Reseña de “El día que conseguí trabajo” de Matías Segreti

Tomás Rosner

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El peronismo es un punto de condensación de sentidos. Por eso, siempre está en disputa y puede expresar proyectos políticos tan distintos, incluso antinómicos.

Matías Segreti, autor de El día que conseguí trabajo, es muy consciente de esas contradicciones y escribe esta novela que les recomiendo un montón, decidido a evidenciarlas con mucho sentido del humor. El peronismo podrá tener muchos defectos, pero no el de la vanidad perfeccionista.

Cuento una anécdota: hace varios años, un día de cierre de elecciones estudiantiles en la Facultad de Derecho, invitamos a un amigo taxista que se parecía a Marx para que nos ayudara a repartir volantes. El tipo accedió, se puso la remera de la agrupación (La Centeno) y empezó a caminar los pasillos pidiendo votar a nuestra lista. Todes parecían festejar la aparición del personaje, e incluso militantes de otros espacios le pedían sacarse fotos. Sin embargo, en un momento lo estaban increpando: dos militantes de una agrupación de izquierda le gritaban que Marx no podía militar en la Centeno porque éramos Moyano y la burocracia sindical. Me impactó advertir que le hablaban en serio. Estaban sacados. Amigues: era obvio que no era el verdadero Marx. Obviamente, sería tramposo generalizar a partir de esta anécdota, pero tengo la sensación de que –a diferencia de otras tradiciones políticas– desde el peronismo desarrollamos un buen músculo para reírnos de nosotros mismos. En esta línea, recomiendo el gran trabajo que hace Tomás Rebord.

Volviendo al libro de Segreti: se ocupa de repartir palos para todos los sectores del movimiento. Lo nefasto de la derecha sindical, la ingenuidad de las corrientes de izquierda, el asambleísmo de la militancia universitaria e, incluso, nos revela una Evita porno que hace acordar a la de Perlongher.

La historia es un completo delirio. El secretario general de la UOM es un mierdero total, pero una noche atraviesa un sueño epifánico. Ahí ve al mismísimo Perón que le da una última chance de redimirse y zafar de ir al infierno radical: un lugar en el que te despiertan con Illia hablando por altavoz, se come zapallo y, de tomar, te dan agua en vasitos de plástico. Para concretar esa chance final de ir al cielo justicialista, el General le manda a un ángel con forma de joven artesano medio pelo que nunca agarró la pala en su vida.

En la contratapa emerge Abelardo Castillo y su hermosa frase del cuento Carpe Diem: “Hay cosas que deben creerse, no entenderse. Intentar entenderlas es peor que matarlas”. La cita sirve de leitmotiv para abordar esta novela, cuya influencia literaria puede rastrearse en Pedro Saborido y Jorge Asís. Además, el ritmo nos lleva al Washington Cucurto de El Curandero del Amor.

Este libro dialoga con la propuesta de otros jóvenes escritores que se animan a entrarle al peronismo desde la literatura, como Gonzalo Unamuno y Juan Von Zeschau. Este último tiene uno de los mejores análisis que se hicieron sobre el kirchnerismo, en la novela Fuego Amigo.

Mi única objeción para El día que conseguí trabajo –ya lo charlaremos con el autor cuando pase el aislamiento preventivo– es el lugar que le toca al polémico Lobo Vandor que aparece destinado a comer puré de zapallo hasta la eternidad. Quizás, ese lugar debiera ocuparlo López Rega, pero sería entrar en una discusión seria, lejos del tono del libro. En definitiva, sería no haber entendido nada del universo de Matías.

Recomiendo a pleno. Edita Milena Caserola.

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