Personas mayores, géneros y cuidados en la pandemia

Paula Mara Danel

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Este momento de pandemia producida por el SRAS-CoV-2 nos encuentra pensando y repensando debates de la gerontología con relación al contexto específico y nos lleva a asumir algunos desafíos que veníamos encarando de manera activa,[1] y otros que han emergido o ganado visibilidad. Me interesa trabajar sobre tres ejes que tributan a la comprensión de la situación de las personas mayores con relación al cuidado y desde un enfoque de género, por lo que brindaré algunas precisiones para orientar desde dónde estoy pensando estas categorías.

 

Envejecimiento heterogéneo

Lo primero es reconocerme como parte del debate del campo gerontológico, en el que venimos planteando que hay que pensar en términos múltiples a las vejeces. Esto supone pensar que no hay un único modo de transitar la vejez y que ella no inicia a partir de determinada edad, sino que es un proceso que tiene que ver con nuestro curso vital. Desde allí nos miramos en términos de procesos de envejecimiento y vejez, y creemos que es necesario ponerle nombre, o conocer cuáles son las particularidades que van asumiendo esas heterogeneidades. Una de ellas tiene que ver con la desigualdad, con la condición de clase social. No es lo mismo envejecer con los recursos suficientes, que hacerlo en contexto de pobreza.

En nuestro país en los últimos años han desmejorado las condiciones de vida de las personas mayores. Cuando empecé a hacer las primeras investigaciones con relación a la vejez (Danel, 2007) analicé una tesis de Mariano Barberena (2001) en la que señalaba cómo el discurso político había enmascarado la idea de jubilado o jubilada con la de persona mayor. Recordemos, a fines de los 80 y en los 90 los programas de televisión tenían el rinconcito de los jubilados desde el que hablaban de todas las personas mayores, pero no decían que un 35% de esas personas mayores no tenían cobertura de seguridad social y, consecuentemente, no tenían garantizado el acceso a la salud o a los medicamentos. Eso fue reparado por una decisión política en la Argentina a partir de las políticas de inclusión provisional y de moratoria, desde mediados de la década del 2000. Hacia diciembre de 2015 había más del 97% de cobertura previsional. Eso reparó algunas desigualdades, garantizando el acceso a prestaciones de salud y a los medicamentos, pero no fuimos lo suficientemente fuertes como para estar preparados para el avasallamiento de las políticas neoliberales del macrismo. Nos encontramos –en mi caso ejerciendo la profesión como trabajadora social– siendo testigos de los modos en que se fue arrancando cada uno de esos derechos. Las personas mayores en Argentina fueron despojadas del acceso a los medicamentos, de la continuidad de las políticas de inclusión previsional y del cambio en las lógicas de incremento de los haberes provisionales.

Frente a un contexto de pandemia, esto pone en evidencia la necesidad de pensar de qué manera ganar en institucionalidad pública para preservar, a las personas mayores en particular, pero a la clase trabajadora en general, frente a los avatares del neoliberalismo. Un neoliberalismo que está presente en el mundo, al que le hemos podido poner algunos frenos con estados más activos, pero debemos repensar de qué forma garantizamos ingresos a las trabajadoras, a los trabajadores y a la ciudadanía en general.

Cuando pensamos en los cuidados y en que las personas mayores viven en esa heterogeneidad, debemos reconocer que, si esas desigualdades no están sobre la mesa de discusión política, podemos llegar a profundizarlas, ampliando las brechas al acceso. Por ejemplo, una persona mayor que no accede al sistema de salud puede minimizar síntomas, y llegará a la atención en peores condiciones, y tal vez con menos margen de acción para los servicios de salud.

 

Géneros

Otra de las cuestiones relacionadas con la heterogeneidad está vinculada a los géneros. Quienes venimos desde hace tiempo trabajando en el campo gerontológico antes mirábamos en términos binarios. Nuestra mirada gerontológica estuvo enraizada en una mirada sexo-genérica binaria: pensábamos en viejos y en viejas.

Hoy la gerontología debe estar impregnada por las discusiones de géneros, por las discusiones feministas, sobre todo en un país que es progresista en el reconocimiento de los géneros, en el reconocimiento de la identidad de género, y en el reconocimiento de los derechos civiles. Estamos en un país que posibilita a las personas decidir a quién amar, que da la opción de casarse y acceder al reconocimiento estatal. Pero también necesitamos conocer si las diversidades encuentran en el sistema de salud las mismas respuestas que las personas heterosexuales. ¿Estamos alojando en los sistemas de cuidados a todas esas disidencias?

El género es un estructurador en nuestra subjetividad, por lo que debe estar presente en los análisis y en la producción de la política. Estamos formateados por el orden social, y ese modo de estar formateados, de estar prescriptos por el orden social, hace que nuestras trayectorias sean disímiles de acuerdo al género. Por ello emerge la necesidad de mirar cómo el discurso social, y en especial desde las agendas mediáticas, vuelven de manera patriarcal a nombrar a las personas mayores. Cuando en los medios de comunicación hablan de abuelos y de abuelas, lo que expresan es una forma única de pensar la plenitud de la vida. Se trata de una mirada patriarcal, que reconoce que cuando somos padres o madres –sus ejercicios– nos completamos. Consecuentemente, cuando somos personas mayores, ese ejercicio de la paternidad se configura en ejercicio de la abuelidad, y desde allí homogéneamente se pretende nombrar toda la experiencia de las personas mayores.

En 2001 Barberena advertía que, si tratamos de “jubilados” a todas las personas mayores, escondemos y colocamos en lugar de mayor opresión a quienes no tienen garantizado el ingreso. Hoy, si las nombramos como abuelos y abuelas, estamos imponiendo un único modo de vinculación y de construcción del lazo familiar, y no todas las personas mayores son padres o madres.

Otra cuestión que traen los discursos de género o los saberes de género tiene que ver con el reconocimiento de los saberes de las personas mayores. Estamos en un contexto mundial que coloca en un lugar venerado a la juventud, al menos en términos discursivos. Es una veneración a un cuerpo joven, sin arrugas, delgado, a una estética neoliberal que desplaza a las personas mayores en general, y especialmente a las féminas mayores. Quienes pertenecemos a los espacios académicos y científicos necesitamos pensar desde la ecología de saberes. Por ejemplo, las personas mayores están demostrando que tienen un repertorio de recursos mucho más amplios para afrontar la pandemia: el aislamiento físico no necesariamente es un aislamiento social. Estamos logrando enlazarnos con otros, y ese lazo vuelve a traer esta idea de que siempre nos construimos a partir de las miradas del otro. Las personas mayores esto lo saben con mucha más certeza que los más jóvenes.

Romper con el binarismo, romper con la idea de que el género solo es una cualidad más, y reconocer el saber de las personas mayores –especialmente de las mujeres mayores que llevan en sus cuerpos las marcas de la opresión patriarcal– es parte de ese reparar que entiendo que este tiempo de pandemia nos puede posibilitar.

 

Cuidados

Finalmente, con relación al cuidado: tiene que ver con tareas sutiles, con eso que las feministas y quienes hacen economía feminista del cuidado proponen pensar como la carga física y mental del cuidado. En la división de trabajo entre los géneros, las mujeres asumimos la responsabilidad del cuidado durante todas las edades, y también durante la vejez. Quienes estamos en mediana edad asumimos el cuidado de hijos e hijas y la mirada supervisada a mayores. Las mujeres mayores son las que mayoritariamente sostienen cuidados de sus compañeros o compañeras y el cuidado de nietos o nietas. Pero ese trabajo de cuidado, ese trabajo cotidiano persistente, no es validado socialmente. Hoy queda claro eso cuando las mujeres de mediana edad no podemos contar con abuelas que cuiden a sus nietas y nietos, cuando el teletrabajo irrumpe con intensidad e impone un continuum del trabajo: así se impone la mirada sobre la organización social y política de los cuidados.

Las mujeres que trabajan fuera de la casa asumen esa tarea y la doméstica. El aislamiento hace que ese cuidado sea continuado y sin pausa. Muchas mujeres mayores se ven afectadas por el aislamiento y por la exclusividad de cuidados.

Las personas mayores que requieren cuidados se encuentran con los espacios más débiles de los cuidados progresivos de atención. Si pensamos en la idea de progresividad de los cuidados, lo que vamos a encontrar es que se interrumpieron algunas asistencias en domicilio a través de cuidadores y cuidadoras informales. La mayoría de las cuidadoras son mujeres, y no todas las mujeres que se dedican al cuidado están pudiendo sostener sus proyectos de trabajo, porque muchas han asumido en sus casas el cuidado de hijos e hijas que están sosteniendo la escolaridad de manera distinta. También, quienes asistían a sistemas diurnos de cuidado, a dispositivos tales como centros de día o clubes de día, vieron interrumpida la asistencia. Se trata de una medida de salud pública, pero no todas esas personas están teniendo el acompañamiento virtual de manera responsable tal como lo necesitan. Además, las residencias para mayores resultan uno de los grandes problemas que tenemos: están altamente feminizadas en su planta de personal, y mercantilizadas.

Con lo mencionado, podemos afirmar que encontramos que muchas personas mayores han visto interrumpidos sus sistemas de apoyo. Además, con relación a los cuidados progresivos y especialmente a los sistemas de atención permanente, necesitamos mejorar los estándares de control estatal. Para eso es necesario que haya decisión política y desarrollo de capacidad técnica, algo que fue altamente desatendido durante el gobierno anterior en el que se puso bajo sospecha a los trabajadores estatales. El macrismo postulaba que éramos todos militantes, que no teníamos capacidad técnica. Quienes trabajamos en el espacio estatal tenemos saberes, y parte de ese repertorio está puesto en movimiento para el desarrollo de capacidades estatales que deben ser repuestas. Tienen que estar fuertemente enraizadas en nuestras estructuras jurídico-normativas, pero también en las prácticas sociales.

La pandemia nos coloca en un lugar de desacomodo, pero también es un buen momento para repensar de qué manera construimos los controles de residencias privadas, de qué manera constituimos autoridad en salud pública, para evitar el incremento de vulnerabilidades. Para esto el camino siempre es la alianza con los trabajadores y las trabajadoras.

 

Ideas

Por último, cruce entre vejez, género y cuidados también viene a advertir que no todas las personas mayores necesitan cuidados en los términos clásicos que la gerontología venía pensando los cuidados progresivos. Pero sí es cierto que, tanto las personas mayores, como las de mediana edad, jóvenes, niños, niñas o adolescentes, siempre necesitamos de la presencia del otro. La pandemia obliga al reconocimiento de nuestra interdependencia. Siempre necesitamos de otro: para que use tapabocas o barbijo, para que pregunte cómo estamos, cómo llevamos el aislamiento, qué nos está pasando, o que nos invite con algo para ser solidarios, creativos.

Hay mucho para aprender y para reconocer en esta interdependencia, y tal vez la pandemia sea la oportunidad de repensar el pacto intergeneracional, el pacto entre las clases sociales, y fundamentalmente el lugar del Estado en los sistemas de atención y protección a la salud. La regulación estatal debe ser repuesta, en alianza con los trabajadores y las trabajadoras, ampliando los saberes y los perfiles que hegemónicamente el sector salud puso en juego.

 

Bibliografía

Barberena M (2001): Adultos Mayores sin cobertura previsional en Argentina: de la negación de su visibilidad a la posibilidad de su construcción como problema social. Una mirada desde el Trabajo Social. Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo. https://www.margen.org/tesis/barberena.pdf.

Danel PM (2007): Las prestaciones de los geriátricos en la Provincia de Buenos Aires. El caso de los hogares de La Plata y Chascomús (período 2005-2006). Tesis de maestría.

Danel P y M Navarro, compiladoras (2019): La gerontología será feminista. Paraná, La Hendija.

Rodríguez Enríquez C (2018): “Organización social del cuidado y desigualdad: el rol del trabajo de las mujeres”. Programa Género y Universidad, UNR.

 

Paula Mara Danel es investigadora (CONICET/ IETSyS-UNLP).

[1] Este texto surge de reflexiones como trabajadora social. Durante más de 15 años trabajé en el control y la supervisión de residencias para mayores en la Provincia de Buenos Aires. Actualmente me desempeño como investigadora del CONICET, en el tema discapacidad y políticas sociales, así que comparto algunas cuestiones que creo fundamentales para producir una agenda pospandemia.

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