La agonía neoliberal: del emprendedor exitoso al sacrificio compartido

Enrique Del Percio

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El neoliberalismo inicial, en los tiempos Pinochet, Thatcher, Reagan y sus admiradores del resto del mundo, basó su prestigio en la promesa de que cada cual sería un exitoso empresario de sí mismo. Pero la cruda realidad se encargó de demostrar que ser un empresario de sí mismo implica asumir los riesgos de tal condición, relevando de asumir esos riesgos a las grandes corporaciones. Y pocas veces implica vivir mejor que lo que se vivía en los buenos viejos tiempos del Estado de Bienestar. Cuando las principales corporaciones financieras son demasiado grandes para caer (too big to fail), sus ejecutivos saben que pueden asumir cualquier riesgo, pues siempre serán rescatados por los estados. O sea: los CEOs ganan dividendos y bonus millonarios, y los pueblos financian su irresponsabilidad en forma de planes de ajuste de diversa índole, pero siempre bajo el lema del necesario “sacrificio compartido”. El problema es que, cuando a lo largo de la historia se demandó algún sacrificio, o bien se trataba de sacrificar a algunos en favor de la mayoría –desde el chivo emisario a los judíos de la Alemania nazi abundan los ejemplos–, o de sacrificarse todos por el bien común –apelación propia de las épocas de guerra. Pero ahora se exigen sacrificios a casi toda la población en nombre de las cuentas públicas o del riesgo país… para que los más ricos sigan acumulando riquezas. La ausencia de propuestas coherentes por parte de las izquierdas –más preocupadas por las diferencias que por las desigualdades– hace que el mundo corra el riesgo de ver cómo llegan al poder distintas variantes del fascismo del siglo XXI.

Hecha esta presentación del tema, pasemos a un breve desarrollo de causas y posibles derivas futuras de la situación actual.

El capitalismo de consumo es la base material y el neoliberalismo la base ideológica de la estructura de dominación contemporánea. Cabe hacer acá una importante distinción teórica: el capitalismo financiero o de consumo –en reemplazo del capitalismo industrial o de acumulación– tiene orígenes y lógicas independientes del neoliberalismo, pero éste ha servido como la ideología legitimante más adecuada. Entre ambos (capitalismo y neoliberalismo) no hay nexos causales: no es uno producto del otro, sino que se da una suerte de afinidad electiva. A veces acontece que hay ideas que calzan como un guante con ciertas realidades sociales, políticas o económicas, sin que ello implique una relación de causalidad: ni las ideas determinan esas realidades, ni son esas realidades las que producen tales ideas. Para referirse al vínculo entre el protestantismo calvinista y el capitalismo de acumulación, Weber hablaba de afinidades electivas. Afinidad que existe, por ejemplo, entre el agua y la miel a pesar de ser sustancias distintas, pero no existe entre el agua y el aceite, a pesar de su semejanza. Algo similar acontece con el neoliberalismo y el capitalismo de consumo: si no se hubiesen dado una serie de profundos cambios a partir de fines de la década del sesenta del siglo pasado, las ideas neoliberales –surgidas en Mont Pelerin y en Chicago tras la Segunda Guerra– no habrían pasado de ser una más de las reformulaciones teóricas del liberalismo motivadas por la necesidad de adecuarlo a los desafíos impuestos por los totalitarismos.

En efecto, razones políticas y económicas (cuyo análisis excede los límites del presente texto) llevan a las potencias occidentales y a Japón a realizar una fuerte apuesta a favor de las nuevas tecnologías informáticas y comunicacionales, así como a la expansión del crédito para el consumo. Esto va a conllevar profundas consecuencias en todos los órdenes de la vida. Cabe mencionar tres de los que tienen mayor impacto en la constitución de un nuevo tipo de subjetividad:

a) En el ámbito laboral, ya nadie trabaja toda su vida en el mismo lugar y, si lo hace, sus colegas cambian con frecuencia. Por lo tanto, no conoce en profundidad a sus compañeros de trabajo ni es conocido por ellos.

b) En el ámbito residencial, la persona está obligada –por razones laborales o de status– a mudarse varias veces a lo largo de su vida y, como en el caso anterior, si no se muda sus vecinos sí lo hacen. Por ende, tampoco puede conocer ni ser conocido por sus vecinos como acontecía en la vieja vida barrial o de aldea.

c) En el ámbito doméstico, la mujer debe salir a trabajar para permitir un mayor ingreso de dinero en el hogar que posibilite la adquisición de más bienes con alto valor agregado. Una familia con diez o doce hijos era funcional cuando las guerras demandaban mucha carne de cañón y la fábrica mucha mano de obra. Pero el impacto de las nuevas tecnologías modificó eso rotundamente. Ahora el ideal es la pareja DINKs (Double Income No Kids) que puede cambiar la TV cada cuatro años, el automóvil cada dos, e ir al cine todos los fines de semana. La mujer deja de ser exclusivamente madre y el varón deja de ser padre-proveedor. En el modelo anterior, si uno de los miembros de la pareja no estaba a gusto con el otro, no tenía más remedio que soportarlo. Podía ser infiel, pero no encontraba con quién iniciar una nueva relación estable: una mujer que pasaba todo el día atendiendo las necesidades de sus doce hijos y de su marido difícilmente encontraría un hombre dispuesto a hacerse cargo de esa familia y, concomitantemente, el hombre tampoco tenía dónde encontrar una mujer, ya que, a partir de cierta edad, todas estaban ocupadas en cuidar su prole. Ergo, el matrimonio duraba “hasta que la muerte los separe”. En cambio, los actuales modelos familiares son altamente inestables, tanto como las relaciones que se dan en la oficina o en el barrio.

Todo esto facilita la emergencia de un nuevo tipo de subjetividad: la del individuo que, a la vez que está hiperconectado, no puede mantener relaciones duraderas. Tipo humano que predomina en las grandes ciudades, que son las que imponen las pautas culturales y los modos de pensar al resto. Esto genera la aparente paradoja que autores como Sloterdijk han denominado el individualismo de masas. Como no hay tiempo para conocer al otro, ni para ser conocido por el otro, sólo se conoce lo que el otro muestra: cada uno muestra lo que consume y es valorado en función de eso. Más aún: el individuo del capitalismo de consumo no sólo muestra lo que consume, sino que se muestra para ser consumido. Es en sí mismo una empresa: se produce para ser consumido. Es, como bien señaló tempranamente Foucault, un empresario de sí mismo. Estamos lejos del buen burgués, austero y preocupado por la cosa pública, tipo humano propio del liberalismo clásico. El tipo humano del capitalismo de consumo requiere otra racionalidad, otro modo de entender y ordenar el mundo. Para eso, resultarán harto adecuadas las ideas que fueron desarrollando dos grupos de pensadores –reunidos desde mediados del siglo XX en torno a la Sociedad Mont Pelerin y a la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago– como Friederich Hayek, Milton Friedman y sus discípulos.

Este neoliberalismo plantea un corte tan abrupto con el liberalismo clásico que muchos pensadores liberales critican esa denominación. Por eso, conviene recordar las principales diferencias entre ambas escuelas:

a) Para el liberalismo clásico, el mercado es el ámbito de los intercambios, mientras que para el neoliberalismo es el ámbito de la competencia. La idea de intercambio conlleva una cierta razón de igualdad o, al menos, de proporcionalidad. En cambio, la competencia implica la existencia de ganadores y perdedores y, por ende, el crecimiento de las desigualdades, ya que cada vez que alguno vence, acrecienta sus ganancias y queda en mejor situación para competir en la próxima ocasión. A diferencia de las competencias deportivas en los que cada partido arranca 0 a 0 y con reglas establecidas neutralmente, en las del mercado hay quienes entran con varios puntos de ventaja y pueden imponer sus reglas. No existe un momento inicial o un minuto cero, sino un desbalance constante y sostenido.

b) Para el liberalismo clásico, las personas actúan en el mercado como capitalistas, asalariados o en ejercicio libre de oficio o profesión, y en el espacio público no mercantil como ciudadanos. Para el neoliberalismo las personas siempre son empresarias de sí mismas. El mercado coloniza al resto del espacio público e incluso al espacio privado. No sólo en el sentido de las correctos señalamientos feministas (lo privado es político), sino en que uno tiene que ser emprendedor en todo: desde su tierna infancia necesita tener más likes que sus competidores en las redes sociales. Desaparece el ciudadano como tal, ahora es un mero consumidor racional de mejores prácticas de gestión y gobernanza. En el individualismo de masas, al empresario de sí mismo no le importa la cosa pública. Ya no hay diversas dimensiones de la existencia, cada una con su propia racionalidad, sino sólo una: la económica, que además pasa de ser económica-productiva a económica-financiera.

En rigor, la historia no muestra muchas sociedades masivamente interesadas por la cosa pública. Lo excepcional fue el mundo de los siglos XIX y XX. Por cierto, como en todas las cuestiones que tienen que ver con el ser humano, las causas de esos intereses y desintereses son múltiples y complejas.

Indudablemente, el neoliberalismo constituye un cuerpo teórico ideal para la nueva subjetividad, reforzando la tendencia egoísta y narcisista propia del capitalismo de consumo, al par que propone una racionalidad adecuada a las nuevas circunstancias. Si cada cual es empresario de sí mismo, debe hacerse cargo de sí. Se “responsabiliza” a cada uno, al par que se le quita toda responsabilidad sobre el cuidado de la comunidad. Desaparecen las solidaridades de clase, de grupo o de posición ideológica. El gobierno deviene gobernanza y la acción política se reduce a una guía de mejores prácticas. Lo político se desvanece y su lugar es ocupado por las políticas públicas. Junto con lo político se desvanece el conflicto, en nombre de un consenso negador de cualquier demanda de justicia. De este modo, por vía de la responsabilización de los individuos, se legitima que el Estado deje de atender cuestiones relativas a la salud, la educación, el transporte o el empleo.

No se trata de que la sociedad del riesgo sea una consecuencia indeseada o un efecto colateral del capitalismo de consumo. Por el contrario, se requiere del riesgo y de la incertidumbre para estimular la competencia y, al par, para disuadir de elaborar respuestas colectivas desde el espacio de la política. Cuando las estadísticas muestran el deterioro del empleo formal y el incremento del cuentapropismo, esta precarización laboral es celebrada como un incremento de la autonomía del individuo. Este discurso entrelaza con la promoción del “capital humano”: ya que cada cual es empresario de sí mismo –y como buen empresario debe ser capaz de asumir riesgos–, lo primero que debe hacer es asumirse como capital, no sólo ni principalmente para sí mismo, sino para el mercado. Los grandes bancos no pueden quebrar, pero –como se vio en la crisis del 2008– lo que se hace es derivar el riesgo: los responsables de las inversiones no asumen ningún riesgo. Siguen cobrando sus fastuosos dividendos y sus bonus de fin de año. El riesgo no lo asumen las corporaciones, sino los individuos. Para eso ahora son responsables. Riesgo que atraviesa todos los órdenes de la vida, llegando incluso hasta las necesidades más elementales, dado que en nombre de la eficacia y de la responsabilización de los sujetos, el neoliberalismo tiende a desmantelar todos los programas de seguridad social.

Concomitantemente, las lógicas inherentes a la gubernamentalidad y a la gobernanza ponen el acento en la gestión y eliminan la discusión en torno a los fines. La racionalidad capitalista es una racionalidad instrumental, es decir, la racionalidad está puesta en la selección de los medios para conseguir un fin, pero elimina la discusión en torno a los fines. Se asume a la utilidad o a la eficiencia como un fin en sí misma. Muchas veces hemos escuchado decir que el capitalismo es el sistema más eficiente para producir riqueza, pero no se discute qué se entiende por “riqueza”, sino que se acepta que “riqueza” es sinónimo de producción de bienes y servicios y sus consiguientes utilidades financieras. Ahí radica la potencia de la racionalidad instrumental: mientras que en la racionalidad que toma en cuenta ciertos valores éstos determinan los medios, en la racionalidad instrumental no hay límite ni restricción alguna. Esa racionalidad, ya liberada de toda referencia a valores –como la justicia, la libertad, la igualdad o la fraternidad–, está en la base del triunfo de la dupla: capitalismo de consumo y neoliberalismo. Lo que es bueno para el crecimiento de la empresa, es bueno para el Estado. Un jefe de gobierno es una suerte de CEO, y sus ministros y colaboradores deben ser buenos gerentes. Esteban Bullrich, cuando era ministro de Educación, les dijo a un grupo de empresarios: “no me dirijo a ustedes como ministro, sino como su gerente de recursos humanos”. Cada vez es más frecuente que los gobiernos contraten expertos en gestión de negocios para formar y capacitar a sus cuadros. De este modo, sólo se habla de resolver problemas, pero no se debate en el espacio público cuáles deben ser las prioridades, ni quiénes deben afrontar los costes. Siguiendo con el ejemplo, se da por sentado que la educación debe formar recursos humanos: no se debate acerca de qué significa educar, ni qué tipo de educación queremos. Ni, por supuesto, cómo se financiará esa educación. Se financiará del modo más racional. Y punto.

 

Democracias sin demos y sin kratos

Desde que en 1826 Lamennais distinguiera entre la legalidad y la legitimidad de un régimen o de una norma, queda claro que ya no estamos en los tiempos en que, una vez que el rey rubricaba la ley, ésta era a la vez legal y legítima. Sin el rey reinando, la ley, para ser legítima, requerirá que guarde conformidad con la constitución. La constitución legitima a la ley, ¿pero cómo se legitima la constitución? No hay prácticamente constitución alguna que no apele al “pueblo” como fuente de legitimidad. Desde el célebre We the people de la Constitución Norteamericana, ya sea en el preámbulo o en alguno de sus primeros artículos, todo texto constitucional invoca al pueblo como el soberano capaz de otorgar la necesaria legitimidad. Sin entrar aquí a discernir qué entendemos por “pueblo”, lo cierto es que tanto en el ámbito de la ciencia política, como en el de la economía y la filosofía, este concepto genera más resistencias y desconfianzas que adhesiones. El problema radica en que, sin esa apelación última al pueblo, las constituciones se vacían de legitimidad, quedando entonces la legalidad sustentada en su propia eficacia. Es obvio que la subjetividad contemporánea con su carga de individualismo es refractaria a asumir la idea de pueblo o de comunidad como una entidad existente en la realidad, no como una mera idea. Como decía Thatcher, “la sociedad no existe, sólo existe el individuo y su familia”.

Este problema de legitimación se agrava por una cuestión que suele dejarse de lado por la ciencia política: el deseo. Dado que los individuos sólo quieren consumir, si todos pudiesen consumir lo que desean, en principio no deberían surgir mayores problemas para legitimar un sistema que, de tal suerte, se asentaría en su propia eficacia. Se trataría de una racionalidad instrumental que no requiere validación ulterior. Pero el problema es que el deseo de consumo es de suyo inagotable, pues el deseo humano es siempre el deseo del otro. Esto, que vale para todo período histórico –pues hace a esa falta estructural del ser humano–, se ve exacerbado en el actual sistema, debido a que, como hemos visto, el homo economicus del capitalismo tardío se relaciona con los demás a partir de la competencia y no del intercambio. Y compite sobre todo por lo que consume. No le importa tener una casa: tiene que ser más grande y estar en un barrio más caro (no necesariamente más elegante) que la de su cuñado. Tiene que tener la televisión con más aplicaciones e ir de vacaciones a los lugares más exóticos. No sólo se trata de desear algo, sino de que ese algo sea también deseado por otro. Por eso, si bien es posible afirmar que nunca tanta gente ha accedido a tantos bienes y servicios como en la actualidad –principal argumento a favor de mantener al sistema tal como está–, tampoco hubo nunca tanta desigualdad. La disminución de la pobreza absoluta obedeció a las mismas causas del aumento de la pobreza relativa o, lo que es lo mismo, a la mayor concentración de riqueza de la historia.

El neoliberalismo inicial, el de los tiempos de Pinochet, Thatcher o Reagan, prometía que la concentración de riquezas iba a provocar un derrame del que todo el mundo se beneficiaría. Hoy se advierte que el derrame no fue tan abundante como se esperaba, pero además crece constantemente la brecha entre quienes más tienen y quienes poco o nada tienen. Como la estructura de la subjetividad contemporánea se basa en la competencia, es necesario que lo que yo tenga sea deseado por otro, pero que ese otro no pueda acceder a lo que yo tengo. El deseo del capitalismo tardío es profundamente antidemocrático: si todos pudieran acceder a los mismos bienes y servicios, el capitalista ya no encontraría incentivos para hacer nada. Por eso, el neoliberal abomina más del llamado “populismo de izquierda” que del comunismo: con éste, al menos podría sentirse víctima de una cruel dictadura que le expropió sus bienes y ahora no tiene ni para comer. En cambio, ese “populismo” le deja sus bienes, pero le permite al pobre comer en el mismo salón del mismo hotel. La democratización del goce es lo insoportable, pues no deja ni siquiera lugar para la autocompasión.

Algunos de los perdedores del modelo, que son amplia mayoría, podrán culparse a sí mismos por un tiempo. Pero no todos durante todo el tiempo. El neoliberalismo exige un tipo de sacrificio muy particular: se exige a los perdedores que acepten su sacrificio para que otros vivan mejor. Se le pide a la población un “sacrificio compartido” para sanear la economía. Pero ese sacrificio no alcanza a los CEOs. Se explica que la salud de la economía es condición necesaria para mejorar el nivel de vida. Sin embargo, como quedó demostrado palmariamente en la crisis de las hipotecas apalancadas de 2008, fueron las clases medias y bajas las que pagaron por lo que se llevaron los CEOs de los bancos de inversión… que siguieron cobrando sus bonus. Y ese ejemplo no es exclusivo de Estados Unidos. La novedad en la lógica sacrificial neoliberal –el sacrificio de muchos– marca un punto de inflexión en el decurso del neoliberalismo, ya que la exigencia sacrificial no condice con los presupuestos antropológicos del homo economicus que siempre busca su propio beneficio. Por supuesto, cabe sacrificarse aún en el marco del neoliberalismo, pero para algo (el padre que sacrifica su carrera universitaria para su familia que necesita sus ingresos), no a algo, como en el caso del sacrificio religioso en el que se ofrenda la víctima a los dioses.

 

Peligros y alternativas

Recapitulando: los fracasos del neoliberalismo frente a las demandas de distinta índole motivan conductas reactivas que dan lugar a los fascismos del siglo XXI, esas patéticas pretensiones de respuesta en nombre del pueblo o de la nación. Ante esto, la primera tentación del intelectual es condenar estas respuestas y deconstruir los conceptos de pueblo y nación, explicitando los peligros que ambos conllevan. No se trata de discutir qué se entiende por democracia o qué se entiende por pueblo. Pocos conceptos han sido más debatidos. No caemos en la ingenuidad de pensar que una definición es resultado de una argumentación ajustada a las reglas de la lógica. Sabemos que la principal función del lenguaje, al menos cuando se habla del poder y sus consecuencias, no es la de ser un instrumento de comunicación, sino de persuasión. Pero de cualquier modo, cabe ponerse de acuerdo en que el concepto de democracia tiene que ver no tanto con el modo en que el pueblo se gobierna, sino con la negativa a que sea otra la fuente de legitimidad del gobierno: ya se trate de Dios, del dinero, del apellido o de lo que fuere.

A esta altura ya nadie duda de que la democracia no es en sí misma una poción mágica con la que se come, se cura y se educa, ni un seguro contra la xenofobia, el machismo u otras aberraciones. De hecho, nunca se debería plebiscitar una ley antidiscriminación pues, si hace falta una ley, es porque la mayoría discrimina. Jurados populares legitimando linchamientos y absolviendo violadores de la ley, o encuestas que muestran mayorías favorables a vindictas antijurídicas, son claros ejemplos de esto. Ahora bien: el pueblo no garantiza una vida mejor, es cierto. Pero también es cierto que nadie que no sea el pueblo puede garantizarla. Ni un rey sabio, ni una raza superior, ni una oligarquía iluminada. Si la democracia no cuenta con el pueblo, entonces no hay salida. No hay democracia sin demos. Y si el pueblo no es capaz de organizarse y así tener y ejercer poder, tampoco hay salida. No hay democracia sin kratos. Si así fuera, habría que aceptar que tenía razón Margaret Thatcher al plantear que no hay alternativa al neoliberalismo. Sería más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo de consumo. En cambio, una de las promesas de la democracia, en cualquiera de sus acepciones, es que siempre es posible vivir mejor.

Dadas las condiciones económicas y financieras imperantes, no parece que dentro del actual estado de cosas la mayoría de las personas pueda vivir mejor, al menos en un futuro próximo. La apelación al sacrificio compartido tiene un límite. La legitimidad del sistema puede entrar en crisis. Las izquierdas hace tiempo se quedaron sin respuestas en el plano económico y en el político, por lo que se limitan a dar algunas batallas en el plano cultural, como el reconocimiento de las minorías, la legalización del aborto o cuestiones de género. Todos temas importantes, sin duda, pero que no afectan el meollo de la estructura de dominación, pues para eso hay que jugar también en el ámbito de la política y de la economía. Pero, como suele decir Pablo Jacovkis –no casualmente uno de nuestros mayores matemáticos–, el problema de la izquierda es que al preocuparse sólo por las diferencias se olvidó de la igualdad y, agreguemos, le regaló ese terreno a las derechas impúdicas.

Por eso, crece el riesgo de que las respuestas –falaces pero creíbles– puedan venir de los fascismos del siglo XXI, mediante el empleo de tecnología de punta para generar una estructura de control social, como no lo imaginó ni el propio Orwell, con una constante invención de enemigos responsables de la situación: los políticos, los migrantes, los musulmanes, etcétera. La Hungría de Orbán, la popularidad de Bolsonaro en Brasil, de Le Pen en Francia o de Salviani en Italia, no son buenos augurios. En definitiva, el America first dicho por Trump no suena muy diferente del Deutschland über alles en boca de Hitler.

Pero si se asume que los seres humanos somos constituidos por nuestras relaciones, que no somos una sustancia acabada en sí misma, advertimos que sólo podemos realizarnos en el marco de una comunidad que también se realiza. No podemos no preocuparnos por el bien de los demás, so pena de vivir una vida mezquina y sin sentido. Este carácter relacional del sujeto nos permite alumbrar una tenue esperanza. Es posible pensar que esa gente que sabe que fuera de casa no hay padre ni madre, asuma por ende el carácter fraterno de la condición humana: la apertura al otro, aún a riesgo de ser herido. Los hermanos tienden a pelearse, como Rómulo y Remo, Caín y Abel, Tupí y Guaraní, y tantos otros, pues las relaciones horizontales estimulan el conflicto. Pero también hay otra dimensión de la relación fraterna, que tiene que ver con el afecto, como en el caso de las amigas que se quieren tanto que dicen “somos como hermanas”. Una vez que se asume que no hay padre ni madre fuera de casa, una vez que se asume que no hay nadie que pueda decirnos lo que está bien ni lo que está mal, cabe entonces la posibilidad de que pensemos que somos nosotros los únicos responsables de la construcción de una vida en común. De una vida que merezca la pena ser vivida.

 

PD

A quien quiera profundizar en estos temas le recomiendo bajarse de la web El pueblo sin atributos de Wendy Brown –es de fácil acceso y hay varias versiones disponibles– y ver el video de Ricardo Gómez, nuestro gran epistemólogo profesor en California, sobre los fundamentos epistemológicos del neoliberalismo, explicados tan claramente como sólo un gran maestro de escuela puede hacer. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=i3PlfK59JQI.

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