Políticas culturales de Estado para la reconstrucción de la Argentina

Federico Escribal

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En el campo nacional se ha identificado con recurrencia el soporte cultural de la cara derrota electoral del 2015, y que la llegada al gobierno de una nueva actualización del antiproyecto nacional estuvo sustentada en una compleja configuración de subjetividades en el marco del proyecto cultural imperante: el neoliberalismo. Es sorprendente, entonces, la dificultad que ha tenido la dirigencia del peronismo y aliados en comprender a las políticas culturales como una dimensión estratégica a la hora de construir sentido sobre los verdaderos desafíos de la democracia contemporánea, restringiendo la mirada a una perspectiva instrumental, de la “cultura como espectáculo”, que no hace más que replicar la funcionalidad ornamental que la aristocracia adjudica hace siglos a las artes.

El campo artístico –estructurado modernamente en torno a los lenguajes de las Bellas Artes delimitados en Europa hace varios siglos– se ha constituido en la Argentina como una sumatoria de reductos endogámicos o nichos, cuya reproducción –junto a la de los actores legitimantes de cada caso– poco tiene que aportar a la emancipación de la Patria. Homologando esa cultura con la cultura, el peronismo se pierde la posibilidad de ampliar sus bases de sustentación más allá de las mayorías que –eventual pero insistentemente– logra construir y reconstruir.

No vamos a caer en estas líneas en actualizar la vieja zoncera de libros o alpargatas: el peronismo ha garantizado ambas al Pueblo. Solo como ejemplo, la gestión de Luis Horacio “El Tanque” Velázquez –obrero de la carne en su juventud y logrado novelista en su madurez– a cargo de la Comisión de Bibliotecas Populares entre 1950 y 1955 fue destacada: el incremento de lectores entre 1951 y el 1952 –año en que se distribuyeron 365.504 libros, cifra récord para el organismo– fue de poco menos de medio millón a más de cinco millones; se crearon 78 bibliotecas sindicales; así como en transatlánticos, hospitales, unidades militares y cárceles. Los tres ejes sobre los que estructuró su trabajo fueron la protección a la industria argentina del libro, la reivindicación del pensamiento nacional y el entender al libro como artículo no suntuario. Lamentablemente, su trabajo no está documentado como corresponde, y su historia no se aprende en las casas de altos estudios que forman gestores culturales en nuestro país, que insisten con aquello que el pensador africano Valentín Mudimbe llamó la biblioteca colonial: formando profesionales con bibliografías exclusivamente compuestas de autores del Norte global, en las que se aprende que la política cultural contemporánea la creó André Malraux en la Francia de posguerra… ¡tres años después de que el golpe de Estado que derrocó a Perón acabó con el trabajo de Velázquez!

Debemos comprender que la acumulación política se da en el terreno cultural, y que la producción simbólica –así como la generación de subjetividades que ella modula, para usar terminología en boga– requiere ser tomada en consideración como un eje estratégico para el desarrollo del proyecto político que pueda integrar a la Argentina sobre sí misma, saldando la brecha heredada de dos siglos de centralismo, como hacia una América Latina que reclama que nos hagamos cargo del papel que nos corresponde en la historia.

Para esto necesitamos garantizar los derechos laborales, así como instancias de formación, fomento y financiamiento para nuestros artistas, principales dinamizadores de nuestras prácticas culturales. No podemos darnos el lujo de seguir cercenando vocaciones artísticas que –al no ser reconocidas por el mercado por ser portadoras de una lógica en la que no prima lo comercial– tampoco son alojadas ni promovidas por un Estado que, a la hora de la curadoría de contenidos, se limita a programar aquello que previamente fue legitimado por la industria cultural globalizada.

Esto puede hacerse –mínimamente al menos– con los presupuestos asignados, siempre que la política acepte soltar la lógica utilitarista del eventismo, que tributa a engordar las arcas de los artistas consagrados en desmedro del semillero de las trayectorias emergentes, mientras seguimos luchando colectivamente para robustecer los magros presupuestos asignados a la Cultura que garanticen robustecer un marco en que el derecho al ejercicio pleno de las identidades nacionales y sus expresiones culturales sean fuente de la felicidad del Pueblo.

A la par, debemos fortalecer la musculatura de la gestión pública de la cultura en todos sus niveles: profesionalizar implica que cuadros formados –con el saber-hacer pero con perspectiva política– ocupen lugares decisionales, más allá de los anclajes particulares de cada cual dentro del dispositivo partidario, pero también trabajar junto a provincias y municipios para que puedan comprometerse con la institucionalidad de las áreas de cultura, sus presupuestos y ciertos criterios mínimos. Una ley de presupuestos coparticipables, como ya existe en el campo de la Educación, es deseable y necesaria en este sentido.

Los destinatarios de una política cultural de Estado, más allá de lo presentado, no son los y las artistas, sino el Pueblo argentino. Son sus derechos culturales los que deben ser atendidos, en momentos en que el mercado impone una falsa sensación de elección sobre una biblioteca musical y audiovisual restringida y mediada por las plataformas de contenidos. La diversidad –para ser legítima– requiere ser silvestre y reproducida desde las bases. Cualquier reproducción artificial solo sirve para ser portadora de discursos, esquemas e intereses ajenos.

Es por esto que –desde la Plataforma Federal de Cultura, entre otros espacios técnico-políticos del campo nacional– llamamos a la reactivación de los Congresos Nacionales de Cultura, interrumpidos a partir del año 2013, para la elaboración colectiva de un Plan Nacional Estratégico en Cultura para los próximos diez años, que pueda entre otras cosas reconfigurar una institucionalidad fragmentada e insulsa, armonizar la sumatoria de leyes que inciden sobre el sector, y potenciar tanto nuestro mercado interno como nuestra presencia en el exterior, principalmente el Hispanoamericano, sobre el que tuvimos una particular ascendencia que luego fuimos perdiendo. De esta manera, la cultura aportará no solamente a la consolidación de un proyecto político justo, soberano y libre, sino que colaborará con la reactivación económica y le dará un sentido al desarrollo deseado, siendo que –como recordamos– el objetivo último del peronismo no es la garantía de las necesidades básicas, sino la grandeza de la Patria y la felicidad del Pueblo, que es, ante todo, la consecución de su proyecto cultural.

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