Volver a las fuentes: símbolo vivo de la inteligencia nacional

Iciar Recalde

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Reseña del libro de Juan Godoy: Volver a las fuentes. Apuntes para una historia y sociología en perspectiva nacional. Buenos Aires, Punto de Encuentro, 223 páginas, 2018

Duele sentirse chiquito

en la propia tierra de uno

empujao como vacuno

a consumir lo importao

viviendo de lo emprestao

desorejado y reyuno

andando por los caminos

que anduvieron mis hermanos

uno se entierra en el guano

hasta más allá del tilo

desorientado y cansino

anda el corazón del criollo

(…)

si uno piensa en argentino

sin otra intención que serlo

creen que es bicho del infierno

o tiene olor a zorrino. 

(Cuando la vida me nombra, José Larralde)

 

Es cosa del futuro esto de volver a las fuentes. Porque lo que los argentinos afrontamos en la actualidad se trata de un proceso de regeneración y de reconquista, de un nuevo ascenso desde la involución en la que nos hemos precipitado desde el año 1976 a esta parte, cuando hemos sido contemporáneos de una brutal transformación de la cultura y de nuestras costumbres comandada por la idea de que todo lo nuevo venido de las usinas de producción cultural del extranjero –por el solo hecho de serlo– es mejor, que lo anterior es repudiable y si brota de las entrañas del país, mucho más. De la primacía de la idea de ruptura frente a la continuidad, montada en la ilusión de empezar todo de nuevo cortando las raíces que –manda el esnobismo colonial– supuestamente nos “condicionan”. Y la vida en comunidad es siempre novedad en la continuidad. La interrupción desemboca, lisa y llanamente, en frustración y muerte. Dice el poeta que cuando muere despacito la tradición nacional: “duele como una espina / que se hunde hasta el infinito / cada tranco es un cachito / que se le da al extranjero / cada entrega es un agujero / que se le hace a la bandera / y el aire es una tapera / con gusto a nada sincero”.

Y así lo escribe el puño enérgico de Godoy, a través de una paciente indagación de las fuentes desde las cuales brota la conciencia nacional, revelando un principio activo donde se enuncia y manifiesta la Argentina, no como invento ni elucubración intelectual, sino como análisis profundo de su esencia y realidad. Porque allí en sus entrañas lee el autor los lineamientos de una epistemología de la periferia que va a sustentar una visión trascendente de la Patria. El pensamiento nacional, revela, defiende la existencia soberana del país y exalta la fe en las capacidades colectivas de nuestro pueblo, ligazón indisoluble de creencia y sacrificio que empujan durante siglos por el país pendiente. Libro apasionado y valiente: pone nombre a las claudicaciones y los silenciamientos, invita de la mano de los maestros del pensar en nacional a vislumbrar las causas ignoradas de nuestros males, demuele falsas idolatrías mitromarxistas montadas por la feria de vanidades de generaciones intelectuales al servicio del neocolonialismo que todo lo corrompe y destruye. Se anima a dibujar el rostro vasallo, la verdad desencarnada de un país subyugado por el extranjero y sus socios locales, y fundamentalmente, alza la voz de la esperanza para recobrar, sobre aplazamientos y dolores, el itinerario profético de una Argentina rescatada por y para los argentinos.

El sueño de la razón del colonialismo cultural individualista y materialista viene dando siglos de frutos amargos. Para entender de lo que se trata, basta recorrer las páginas de este libro, brújula para dar cauce a un proceso que requiere de cuadros políticos y sociales que permitan reestablecer la comunidad que ordena, contiene y potencia en medio de la anomia reinante en la que vivimos, producto de la desarticulación y la fragmentación de la comunidad nacional. De la estafa, el saqueo y la entrega de argentinos sin alma al pirata extranjero. Y Godoy advierte sin medias tintas: no hay Patria posible sin independencia económica, sin soberanía política y sin justicia social. En ese orden de factores, que de trocarse siempre alteran el producto, sea con ropajes demoliberales o desarrollistas. Y dice más: tampoco hay Patria posible sin recuperar nuestra conciencia histórica. Sobradas muestras tenemos de que no reconocer la identidad del pueblo argentino ligado al destino de Nuestra América es desgracia para quienes quieran conducirlo con buenas intenciones, y es condición indispensable para quienes se disponen a traicionarlo.

Nos une a todas las naciones iberoamericanas una cultura profunda de raíz cristiana y humanista: formas diversas, esencias comunes. Los intentos de desviar esta cultura hacia una expresión materialista y eurocéntrica han fracasado. El desprecio por nuestra cultura permitió sustituir valores comunitarios y emancipadores por antivalores demoliberales, que son los que hoy nos explotan en las manos en las cifras de desnutrición y hambre, desempleo, endeudamiento, extranjerización del patrimonio nacional o reprimarización de la economía, a la par de la desvinculación de gran parte de la variopinta dirigencia de un pueblo que quedó a la deriva. A secas: caldo de cultivo para que el poder real, el imperialismo transnacional financiero, hiciera y deshiciera a su antojo en nuestro suelo sin quedar expuesto.

Pero como siempre la esperanza se refugia en el corazón popular y hay que decirlo: en medio del dolor inmerecido, el pueblo argentino espera volver a ser convocado, aguarda otra vez hombres justos paridos de sus propias entrañas que sientan en su misma sintonía, que encontraremos en la humildad con que se ofrecen estos “apuntes”, un espejo donde mirarnos y reconocernos en nuestras posibilidades colectivas, y en la convocatoria a volver a las fuentes de la nacionalidad donde esperan por nosotros cientos de patriotas con nuestra misma fe en procura de encontrar su cauce definitivo. Seguramente no faltarán los lenguaraces coloniales que señalen que la propuesta de Godoy atrasa. Es claro que no puede hacerse un análisis de nuestros clásicos si no los ponemos en su contexto histórico, pero es más claro aún que lo esencial de sus planteos y realizaciones sigue vigente: está en el futuro. Significa responsabilidad de servicio y entrega para la forja de la definitiva independencia de la Argentina. Por último, valen para este libro los versos que siguen: y si a veces digo cosas que abren llagas / que me escupan si no estoy haciendo patria”.

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