La división del peronismo: reflexiones sobre su actual crisis organizativa

Daniel Arzadun

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La derrota electoral sufrida por el peronismo en el 2015 impactó directamente en el centro de poder de esta organización. La crisis en la que ingresó a partir de entonces se explica principalmente como una crisis de poder organizativa. A partir de ella, todas las variables organizativas que hacen al funcionamiento de esta fuerza política se modificaron, mutando las alianzas y conflictos que habían configurado su dinámica interna durante los años de hegemonía kirchnerista.

Esta reformulación de la dinámica interna en la lucha por el poder emerge así como una de las claves centrales para comprender su funcionamiento en los tiempos inaugurados con el triunfo electoral de Cambiemos. Uno de los primeros datos objetivos de esta crisis fue la pérdida del control organizativo por parte del kirchnerismo que dejó al descubierto un vacío de conducción, al tiempo que le impidió a esta línea interna garantizar, perpetuar, reproducir y acrecentar su poder intra organizacional. De esta manera se reequilibraron las relaciones de poder dentro del peronismo, y aquellos cuadros y líneas internas que durante los años de dominio kirchnerista detentaban lugares secundarios comenzaron a recrear sus posibilidades para relanzar la disputa por la conquista de la conducción.

A partir de diciembre de 2015, la conducción, ese preciado trofeo que marcó la impronta organizativa del peronismo, se encontraba vacía. Las variables organizativas desde las cuales se definía su vida interna habían quedado desarticuladas. No había disciplinamiento interno, ni unidad, ni identidad definida. El peronismo se convirtió en un territorio en disputa: su principio organizativo fundante, histórico, original, se había quebrado.

El peronismo es una fuerza movimientista que nació a la vida política como una organización de tipo carismática, logrando sobrevivir e institucionalizarse luego de la muerte de su fundador, cuestión que expresa su excepcionalidad. Un partido carismático mantiene una fuerte centralización en su seno, su líder o conductor, que por su propia característica carismática garantiza su unidad, arbitra los conflictos internos y fija su identidad ideológica o doctrinaria. En definitiva, se transforma en la principal variable organizativa de la fuerza política por él creada. De ello se desprende que ante la ausencia o muerte del líder todas las variables organizativas entren en crisis. Históricamente, todas las crisis del peronismo se reconocen en un vacío de conducción, y la situación desatada en 2015 no escapa a esta lógica: como tantas otras veces a lo largo de su historia, el peronismo ingresó en una crisis que reconoce aspectos novedosos, propios de los nuevos tiempos que está atravesando, pero en lo sustancial, estructuralmente, la nueva experiencia crítica se reconoce en las características originales que ostentó al momento de su fundación.

A partir de la pérdida progresiva de autoridad, lo que siguió de inmediato fue una dinámica de horizontalización que quebró el sistema de desigualdades internas consolidado por el kirchnerismo. De esta manera, el peronismo ingresó en un estado de asambleísmo continuado, donde cada sector se autonomizó políticamente. Para ellos el peronismo pasó a ser un territorio en disputa: cada uno entendía que sus propias ambiciones de poder dependían en alto grado de sus posibilidades de controlar el vértice organizativo.

El peronismo se indisciplinó y se anarquizó. Su identidad y el sistema de solidaridades internas se debilitaron, y la ausencia de una línea interna que controle su conducción potenció este proceso de desestabilización organizativa. El estado de democracia de base en el cual ingresó el peronismo en esta etapa pasó a ser funcional a todas aquellas líneas internas que ocupaban un lugar secundario y estaban relegadas. Ya ninguna línea interna monopolizaba el control de los recursos organizativos para volcar a su favor las negociaciones internas que formateaban los juegos de poder de la organización. A su vez, cada sector –como estrategia en su lucha para avanzar hacia el control de la organización– esbozaba su propia interpretación de lo que debía ser el peronismo. El interés de los distintos cuadros por avanzar hacia el control del peronismo era tamizado por una interpretación ideológica congruente con sus estrategias y deseos de acceso al poder organizativo. El sesgo ideológico o doctrinario que debía asumir el peronismo en este tránsito como fuerza opositora cobraba aún más fuerza ante la pérdida del monopolio de los recursos materiales que poseían sus máximas autoridades cuando estaban a cargo del aparato estatal.

La pugna ideológica fue así un componente central en la batalla política por el control de la organización. La identidad peronista que se encarnaba en los líderes Néstor Kirchner y –luego– Cristina Fernández está en disputa a partir de que su autoridad comenzó a ser cuestionada tras la derrota electoral de 2015. No se reconoce un liderazgo incuestionable que detente el poder legítimo y que represente en su propio cuerpo el signo visible y tangible de la identidad del peronismo. De esta manera, la crisis expuesta en la anarquía institucional se conjuga con una crisis de identidad. Las lealtades internas que en el pasado se habían solidificado entre conductores y cuadros partidarios se diluyeron. Esta situación fue aprovechada por el oficialismo que mediante el manejo selectivo de recursos materiales logró la colaboración de un sector del peronismo con responsabilidades de gestión y legislativas, potenciando y profundizando a su vez la división opositora, consiguiendo que fuera funcional a su estrategia de sostenimiento y reproducción de poder. Los cuadros nacionales, provinciales y municipales que antes respetaban y se encuadraban con la conducción nacional del peronismo dejaron en gran parte de hacerlo. La cohesión y la estabilidad organizativa comenzaron a modificarse dentro de esta dinámica revulsiva y cambiante. Emergieron revueltas, se dispararon las deslealtades organizativas y se erosionó el sistema de alianzas, todo lo cual desembocó en un fuerte cuestionamiento al liderazgo que se había sellado en la organización, participando inclusive en él sectores internos que antes lo sostenían con fervor.

Los apoyos que el kirchnerismo supo construir en el interior del peronismo menguaron drásticamente, pasando a constituirse no en la línea predominante sino en un sector más. La nueva coyuntura mostraba un kirchnerismo quebrado en su capacidad de distribuir tanto recursos de identidad como materiales. Ingresó así en una lógica de poder en la cual debía garantizar su supervivencia como línea interna del peronismo y, a partir de allí, reprogramar su estrategia política. Para afrontarla acentuó su línea ideológica como la expresión de un colectivo que retomaba las banderas originales del peronismo en su versión más disruptiva, reforzando así su identidad, a la vez que agudizaba sus críticas al neoliberalismo, colocando en primer lugar al oficialismo como su intérprete más despiadado, y asociando a este corpus ideológico a sectores internos del peronismo que de una u otra manera se prestaban al diálogo y la colaboración con el gobierno nacional. Esta postura confrontativa del kirchnerismo se tradujo en una práctica política de movilización y protesta callejera que dio sustento y reforzó su identidad, además de cohesionarlo como alternativa opositora. Gestó así un activo de legitimidad que lo posiciona como uno de los mayores referentes opositores a las políticas oficialistas, logrando no descabalgarse frente a las críticas de sus enemigos internos y sobreviviendo como línea política debilitada pero de magnitud dentro del peronismo.

Los sectores del peronismo opositores al kirchnerismo –varios de los cuales fueron aliados o parte fuerte de esa línea en sus tiempos dorados– redefinieron su ideología organizativa, reivindicando también la historia y la tradición peronista pero desde una perspectiva de centro, moderada e institucionalista. Esta construcción identitaria les brindó la cobertura ideológica desde la cual encabezar la batalla interna.

En esta nueva dinámica, el kirchnerismo continuó siendo un sector que –si bien estaba debilitado– mantenía su consistencia orgánica dentro del peronismo. El resto de los sectores internos poseen poca cohesión, dándose agregaciones episódicas y discontinuas tras los argumentos que esbozaban algunos de sus referentes, pero con carencia de solidez organizativa.

Los efectos de esta pulseada interna introdujeron un elemento de rigidez en el conflicto desencadenado en el interior del peronismo que agudizó su crisis organizativa. El peronismo se asemeja a una configuración poliárquica: coexisten en su seno varios grupos más o menos organizados, pero ninguno de ellos se halla por sí solo en condiciones de imponer su control sobre la organización. Así, la unidad del peronismo se torna una expresión de deseos imposible de llevar a la práctica, tanto por las resistencias de sus distintos sectores internos como por el problema irresuelto de su liderazgo a nivel nacional.

Por otra parte, el oficialismo naciente comenzó a demostrar, gracias a una propaganda política avasallante, su capacidad para enjuiciar la legitimidad de la autoridad kirchnerista, potenciando así la división e inestabilidad que experimentaba el peronismo y brindando por esto mismo armas argumentales a los grupos díscolos que emergían en su interior. El proceso desencadenado debilitó ideológicamente al kirchnerismo de cara a la opinión pública y en el interior peronista, al tiempo que lo descolocó quitándole legitimidad y credibilidad a su autoridad.

El peronismo experimentó así una división ideológica entre un ala moderada y otra confrontativa, también denominada de izquierda o populista, según la óptica de distintos analistas políticos. Mientras el ala kirchnerista asumía una oposición radical a las reformas pro ajuste del oficialismo y apostaba a esta línea de acción política como metodología tendiente a recuperar la línea de autoridad dentro del peronismo, el ala moderada se sostenía en la acción dialoguista respecto del triunfante oficialismo, bajo el argumento de contribuir a sostener la gobernabilidad. Varios de estos grupos obtenían reconocimiento no sólo simbólico sino también material por parte del oficialismo, con lo cual se fortalecían como líneas políticas con activos nuevos para hacer frente a la lucha desatada en el interior del peronismo. Pero, por otro lado, el ala moderada del peronismo tenía un problema en ciernes: su postura emergía como una amenaza que diluía su identidad organizativa al no establecer una frontera fuerte con el oficialismo. De allí que estos sectores trabajaran para concretar un corpus ideológico que generara un efecto de doble frontera respecto al oficialismo y al kirchnerismo. En cambio, el kirchnerismo buscó convalidar su postura ideológica y a la vez minimizar y debilitar a la de sus rivales internos, sosteniendo que era la única oposición válida al modelo de exclusión oficialista y que sus opositores, en realidad, eran aliados “opo-oficialistas” del modelo de exclusión.

La imprevisibilidad sobre el futuro organizativo del peronismo fue una consecuencia del cambio que se estaba operando en su interior. Ninguno de sus grupos internos está en condiciones de controlarlo en su totalidad, ya que ese cambio organizativo genera por su propia dinámica una pluralidad de efectos no previstos ni previsibles por los actores que se desenvuelven en su seno. Los cuadros internos poseen así una “racionalidad limitada”: pueden darse tácticas para buscar su mejor posicionamiento político, pero definitivamente no están en condiciones de prever todo. El futuro del peronismo, así, está en suspenso.

La innovación organizativa hace su flamante y convulsionada entrada. Si la victoria producía lealtades, la derrota engendra traiciones: en la cruda realidad peronista el poder no tiene pruritos ideológicos. Donde se discutía poder no se discutía ideología: la ideología era la pantalla que legitimaba, humanizaba y encubría el pragmatismo que caracterizaba a sus cuadros en aquel combate duro, descarnado, por la conquista del poder peronista. La relación entre la pluralidad de sectores que coexisten se visualiza en la alteración del control de los recursos organizativos, materiales y simbólicos. Se reestructuraron los juegos de poder en el interior del peronismo, tanto entre sus cuadros o dirigentes, como entre estos y el núcleo de apoyos que –hacia abajo– estos cuadros habían gestado.

El peronismo se dividió en varios sectores en pugna, con varias identidades y sin una conducción definida. Su lógica interna es la del conflicto y la inestabilidad organizativa continuada. Es la guerra histórica que, una vez más, se desata en torno a su conducción. Todas sus primeras figuras se sienten en condiciones de afrontar ese desafío. Lo único seguro es la inestabilidad y la incertidumbre que marcan los nuevos tiempos. Esta batalla histórica se transformó para cada una de ellas en la madre de todas las batallas: la conquista de la conducción implica imponerse sobre los grupos en pugna, pero la verticalización y el disciplinamiento del peronismo depende de que alguno de sus dirigentes acierte en su estrategia y desplace del poder al oficialismo. De lo contrario, la lógica divisionista y la guerra intestina seguirán marcando el futuro del peronismo. La conducción deberá legitimar electoralmente su autoridad mediante el acceso democrático a la cúspide del poder político nacional. Ese lugar en la historia del peronismo solo está reservado para algunos pocos –poquísimos– elegidos.

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