PODER ¿QUÉ?

Manuel Valenti

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Reseña del libro de Alejandro Guillermo Romero Poder ¿Qué? Aproximaciones filosóficas para una (re)construcción del vivir en común, Buenos Aires, Circular, 2018, 615 páginas.

 

Poder ¿Qué? es una recopilación de ensayos producidos a lo largo de quince años. La mayor parte, de sola autoría de Romero. Algunos, escritos a cuatro manos con otros. En sus palabras: una “criatura mestiza”, resultado del cruce de una praxis político-social con indagaciones filosóficas y socio-económicas. El libro está dividido en seis “secciones” con cuatro títulos, dos de los cuales se repiten, en una circularidad no casual. Se trata de lo que el autor considera como cuatro dimensiones indispensables en el abordaje de “la realidad”. Las titula por fuera del corsé disciplinario: “situarse”, “pensar/conocer”, “actuar”, “estar siendo”.

El libro se inicia con una reflexión sobre “Filosofar en América Latina”, y pasa enseguida a exponer una concepción de la complejidad epistémica como intento de “articular los procesos causales con los procesos de construcción de sentido, elección valorativa y determinación autónoma de fines, típicos de la dialéctica social”. Todo ello, alrededor de un criterio de racionalidad que busca ser sustancial (no instrumental) y eco-social. Desde este prisma aborda un amplio abanico de temas, cuyas relaciones se tejen en la lectura: política, poder, modelos de identidad, movimientos de liberación, relación conflicto-cooperación, núcleo reproductivo y eco-social del proceso económico, categoría de “fraternidad” y peronismo. Su perspectiva, dialéctico-existencial y sistémica, está atravesada por un juego de tensiones fundamentales: identidad y alteración, determinado e indeterminado, experiencia y concepto. Vale aclarar que el modo de racionalidad que plantea no es eurocéntrico e instrumental, sino situado, abierto y recursivo. Se diría que su “modelo”, si cabe, son los procesos vivientes.

En esta línea, el autor intenta una contribución a la crítica del actual sistema mundial (la globalización bajo dominio de la oligarquía financiera transnacional). De lo que se trataría es de cultivar una ética-política basada en lo que –en una reelaboración antropológico-filosófica no-patriarcal de una categoría de la revolución francesa– el autor llama frater-sororidad. El fin principal del despliegue fraterno-sororial no sería ya la acumulación y el dominio, sino “la reproducción eco-social de la existencia humana” (motivo de otra de sus aproximaciones).

En el centro de este dispositivo se encuentra un tema que resulta, a mi modo de ver, el más radical de su propuesta: el de las formas y sentidos de la política. Alejandro sostiene que todas las “civilizaciones” que resultaron de la revolución agrícola se organizaron alrededor del enfrentamiento guerrero: “lucha por el poder y administración del poder”, donde “poder” es sinónimo de dominación (o, como escribe en otro de sus ensayos, reducción de los “otros” a la obediencia, la servidumbre o la inexistencia). Modelo patriarcal cuyo eje ordenador es la “política de guerra y dominio”, de la que distingue tres subespecies: la política maquiavélica, la saturada y la mercenaria. Su dialéctica es ilustrativa.

Alejandro piensa que se puede construir otra forma de lo político, organizada por un sentido diferente. No propone ese desplazamiento desde el idealismo abstracto, sino como construcción de horizontes de posibilidad basados en “la creación y promoción de un nuevo poder social”, fundado en una dialéctica del conflicto y la cooperación, sobredeterminada por esta última en el seno de un plexo de relaciones “de reconocimiento del otro como otro legítimo en la convivencia”, al decir de Humberto Maturana.

Esto implica dejar de pensar al poder como un sustantivo y pensarlo como verbo. No es cosa, sino ejercicio y relación. De allí la pregunta que da título al libro. Se trata de poder, pero no de “el” poder, y, sobre todo, de poder ¿qué cosa? ¿Acumular y dominar; crear y coordinar? Según el autor, “esto saca a la política del ámbito exclusivo de la lucha por ocupar y sostener lugares de influencia en los aparatos políticos y la pone mucho más cerca de nuestra vida cotidiana y de nuestra experiencia afectiva, inmediatamente personal y social. La escisión entre lo privado como territorio ‘natural’ de los afectos y lo público como territorio de lo cultural político desaparece o se difumina en favor de una continuidad: construir vínculos comunitarios es, desde este punto de vista, una tarea que tiene siempre un núcleo político cuya forma es otra que la que se despliega en el poder de apropiación y dominio”. En esta concepción el “vínculo social es la condición de posibilidad de la afirmación de los intereses/deseos realmente humanos”. El eje y fin de esta construcción y este ejercicio son: la vida (humana y del “ecosistema” del que forma parte), su cuidado, reproducción y pleno despliegue. Aunque los instrumentos, necesariamente subordinados y parciales, puedan ser el capital y la producción.

Por otro lado, Alejandro se reconoce como militante político e intelectual del campo nacional y popular. Desde este lugar pone en tensión las concepciones cerradas y excluyentes sobre la Nación y la identidad. Sostiene que para comprender y construir una comunidad nacional plural y a la vez coordinada hay que aceptar nuestra condición “multígena”, en palabras de Scalabrini Ortiz, y apuntar a una “comunidad de los diferentes”, con “simpatía por las diferencias”, donde la autoafirmación de lo propio no implique sistemáticamente la exclusión o dominación del “otro”.

En conclusión, esta obra me pareció una excelente “herramienta” para aquellos que tenemos inquietudes políticas y que cultivamos la curiosidad de estar siempre preguntándonos y cuestionándonos el sentido de lo que hacemos en el campo político y social, como también en el afectivo-personal.

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