Unidos: la lección de los maestros

Mariano Fontela

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Reseña del libro de Martina Garategaray: Unidos: la revista peronista de los ochenta. Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2018, 152 páginas

Este es un libro que refleja varios años de estudio y reflexión de la autora sobre un tema que podría resultar relevante para algunos de los lectores de Movimiento, por distintos motivos: analiza un período especialmente fecundo en la trayectoria de un conjunto de intelectuales peronistas que no solamente revisaron críticamente el pasado reciente, sino también se permitieron reformular algunos de los principios de la doctrina peronista; describe la importancia política que se daba aún en los 80 a las revistas “de ideas”, y por lo tanto a “las ideas”, sin importar tanto qué dirigentes o agrupaciones las enarbolaran en su discurso para diferenciarse de sus competidores; refleja la confianza de algunos intelectuales sobre el valor de los ideales peronistas, visiblemente opuesta al complejo de inferioridad académica que en las últimas décadas muestran algunos académicos “del campo nacional y popular”; permite reflexionar a partir de la semejanza entre la coyuntura de los 80 y la actual: la primera derrota del peronismo en elecciones presidenciales desinhibió a quienes proponían revisar los métodos de construcción política y las formas de debatir y comunicar las propuestas, por más que no debo ser el único que se pregunta si cambiaron tanto las cosas en estos 35 años.[1]

Unidos fue una revista que se enroló en la renovación peronista, si bien estrictamente los dos primeros números salieron antes de las elecciones de octubre de 1983, y por lo tanto su existencia fue previa al surgimiento de la renovación. Tenía el formato típico de un libro, lo que seguramente facilita que todavía se la pueda encontrar en algunas bibliotecas de compañeros nostalgiosos. Sin embargo, si bien Horacio González llegó a afirmar que “hubo Unidos, al fin, porque hubo renovación peronista. Pero de alguna manera, se puede decir que hubo renovación peronista porque hubo Unidos”, su pico de tirada fue de 3.000 ejemplares, un número irrisorio si se lo compara, por ejemplo, con los que mencionan Darío Pulfer y Julio Melon Pirro respecto a la “prensa de la resistencia”. Más razonable es lo que afirma Garategaray: no solamente se diferenció de otras revistas peronistas “muy ancladas en la liturgia peronista”, sino que además “Unidos encaró la revisión identitaria del peronismo; y en este camino, plagado de críticas y rupturas, sentó la idea de la construcción de una nueva identidad política capaz de crear un frente, coalición o alianza”. Dicho de otra manera: Unidos fue fundamental para consolidar a un sector de la renovación que luchó por una concepción idealista del peronismo y –al verificar que esas ideas perdían terreno– se fue desprendiendo del Partido Justicialista, hasta llegar a enfrentarlo y derrotarlo.

En total salieron 23 números, entre 1983 y 1991. Sus directores fueron Chacho Álvarez y Mario Wainfeld. Si bien el principal rasgo en común de los demás colaboradores es que mayoritariamente ocuparon cátedras en prestigiosas facultades de ciencias sociales, también es notable que en ella hayan escrito personas que con el tiempo fueron tomando rumbos diversos dentro del peronismo, o incluso fuera de él: Horacio González, Alcira Argumedo, Norberto Ivancich, Arturo Armada, Ernesto López, Álvaro Abós, Vicente Palermo, Julio Bárbaro o Carlos Mundt, por mencionar algunos de los que escribieron más artículos.[2] En este sentido, Unidos no tiene nada que envidiarle a la diáspora de los colaboradores de otras revistas que también se identificaron con la Renovación, como la Movimiento de los 80. Otros autores luego se hicieron mucho más famosos por su participación en medios masivos de comunicación, como José Pablo Feinmann u Oscar Landi.

Es mérito de este libro de Garategaray que a la vez reconstruya la historia de la revista Unidos y la de un grupo de intelectuales peronistas que se caracterizaron por ejercer la crítica y el análisis político con honestidad y notable maestría. Agrego por mi parte que tal vez en eso influyó el hecho de que la mayoría de ellos, a diferencia de otros sectores, en los 70 habían permanecido “leales” a Perón, oponiéndose tanto a Montoneros como a la derecha peronista. Tal vez por eso mismo, si bien sufrieron como el resto la oleada antiperonista propia de la “transición democrática” –especialmente poderosa en las universidades y en los medios masivos de comunicación–, no se vieron presionados a “revisar” o justificar sus acciones del pasado. Además, supongo que eso les facilitó la posibilidad de resaltar la imagen de un Perón “democrático, frentista y pacifista (…) del que los miembros de la revista se consideraban legítimos herederos”. Volviendo a la autora, ella señala que esta perspectiva resultaba especialmente adecuada para el espíritu pluralista y pacifista que imperaba en el contexto de la recuperación democrática de los 80. Agrego –nuevamente sin consultarla– que la renovación peronista en general y Antonio Cafiero en particular pudieron usar esa visión para impulsar cambios en la organización del peronismo que considero fueron absolutamente indispensables para que haya podido sobrevivir el paso del tiempo. De todas formas, Garategaray aclara que la crítica de Unidos a Montoneros no era demoledora, sino que buscaba “rescatar tanto la visión revolucionaria del movimiento como las expectativas de sus miembros”. Por ejemplo, Wainfeld e Ivancich “afirmaron que la muerte de Aramburu ‘significó un quiebre fundamental con la tradición de la resistencia peronista, que ejercía la violencia solamente sobre las cosas’” y no sobre las personas. Para ellos, la lucha “era necesaria siempre que fuese una lucha política con capacidad de construir”, y por eso cuestionaban a Montoneros no por usar la violencia, sino por “su negativa a deponer las armas con la llegada del ‘gobierno del pueblo’” en 1973.

Más genéricamente, los intelectuales de Unidos rechazaban la visión negativa de “los 70” y evocaban épicamente los compromisos militantes de entonces, manifestando que esas luchas podían ser recuperadas “en su sentido mítico”. En palabras de Armada –citadas por Garategaray–, “el compromiso significa asumir la responsabilidad de una obra a realizarse en el futuro, obra colectiva para un destino también colectivo. (…) Por lo cual, no podemos comprometernos sin algún tipo de participación en ese juego de fuerzas, que es lo que habitualmente llamamos ‘la política’. (…) Nunca ha sido posible (…) elegir entre ideologías y valores abstractos, incontaminados y coherentes, sino entre fuerzas, entre movimientos reales que están cargados de pasados controvertidos y equívocos y que son los vehículos existentes para la construcción del porvenir”.

Párrafo aparte merece el capítulo sobre los debates en los que participaron los intelectuales de Unidos acerca de la “democracia”, porque de alguna manera permite entender que no solamente impulsaban un cambio de métodos para construir poder, sino también un modelo diferente de democracia del que el radicalismo –y la ciencia política hasta hoy– presentaban como el único posible. Para los Unidos, la democracia no era solamente una forma de “volver a enlazar lo político y lo social” (la expresión es de Nicolás Casullo), sino que debe siempre estar ligada “al terreno de la política, a las relaciones de poder” donde se reconocen los sujetos sociales. Resulta sin embargo exagerada la afirmación de Garategaray: “el peronismo fue reacio a aceptar una democracia liberal, que caracterizaba como falta de contenido y a veces como un obstáculo para alcanzar el objetivo superior de producir cambios sociales significativos”. En todo caso, la afirmación podría tener algún sentido si aclarara que “algunos peronistas” sostenían eso, y que –por más cabriolas que hagan desde sus cátedras los politólogos radicales– en los hechos el peronismo siempre respetó más la “democracia liberal” que sus adversarios de cada momento histórico, incluyendo no solo la actual etapa macrista, sino también a la de Alfonsín. Más defendible es la explicación de la autora de este libro acerca de que –en la visión de los intelectuales de Unidos– el peronismo se mantenía “firme en reivindicar como condición indispensable de la democracia a la justicia social como el motor de cambio”, pero además también se diferenciaban del alfonsinismo planteando el valor positivo del conflicto en la democracia: el conflicto está “arraigado en la sociedad”, es “parte sustantiva de la política” y no puede “ser eliminado sin correr el riesgo de eliminar a la política misma”. Así se planteaban “la positividad de la lucha y el conflicto como motores de lo social, como espacios en los que podía reconstituirse ese lazo social y dotar de contenido a la democracia. Sin antagonismos o diferencias, la política democrática perdía su razón de ser”. Agrego yo –nuevamente sin consultar a Garategaray– que esta concepción era compartida por buena parte de la renovación peronista. Por ejemplo, en el Documento fundacional de la Renovación Peronista fechado el 21 de diciembre de 1985 se decía: “Nosotros no miramos al país desde un lugar aséptico o descomprometido con los sectores sociales. (…) La sociedad no es una abstracción en la cual el marco democrático disuelve intereses, creencias, pasiones y esperanzas. La democracia no excluye el conflicto ni la confrontación”. O, en palabras de Antonio Cafiero, “para el peronismo la lucha es parte inescindible de la democracia con justicia social. No nos concebimos como un dique de contención de los conflictos, sino como un canal profundo y generoso que ha nacido para irrigar a toda la estructura social con la energía de las demandas postergadas”.

En este libro, Garategaray menciona dos frases de Perón que inspiraron a los autores de la revista ochentosa: “el año 2000 nos encontrá unidos o dominados” y el llamado a institucionalizar “la lucha por la idea”. La segunda de las consignas parece haber sido cumplida cabalmente por los hacedores de Unidos, aunque Garategaray dedica más páginas a comparar algunos de sus planteos con los de las revistas de la izquierda no peronista de esos años que a describir esas ideas en detalle, o puntualizar en qué medida representaban rupturas o continuidades con los postulados del peronismo fundacional. El libro contiene además un excelente anexo con una tabla que compara a Unidos con otras revistas, tales como Punto de Vista, Línea, Crear, Movimiento, La Ciudad Futura, etcétera. Sirve así más para entender el clima del debate político de los 80 que para aportar a un capítulo de la historia de las ideas peronistas, aunque la habilidad de la autora para reseñar algunos debates igualmente la conviertan en una referencia ineludible para quien quiera emprender esa tarea.

Respecto a la primera de las frases de Perón, resulta atinada la observación de Garategaray: “bajo el signo de la unidad, la publicación experimentó toda una serie de cambios y transformaciones que devinieron rupturas y le otorgaron su signo particular”. Unidos “se caracterizó paradojalmente por no unir el espacio identificado con la militancia peronista sino por discutir con el peronismo oficial, apoyar los desmembramientos como el de la Renovación peronista y llamar, finalmente, a abandonar en los noventa las estructuras del justicialismo bajo el liderazgo de Carlos Menem en pos de una nueva unidad”. Si tomamos por ejemplo el caso de Chacho Álvarez y de otros futuros frepasistas que ocuparon cargos políticos en el Estado Nacional en los años 1999 a 2001, podemos verificar un triste derrotero que va desde querer mejorar “desde dentro” al peronismo con un sano debate abierto de ideas a principios de los 80; a una ruptura con el Partido Justicialista –sin abandonar “la identidad peronista”– en 1985, donde si bien no participó abiertamente Chacho sí se sumaron, entre otros, Wainfeld, Feinmann, Horacio González, Abós, Argumedo, Adriana Puiggrós, Palermo y Mempo Giardinelli, quienes afirmaron expresamente su voluntad de cerrar acuerdos con otras propuestas e identidades políticas; a una segunda larga ruptura con el neoliberalismo menemista a principios de los 90, por lejos la más comprensible; para terminar subiéndose a fines de esa década al furgón de cola de la última etapa de una loca aventura neoliberal, haciendo aportes decisivos para la derrota de un peronismo que –si bien no le sobraba credibilidad– estaba intentando torcer el rumbo para tratar de evitar la peor crisis de nuestra historia.

Entre 1991 y 1999, Chacho formó parte sucesivamente del Modejuso, del Fredejuso, del Frente Grande, del Frepaso y de la Alianza. Una lectura posible podría entender esa secuencia como la respuesta a la necesidad de ir aunando cada vez mayor cantidad de fuerzas no peronistas –o no menemistas– hasta llegar a ganar las elecciones nacionales. En ese sentido se podría entender que buscaba cumplir con el apotegma de Perón que dio nombre a la revista. Pero una visión menos amable con el director podría resaltar que su discurso fue centrándose progresivamente en la crítica a la corrupción menemista y dejando de lado el debate de ideas y el impulso de un modelo de nación alternativo al neoliberalismo. Tal vez habían pasado demasiados años desde la presentación (“Quiénes somos”) del número 1 de la revista Unidos. Allí se afirmaba que “las ideas, junto a la organización, ayudan a vencer al tiempo, [y] también le oponen un muro infranqueable al oportunismo o la desviación”. Es imposible resumirlo mejor que como lo hizo Antonio Cafiero en una carta de lectores a La Nación (17-6-2000): con ironía, dijo que Chacho “ha madurado tanto que ha pasado en pocos años de las catacumbas de la militancia en la revista Unidos –que él dirigía–, órgano difusor de la épica de la renovación peronista, de la cual fue una de sus más lúcidas usinas intelectuales, a constituirse en político modelo de un diario del prestigio y la jerarquía de La Nación. (…) Querido vicepresidente, ¡cuánto talento para la política! Casi diría que sólo un peronista de ley, formado al calor de la vieja fragua de la militancia, es capaz de tanto. Por eso, debo admitir que los peronistas lo extrañamos. Y que siempre tendremos las puertas abiertas por si el desencanto del ajuste aliancista le provoca las añoranzas del tiempo heroico de la política. No importa si es de acá a dos o a cuatro años. El peronismo siempre lo estará esperando” (www.lanacion.com.ar/21155-cartas-de-lectores). Antonio le erró por poco: no fueron cuatro, sino cinco años, hasta que el kirchnerismo recuperó su talento.

[1] Un detalle más –quizás solamente anecdótico– es que en el breve tiempo que lleva de existencia esta etapa de Movimiento ya hubo al menos cuatro de nuestros colaboradores que habían escrito varios artículos en la revista Unidos.

[2] Otro rasgo es que los autores de los artículos fueron varones en una amplísima mayoría y que –como recuerda María del Carmen Feijoó– ese sesgo buscó ser saldado con la existencia efímera de su par Unidas.

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