APUNTES SOBRE AGENDA Y REPRESENTACIÓN POLÍTICA

Marcos Domínguez

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Pensar en argentino

Sabiendo que la única política es la internacional –pero vista desde nosotros mismos–, las preguntas que hoy surgen son: ¿qué sucede con los vicios interpretativos respecto de lo que eligen los pueblos? ¿Cómo representar a los pueblos que tenemos y no a los que cierto iluminismo quisiera tener? Miremos, entonces, la realidad argentina con ojos argentinos, para encontrar respuestas argentinas.

Con todas las salvedades del caso, el dato a analizar en el espejo es este: Brasil está en recesión, reforma laboral mediante –dato para entender que el modelo sindical argentino es único en el mundo– y sus mayorías votaron, entre otras cosas, “contra la corrupción del PT”, tras una campaña de difamación monumental que contó con la acción coordinada de medios y poder judicial, con la correspondiente anarquía procesal. Este es el escenario adverso que le toca enfrentar a toda fuerza nacional-popular que se proponga enfrentar los intereses de estas poderosas minorías corporativas.

El punto a reflexionar es que todo electorado vota un imaginario de “orden”, imaginario cargado del sentido que imprime la fuerza que gana la disputa de sentido. Dado esto, se vuelve sensato asumir la necesidad de abandonar la cosmovisión del progresismo culposo a la hora de vincularse con valores como el orden, la seguridad, la movilidad social ascendente con dinámica de méritos deseables para la realización de la comunidad (trabajo, esfuerzo, dedicación) y demás cuestiones que hacen a la representación de mayorías sociales. Es que el peligro de todo seudoiluminismo es el de romper los puentes con la idiosincrasia de buena parte –la suficiente– de la sociedad, esa que a nivel local no siempre transita las calles de la ciudad-puerto. Porque claro, los pueblos tienen sus biografías, sus trayectorias, sus necesidades. La película no empieza cuando uno se sienta a verla.

La moralina bien pensante nubla el raciocinio político. Establecer un punto de corte con este auto boicot implica abandonar un sistema de premios y castigos, un mercado de la conducta. Tal vez este –también– sea otro buen ámbito para pensar en la palabra deconstrucción. Por otra parte, implica reconocer que el objetivo oficialista de tener una oposición controlada parece dar resultado cuando –a través de la tecnología comunicacional– se logra que el arco opositor quede reducido al rol de “mensajero de las malas noticias”, mientras el oficialismo se reserva el de construir un relato ilusionante que, aunque completamente ficticio y cínico, todavía moviliza anhelos de buena parte de la sociedad.

 

Liberalismo y agenda setting

“La masificación y novedad de este nuevo soporte material de comunicación ha generado una sobreexcitación comunicacional que ha sido bien aprovechada por las fuerzas políticas de derecha, que dispusieron recursos y especialistas cibernéticos al servicio de una guerra sucia como nunca antes había sucedido en nuestra democracia y que ha vertido toda la lacra social en el espacio de la opinión pública. Está claro que las redes no son culpables de la guerra sucia; es la derecha, que no tuvo escrúpulo alguno para esa guerra sucia unilateral, la que apabulló el medio. Nosotros atinamos a una defensa artesanal en un escenario de gran industria comunicacional. Al final, esto también contribuyó a la derrota. A futuro, está claro que los movimientos sociales y el partido de gobierno deben incorporar en sus repertorios de movilización a las redes sociales como un escenario privilegiado de la disputa por la conducción del sentido común”. (Álvaro García Linera)

En tiempos donde las campañas electorales están contaminadas de operaciones a base de fake news o desinformación, la disputa por el sentido común debe tener en cuenta un dato fundamental: estamos inmersos en la “dictadura de la novedad”. Esta dictadura galopa sobre la enorme capacidad de instalar temas que tiene el poder mediático (agenda setting), pero también de instalar la interpretación sobre el tema. La consecuencia más nociva de este proceso es la pauperización del debate público. A su vez, esta última se ve reforzada por la presencia de un tipo de politización funcional: fast food, superficial, efectista, pero sin consistencia, que desemboca en una lógica reaccionaria y negacionista pacata, o en el progremenudeo de redes. Es por esta razón que –ya desde el origen– debates como la Interrupción Voluntaria del Embarazo, la confusión entre laicismo y anticlericalismo zonzo, o el “efecto Bolsonaro”, fueron y son atravesados por la lógica descrita.

Uno siempre cree que, a esa prodigiosa imaginación divisionista con la que se presentan los temas de agenda, le aguarda un sentido ulterior que le dará profundidad, pero los días pasan y no sucede. Todo queda triturado en los cánones del sistema operativo de la cultura occidental: el liberalismo posmoderno, que encorseta todo en la intensidad de la inmediatez líquida, en la frase comodín sin ningún sentido argumental. A su vez, en esto influye perniciosamente el hecho de que quienes mayormente administran el debate sean los (malos) periodistas, oficio que por razones comerciales considera a la profundidad como a un pecado capital.

En efecto, cuando existe vocación de identificar lo que subyace a ese berenjenal de discusiones simultáneas que sólo generan histeria colectiva, se esconde bajo la alfombra del olvido cualquier sesgo doctrinario de comprensión. La concepción se atomiza, el discurso se dispersa y el posicionamiento se divide en minorías. La supremacía y la consecuente adhesión a las agendas de minorías por sobre la agenda de la mayoría lesionan el sistema de representación. El liberalismo consolida así, en la cultura, sus principios axiomáticos centrales: individualismo antropológico (el individuo es la medida de todas las cosas); y la democracia como dominio de las minorías (que se defienden contra la mayoría que es siempre propensa a degenerar en totalitarismo, en “populismo”).

Estos efectos forman parte de un objetivo mucho más integral del globalismo liberal en los países semicoloniales: generar el desarraigo moral, espiritual e intelectual de la mayor cantidad de población posible; fragmentar y alimentar el socavamiento de cualquier atisbo colectivizante; reducir a la persona a individuo, mutilarle su naturaleza social para condenarla a encarar la vida de manera aislada; generar la naturalización de la volatilidad, la incertidumbre y la inestabilidad generalizada, que provocan la pérdida de consistencia, que inevitablemente corroe la conciencia respecto del espacio público que, naturalmente, exige un mínimo de trascendencia sobre los intereses privados. Sobre estos cimientos se construye el “nosotros”. A esos cimientos se dirigen los ataques del liberalismo.

 

El “control de calidad” neoliberal

En este marco, la única dirigencia política habilitada para participar de esta fabulosa maqueta democrática será aquella que cuadre con el canon mediático-judicial del “ser honesto”, pero no ya como modus vivendi, sino como construcción cultural del imaginario neoliberal. ¿Y qué es ser honesto para el sentido común neoliberal? Ser un dirigente o candidato que no enfrentó ni enfrenta al poder real. Por eso, digámoslo claro, todo aquel que se aferre a conceptos definidos, concretos, que hable desde una doctrina, con ideas claras, es alguien “duro”, en el sentido de peligroso o anticuado, según el totalitarismo del progreso.

Es que el negocio de la oligarquía es que todo permanezca licuado, y que la idea de silencio sobre “cuestiones que atrasan” se logre imponer en todos los actores que –por acción u omisión– contribuyen a la teatralización mediatizada de la política. En ese teatro a ciegas, el ciudadano-trabajador-votante no sabe quién le aumenta los precios, quién es el responsable de la seguridad, o del desempleo, por qué el FMI libera préstamos para encapsular la crisis en Argentina, etcétera. En ese berenjenal de confusión todo es tan complejo que nadie lo entiende, pero todos lo problematizan, en una suerte de maratón de diagnósticos, caracterizando lo ya caracterizado por otros. Sobre esta última fatalidad cultural se erigen los programas de “debate”, y es en ese torrente de sobreinformación compulsiva y desjerarquizada en el que ingresa la discusión política a la agenda pública, ya no para orientar el sentido, sino para resquebrajarse en ese convite mediático donde la persona política es evaluada por sus características personales y no por su actuación política.

Si la política oficia solo de ingrediente pseudo-polemista, se desjerarquiza y se transforma en pose. No está lejos el ejemplo histórico. Así sucedió con el FREPASO, compuesto principalmente por personajes que desfilaban por los medios de comunicación entronizados ya como verdadero centro de poder. Pero claro, no era “gratis” y, como sucede hoy, había que pasar el control de calidad mediático-judicial para poder habitar la góndola de la oferta electoral del sistema demoliberal. Para esto se debían hacer análisis de la profundidad de un charco, sin explicar de manera clara lo que sucedía. Abusar de la tónica poética, de las esdrújulas. Condenar “la corrupción”, vociferar contra la “mala política” y contribuir –con la repetición sistemática de consignas cliché que encubren los problemas estructurales– al desprestigio de la política como actividad que, sabemos, tiene su correlato en el “que se vayan todos”: la vieja y peluda crisis de representación.

Es en este sentido en el que la oposición con verdadera vocación de instalar un modelo diferente al actual debe evitar llegar a ese escenario de derrota consumada, donde el rol opositor sea administrarla de manera más o menos permanente. Trabajadores o ciudadanos (como más guste) que han visto agredidos sus intereses no tienen vocación de descartados, ni de desocupados, ni de explotados: tienen vocación de ser representados.

 

Doctrina y adaptación

Es claro que, en tiempos de desplazamiento desde lo ideológico a lo emocional, volatilidad y demoscopía, el esquema interpretativo y práctico de un espacio nacional no puede ser el de 1945. Por esto vale siempre recordar que la dinámica adaptativa de una inteligente transigencia es lo que ha mantenido viva la capacidad del movimiento para representar mayorías, es decir, para ampliar su base electoral en el marco de un continuo de transformaciones en el tejido social del país que modificaron identidades y formas de interpelación, y también la relación que mantiene el electorado con las representaciones tradicionales.

Esto significa también que, para defender toda convicción en los mares líquidos de la modernidad, se lo debe hacer de modo francamente político, y no desde una visión melancólica, estática y museológica. Es que, como único portador de una doctrina, el peronismo se encuentra en la encrucijada de una actualidad en la que debe demostrar que, efectivamente, está en condiciones de dar los debates contemporáneos, de orientar sus sentidos y de construir horizontes que vuelvan a movilizar anhelos sociales mayoritarios.

Resulta necesario, también, abandonar ese perpetuo vagabundeo por el extenso pero inconducente campo que enmarcan las ideologías teledirigidas, presentando una alternativa al esquema empañuelado de las representaciones fragmentarias, poniendo lo humano en el centro, y trascendiendo la lógica divisionista y facciosa de los opuestos. En este sentido, diremos que el “arte de dividir” no es producto de las estrategias maquiavélicas de un asesor caro. El rédito político del macrismo no depende del evento que utiliza para dividir al campo opositor, sino de la capacidad o incapacidad del campo opositor para no dejarse dividir. De esos anticuerpos depende, en gran parte, el destino del país.

Si bien la unidad dirigencial no garantiza la del electorado, lo que sí depende de las bases en este momento es tratar de acercar posiciones y no radicalizar diferencias. Porque el dilema de las fuerzas políticas radica en reforzar las posturas facciosas, o brindar los vectores necesarios para evitar la balcanización del heterogéneo campo nacional. Esto es, en términos de acción política, expulsar para debilitar, o incorporar para fortalecer.

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