Sin cuidados

Laura Ximena Iturbide

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Si no se realizan los cuidados dentro de una familia se interrumpe el funcionamiento de gran parte de la sociedad. Sin embargo, se trata de una tarea que no es paga y que implica la base fundamental de las sociedades actuales.

¿Qué son los cuidados? Son tareas que se realizan dentro del ámbito del hogar y que representan la organización de la casa: elaboración de todas las comidas al día; el cuidado de la niñez y la adolescencia; su acompañamiento escolar y otras actividades; limpieza y provisión de insumos; cuidado de personas con discapacidad o de personas mayores que requieran atención especial; y organización de asistencias médicas o de otra característica que requieran, entre las múltiples tareas que se requieren en ámbitos privados.

Ante una mirada machista, las personas son categorizadas en sólo dos grupos: femenino y masculino, y cada uno de estos géneros tiene particularidades propias que jerarquizan la distribución de roles, tareas y privilegios. Desde el patriarcado, lo masculino se basa en la racionalidad, el trabajo productivo y el potencial para actividades en ámbitos públicos, mientras que el género femenino se corresponde con la emotividad, las aptitudes para los cuidados y la maternidad, principalmente en los ámbitos privados.

Gracias a una historia de reivindicaciones feministas y luchas contra las opresiones coloniales y neoliberales, hoy se descarta que existan razones biológicas que categoricen a las personas según el género para ciertas tareas o trabajos, y se pone en evidencia que las aptitudes de las personas responden a razones socioculturales que determinan roles en la sociedad desde su nacimiento. La lógica binaria no sólo es incapaz de explicar la diversidad de géneros fundamental para entender nuestras sociedades, sino que además adjudica roles que construyen desigualdades.

¿Por qué los cuidados generan desigualdades de género? Porque los cuidados –también llamados “trabajo reproductivo”– nos son asignados a las mujeres desde la niñez, sin remuneración ni reconocimiento. Desde el momento del juego en la niñez, el patriarcado determina que las mujeres somos responsables de los cuidados, y refuerza la idea de que el trabajo en ámbitos públicos y remunerado es principalmente para varones, y solo ocasionalmente para las mujeres y diversidades. “Las que cuidan son las mujeres, las que no trabajan por cuidar son las mujeres, las relaciones de género reproducen socialmente la pobreza en los sectores populares”, dice Fraganillo[1] en una mirada económica sobre las desigualdades y los cuidados.

La creciente participación de las mujeres en el sistema laboral no ha podido revertir las responsabilidades de los cuidados, problemática que no podrá revertirse sin la participación del Estado como garante de condiciones igualitarias entre personas. Según cifras de la Encuesta sobre trabajo no remunerado y uso del tiempo del INDEC, “en 2014 la tasa de participación de las mujeres era del 88,9% y ascendía a 6,4 horas promedio por día que destinaban de su tiempo al trabajo doméstico, mientras la participación de los hombres se reducía al 57,9% y dedicaban 3,4 horas diarias. Estos valores se incrementan en los hogares con niños hasta 6 años: mientras las mujeres aportan casi 10 horas promedio de tiempo, en los hombres el aporte se reduce a menos de la mitad”.

La división sexual del trabajo es otro concepto que permite observar la distribución de los trabajos según los géneros, y siempre tiene un impacto negativo en las mujeres y diversidades y otorga preferencias a los varones. Hay mayores tasas de empleo entre los varones, mientras que las mujeres presentan mayor parcialidad y discontinuidad laboral, además de contar con menor experiencia y con ello menor posibilidad de acceder a empleos calificados. Las mujeres tenemos mayores períodos desempleadas, una doble jornada de trabajo si se cuenta con un trabajo completo fuera del hogar, y menor remuneración por igual trabajo.

Los caminos son muchos para fortalecer un sistema de cuidados que apunte a las autonomías universales, que se desarrolle de manera universal, gratuita y pública para que nadie dependa de familiares para los cuidados básicos que aseguren autonomía –como sostiene Pazos Morán en Desiguales por ley–: reformar las licencias para igualarlas en todos los ámbitos laborales; defender la extensión de la moratoria jubilatoria; ampliar la oferta educativa para la primera infancia de manera universal y gratuita; analizar la concentración y el ajuste de las horas laborales para mejorar las condiciones de la ciudadanía de manera integral, y con ello los vínculos con la niñez; y regular e institucionalizar los cuidados, entre otras iniciativas.

Las demandas feministas y de las diversidades han conseguido visibilizar muchas de las violencias y desigualdades patriarcales que atraviesan a las mujeres y espacios de disidencia en distintos ámbitos de la vida. Sin embargo, es fundamental promover la incorporación de los cuidados en las agendas políticas, reconociendo que la politización de las problemáticas y el rol del Estado son fundamentales para avanzar hacia sociedades más justas e igualitarias, porque las transformaciones feministas cuestionan todas las formas de organización para que la igualdad sea una condición de la ciudadanía en su conjunto, y no un privilegio o beneficio sectorial.

 

Laura Ximena Iturbide es politóloga, docente universitaria (UNRN).

[1] https://www.elcohetealaluna.com/las-mujeres-conducen-la-base-social.

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