Años y años (y años)

Darío Charaf

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Tal vez Years and years (BBC/HBO, 2019) pueda interpretarse como una continuación del otro éxito de HBO de este año, Chernobyl, una suerte de prolongación que ya no mira hacia el pasado soviético, sino hacia el futuro inmediato neoliberal –desde los primeros meses de 2019 hasta comienzos de 2030. La serie se propone retratar una Inglaterra y un mundo “distópicos” post Trump: catástrofes climáticas, avance hiperacelerado –e hiperinflacionario– del mundo virtual, fake news mejoradas por el desarrollo de sofisticados softwares, ascenso del neofascismo, guerras comerciales que se continúan en guerras nucleares y cieberspaciales. El futuro ya llegó, parece decir la serie, y cualquier distopía corre en desventaja respecto a nuestra cambiante y acelerada “realidad”, atrapada en una revolución permanente sin destino y sin fin.

El anticomunismo –antisovietismo– de Chernobyl parece por momentos replicarse en Years and years: Vladimir Putin y Xi Jinping devienen en presidentes vitalicios, el gobierno ucraniano persigue con penas de exilio y ejecución a homosexuales, Rusia es acusada de terrorismo informático, de injerencia en las elecciones y de financiar la campaña y el gobierno de la “bromista” (neo)fascista Vivienne Rook –acusaciones que, vale la pena subrayar, nunca se corroboran, tanto en la serie como en la vida “real”. El “anticomunismo sin comunismo” imperante en estos tiempos, tal como lo definiera alguna vez el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, puede considerarse tal vez como una de las tramas –o subtramas– de la serie.

Sin embargo, es indudable que la serie puede interpretarse también como una crítica a las democracias neoliberales, a los gobiernos de tecnócratas, al neoliberalismo como solidario –si es que no causa– del ascenso de la segregación y del fascismo, al realismo capitalista como ideología prevalente en nuestros tiempos. En suma, una crítica al capitalismo actual, salvaje y depredador, que demuestra poder subsistir especialmente bien –e incluso reforzarse– emancipado de la democracia y de los ideales de igualdad y libertad. Un capitalismo desencadenado que apela a “la gente” y a “la república” meramente como maquillaje para encubrir la destrucción de todo republicanismo real –de la cosa pública–, de lo público y de la política como modo de saber hacer con los inevitables antagonismos que surgen entre –y en– los seres hablantes.

Lo mismo cabría decir respecto al “populismo”. La serie puede ser considerada como un manifiesto contra lo que se (mal)entiende como “populismo de derecha” –que, más que populismo, debería ser considerado como neoliberalismo emancipado de ideales democráticos, neofascismo–: el personaje de Vivienne Rook condensa el cinismo, la puerilidad, la demagogia, la xenofobia y el gobierno en manos de empresas que encontramos en los personajes de Boris Johnson, Donald Trump, Marine Le Pen, Jair Bolsonaro y –lo sepan los creadores de la serie o no– Mauricio Macri: las referencias a las crisis argentinas parecen inspirar tanto la angustiante crisis bancaria –el “corralito”– a la que asistimos en el segundo capítulo –con aglomeraciones frente a las puertas de los bancos que nada tienen que envidiar al final de Nueve Reinas– como la proliferación de “desaparecidos” –así los nombran en la serie– en campos clandestinos de concentración que domina los últimos capítulos. Sin embargo, es indiscutible también que toda la serie y su final apelan –en el impecable monólogo de la sabia abuela Muriel al comienzo del capítulo final y en los acontecimientos que se encadenan luego– a la participación y la constitución del pueblo, al involucramiento de todos y de cada uno de nosotros en la construcción de una salida colectiva y una alternativa para los callejones a los cuales el realismo capitalista nos conduce.

Aun si sólo fuera por estas ambigüedades, Years and years merece que le prestemos atención.

La tecnología y la relación de lo humano con lo tecnológico es otro de los ejes principales que atraviesa la serie. Recuperando el espíritu de las primeras temporadas de Black Mirror –antes de que se viera subsumida y fagocitada por Netflix y el ascenso del capitalismo de plataformas–, Years and years recupera aquel gesto mediante el cual una mínima modificación de nuestra realidad nos lleva a un futuro inmediato –no tan– distópico. Desde la reelección del inefable Donald Trump y la construcción de la isla-base militar china Hong Sha Dao –y su colapso tras un ataque nuclear caprichoso–; pasando por el “transhumanismo”, la obsolescencia del trabajo humano y la multiplicación de aparatos de vigilancia y de control; hasta llegar a la búsqueda de la eternidad y la inmortalidad vía la descarga de nuestra “humanidad” en un soporte digital que permitiría continuar nuestra existencia digitalizada en la nube; es una constante en la serie el abordaje del impacto que introduce en nuestras vidas y en los modos de relacionarnos el hiperveloz avance tecnológico –el dispositivo Signor, que resulta una novedad en el primer capítulo, se vuelve obsoleto solo unos años después.

Sin embargo, la trama nunca recae en el terreno de lo fantasioso o lo inverosímil: Years and years permanece, como señala Eduardo Fabregat (Página 12, 2-8-2019), demasiado cercana a nuestra experiencia cotidiana, demasiado real, demasiado familiar. Es tal vez en esa cercanía y familiaridad que resida la eficacia de la serie para angustiarnos, para provocar ese sentimiento ominoso y siniestro que nos invade cuando lo ajeno invade lo familiar, cuando lo familiar se nos vuelve ajeno, cuando lo extraño se inmiscuye en el campo de lo común y lo común se nos presenta como extraño. En este punto la serie desarrolla con precisión –aunque no sin caer en algunos lugares comunes– uno de los problemas cruciales de nuestra época: el borramiento de las fronteras entre lo familiar y lo extranjero, y los estallidos de violencia que ese desdibujamiento conlleva como consecuencia.

El tratamiento que la serie hace de los dispositivos tecnológicos –de vigilancia y control– producidos por el capitalismo tardío presenta numerosas resonancias con los debates actuales en torno al aceleracionismo como posible salida poscapitalista, y el último capítulo, de final incierto, no deja de sugerir el potencial emancipatorio de esos mismos dispositivos que están hechos para subyugarnos.

Pero tal vez el tema central de la serie –y la raíz o razón de su potencia– sea el tratamiento de la familia y del amor. Todo pareciera indicar que las circunstancias de la –diversa y posmoderna– familia Lyons son meramente un hilo –entre muchos– mediante el cual se entretejen los avatares y el destino de una nación y de un mundo, el telón de fondo sobre el cual se monta una escena sociopolítica que nos interpela por su cercanía con nuestra urgente realidad actual. Sin embargo, lo inverso también es válido: la temática sociopolítica de urgencia y actualidad parece funcionar como una excusa para reflexionar sobre el estatuto del amor y la familia en nuestro tiempo.

La familia Lyons funciona como prototipo de una familia pos(o hiper)moderna. El mayor de los cuatro hermanos, Stephen, un hombre blanco de clase media alta caída en desgracia tras el estallido de una crisis económica mundial, se encuentra casado con Celeste, una mujer negra profesional devenida en desempleada tras los descalabros del capitalismo posfordista llevado hasta sus últimas consecuencias. Tienen dos hijas, una de las cuales se autopercibe como “transhumana”: aspira a prescindir de su cuerpo humano para devenir una persona o conciencia digital y así existir para siempre, sin las ataduras del cuerpo. Edith, la segunda hermana, una activista anarcoecologista, faro intelectual y político de la familia, aparentemente desamorada y entregada a diversas causas, tras condescender al amor de una mujer entregará sus recuerdos –y su cuerpo enfermo– a la experimentación transhumana. Daniel, el hermano siguiente, abandona a su esposo por amor a Viktor, un refugiado ucraniano perseguido por su homosexualidad. Daniel avanza tenazmente, motivado por su amor, hacia un destino trágico, uno de los momentos más dolorosos de la serie. La menor y última de los hermanos, Rosie, afectada de espina bífida, sobrevive en un suburbio pobre en su silla de ruedas, madre soltera de dos hijos abandonados por sus padres. En el centro de la escena familiar, habida cuenta del abandono del padre y la muerte de la madre de los hermanos Lyons, se encuentra la abuela Muriel, como si fuera una suerte de “matriarca”. Las cuestiones de género, de raza y de clase son abordadas, con mayor o menor habilidad, pero siempre presentes, a lo largo de toda la serie. Podría afirmarse sobre los Lyons que se trata de una “nueva configuración familiar” o, incluso, de una familia “pospatriarcal”.

Esto no impide a Years and years ser una suerte de fuerte defensa no solo del amor, sino –y sobre todo– de la familia. Son los lazos familiares los que sostienen a individuos quebrados económicamente y constantemente descolocados por la revolución neoliberal permanente; son el amor y la contención familiar los que sostienen la lucha por la defensa de los derechos humanos, arrasados por el fascismo en ascenso; son los lazos de hermandad, fraternidad y amistad los que aparecen como respuesta a la fragmentación del lazo social imperante en el capitalismo tardío.

Sin embargo, esta reivindicación de lo familiar –de la historia y de la tradición– no se realiza desde un lugar reaccionario o “patriarcal”. No es una respuesta restauradora frente al “progreso”, no es una reivindicación de antiguos privilegios que se teme ver caídos, no es un refugio en la nostalgia del pasado ni en las ilusiones de la religión. El discurso y la posición de la abuela Muriel, testimonio vivo de un pasado irrecuperable, es ilustrativo. No se rechazan los avances tecnológicos, se propone utilizarlos al servicio del bienestar de la mayoría; no se rechaza la responsabilidad de los individuos, se propone integrarla en lógicas de acción colectiva; no se rechaza el presente, se propone restituir la función del pasado y la pregunta por el futuro para que algún devenir sea posible.

En su tratamiento del amor familiar, en oposición al individualismo neoliberal, Years and years se propone recuperar la función de la historia, para que la pregunta clave que recorre la serie –¿y ahora qué sigue?– deje de tener un tono de hastío, desesperación y resignación, y pase a tener algún sentido, alguna dirección, alguna orientación.

 

Darío Charaf es psicoanalista y docente, licenciado en Psicología y magíster en Psicoanálisis (UBA).

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