Ideología, estrategia y conducción: vigencia de la filosofía justicialista para la liberación. Jorge Bolívar, Fermín Chávez, Gustavo Cirigliano y Armando Poratti

José Luis Di Lorenzo

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Según la Real Academia Española, la filosofía es “el conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano”. La filosofía justicialista, por su parte, constituye un aporte a “autocentrase” (conocerse a sí mismo), a “descentrarse” (dar, integrar), en camino a “sobrecentrarse”, concretando la plenitud universal. Negarla, como se suele pretender, evidencia que hay que deseducarse para ser libres.

Sin conciencia de sí, el argentino desorientado busca espejos donde elegir un rostro y un futuro, manifiesta Cirigliano, coincidiendo con Juan Bautista Alberdi en que “la filosofía, pues, que es el uso libre de una razón formada, es el principio de toda nacionalidad, como de toda individualidad. Una nación no es una nación sino por la conciencia profunda y reflexiva de los elementos que la constituyen”. Una realidad social y humana que no se piensa a sí misma, agrega, que no (se) da cuenta de sí, es como un estadio inicial, inconcluso, infantil, no maduro. Cuando uno no sabe qué hacer con su vida, otros se la hacen. Sin conciencia de lo que somos, no somos verdaderamente. Pensar desde sí, para ser uno mismo, es liberarse, despojarse de lo ajeno, deseducarse. El pensamiento ajeno, cuando uno no es libre, no ayuda, ocupa –desalojándola– nuestra posibilidad de pensar lo nuestro desde nosotros mismos. Un pensamiento propio debería conducir a despojarnos de lo ajeno, recuperando la posibilidad liberadora de ser nosotros mismos.

El Justicialismo nos lleva a repensar nuestra realidad mediante propias categorías de análisis, lo que es fundamental para transitar un nuevo camino. Existe una importante serie de filósofos argentinos que en distintos períodos históricos aportaron al ideario justicialista. Asumiendo la estrechez de espacio requerida para una revista,1 hemos seleccionado cuatro de los más significativos de los últimos años. Y de la obra por ellos publicada, elegimos las más emblemáticas u originales, ubicando su problemática en relación al gran canon histórico de la filosofía universal, pero dando prioridad a su mirada sobre acontecimientos, valores y enfoques de nuestra vida cultural. Esta elección no significa desconocer que hubo otros pensadores de similar importancia que también aportaron a esta autorrealización cultural de la Argentina que expresó el movimiento justicialista, sino más bien supone una invitación a profundizar en la lectura de sus obras.

 

Jorge Bolívar

Este filósofo pone de relieve la figura del conductor, del gran hombre, como lo llama, que constituye un hecho relevante y diferenciador del justicialismo y su filosofía frente al liberalismo y al marxismo internacionalista. Bolívar2 resalta y analiza el pensamiento estratégico-político de Perón partiendo de sus discursos y clases hechos libros, concretamente tres de ellos: Doctrina Peronista, La Comunidad Organizada y Conducción Política. Subraya que Perón utiliza las categorías de la estrategia para pensar la política, no solo conceptualmente o como pura teoría. Denuncia la crisis de la ciencia moderna que es apenas un saber simbólico que enmascara las ideologías eurocéntricas y los saberes e ideologías de los siglos XIX y XX, y señala el peligro de no advertirlo, ya que se trata de paradigmas escolarizados desde los cuales se piensa o representa la política.

Bolívar propone confrontar, por un lado, las ideologías, prácticas y estrategias de liberación y, por el otro, los juegos y estrategias de dominación. Perón diferencia la estrategia militar de la política. La diferencia central entre el saber estratégico y el sistema de ideologías estriba en que no hay estrategia sin conducción, que es la que le da rumbo histórico-político.

El pensamiento estratégico de Perón le permitió anticipar lo que ocurriría: que la Guerra Fría no tendría un vencedor meramente militar, y que cualquiera de los que triunfara obtendría una victoria política, económica y cultural. La estrategia permite una mirada contracultural. Ideología, estrategia y conducción, afirma Bolívar, son los tres elementos que permiten diferenciar los juegos de dominación de los de liberación.

Subraya también Bolívar que en la etapa del último Perón, el único que tiene una estratégica política es el propio Perón. El resto juega estrategias militares, puramente militares o político-militares. Algo que trata de evitar el líder justicialista, partiendo de la idea de que la guerra es el fin de la política.

 

Fermín Chávez

Fermín Chávez3 señala que la exportación de ideología del centro hacia la periferia no constituye un hecho nuevo en la historia de la humanidad, pero que sí lo es la toma de conciencia por los pueblos periféricos: una autoconsciencia del significado de la ideología que han recibido o siguen recibiendo. Cuestiona al Iluminismo que, basado en el poder de la razón, descalifica a la historia como un conjunto de errores explicables por el todavía insuficiente poder de la razón. Reduccionismo que conduce, dirá, a que quienes resisten y persisten en su atraso deben ser dominados por la fuerza, hasta que aprendan a vivir racionalmente. Es lo que claramente expresa Civilización y barbarie de Domingo Faustino Sarmiento.

Basándose en Herder, Chávez comparte que las “fuerzas de los seres humanos son las propulsoras de la historia humana”, o que la religión (popular) ha constituido en la historia la más elevada Humanidad del hombre. El Historicismo, corriente a la que Chávez adhiere, exige comprender y juzgar hechos, pueblos y épocas del pasado de acuerdo con sus condiciones históricas particulares, excluyendo toda racionalización internacionalista. Así, remarcará que las categorías centroeuropeas impuestas por el Iluminismo en el siglo XIX no nos sirven. El Historicismo ofrece la propuesta de un nuevo eje cultural de la periferia. Une a la categoría liberación nacional la de autoconsciencia nacional. Al repasar la historia argentina, lo que hará desde 1777 –que es cuando para él se inicia–, realza el pensamiento de la descolonización producido entre 1930 y 1945, que el Proyecto de la Justicia Social hará realidad. Piensa Chávez que si bien el mayor pecado es no leer grandes escritores universales para sacarle algún provecho para nuestro desarrollo cultural, el más criticable desacierto es la “colonización mental institucionalizada” que conduce a la dependencia de los poderosos.

 

Gustavo Cirigliano

Cirigliano4 aporta la cuestión del Proyecto Nacional como alma de un pueblo, la resignificación histórica como rescate de la identidad habida y actual, y una filosofía de la vida propiamente argentina, vinculando la recreación de la propia historia con la necesidad de tener un Proyecto Nacional. Convoca a repensar toda nuestra historia –los por lo menos catorce siglos que la Argentina ha transitado– observando su forma de organización, es decir, el proyecto de país de cada etapa: fueron siete en total. Y lega la mirada espacial argentina como aporte geopolítico al nuevo proyecto a concretar.

También Cirigliano marca la diferencia entre modelo y proyecto, y piensa una metodología para un Proyecto de País, que parte de dos categorías filosóficas básicas: voluntad y proyecto. Pone en evidencia que la base de la dependencia es un no-ser, un no-ser como pueblo. Como aporte para autocentrarnos, para reconocernos a nosotros mismos, propone tres principios de las conductas humanas: “recibir”, “dar para recibir” y “dar”, identificando los tres registros del hombre: el básico (el del deseo), el de la reflexión (racionalidad) y el de la voluntad, el compromiso, en el que reinan la filosofía y la religión. Su visión y su aporte coinciden con el pensamiento de Perón: ambos son organicistas.

Este filósofo enseña que el nivel del deseo tiende a desorganizarse, a indiferenciarse. Es entrópico. La entropía es homogeneidad, es negación de lo distinto, y tiende a la disolución. Al nivel de la razón lo denomina “neguentrópico”. La neguentropía termina conservando, detiene el proceso evolutivo, inmoviliza, equilibra, fija, compensa. El tercer nivel es hipertrópico: es el de la donación. Uno tiene lo que da y solo es lo que da.

Analizando la etapa histórica del proyecto del 80, Cirigliano nos cuenta que Sarmiento, Alberdi y Roca intentaron la neguentropía argentina. Intentaron superar la desorganización. El diseño fue un depósito de racionalidad que terminó siendo fijista, conservadora. Por ello, superar el atraso conservador demanda donación que supera a la vida y a la razón. Tal lo logrado por la Comunidad Organizada, el Proyecto de la Justicia Social, en que el individuo se pospone y prefiere al otro, al que no puede, al que necesita. Cirigliano sostiene que solo el proyecto (historia de una voluntad) organiza y vitaliza –en verdad resucita–, da una nueva vida al hombre y al pueblo.

Su aporte es contracultural. Hay que deseducarse, sostendrá. Advierte que el Norte imperial quiere que compremos y aceptemos su poder, su ciencia y tecnología, es decir, que no tengamos saber propio y, por lo tanto, no tengamos poder. Es necesario ser analfabeto del poder del imperio. Negar el saber del otro obliga a estudiar el saber propio.

Señala, teniendo a la vista la etapa histórica del antiproyecto, que somos “ofeilema”: Argentina es deuda. De este modo, Cirigliano incorpora la deuditud como una categoría ontológica. En su metodología sostiene y advierte que el proyecto se financia con el trabajo del pueblo, no endeudándose.

Si se parte de que se une lo diferente, integrar es unir dos opuestos que se reclaman. El proyecto unifica en lo esencial. Todo proyecto genera dentro de sí al oficialismo y a la oposición, y fuera suyo al enemigo. Su pensamiento es realista, lo que se patentiza cuando afirma que todo proyecto nacional debe concertar los ideales con los intereses.

También Cirigliano hace un aporte a la religiosidad popular, al buscar luz en el pensamiento de los gnósticos cristianos del siglo I y II después de Cristo, cuyos escritos declarados heréticos por la Iglesia Vaticana han recobrado vigencia tras la misteriosa aparición de papiros en vasijas halladas accidentalmente luego de la Segunda Guerra Mundial.

 

Armando Poratti

Poratti5 nos enseña que los libros y los textos de Perón, aun La Comunidad Organizada, fueron siempre momentos de una acción: era un estratega –coincide con Bolívar– que pensaba y actuaba mientras escribía o hablaba, que conocía el poder de la filosofía y sobre todo sabía para qué usarlo. Los conductores políticos y los filósofos son “hombres extraordinarios”, porque hay una relación entre saber y poder. Poratti resalta que el gesto –en su calidad de presidente de la Nación– de cerrar el Congreso de Filosofía de 1949 en Mendoza vale tanto como el texto: era una forma de mostrar la relación entre el poder latinoamericano y el saber latinoamericano. Perón entreveía que nuestro continente demandaba –y demanda– su filosofía, una que exprese sus raíces profundas, que no lo han sido por la influencia de Europa y de América del Norte, porque “el príncipe americano no tiene consejeros americanos”.

El sujeto europeo moderno tiene una línea: Descartes, Kant y después Hegel. El pensamiento de Europa se realiza en dos frentes: la apropiación técnica de la naturaleza y la apropiación del territorio, los recursos, los mercados y la fuerza de trabajo de los pueblos naturales, no europeos. Alerta que el espíritu objetivo (Hegel) termina siendo imperialista y colonialista. La noción de mestizaje resulta una categoría cultural, histórica y filosófica fundamental de Iberoamérica. El nuestro, afirma Poratti, constituye un espacio de “síntesis no dialéctica”: es una “síntesis originaria”. Agrega que las categorías sociológicas liberales o marxistas no dan cuenta de los fenómenos americanos, en tanto será la Comunidad Organizada la que asuma nuestra realidad de vastas y complejas diferencias que demandan un pensamiento mestizo. También critica la “normalidad filosófica” argentina, filosofía profesional que estudiaba a Descartes como si estuviera en Francia y a Kant como si estuviera en Alemania, y que va a ser subvertida por la irrupción de un saber justicialista que generó una “Academia en ciernes” abortada por el golpe de 1955.

Poratti sostiene que Perón, estadista y conductor, desarrolla una concepción sobre el hombre, la naturaleza, la historia, el Estado, el poder y las relaciones con la trascendencia. Su discurso en Mendoza tuvo un efecto a largo plazo, como se verificó años después, en 1973, cuando se institucionalizaron la filosofía de la liberación y la filosofía latinoamericana, que conviven con la influencia de la Teología de la Liberación.

Poratti resalta la significativa diferencia entre comunidad y sociedad, juego doble que estratégica y filosóficamente el justicialismo intenta armonizar. Desmiente a los detractores del esbozo filosófico justicialista, anotando que la diferencia esencial entre el fascismo y el peronismo son las organizaciones libres del pueblo. “El pueblo, para tener libertad, debe organizarse fuera del Estado”, dice Perón. Todo lo contrario del “nada fuera del Estado” que planteaba Mussolini.

Al ubicarse en posición contraria a quienes pretenden ver al peronismo como un puro asistencialismo eficaz, Poratti enseña que debería vérselo como una redistribución de la dignidad del trabajador, incluso anterior a la de la riqueza. Coincide con Nimio de Anquín respecto de que “la autoconciencia del hombre argentino, basada en la sacralidad del trabajo, es la obra mayor de Perón y de Evita”. Perón termina haciendo carne en el pueblo una “norma ética” poderosa: la “justicia social”. La idea de “Tercera Posición” era una idea que apuntaba a la armonía, al sentido de plenitud de la existencia. La perfección del Yo en el Nosotros es parte de la norma ética. Perón piensa en un “término medio aristotélico”, saliendo de los dos extremos, pero no concediéndoles valor dialéctico. Si uno sintetiza dos cosas malas, no saca una buena. Un término medio aristotélico es otra idea, eso –nos dice Poratti– es el Justicialismo.

Poratti reconoce y se lamenta de que “la actualidad periodística haya sobrepasado a la filosofía”. A la vez que acredita la vigencia de las herencias de La Comunidad Organizada en esta nuestra época, desarrolla magistralmente la entropía del antiproyecto, que justamente apeló a la desorganización para someternos. El antiproyecto, el de la sumisión incondicionada, exacerbó la oposición entre ser y nada, que se convierte así en proyecto de “ser-nada”, donde no hay dos sectores enfrentados, sino un proyecto de disolución de la Nación. La nada, el no ser –momentos metafísicos–, tienen una forma empírica: la desorganización. Una comunidad, un pueblo, una Nación, como una persona, solo existen si tienen alguna forma de organización que sostenga su identidad. Pero el antiproyecto tiene como eje una desorganización de todos los aspectos de la vida nacional, que nos dejaría inermes y listos para ser apropiados por su sujeto (el del antiproyecto). Este análisis filosófico de Armando Poratti desnuda la desorganización como modo de muerte social, a la vez que revaloriza la organización comunitaria como mandato vital, y alerta sobre todas las formas de desunión que intentan reeditar el proceso entrópico.


1 Este texto integra y resume parte del libro Qué es el peronismo. Una respuesta desde la filosofía, escrito por el autor y por Rubén H. Ríos y Jorge Bolívar, y publicado por la Editorial Octubre en el año 2014. En esa obra se pueden encontrar textos y análisis más extensos de estos y otros autores.

2 Politólogo y ensayista. Publicó, entre otros libros, Paternalismo y mundo nuevo (1968), El universalismo (1974), La sociedad del poder (1984), El culto del poder en la sociedad global (1997), Estrategia y juegos de dominación (2008) y Capitalismo, trabajo y anarquía (2011). Fue uno de los fundadores de la Escuela de Filosofía de Buenos Aires y del Club de Pensamiento, y miembro ejecutivo de la Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales. También fue director de Política y Director general de provincias del Ministerio del Interior entre 1973 y 1976.

3 Historiador revisionista, poeta y periodista. Publicó más de 40 libros sobre historia argentina, y fue colaborador o director de numerosos periódicos y revistas. Entre 1993 y 2004 continuó la serie de libros de Historia argentina que había iniciado José María Rosa, escribiendo los tomos 15 al 21 en colaboración con Enrique Manson y otros autores.

4 Filósofo y docente en numerosas universidades del mundo. Autor de más de 60 libros, entre otros, Filosofía de la Educación (1967), Juicio a la escuela (junto a Iván Illich, en 1974), Sistema educativo y proyecto nacional (1986), Educación y país (1988) y Metodología del Proyecto de País (2002). Fue coautor –y director académico fáctico– del monumental libro Proyecto Umbral. Resignificar el pasado para conquistar el futuro (2009).

5 Filósofo especializado en temas de filosofía antigua. Autor de una magistral introducción al libro La Comunidad Organizada de Juan Perón, editado por el Instituto para el Modelo Argentino en 2008. Ha publicado numerosos libros y artículos académicos, entre otros, El pensamiento antiguo y su sombra (en coautoría con Conrado Eggers Lan y publicado en el año 2000) y Diálogo, comunidad y fundamento (2003).

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