cuenta de lo que dice? ¿Y a qué indicios se refiere?

–¿Indicios? Ah, sí. El jueves, día de corrección, nuevamente se negó. Nuevamente con el “preferiría no hacerlo”.

–¿Y qué esperaba? ¿Una conversión, un mea culpa?

–Por supuesto, que reflexionara, que entrara en razón.

–No me parece. Muy excesivo de su parte. Y además no exagere, ese no es un indicio de subversión.

–Hay más: cuando le doy el buen día, no me mira, no responde, me deja esperando. No que termina la palabra, sino hasta el fin del párrafo entero. Y lo peor que, cuando al fin se digna levantar la vista, me larga así nomás, con total desparpajo: “Hola cumpa, cómo va”. ¿Se da cuenta? Esa palabra, cumpa… como compañero, camarada, son palabras subversivas, ni hablemos de con qué se asocia. Por eso vengo a proponerle, a pedirle permiso, para llevar a cabo una investigación. Quiero crear una comisión investigadora y voy a abrir un expediente.

–Sabe Esteban, no comparto su diagnóstico ni sus asociaciones semánticas, pero no tengo ánimo de discutir. Usted me marea con sus vértigos, de modo que haga lo que quiera, proceda con la comisión –se queda pensativo, y agrega en voz cada vez menos audible: –Después de todo, este personaje me crea cierta curiosidad y acaso usted encuentre alguna nota de interés.

Esteban salió del despacho nuevamente eufórico, como si algo hubiera cambiado. Se había inflado de una esperanza infundada, pero le funcionaba para disipar la angustia. Al día siguiente tuvo que pensar en serio en lo de la comisión. Él no tenía ninguna experiencia de trabajo en equipo, ni noción de lo que era una comisión. Es más, lo suyo era el trabajo individual solitario. La frase la había lanzado al voleo, como mero repetidor. Pero no le importó. A esa altura pensaba que el director se había desinteresado del problema, que lo tomaba como una simple curiosidad, lo que le daba cierta libertad de acción. No tenía que cumplir tal cual lo programado. Entonces podía trabajar a gusto y en soledad, su tradicional modus operandi.

Al viernes siguiente, nuevamente propone la tarea de corrección a Bartleby. En verdad, sin gran expectativa, como un gesto mecánico previo a la investigación. Y tal cual, la misma cantinela del “preferiría no hacerlo”, que esta vez ya no logra conmoverlo ni perturbarlo. Para no atrasar el trabajo según pedido del señor Carlos, sin demora repite el intento con Gonzalo Gario, un poco despistado pero cumplidor al fin, con Diego Ponte, tan trabajador y discreto como había simulado ser el mismo Bartleby, y otros personajes menos previsibles. Siempre el mismo resultado: exactamente la misma fórmula repetida, uno tras otro: “preferiría no hacerlo”. Esteban, que sabía disimular, en esta ocasión no pudo, y dos o tres alaridos se le escaparon. Ya no cabía la menor duda, se trataba de una conspiración, y Bartleby era sin duda un infiltrado.

Sin embargo, no declinó su euforia. Al contrario, la tarea activaba la adrenalina. Gozaba del rol de investigador que le daba, a sus ojos, la oportunidad de aumentar la estima del director. Ese movimiento de neuronas lo acercó a una idea que juzgó ingeniosa: pondría micrófonos en todos los escritorios, incluso en los de aquellos más insospechados. También advirtió que lo de la comisión era imposible, porque… ¿con quiénes la iba a crear, si todos estaban involucrados? En ese momento, que tanto requería de la ayuda de otros –porque claro, Esteban no entendía de cables y micrófonos–, se dio cuenta de que tendría que recurrir a alguien de fuera. No podía confiar en los de dentro, tan contaminados como estaban con el “preferiría no”. Le diría a su amigo Di Tulio, que era muy gaucho.

Di Tulio, que tenía mucho trabajo pendiente –“por suerte”, dijo, a lo que Esteban no pudo más que asentir, reconociendo la importancia de no estar desocupado–, dilató la cosa más de una semana, y al fin los micrófonos y los cables no aportaron gran cosa: apenas noticias sobre un asado en lo del pelado Flores, o el problema sentimental de Castillo, que dio que hablar para varios encuentros

Sin embargo, aún con los escasos resultados de la investigación, Esteban estaba ansioso de comentarle a Carlos los nuevos hallazgos. El que todos tuvieran la misma extraña y absurda respuesta era algo revelador, y sin duda conspirativo. Pero no para Arnaldo.

–¿Qué hay con eso? –acotó– Seguro responden así de vagos que son, y copiones también.

–No sea ingenuo, Don Carlos: fue él quien los adoctrinó, de eso estoy seguro. Es más, para fines de investigación que, como usted puede comprobar, está bastante avanzada –dijo, señalando la voluminosa carpeta del expediente–, he puesto micrófonos debajo del escritorio de cada uno de los sospechosos.

–¿Y qué descubrió? Ese puede ser un camino. Por ahí acaso podamos conocer detalles interesantes sobre esta organización –acotó Carlos Arnaldo, en tono que dejaba traslucir un escepticismo desganado.

–Por ahora nada, sólo vaguedades, reuniones, algún asado… habría que ver si son sólo de camaradería o esconden otros objetivos. Hay que prestar atención a ciertas palabras que más que palabras son signos. Veré si luego me ayudo con algunos interrogatorios. Descontado que debe haber reuniones secretas que acaso se realicen en nuestro predio.

–Esteban, párela, por favor. No delire. En verdad, usted no tiene nada, apenas un manojo de conjeturas sin ningún fundamento, encuentros de amigos, fiestas de cumpleaños. Con eso no se arma una conspiración. Lo suyo no es serio, y le confieso: sus sospechas me producen cansancio mental. Tiene que serenarse.

Estas palabras producen a Esteban una suerte de tambaleo interno, pero con una maniobra entre mental y física logra recuperar impulso para remontar la situación que siente que se le va de las manos.

–Por cierto que no deliro: hay pruebas suficientes y las he puesto a su consideración –dice, revoleando la carpeta del expediente como bandera testimonial. Tiene que reconocerlo, ha sido un aporte importante. Y algo más: voy a hacerle una última sugerencia. Que se deshaga de este hombre, aun antes de que yo pueda terminar con mi investigación. Que sea hoy mismo, sin más pensarlo, con un telegrama de despido. Mañana puede ser demasiado tarde y lo va a lamentar. Deme el ok, yo mismo me ocuparé.

–Preferiría no hacerlo –responde Carlos Arnaldo, con idéntico tono y cadencia de cierre que Bartleby.

–¿Qué dice usted?

– “Preferiría no hacerlo”.

–¿Se da cuenta de lo que está diciendo, de la gravedad de esa frase?

–Es lo que siento, no tengo otra… usted no comprende, no puede. Es algo que viene de las profundidades, una fuerza subterránea más allá de la conciencia, una voluntad inconsciente –dijo Carlos Arnaldo, mirando hacia la ventana en un estado de cuasi hipnosis que a Esteban le recordó aquella extraña actitud de Bartleby la primera vez de su negativa.

–¿Una voluntad inconsciente? ¿De qué está hablando? Diga, Don Carlos: ¿se siente bien? Por favor, despierte. ¿Qué le pasa? ¿Quiere agua? Una aspirina…

Reaccionando a medias de su estado hipnótico: –Estoy bien. ¿Qué le hace pensar que estoy mal, que estoy dormido? Es más, creo que he despertado de una dormidera, y a raíz de eso me siento mejor que nunca.

–Ahora el que no entiende soy yo. De qué dormidera me habla.

–De esta nebulosa que nos tiene a todos envueltos. De pronto he podido salir de la caverna, gracias a… gracias, claro, a Bartleby, una especie de Sócrates. Este hombre tiene poderes especiales… Ojalá a usted también lo toque.

–No, gracias, por favor. Usted divaga, no toma conciencia de lo que está ocurriendo. Estoy realmente aterrado, hierve una bomba de tiempo. Veo que de usted no puedo obtener ningún gesto razonable, voy a dirigirme a instancias superiores –recoge el gordo expediente del escritorio. Pero claro, me llevo mis pruebas. Espero encontrar personas que sepan apreciar los resultados de esta investigación y tomen recaudos para frenar lo que se pueda venir.

–Vaya, vaya, total usted no puede comprender. No está preparado. No tiene dónde colgarse estos saberes –Carlos sigue hablando solo. Porque… hay poderes y poderes, está la voluntad de poder y la voluntad del no, la potencia del no. ¿Acaso puede valorar en toda su voluptuosidad la capacidad de decir “no”? Muchos –dice el sabio– son los modos de actuar sobre la realidad… ¿acaso oyó hablar del wu-wei, la acción por la no acción, de los infinitos caminos para la transformación? ¿Sabe usted de la potencia del no? ¿Sabe acaso cuánto coraje se necesita para decir no y sostener la mirada bien alta? No, no tiene la estatura. Vaya no más con su normas y sus expedientes, en busca de mentes razonables –abre la puerta y llama:– ¡¡¡Bartleby!!! ¡¡¡Bartleby!!! ¡y tooodos los cumpas! ¡Vengan a brindar! ¡Vamos a festejar el triunfo del no, nosotros, la santa confederación de los noístas, de los bendecidos por el “preferiría no”! ¡Vamos a bailar la danza diabólica de los no!

 

Mónica Virasoro es licenciada en Letras y Filosofía y magister en Ciencias Sociales, titular concursada de Filosofía y Estética I y II en el Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA). Entre otros libros, es autora de: De ironías y silencios (Gedisa), Los griegos en escena (Eudeba), Zaratustra, la experiencia del guerrero (Prometeo) y Trágico y sublime (Baudino).

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