Un debate que no resuelve

María Lourdes Puente

0

Frente a los cambios introducidos en la reglamentación de la Ley de Defensa y el conocimiento de la nueva Directiva de Política de Defensa Nacional, volvió a la prensa y a algunas usinas académicas el debate acerca del rol de las Fuerzas Armadas. El mismo parece limitado a si se redefine o no la diferencia que nuestro marco legal establece entre seguridad y defensa.

El problema de la defensa argentina no tiene que ver con deficiencias en el marco legal, sino con la escasa importancia que tiene la misma en la sociedad argentina, pero sobre todo en la clase política y dirigencial, probablemente debido al bajo potencial de riesgo que se percibe en relación al bien público defensa. En ese sentido, quienes sostienen que debe mantenerse la rígida diferencia entre seguridad y defensa en la interpretación de nuestras normas –algo que puede zanjarse sin cambiar la ley, sino quitando rigidez a la aplicación de la misma– no están dispuestos a considerar a las Fuerzas Armadas como un instrumento más del Estado para enfrentar la seguridad internacional en la complejidad del siglo XXI. Mientras, quienes proponen borrar la frontera que existe entre seguridad pública y defensa –a la luz de esa complejidad– parecen centrarse en la urgencia de los problemas de seguridad que nos cercan y la alternativa de darle misiones a un instrumento que pareciera no tenerlas.

En primer lugar, habría que precisar que la seguridad internacional como tal es un asunto del que se ocupan los gobiernos a través de su diplomacia o sus Fuerzas Armadas, a diferencia de la seguridad pública, en la que los instrumentos que tiene el Estado son la Justicia y las Fuerzas de Seguridad. Hay leyes y procedimientos muy diversos entre buscar a un delincuente o un culpable, o prevenir un hecho delictivo, y defendernos de un enemigo, repelerlo o expulsarlo.

La complejidad de la seguridad internacional del siglo XXI es que la delincuencia se globalizó, porque buscar al delincuente requiere justicia y policía cooperativas de varios países; el enemigo se disfrazó de ciudadano, y en algunos países hay ciudadanos terroristas y muchas veces se “combate” en las ciudades; y los estados están en crisis como oferentes del bien público seguridad. Básicamente, porque además se fortaleció y agrandó el concepto de seguridad humana que, además de incluir otras dimensiones –como la alimentaria, la habitacional o la ambiental–, empezó a justificar que la sociedad internacional tenga voz en la decisión de su protección. Ya no es el Estado dueño y señor de lo que pasa en su territorio. O al menos está en cuestionamiento.

En esa complejidad, y ante la percepción de falta de amenazas a la supervivencia de nuestro país, y con ella la de sus ciudadanos, podría parecer que alcanzaría con robustecer nuestros cuerpos de seguridad con nuestras fuerzas militares.

Sin embargo, centrar el debate en esa diferencia entre seguridad y defensa saca el foco de lo importante. No podemos desnaturalizar funciones porque la realidad se complejizó. Ni tampoco dejar de recurrir a lo que tenemos si una crítica situación lo requiere. No usamos carros de bomberos para enfrentar una pandemia, pero si no tememos vehículos quizás debamos recurrir a ellos. Eso no hace que legislemos que vamos a usar a los bomberos si hay una pandemia.

Las Fuerzas Armadas tienen una misión: ser el brazo armado de los países en el exterior. El brazo político es la diplomacia. Ambos son instrumentos para defender intereses: los intereses argentinos en el exterior. Si es un interés argentino defender la apertura del canal de Panamá, por ejemplo, por su importancia en nuestro comercio exterior, Argentina debe resolver si le interesa entrenarse para su defensa. En lugar de debatir si nos interesa, debatimos si el enemigo es un terrorista, un delincuente o un Estado. Y ahí empiezan a debatirse conceptos. Si hay un ejercicio militar para su defensa, sea contra quien sea, el único instrumento que tienen los países para participar en el exterior con su fuerza son las Fuerzas Armadas. Lamentablemente, el tipo de guerra no la elegimos nosotros. Es la que es. Y cuando hay conflicto armado en el exterior, los medios más eficaces son los militares. Porque es su misión. Si hay que evacuar argentinos de un conflicto externo, son las Fuerzas Armadas el instrumento preparado para ello.

Su entrenamiento y los medios que necesiten tienen que estar vinculados al tipo de guerras que ocurren hoy. No se pueden hacer ejercicios militares que nada tienen que ver con las guerras actuales. No es el enemigo lo que define el uso del instrumento. Lo define dónde está el interés a defender y que medios se están utilizando. Si nuestros intereses están en el exterior, y requieren del uso de fuerza para disuadir o repeler, no hay otro medio de fuerza que las Fuerzas Armadas.

Buscarle una tarea a las Fuerzas Armadas que no tiene que ver son su razón de ser, no sólo es desnaturalizarlas, sino que implica la decisión de desarmarnos. Porque los medios que necesitamos para buscar delincuentes no son iguales a los que necesitamos para operar en conflictos que nos requieran en defensa de nuestros intereses, que muchas veces pueden ser compartidos con otros y defendidos con otros.

La prioridad o la urgencia de nuestro país puede estar hoy en los temas de seguridad pública, y en ese caso lo que necesitamos es mejorar la Justicia y nuestras Fuerzas de Seguridad. Pero, por otro lado, tenemos que saber si como país queremos tener un grupo de personas bien armadas y entrenadas, de manera tal que estén preparadas cuando alguna amenaza –cualquiera que sea– requiera que nos defiendan, nos vayan a buscar o nos liberen. De eso se trata.

Dada la gran cantidad de recursos que esto requiere, soy de las que creen que en el siglo que viene va a ser mejor asociarnos a los vecinos para construir una defensa juntos, que cada uno construya alguna capacidad, y que nos necesitemos para la defensa de una ciudadanía más común. Pero aún estamos lejos de eso.

Por último, también soy de las que creen que, en el entrenamiento y el ejercicio de la defensa, debería haber información que sea necesaria y central para la provisión del bien público seguridad, como ocurre con la del espacio aéreo, exterior o Alta Mar. Eso nos indica que necesitamos una inteligencia más cooperativa, menos dividida y más adiestrada a trabajar en conjunto. Hacer inteligencia y trabajar entre distintas agencias no es desnaturalizar funciones –si están claras–, sino optimizar la información a favor de todos.

Comentarios de Facebook

También podría gustarte Más sobre el autor