¿Se conoce realmente en la Argentina la propuesta societal del Vaticano?

Martín Giambroni y Álvaro Orsatti

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La respuesta a la pregunta del título es “no”.[1] Tiene mucha prensa, con razón, el subtema “Movimientos Populares”, que es el escenario conceptual ideal –aunque no el único– de la gran actualidad política de “Los Cayetanos” la promoción de la economía popular. Pero esto no registra la amplitud y la complejidad de la mirada del Vaticano desde que en 2014 inició un nuevo ciclo de difusión de sus posiciones ya establecidas –sobre todo desde hace cincuenta años, con la Laborem Exercens–, agregando nuevas dimensiones –mediante la encíclica Laudato si’, los documentos presentados en los cuatro Encuentros Mundiales de los Movimientos Populares y otros– que amplían y actualizan considerablemente su perspectiva. Eso le da una presencia destacada en el bastante limitado –e incluso rutinario– debate sobre el futuro del trabajo a nivel mundial. De hecho, a fines de 2017 el último de aquellos encuentros fue acompañado de otro dirigido al sindicalismo, con la Organización Internacional del Trabajo como invitada especial. Luego la Confederación Sindical Internacional (CSI)[2] acompañó públicamente el contenido general de los documentos y difundió su propia declaración.

En un análisis histórico, el catolicismo institucional ha pasado por varias etapas en relación a las tendencias económicas y políticas mundiales, pero no hay duda de que en este momento el mensaje tiene un marcado tono crítico del capitalismo –en el escenario de la crisis económica iniciada hace diez años–, cuestionando sus principales rasgos, lo que convierte a su enfoque en una potente propuesta alternativa, a mucha distancia de las perspectivas provenientes de la gobernanza global (Naciones Unidas, G20). Es una propuesta societal utópica,[3] compartible tanto por creyentes como por agnósticos.

Su enfoque parte de reivindicar la “centralidad del trabajo”,[4] que lleva a valorizar el sindicalismo y a los movimientos populares –vinculados a la economía popular– como las dos vías complementarias de representación de los distintos segmentos de la clase trabajadora, con el primero involucrándose con los segundos.

En el plano general, el Vaticano adopta el concepto de “desarrollo integral, sostenible y solidario”, que suena parecido a otras, pero que se transforma por el último componente –a partir del reconocimiento de la necesidad de regulación macroeconómica– en un todo orgánico dirigido a proponer la limitación y el reenfoque del par “crecimiento económico-consumo”, introduciendo límites a las nuevas tecnologías y reducción de las horas de trabajo, en el marco de una crítica al consumismo y la defensa del medio ambiente. A su vez, en el medio, el Vaticano ubica a las “responsabilidades de las empresas y de las personas”.[5]

Al mismo tiempo, reconozcamos que el Vaticano se especializa en ciertos temas, sin avanzar demasiado –o mencionándolos solo al pasar– en dos ejes infaltables en toda cosmovisión sobre el futuro del trabajo: la educación permanente a lo largo de la vida –la educación popular en la tradición de Paulo Freire, de raigambre cristiana– y el gran tema epocal de la igualdad de género.[6] Tampoco aparecen casi referencias a las políticas de protección social, incluyendo la nave insignia del pensamiento alternativo: la renta básica universal.

En los anexos se reproducen algunas de los principales contenidos sobre los temas mencionados –excluyendo los medioambientales– a manera de citas textuales reestructuradas[7] de los documentos del Vaticano en el período 2014-2018.[8]

 

Anexo I, primer eje: centralidad del trabajo y de las organizaciones sindicales y los movimientos populares[9]

El punto de partida es el señalamiento de una negación sistemática, por el actual sistema, del derecho a un trabajo digno, como fuente de generación de valor social. Ello es resultado de una opción social: poner los beneficios económicos por encima del hombre. La mercantilización del trabajo lleva a la deshumanización sustitutiva en forma de automatización y robotización, a las posturas del “fin del trabajo” y al determinismo tecnológico y el nuevo paradigma neoliberal: “no hay alternativa”.

Al fenómeno general de la explotación y la opresión, el Vaticano agrega una nueva dimensión: los “descartados” (“desechos”, “sobrantes”). La diferencia está en que con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en la periferia (“abajo”), o sin poder, sino que se está “fuera”, en condición de sujetos “sin horizontes, sin salida”. Esta cultura del descarte considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Incluso, con sistemas más o menos sofisticados se va abandonando lentamente a los niños y ancianos, por no producir. Asistimos también a un tercer descarte, el de los jóvenes: entre los de menos de 25 años, el 40% no tiene trabajo.

En este capítulo se toma una clara posición respecto del capital, al afirmarse que es solo un “instrumento” que lleva consigo las “señas” del trabajo humano, porque ha nacido de él. Más allá de los intereses limitados de las empresas y de una cuestionable racionalidad económica, el objetivo prioritario es el acceso al trabajo por parte de todos y una vida digna a través del trabajo.

El trabajo no puede entonces considerarse como una mercancía ni un mero instrumento en la cadena productiva de bienes y servicios. La centralidad del trabajo en la vida humana excede con creces su dimensión económica. El trabajo hace posible el desarrollo de todas las potencialidades y también de la cooperación. Es el medio que hace posible la vida de cada familia y la convivencia en comunidad. La persona florece en el trabajo. Persona y trabajo son dos palabras que pueden y deben juntarse. El trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal.

Desde la perspectiva abordada, el trabajo:

  1. a) es el ámbito de un múltiple desarrollo personal, donde se ponen en juego muchas dimensiones de la vida: la creatividad, la proyección del futuro, el desarrollo de capacidades, el ejercicio de los valores, la comunicación con los demás, el desarrollo espiritual, el progreso moral, la mejora material;
  2. b) es el estructurador de la identidad personal y colectiva y de una vida buena en sociedad;
  3. c) es la clave esencial de toda la cuestión social: el trabajo condiciona no sólo el desarrollo económico, sino también el cultural y moral de las personas, de la familia, de la sociedad;
  4. d) es la clave para el desarrollo social, ocasión de intercambio, relaciones y encuentro.

Esta mirada deja un lugar al no-trabajo: la persona no siempre tiene que trabajar. La cultura del ocio es saludable, es una necesidad humana. En este marco, el Vaticano toma partido por la reducción de la jornada de trabajo, que tiene la ventaja adicional de permitir crear puestos de trabajo para los jóvenes.

 

Organizaciones sindicales y movimientos populares

En el plano de las organizaciones sindicales, se señala que están afectadas por la existencia de una “ingeniería política” a la que solo parece interesarle construir gobernabilidad para contener las demandas sociales y colectivas, en el marco de un institucionalismo formal que desconoce su potencialidad democrática. A ello se agrega que también se encuentran situaciones en que directamente son perseguidas y se les niega la representación y negociación colectiva. Los documentos del Vaticano comienzan por recordar el significado de “sindicato” en griego: “justicia-juntos” (dike: justicia y syn: juntos), y sigue con la historia de la cuestión obrera y el conflicto capital-trabajo, enfrentando las distintas formas de explotación –salarios bajos, falta de seguridad laboral.

La consigna es que “no hay una buena sociedad sin un buen sindicato”. Se necesita “organizar con fines de justicia”, enfatizando la experimentación, actualizando legales y compromisos. Existe una experiencia acumulada. Debe recuperarse un recorrido, una trayectoria, e identificarse elementos, cuestiones cruciales, prácticas efectivas, experiencias de organización institucionalizadas a lo largo del tiempo.

Los sindicatos deben individualizar los nuevos derechos de los trabajadores, en el marco de la cuarta revolución industrial, y nuevas formas de participación y organización que les otorguen sentido, contenido y dinámicas transformadoras. No pueden encerrarse en la defensa corporativa de su sector, de los que están “dentro” –o ya están retiradas–, deben “renacer” trabajando “en las periferias”, “alargar la mirada” más allá de las propias filas. El sindicato no realiza su función esencial de innovación social, protegiendo los derechos de quienes todavía no los tienen. Caso contrario, corre el peligro de perder su naturaleza profética y de volverse demasiado parecido a las instituciones y a los poderes que, en cambio, debería criticar.

La cuestión de los “descartados” reaparece desde el punto de vista de su propia organización: los mmovimientos populares. Estos tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando. Cuestionan las macro relaciones desde su arraigo a lo cercano, desde su realidad cotidiana, desde el barrio, desde el paraje, desde la organización del trabajo comunitario, desde las relaciones persona a persona. Estos trabajadores fueron inventando su propio trabajo con su artesanalidad, su trabajo comunitario, sus cooperativas y empresas recuperadas, sus ferias francas y oficios populares. Su economía no es sólo deseable y necesaria, sino también es posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista.

Este capítulo incluye una crítica al papel estatal por el frecuente asistencialismo paternalista, una pura estrategia de contención y de conversión de los pobres en seres domesticados e inofensivos.

 

Anexo II, segundo eje: regulaciones y límites a la tecnología y consumismo[10]

El punto de partida señalado por el Vaticano es que, si bien desde una perspectiva histórica el bienestar económico global ha aumentado –en la segunda mitad del siglo XX– en medida y rapidez nunca antes experimentadas, al mismo tiempo han aumentado las desigualdades entre los distintos países y dentro de ellos. El inicio del siglo XXI marca un escenario global signado por una aceleración de los tiempos: el aumento de la fragmentación, la desigualdad y la exclusión social; una desestructuración de las formas clásicas del trabajo y sus organizaciones; el avance fenomenal de las telecomunicaciones; el despliegue de la cuarta revolución industrial con la creciente convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas; la financiarización de la economía; el aumento de la distancia entre el mundo desarrollado y las periferias; el desarrollo de conflictos violentos que hacen pensar en una tercera guerra por goteo.

El capital dirige las opciones de los seres humanos, yendo detrás de la simple ganancia. Se ha impuesto el paradigma de la utilidad económica como principio de las relaciones personales, en búsqueda de la mayor cantidad de ganancias posibles, a cualquier costo y de manera inmediata. Las empresas obtienen ganancias calculando y pagando una parte ínfima de los costos, sin pensar en la exclusión social o en la destrucción de la naturaleza.

No se ha alcanzado un desarrollo que pueda considerarse progreso. No es un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior. No es un verdadero desarrollo, sino crecimiento económico, avances técnicos, mayor “eficiencia” para producir cosas que se compran, se usan y se tiran. El progreso económico tiene que ser evaluado en base a la calidad de vida que produce y a la extensión social del bienestar que difunde, un bienestar que no puede limitarse a sus aspectos materiales. El capitalismo se ha olvidado de la naturaleza social de la economía y de la empresa.

 

Sobre la regulación

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El punto de partida del Vaticano es que ninguna actividad económica puede sostenerse por mucho tiempo si no se realiza en un clima de saludable libertad de iniciativa. En principio, todas las dotaciones y medios utilizados por los mercados para aumentar su capacidad de asignación son moralmente admisibles si no están dirigidos contra la dignidad de la persona y tienen en cuenta el bien común. Pero la libertad de la que gozan hoy en día los agentes económicos tiende a generar centros de supremacía y a inclinarse hacia formas de oligarquía.

Es asimismo evidente que ese potente propulsor de la economía que es el mercado no tiene capacidad de regularse por sí mismo, generando los fundamentos que le permitan funcionar regularmente (cohesión social, honestidad, confianza, seguridad, leyes), ni de corregir los efectos externos negativos (“deseconomía”) para la sociedad humana (desigualdades, asimetrías, degradación ambiental, inseguridad social, fraudes).

No se puede justificar una economía sin política, a la vez que la política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. La creciente influencia del mercado sobre el bienestar material de la mayor parte de la humanidad exige, por un lado, una regulación adecuada de sus dinámicas y, por otro, un fundamento ético claro, que garantice al bienestar alcanzado esa calidad humana de relaciones que los mecanismos económicos, por sí solos, no pueden producir.

Es ingenuo tener confianza en la autosuficiencia distributiva de los mercados. Si el Estado no cumple su rol, algunos grupos económicos pueden aparecer como benefactores y detentar el poder real, sintiéndose autorizados a no cumplir ciertas normas. Para que haya una libertad económica de la que todos efectivamente se beneficien, a veces puede ser necesario poner límites a quienes tienen mayores recursos y poder financiero. Se requiere una planificación construida colectivamente y se contrapone a las tendencias de la planificación normativa, tecnocrática, cuantitativista y abstracta que tiene como única finalidad el cierre de los indicadores macroeconómicos.

 

Sobre la tecnología

Al igual que con el crecimiento, el punto de partida es el reconocimiento de una herencia de dos siglos de enormes olas de cambio: el motor a vapor, el ferrocarril, el telégrafo, la electricidad, el automóvil, el avión, las industrias químicas, la medicina moderna, la informática y, más recientemente, la revolución digital, la robótica, las biotecnologías y las nanotecnologías. La tecnología ha remediado innumerables males que dañaban y limitaban al ser humano, en la medicina, la ingeniería y las comunicaciones.

Pero la humanidad ha ingresado en una nueva era en la que el poderío tecnológico plantea una encrucijada: la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento del ADN y otras capacidades han dado un tremendo poder a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo de manera dominante. El hombre moderno no está preparado para utilizar este poder con acierto, porque el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores o conciencia. La tecnología puede obstaculizar el desarrollo sustentable cuando está asociada a un paradigma de poder, dominio y manipulación. La transformación civilizatoria tiende a ser sustituida por una mediación tecnológica regida por una lógica de apropiación de renta, desconociendo el proceso histórico de generación de valor por el trabajo humano.

Hoy el paradigma tecnocrático se ha vuelto tan dominante que es muy difícil prescindir de sus recursos. Más difícil todavía es utilizarlos sin ser dominados por su lógica. El ser humano no es plenamente autónomo. El patrón de desarrollo es unidimensional, con base en un paradigma tecnológico predatorio, con tendencias selectivas y elitistas. Los objetos producidos por la técnica no son neutros, porque crean un entramado que termina condicionando los estilos de vida y orientando las posibilidades sociales en la línea de los intereses de determinados grupos de poder. Ciertas elecciones, que parecen puramente instrumentales, en realidad son elecciones acerca de la vida social que se quiere desarrollar. El hombre que posee la técnica intenta controlar tanto los elementos de la naturaleza como los de la existencia humana. La capacidad de decisión, la libertad más genuina y el espacio para la creatividad alternativa de los individuos se ven reducidos. El paradigma tecnocrático también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política. La alianza entre la economía y la tecnología termina dejando fuera lo que no forme parte de sus intereses inmediatos.

La especialización propia de la tecnología implica una gran dificultad para mirar el conjunto. La fragmentación de los saberes cumple su función a la hora de lograr aplicaciones concretas, pero suele llevar a perder el sentido de totalidad de las relaciones que existen entre las cosas. No puede considerarse progreso un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior.[11] La continua aceleración de los cambios y la intensificación de ritmos de vida y de trabajo no colaboran con el desarrollo sostenible, ni con la calidad del mismo.

Por lo anterior, el Vaticano considera posible limitar la técnica, orientándola y colocándola al servicio de un camino de desarrollo productivo creativo y mejor orientado. Se necesita redefinir el progreso. Ha llegado la hora de aceptar cierto decrecimiento en algunas partes del mundo, aportando recursos para que se pueda crecer sanamente en otras partes. Es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles, y a la vez recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano. También por esta vía se tiende a que la tecnología no reemplace el trabajo humano.

 

Sobre el consumismo

Como otra faceta de la crítica al funcionamiento capitalista, el Vaticano pone también el foco en el plano del consumo, elemento indispensable para la realización del crecimiento en término de ingresos para los inversores.[12] Se señala entonces la existencia de un “súper desarrollo derrochador y consumista”. Dado que el mercado tiende a crear un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos, las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios. La producción no es siempre racional, y suele estar atada a variables económicas que fijan a los productos un valor que no coincide con su valor real. Eso lleva muchas veces a una sobreproducción. Es una lógica del “usa y tira”, que genera tantos residuos sólo por el deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita.

Se necesita escapar del individualismo y del consumismo, motivando a cuestionar los mitos de un progreso material indefinido y de un mercado sin reglas justas. Se puede necesitar poco y vivir mucho, sobre todo cuando se es capaz de desarrollar otros placeres y se encuentra satisfacción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la naturaleza. La felicidad requiere saber limitar algunas necesidades, quedando disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida. La sobriedad que se vive con libertad y conciencia es liberadora. No es menos vida, no es una baja intensidad, sino todo lo contrario. Se necesita valorar cada persona y cada cosa, aprender a tomar contacto y saben gozar con lo más simple.

[1] Esta nota se basa en el documento presentado a las Jornadas del EFT (Equipo Federal de Trabajo) “Trabajo del futuro/futuro del trabajo”, Buenos Aires, octubre 2018. Publicado en www.relats.org, sección Visión Cristiana del Trabajo.

[2] Desde 2006, esta Confederación es una confluencia de organizaciones socialdemócratas y socialcristianas previas.

[3] Al menos, utopistas en el sentido dado hace más de un siglo por Oscar Wilde, quien, con una perspectiva centrada en el cristianismo y a favor del socialismo, decía en 1891: “un mapa del mundo que no incluya utopías no merece ni mirarse pues deja fuera el país en el que la humanidad está siempre desembarcando. El progreso es la realización de las utopías. El planteamiento aquí presentado no es práctico y va contra la naturaleza humana. Es por eso mismo que vale la pena llevarlo adelante. Práctico es el que ya existe o que podría realizarse en las condiciones existentes. Pero son precisamente éstas las que se objetan. Al librarse de tales condiciones, la naturaleza humana cambiará. Lo único que uno realmente sabe acerca de la naturaleza humana es que ésta cambia. El cambio es la única cualidad que podemos afirmar en ella. Los sistemas que fallan son aquellos que se basan en la inmutabilidad de la naturaleza humana en lugar de hacerlo en su crecimiento y desarrollo. Es en el futuro en lo que tenemos que pensar, pues el pasado es lo que el hombre no debió haber sido. El presente es lo que el hombre no debiera ser” (El hombre bajo el socialismo).

[4] Este es también el punto de partida de OIT, aunque con forma de una pregunta preocupada sobre si ello será posible en el futuro, al menos con la importancia que había ido ganando durante el siglo XX.

[5] Los señalamientos textuales son los siguientes: a) la empresa es una importante red de relaciones y, a su manera, representa un verdadero cuerpo social intermedio, con su propia cultura y praxis. Estas, mientras determinan la organización interna de la empresa, afectan también al tejido social en el que ella opera. Todo esto fácilmente genera y difunde una cultura profundamente amoral –en la que con frecuencia no se duda en cometer un delito, cuando los beneficios esperados superan las sanciones previstas– y contamina seriamente la salud de cualquier sistema económico-social. Hay que colocar claramente a la persona y la calidad de las relaciones interpersonales en el centro de la cultura empresarial, de modo que cada empresa practique una forma de responsabilidad social que no sea meramente marginal u ocasional, sino que anime desde dentro todas sus acciones, orientándola socialmente. Hay una circularidad natural que existe entre el beneficio –factor intrínsecamente necesario en todo sistema económico– y la responsabilidad social. La creación de valor añadido, que es el propósito primordial del sistema económico-financiero, debe demostrar en última instancia su viabilidad dentro de un sistema ético sólido, basado en una búsqueda sincera del bien común. Debería ser posible discernir cuáles de las transacciones técnicamente viables en el aspecto jurídico, son legítimas y viables desde el punto de vista ético. El objetivo es pasar de un respeto formal a un respeto sustancial de las reglas. Además, es deseable que también en el sistema normativo que regula el mundo financiero haya una cláusula general que declare ilegítimos, con la consiguiente responsabilidad patrimonial de todos los sujetos imputables, aquellos actos cuyo propósito sea principalmente la elusión de la normativa vigente. Las universidades y escuelas de negocios debieran introducir esta perspectiva, no de manera accesoria sino fundamental. b) Las personas tienen que acompañar este proceso. Dos ejemplos: primero, los mercados viven gracias a la demanda y a la oferta de bienes. En este sentido, cada uno puede influir en modo decisivo, al menos, en la configuración de esa demanda. Por lo tanto, es importante un ejercicio crítico y responsable del consumo y del ahorro. Se necesita “votar diariamente” en el mercado a favor de los bienes de consumo detrás de los cuales hay un proceso éticamente digno, y rechazar los que perjudican el bienestar. Segundo: la gestión de los propios ahorros puede estar dirigida hacia aquellas empresas que operan con criterios claros.

[6] Sobre la perspectiva de género en el pensamiento cristiano, Leonardo Boff ha hecho un análisis estructural (http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=873). “La tradición espiritual judeocristiana se expresa predominantemente en código patriarcal. La Iglesia está dirigida exclusivamente por varones que detentan todos los medios de producción simbólica. La mujer durante siglos ha sido considerada como persona no-jurídica y hasta el día de hoy es excluida sistemáticamente de todas las decisiones del poder religioso. El varón, en la figura de Jesús de Nazaret, fue divinizado, mientras la mujer se mantiene, según la teología común, como simple creatura, aunque en el caso de María haya sido Madre de Dios”. De todas formas, recuerda que en el Génesis se afirma la igualdad de los sexos y su origen divino. Se trata del relato sacerdotal (Priestercodex, escrito hacia el siglo VI o V AC): “Dios creó la humanidad a su imagen y semejanza; varón y mujer los creó”. En el Segundo Testamento también se encuentra en San Pablo la formulación de la igual dignidad de los sexos: “no hay hombre ni mujer, pues todos son uno en Cristo Jesús”. “En Cristo no hay mujer sin varón, ni varón sin mujer; como es verdad que la mujer procede del varón, también es verdad que el varón procede de la mujer y todo viene de Dios”. Pero Boff agrega que “lo que penetró en el imaginario colectivo de la humanidad de forma devastadora fue el relato antifeminista de la creación de Eva y de la caída original: la anterioridad de Adán y la formación a partir de su costilla fue interpretada como superioridad masculina”.

[7] Una versión más detallada puede leerse en “Visiones sobre futuro del trabajo: la perspectiva del Vaticano”, por Martín Giambroni y Álvaro Orsatti, publicado en www.relats.org.

[8] Se han analizado las siguientes fuentes: a) documentos del Primer Encuentro Mundial de Movimientos Populares (EMMP), Vaticano, 2014; b) encíclica Laudato Si’, 2015; c) documentos del Segundo EMMP, Santa Cruz de la Sierra, 2015; d) documentos del Tercer EMMP, Roma, 2016; e) discurso del Papa a trabajadores y empleadores mexicanos, 2016; f) documentos del EMMP 2017; g) discurso del Papa a sindicalistas italianos, 2017; h) Oeconomicae et pecuniariae quaestiones. “Consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y financiero”, mayo 2018, presentado por la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

[9] Los documentos amplían el concepto de trabajo, para hablar no solo del trabajo manual o del trabajo con la tierra, sino también de cualquier actividad que implique alguna transformación de lo existente. Se necesita atender a las nuevas manifestaciones del trabajo, que trascienden las modalidades empresarias y del “asalariado” en las formas clásicas. Se menciona también a las actividades intelectuales y artísticas.

[10] No se recogen aquí otros explícitos posicionamientos sobre la financiarización de la economía y la política fiscal (incluyendo un subcapítulo sobre los paraísos fiscales).

[11] También se formula un planteo crítico sobre la comunicación: las dinámicas de los medios del mundo digital, cuando se convierten en omnipresentes, no favorecen el desarrollo de una capacidad de vivir sabiamente. Al mismo tiempo, tienden a reemplazarse las relaciones reales por un tipo de comunicación mediada por Internet. Esto permite seleccionar o eliminar las relaciones según nuestro arbitrio, y así suele generarse un nuevo tipo de emociones artificiales. Se produce una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental. Se desarrolla una profunda y melancólica insatisfacción en las relaciones interpersonales o un dañino aislamiento. La revolución comunicacional tiene tendencias homogeneizantes y homologadoras subyacentes, a lo que se suma la fragmentación y dispersión generadas por las tendencias anárquicas del mercado.

[12] Esta línea tiene ilustres antecedentes de análisis económico desde los años 50, sobre todo del canadiense John Kenneth Galbraith (principalmente, La sociedad opulenta).

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