Yendo hacia el Fondo

Mariano de Miguel

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La economía argentina vivió en las últimas semanas una coyuntura crítica caracterizada por una dolarización creciente (a partir del desarme de posiciones en pesos) que puso en jaque el control del tipo de cambio, variable clave y precio fundamental de toda la economía. Cabe el calificativo de “crítica” por sus implicancias y sus consecuencias económicas, pero también políticas: hay un antes y un después de mayo de 2018 para el gobierno del presidente Macri.

El deterioro del contexto internacional fue, en el peor de los casos, el detonante de una bomba cuya carga explosiva tiene sendos componentes locales. El peso se depreció más del 20% entre el 25 de abril y el 15 de mayo, poniendo de manifiesto las debilidades estructurales del modelo económico vigente. Desde que se inició la corrida, el Banco Central (BCRA) perdió alrededor de 10.000 millones de dólares de reservas y subió la tasa de referencia del 27,25% al 40%, en tanto que el gobierno acudió al FMI, a la vez que prometió una profundización del ajuste fiscal.

¿Cuáles son esos componentes locales que forjan una debilidad estructural? Principalmente, el profundo déficit externo del país, cercano al 5% del PBI en 2017. Pero sobre este escenario de profundo déficit externo se suman otras cuestiones de importancia que hacen tan singular nuestra coyuntura. En primer lugar, con el nuevo gobiernoArgentina pasó de estrictos controles de la cuenta capital –conel “cepo”– a una desregulación financiera casi total, quitando toda barrera a la salida de capitales, así como cualquier exigencia de liquidación de excedentes en divisas por ventas externas. La total desregulación de la cuenta capital terminó por ser una fuente adicional de volatilidad macroeconómica. Hasta el propio FMI al que se recurre ha recomendado en los últimos años tener cierto tipo de regulaciones a las entradas de capital, con el objetivo de evitar bruscos cambios de timón que impliquen salidas masivas en un corto de tiempo como la ocurrida en las últimas semanas.

En segundo lugar, el manejo de la política monetaria y cambiaria del BCRA desde octubre de 2017, y especialmente desde el relajamiento de las metas de inflación en diciembre, fue particularmente errático y cambiante.Este comportamiento se profundizó desde el inicio de la corrida a fines de abril de 2018: primero dilapidó reservas para mantener al dólar en torno a $20,50 cuando otros países emergentes depreciaban, y luego convalidó cierta depreciación con la suba de tasas, pero siempre corriendo por atrás. Posteriormente, el gobierno acudió al FMI, a la vez que el BCRA siguió vendiendo reservas y subiendo tasas hasta el 40%. Recién el lunes 14 de mayo pudo el BCRA frenar la corrida, cuando dispuso un cambio de estrategia: dio una señal clara de poder de fuego ofreciendo 5.000 millones de dólares e incitó una nueva devaluación (los ofreció a $25, cuando el dólar cotizaba en torno a $23,50). Las aguas se calmaron y la corrida cambiaria frenó, al menos por un tiempo.

No obstante, el precio de la corrida cambiaria será muy alto, y el recurso al FMI es una expresión de ello, ya que fijará el concepto de una factura muy elevada que pagarán las fuerzas productivas de la nación. Como señala Daniel Schteingart, del Conicet, “Argentina fue el país que más depreció desde el 25 de abril (algo más del 20%, contra alrededor del 10% en Uruguay y Turquía). No sólo eso, desde principios de diciembre el peso se depreció 42%, muy por encima de otros emergentes; Turquía le sigue muy atrás, con un 24%. Países de la región como Chile o Colombia incluso tienen una moneda nominalmente más apreciada que hace seis meses” (ver Gráfico 1).En este escenario, la inflación se acelerará, producto del traspaso de la devaluacióna los precios. La inflación acumulada en el primer cuatrimestre rondó el 10%.Mayo, junio y julio serán meses con inflación probablemente arriba del 2% y más cerca del 3% mensual, como producto del deslizamiento cambiario. Desde el Instituto Estadístico de los Trabajadores (IET-CITRA-UMET) vemos factible que en 2018 la inflación anual ronde el 30% (ver Gráfico 2), cifra mayor a la de 2017 (24,8%).

Al abultado desequilibrio externo se suma, por una parte, el hecho de que tenemos evidentes y cada vez más serias dificultades para financiarlo y, por otra parte, la siempre latente fuga hacia el dólar de las inversiones financieras domésticas, que exigen un muy fino manejo de los incentivos para lograr su permanencia en posiciones en pesos. Equilibrar el deficitario saldo de nuestras balanzas externas requiere exportar más e importar menos. Lo primero, aun haciendo todo bien, lleva tiempo y se concreta en el mediano y largo plazo, a partir de una política ad hoc exportadora que, por lo demás, brilla por su ausencia. En el corto plazo, aquí y ahora, sólo queda lo segundo: habrá que importar menos. Y dada la estrategia aperturista del actual gobierno, que se conjuga con una estrategia de inserción comercial externa que desalienta nuestra competitividad, el único camino para lograr ese ahorro de dólares será penoso y tiene un nombre inequívoco: ajuste.

El nuevo escenario macroeconómico establece nuevas condiciones de borde que atentan contra el desenvolvimiento productivo en general, e industrial en particular. La contracción esperable del mercado interno tendrá como víctima principal las pequeñas y medianas empresas (PYMES), así como el empleo que ellas generan.Las PYMES sumarán así una carga más a una mochila muy pesada, que puertas hacia afuera de sus fábricas y empresas les resta competitividad: carga fiscal, logística, crediticia y de transporte, entre otras.

Gráfico 1: Depreciación de monedas desde diciembre de 2017 y desde fines de abril de 2018 (en %)

Fuente: INSECAP (UCES) en base a BCRA.

Gráfico 2: la inflación en Argentina, 2015-2018

Fuente: IETen base a IPC Provincias e INDEC.

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