Estados Unidos y el populismo: el nuevo cuento del Tío Sam

Luis Beraza

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Sobre el libro de Steven Levistsky y Daniel Ziblatt Cómo mueren las democracias editado en Barcelona por Ariel, 2018, 336 páginas.

 

Parafraseando libremente a Jorge Luis Borges, podríamos decir de los norteamericanos que “no son ni buenos ni malos, son incorregibles”. Esto es lo que nos sugiere la reciente lectura de un libro de los profesores de la Universidad de Harvard, Steven Levistsky y Daniel Ziblatt, titulado en castellano Cómo mueren las democracias. En él nuestros autores intentan explicarnos algo que a ellos los deja perplejos y a nosotros no: la degradación de las democracias en el mundo. En realidad, ambos son hijos del espíritu liberal norteamericano que todavía no puede asimilar el triunfo de Donald Trump. Consideran que –como muy pocas veces en la historia de su país– se puede perder la democracia. Y aquí entramos en el nudo de la cuestión. En este desopilante libro los autores nos avisan que en el mundo muchos hombres siniestros están aprovechando la situación para destruir desde adentro a la democracia. Y aquí –cual remarcadores de supermercado– reemplazan la palabra nazifascismo y comunismo por la palabra mágica: “populismo”.

El primer problema es que los muchachos harvardistas no registran –sospecho que no lo saben– el origen de ese uso de la palabra “populismo”. Y aquí no hay más remedio que recurrir a la historia. La palabra se reinventó en los dorados años sesenta por parte del Partido Comunista, el cual por su línea política decidió acordar con Estados Unidos, ignorando de esa manera la orientación revolucionaria de la agrupación. Por ese motivo hubo en la Argentina una discusión interna que terminó con fracturas (por ejemplo, la formación del PCR) y la expulsión de numerosos dirigentes, algunos importantes. A los críticos y a los partidos escindidos de la línea moscovita, el Comité Central los llamó “populistas”: al parecer, una categoría de aquello que no es derecha por ideología, pero que le hace el juego a la derecha al abandonar la línea oficial del PC. Como muchos de estos comunistas renegados se fueron al peronismo, por carácter transitivo el PC empezó a llamar al peronismo también “populista”, abandonando la antigua categoría de los años cuarenta: “nazifascista”.

Volviendo al libro, nuestros autores, al desaparecer la guerra fría y siguiendo sin querer la onda soviética desaparecida, deciden darle esa categoría de populistas a todo lo que ellos consideran “antidemocrático”. Como se ve, es una generalización exagerada que sirve para cualquier cosa. En este caso, se puede unir en el mismo racimo a casi todo el mundo. Y aquí viene el problema: mientras se remiten a ejemplos lejanos y tradicionales, Hitler y Mussolini, como dicen los chicos: “todo bien”. El problema viene después, con las ejemplificaciones que permiten hacer el by pass para llegar a Donald Trump. Entran así en un pantano del cual no pueden salir. Y volvemos a la historia. El fascismo tardío –circa años cincuenta y sesenta– por lo menos en Argentina decía que la legitimidad de origen no alcanzaba, que los gobiernos –en este caso, los de facto– lo hacían por la gestión, que tenía como objetivo una imaginaria “revolución nacional”. Nuestros autores coinciden con dicho análisis fascista…

Volvemos entonces al punto: para explicar a Donald Trump hay que marcar antecedentes de “populismo”. Y ahí aparecemos nosotros. Para poner un ejemplo, a los muchachos harvardistas les parecen populistas perdidos: Alberto Fujimori, Hugo Chávez, Evo Morales, Lucio Gutiérrez y Rafael Correa. Y ya que nombramos a Hugo Chávez, la descripción que hacen de él es por demás desopilante. Los primeros años de Hugo Chávez –dicen– fueron democráticos, pero su discurso populista aterraba a la oposición. Entonces, temerosa la misma de que el bolivariano condujera a Venezuela hacia un socialismo castrista, intentaron deponerlo preventivamente (sic) y por todos los medios. De esta manera, el problema para nuestros autores no fue que hubo un golpe de Estado que secuestró a un presidente constitucional, que abolió el Congreso e impuso una dictadura de la oligarquía venezolana, sino que al fracasar destruyó su imagen de demócratas (sic). Luego –continúan– la oposición convocó a una huelga general indeterminada para provocar la renuncia de Chávez. De vuelta, a los autores no les preocupa el método sedicioso para imponer un golpe reaccionario, sino la ineficacia de la medida. También critican a la oposición por sabotear las elecciones legislativas de 2005, porque “permitieron que los chavistas controlaran el Congreso”. Y entonces, cual ogro malvado, Chávez se mostró como el dictador que siempre fue y arrestó a la disidencia, clausuró medios de comunicación independientes (sic) y llevó al país al autoritarismo. Por supuesto, Nicolás Maduro es la continuidad de la dictadura chavista y merece ser derrocado: en esto piensan igual que Donald Trump. ¡Nunca creímos que la onda “Luis Majul” llegaría a Harvard!

En este esquema, obviamente el general Juan Domingo Perón es “un autócrata populista de infausta fama”. Pero –como dijimos– el problema es llegar a Trump, un populista y un peligro para la democracia. Los autores dicen que –gracias a Dios– todos los presidentes, excepto Nixon, fueron tolerantes con la oposición y aplicaron lo que ellos llaman “la contención institucional”: se abstuvieron de procedimientos antidemocráticos. Hacen una rápida reseña de la historia política americana y dicen que esto fue así… hasta Trump. Y la verdad es más matizada. Estados Unidos mantuvo el sistema democrático porque la sociedad que lo contenía creía en valores de los que hoy empieza a descreer. Incluso más: hubo pasajes de la historia del siglo XX donde dichos valores parecieron zozobrar. Sin ir más lejos, a pesar de lo que opinan los muchachos harvardistas, hasta Franklin Roosevelt fue acusado de dictador y de desconocer las leyes, sea verdad o mentira. Llegan así a Trump y empiezan a arrojar munición gruesa sobre el empelucado presidente norteamericano, repitiendo todos los cargos habituales que leemos o escuchamos en los grandes medios internacionales y locales: que no respeta la libertad de prensa, al poder judicial, que es autoritario en el manejo del gobierno o de las agencias de inteligencia, que fue ayudado por Putin para ganar la presidencia, que amenazaba con cortar el financiamiento de los estados, entre otros cargos. Pero más allá de la verdad o no de estas apreciaciones, el problema es muy otro: en Estados Unidos hay por primera vez una crisis terminal de los partidos políticos que han permitido que un hombre venido desde afuera pudiera imponer condiciones y jaquear la superestructura que ha gobernado el país por doscientos años. El inconveniente para nuestros autores es que ellos representan esos intereses y ahora por primera vez se ven desbordados por un outsider de la política, que tiene otros intereses y representa a otros sectores.

Estos intelectuales no entienden que han idealizado un sistema que nunca fue lo que ellos imaginaron. Vivieron en un país para ricos que fue generando a finales del siglo XX un inmenso aparato militar, financiero y de comunicación que pretende seguir conquistando el mundo y montando un escenario de desigualdad creciente sin esperanzas. Lo dicho no pretende decir que Trump desee otra cosa, sino que es otra cara de la misma moneda.

En conclusión, se trata de un libro que desnuda la precariedad intelectual de la mayor universidad norteamericana, que no se pregunta las causas de un Trump, o de un “populista” latinoamericano o mundial, que utiliza categorías endebles y –la verdad– poco serias. Y lo peor de todo: pretenden que la realidad se quede quieta y repita los criterios de décadas pasadas. Por suerte, como decía Galileo Galilei del universo: Eppur si muove (y, sin embargo, se mueve).

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