Pospandemia: cultura del miedo o incertidumbre

Sergio Fernando Jaime

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La pandemia impuso un clima de época que creíamos superado en un mundo posmoderno donde las preocupaciones circulaban en un presente y un futuro ya asumido, diferente al que reconocemos ahora. Este momento que vivimos no es un fenómeno novedoso para la humanidad. En toda la historia existen ejemplos de eventos de características similares que dejaron cicatrices profundas, transversales, y prospectivas cuyo legado podemos ver inclusive hasta hoy –a modo de ejemplo, el recurso del aislamiento social y la cuarentena como modo de evitar la propagación de la enfermedad. Lo que sí fue novedoso es el hecho de que surge en una civilización como la actual, que desarrolló una simbiosis particular con la ciencia médica[1] y en donde la lógica dominante, fundamentalmente en el campo de las enfermedades infecciosas, era de un positivismo de características casi religiosas. En una sociedad como esta, el miedo se introduce casi sin defensas a un territorio virgen y desencadena nuevos procesos sociales que se reproducen desenfrenadamente en una dinámica abrumadora, creando una nueva realidad de la cual todavía no tenemos claro cuál será la magnitud de su transformación.

 

El miedo

El miedo es un sentimiento natural, tanto en los animales como en los seres humanos. Pero, a diferencia de los animales –cuyo miedo se construye de forma innata y se instituye solo en base al peligro de ser devorado–, en los seres humanos, además de ser consciente, se relaciona de manera estrecha a una necesidad humana: la necesidad de seguridad.[2]

La naturaleza del peligro que genera el miedo es amplia, claramente influenciada por el universo cultural del cual uno es parte. Si bien está íntimamente relacionado con la angustia, a diferencia de ésta –cuyo disparador es la incertidumbre– el miedo se conecta con algún elemento o fenómeno específico, real o imaginario, que desencadena una serie de procesos en las personas –orgánicos, emocionales y cognitivos– que pueden expresarse en una dinámica tanto individual como colectiva. El miedo, en su naturaleza más infantil, puede clasificarse como miedo a los eventos cósmicos –como un cataclismo o pandemias–, a las bestias –dragones–, a los objetos maléficos –cementerios, ouijas– o a seres agresivos –diablos, verdugos. Además, el miedo desencadena una serie de reacciones internas en las personas, que tienen como objetivo aumentar la capacidad física para solventar dos tipos de conductas: la huida o la lucha. Este miedo puede exponerse de manera contenida, o en una anárquica, expresiva e irreflexiva: el pánico.

Como todo fenómeno social, el tema de la escala es fundamental: no es lo mismo el miedo en su dimensión individual que en su dimensión colectiva. En la colectiva, el miedo genera una serie de respuestas estereotipadas que a grandes rasgos las podemos dividir en tres: tecnologías, conductas –orgánicas o afectivas– o una mezcla de ambas. A lo largo de la historia podemos ver cómo se desarrollaron instrumentos cuyo objetivo esencial era aplacar el miedo y brindar más seguridad a las poblaciones, tales como puertas,[3] máscaras y amuletos –por mencionar los que se desarrollaron en distintas civilizaciones. En cuanto a las conductas o hábitos, tenemos desde un determinado tipo de respuesta corporal, hasta mecanismos cognitivos más refinados, como la objetivación –hablar, describir o escribir sobre algo que nos genera miedo desde el lugar de espectadores y sentir cierta satisfacción por ello, una explicación del éxito del circo romano en el pasado y del rating del morbo actual. Siempre existe la posibilidad de que el miedo adquiera una dimensión colectiva, y en esa transposición puede exagerarse, complicarse y transformarse la desmesura individual en un contexto multitudinario.

Como signo de los tiempos, quizás podemos decir que una nueva categoría de respuesta al miedo –la tercera, la que combina conducta y hábito con tecnología– empieza a observarse en esta generación. La podemos ver en la tendencia a personalizar tecnologías de acuerdo con el usuario –veamos la tendencia de customizar tapabocas, casi una regla en esta etapa que vivimos– o la de promover un nuevo individuo que encuentra una causa más para conectarse con otros, a través de un entorno virtual –videoconferencias, teletrabajo, aula virtual– más allá del confort, lo que a su vez sirve para sobrevivir al aislamiento de una manera más “sociable”.

Impresiona que el miedo persistente, en su faceta colectiva, irradiado de manera constante, genera una arquitectura simbólica que capilariza a toda la sociedad y que es determinante en la conducta de las personas en sus dimensiones más primitivas, en las más racionales, pero también en las morales. Recalco: la arquitectura simbólica es la determinante de la conducta, por lo cual las personas responderán ante el miedo no por lo que es, sino por lo que simboliza en ellos. Esto forja una enorme disrupción en la estructura social, dado que la diversidad –las “diferentes” arquitecturas simbólicas– en un clima de miedo no generan cohesión. Lo que genera cohesión es todo lo contrario, la homogeneidad de argumentos. El miedo, como generador de conductas, disgrega al individuo y puede separarlo tanto de su conducta habitual que podemos llegar a no reconocerlo fuera de su patrón habitual. El miedo puede persistir aun cuando haya desaparecido la causa que lo originó, porque socaba el sentimiento de seguridad y se reconstruye a través de su interpretación simbólica.

 

Una cultura del miedo

El convivir en un clima constante de miedo puede llevar –y sería el gran error– a una cultura del miedo. La RAE define a la cultura como conjunto de modo de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etcétera. Nada de esto quedó inmune a los efectos de la pandemia. Es cierto que el miedo acompañó a la sociedad en mayor o menor medida, pero que exista un nuevo patrón cultural intra y post-coronavirus no significa en absoluto que el futuro nos encuentre sumidos en una época donde la angustia por un peligro nos subyugue. Tampoco significa que hablar sobre la realidad y sus consecuencias abone de manera directa la generación de miedo en una sociedad –debida cuenta que una de las condiciones de abordar situaciones de riesgo es reconocer la realidad tal cual es.

El problema sería que durante esta pandemia el miedo adquiriera la centralidad. En ese momento empezamos a convivir en una cultura del miedo. Cultura del miedo no es miedo al coronavirus, sino el miedo como parte central del discurso. En ese estado, los pro y los anti conforman todos ellos un grupo homogéneo, donde la centralidad se da en el miedo y lo que se disputa es su carácter simbólico –escuchamos frecuentemente en estos tiempos a muchos actores sociales que invocaban a elegir miedo al coronavirus o a los problemas económicos que genera. Sucede así una gran confusión en ese momento: la gente se aglutina o cohesiona alrededor de una estructura simbólica similar, a pesar de que en su esencia sean sustancialmente diferentes. Una sociedad sumida en una cultura del miedo incorpora un discurso social con una dinámica propia que intenta prevalecer, que incluye tanto el discurso hegemónico como el contrahegemónico,[4] donde la esencia de todo es el miedo; donde todo lo que se habla está impregnado del miedo; donde la explicación de todo está empapada de miedo.[5] El miedo satura todos los espacios y defiende con ahínco aquello que domina. Construye identidades, creando una nueva sociedad. En el contexto de un discurso social hegemónico, lo indecible se convierte en impensable, por lo que solo el hecho de pensar en una sociedad sin miedo se convierte en una quimera.

El problema es que la cohesión de los seres humanos que surge por la comunión de identidades en esta cultura no puede desprenderse de su ánimo temeroso, por lo que no extraña que en su evolución inmediata se empiece a temer al diferente. La generación de comunidades a través de este sentido de identidad, que cataloga mecánicamente y fuerza a los individuos a ser parte de un colectivo –so pena de convivir solo con sus miedos– además de alienar al sujeto, genera un estado de violencia latente ante facciones –por el miedo al diferente– donde un pacto social de convivencia se convierte en un absurdo.[6] Este clima es abono ideal de liderazgos que se legitiman con actitudes pendencieras y con una dilución de la realidad en actos desmesurados de alusión al otro para describir lo indeseable. A pesar de ello, en un clima de miedo muchas personas se identifican con estos estilos –lo asumen como “coraje” o “dice lo que nadie se anima a decir”– o se sienten más seguras y obligadas a tomar posición, y asumen que la otra opción es asumir un rol donde deberían confrontar con un nivel de incertidumbre que las agobia.

 

Miedo no es lo mismo que incertidumbre

La incertidumbre también es un sentimiento humano universal que comparte con el miedo la relación estrecha con la angustia ante el peligro. Pero, a diferencia de este, no es el peligro a algo concreto, sino a la inmediatez de un destino que desconoce. Por otro lado, la incertidumbre genera un abanico de posibilidades de respuestas efectivas y orgánicas que van, desde una angustia que se transforma en un estado patológico, hasta un instinto de superación en la búsqueda constante de un mañana mejor. No voy a enfocarme acá en la angustia por la incertidumbre como fenómeno patológico –y moderno–, sino en las posibilidades como un disparador positivo de una sociedad.

La incertidumbre puede convertirse, en el caso de ser reconocida como una contingencia insoslayable para llegar a un mejor futuro, en fenómeno modelador de individuos y sociedades comprometidos con los desafíos del futuro. De existir un anclaje adecuado en el presente, y un reproche de exceso de futuro o pasado en nuestros actos, puede generar una serie de insumos que, paradójicamente, brindan la fortaleza necesaria –resiliencia, dirán algunos– para buscar el mejor camino en un mundo complejo y cambiante.

Este rol de la incertidumbre en la generación de insumos positivos no es una ocurrencia original. La misma ciencia dice que la comprensión científica no es absoluta, sino la suficiente para comprender un fenómeno –u objeto. Esto implica que la gestión de un nivel tolerable de incertidumbre es elemental para generar este tipo de conocimiento, y que intentar obviar ese recorrido lo único que hace es brindar menos validez a los datos.[7] Por otro lado, la realidad actual no puede ser vista más que como un fenómeno complejo, donde la multiplicidad de dimensiones y variables –más aún si hablamos de una escala individual a una social– solo puede catalogarse como nunca completamente abarcable –y en ese terreno no abarcable es donde la incertidumbre reina.

Asumir la relación de la realidad con la incertidumbre no es entender ineludiblemente que se entrelazan de manera caótica. Puede surgir de ellas una relación compleja en donde cada día sea fruto de un mañana mejor. La conciencia de una realidad compleja e incierta indaga sobre si podemos transformar un presente angustiante en un futuro mejor, y la respuesta a ello es que esta conversión es mucho más común de lo que se cree. De hecho, un capítulo de la salud pública –más precisamente, en el campo de la Promoción de la Salud– responde al interrogante de por qué algunas personas, independientemente de las situaciones estresantes y las dificultades severas con las cuales conviven, se mantienen saludables y las enfrentan con entereza, mientras que otras no, a pesar de que a veces su situación es incluso más favorable. Básicamente se propone que, de acuerdo con qué visión y actitud tienen ante las dificultades de la vida y de cómo manejan aquellos insumos con los que cuentan para afrontar las situaciones estresantes –como, por ejemplo, el nivel de autoestima, apoyo social, capital social o inteligencia emocional– será el nivel de bienestar que consigan.[8]

Retomando nuevamente el sentido de las realidades complejas, vale la pena recordar algunos aportes sobre los fenómenos complejos –que no son sinónimos de caóticos, ni tampoco de complicados. Todos los fenómenos complejos tienen una historia que tiene una estructura, y una estructura que tiene una historia: un recorte de una realidad compleja puede ser organizado de manera de llegar a conceptualizar una totalidad organizada –una de las definiciones de los sistemas complejos–[9] y este trozo de la realidad –conceptualizado y que satisface la imagen de totalidad, a modo de rompecabezas al que le faltan algunas piezas, pero ya permite ver la figura general– puede ser abordable. Dicho de otra forma, la significación es un elemento fundamental para darle sentido a un mundo complejo e inestable, como el que vivimos hoy.

La cotidianeidad de las situaciones complejas –aun más las tan complejas que vivimos hoy– obligan a trabajar activamente para darle una nueva estructura a nuestra historia futura y a delinear un día a día para que nuestra nueva estructura de la realidad nos encuentre en un mejor momento del que estaríamos si nos mantuviésemos estáticos ante esta dinámica social. Pareciese que existe un momento donde la realidad futura puede ser operada: el devenir. El devenir es la serie de acontecimientos que de forma secuencial se nos aparece en el día a día, sin aviso previo. Si interponemos entre este devenir y el futuro el dispositivo adecuado, podrán tamizarse los elementos necesarios para la construcción del futuro tal cual consideramos que debe ser. Este dispositivo –de carácter social amplio, claro está– implica, en primer lugar, darle significado al futuro y que este significado sea representativo de un territorio: que exista un modo de actuar basado en este imaginario –en cuanto a esquema de decisiones y en cuanto a valores que lo sustenten–; que exista de manera constante una acumulación de recursos –objetivos y subjetivos– para confrontar los momentos críticos; y que cuando ocurra cada uno de estos momentos –del devenir– se actúe coherentemente con nuestras expectativas, nuestros recursos y la magnitud del problema.[10]

 

Hacia una nueva normalidad donde la incertidumbre nos guíe (oxímoron)

El momento que vivimos[11] convoca a repensar el futuro en todas sus escalas –individual, social, instituciones, Estado–; vemos con desconcierto que muchas cosas que creíamos instituidas –el rol del Estado, los derechos y las responsabilidades de los individuos en una sociedad, el orden económico– tambalean en sus fundamentos con una crudeza nunca vista. Pero esto que parece una debilidad puede convertirse en una fuente de riquezas para un futuro, si aceptamos que estamos en un mundo que cambió y seguirá cambiando con una dinámica arrolladora.[12]

Deberemos brindarle un significado –compartido– a nuestro futuro como nación; también deberemos consensuar la manera de enfrentar los obstáculos que tendremos en el recorrido de nuestra historia futura; y deberemos interpelarnos sobre si cada decisión cumplió con nuestra visión y principios.

Esto no es nuevo en la Argentina: ya hemos vivido momentos donde nos hemos sentido acogidos por una mirada del futuro que nos estimulaba a seguir construyendo un país mejor en nuestra cotidianeidad y donde el sujeto –el otro– construía nuestra identidad colectiva. También la pandemia ha mostrado imágenes que nos brindaron confort desde el Estado a la sociedad[13] –por ejemplo, la imagen con el presidente y las máximas autoridades de la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires, brindando conferencias, nos lleva a imaginar un futuro con esfuerzos compartidos por diferentes sectores. También hemos visto momentos donde la sociedad en su conjunto valoró y compartió la visión de los líderes políticos en decisiones muchas veces dolorosas.

Probablemente esto indica que estamos en la puerta de una oportunidad histórica para la Argentina, donde dejemos definitivamente atrás todo resabio de una cultura del miedo y transitemos esta ineludible incertidumbre, con la templanza propia de los pueblos que se apropian de su destino.

 

Sergio Fernando Jaime es miembro del Movimiento Unidad Sanitaria, Chubut, médico de Familia y médico Sanitarista. Exsubsecretario de Programas del Ministerio de Salud del Chubut, y profesor honorario de Salud Pública y Promoción de la Salud de la carrera de Medicina de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco.

[1] Foucault hablaba de “la existencia, la conducta, el comportamiento, el cuerpo humano, se incorporarán a partir del siglo XVIII en una red de medicalización cada vez más densa y amplia, que cuanto más funciona menos se escapa a la medicina”. La historia de la especie humana no permaneció indiferente a la medicalización.

[2] Maslow coloca a la necesidad de seguridad solo por debajo de las necesidades fisiológicas.

[3] Jean Delumeau comienza su libro El miedo en Occidente describiendo las puertas de Ausgburgo en el siglo XVI, la ciudad más rica de occidente por esos días.

[4] Marc Angenot expone con muchísima claridad las funciones del discurso social.

[5] La Argentina tristemente vivió durante la dictadura un clima de esas características.

[6] Amartya Sen expone con maestría esta tesis en su libro Identidad y Violencia: la ilusión del destino.

[7] Juan Samaja, citando a Jun Lukasiwicz refiere que “el objetivo de la ciencia no es la verdad… el objetivo de la ciencia es buscar síntesis intelectuales comunes a toda la humanidad”. De manera similar, Karl Popper afirmaba que para el conocimiento científico era fundamental la confrontación de enunciados con la experiencia, situación que hacía que todo conocimiento científico fuera de carácter provisional.

[8] Nos referimos en concreto al modelo salutogénico de Antonovsky que se fundamenta en dos conceptos: el sentido de coherencia y los activos de salud, para explicar por qué algunas personas experimentan un estado de bienestar o fortaleza a pesar de estar inmersas en situaciones complejas, angustiantes y complejas.

[9] Rolando García en su libro Sistemas complejos aborda esta definición y refiere además que las partes de este sistema no son definibles individualmente, sino que solo adquieren sentido mutuamente; si esto fuese cierto, la discusión “impacto económico versus impacto sanitario” carecería de sentido en la medida que forman parte de una realidad y una posición.

[10] En cierta forma reafirmamos el modelo salutogénico como una perspectiva para centrarse en resultados positivos.

[11] Julio 2020, la aclaración es importante para darle significado: una pandemia que atravesó en todos sus sentidos a la sociedad, apenas unos meses después del cambio de gobierno, la carga de una crisis económica muy severa.

[12] Theda Skocpol habla de “acciones autónomas del Estado”, es decir, que el Estado presenta un perfil automatizado que depende de momentos históricos donde hubo tensiones en la estructura social. Bien podemos decir que vivimos uno de esos momentos.

[13] Desde una perspectiva personal tomo como ejemplo la imagen de los tres principales ministros de salud o del presidente y las máximas autoridades de CABA y PBA como fenómenos instituidos en este contexto.

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