Pacto social, empleo y formación continua

Homero R. Saltalamacchia

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En un artículo anterior propusimos agregar la “F” (de Formación) en la fórmula “I+D+i” (Saltalamacchia y Mundt, 2018). Pues, sola, esta fórmula limita la innovación a las prácticas de una elite, especializada en la investigación. Mientras que la Formación: a) mejora las habilidades laborales y socioculturales de la población; b) facilita la innovación, particularmente aquella “basada en el uso”; y c) incrementa las capacidades ciudadanas para controlar el futuro de dichos cambios. Estas tareas requieren de instituciones como las Universidades públicas u organizaciones comunitarias, pues ellas son capaces de producir ciudadanos creadores y trabajadores idóneos –sin que dicha formación esté subordinada a los intereses particulares e inmediatos de ninguna corporación, lo que le haría perder la potencialidad de enfrentar cambiantes situaciones novedosas en tiempo y lugar. En este artículo retomo un asunto relacionado con aquel en el contexto de los desafíos que nos impone la época y algunas ideas parciales respecto al modo de enfrentar la reconstrucción nacional en el campo de las instituciones de educación superior.

Según la bibliografía estudiada, entre los rasgos atribuidos a la vida social en la actualidad se ubican los siguientes: a) importancia del procesamiento de la información y de la creación de nuevos conocimientos; b) predominio relativo del “saber hacer”, del “conocimiento tácito” y del “capital intangible” sobre el saber teórico, el saber codificado y el capital tangible; c) capacidad de trabajo en redes; d) capacidad trabajo interdisciplinario tendiente a la innovación; e) capacidad de autogestión. Estos atributos implican la necesidad de trabajadores capaces de: captar los rasgos principales del desafío impuesto por la competencia o por dificultades científico-tecnológicas; aprender constantemente para mejorar esas capacidades; trabajar en forma interdisciplinaria; tomar decisiones basadas en esos conocimientos. En nuestras condiciones actuales, la reconstrucción en el campo educativo implica un pacto horizontal y vertical (Saltalamacchia, 2019), en el que pongamos en acto todas nuestras capacidades creativas con el propósito de recuperar lo que hemos perdido y hacerlo de modo tal que, en cambio de ser una restitución, sea una superación de nosotros mismos. La universidad no puede quedar fuera de esa epopeya.

 

Introducción

En un artículo anterior propusimos agregar la F de Formación a la fórmula I+D+i. Una de nuestras razones fue que esta fórmula limita el campo de la innovación a las prácticas de una elite, especializada en la investigación, pública o privada. Elite que, además de no siempre ser consciente de su situación privilegiada –que la aleja muchas veces de las necesidades nacionales para comprometerse con comunidades científicas de los países dominantes– también es forzada por una organización institucional que, por su compartimentación, obliga a desperdigar esfuerzos. Ello no facilita la multidisciplinariedad ni el trabajo en equipo –de una o varias instituciones– en proyectos comunes de formación, investigación e intervención combinadas. Por dicha razón, teniendo en cuenta la necesidad de crear sistemas institucionales coordinados –incluso integrados– vale alegar que, en esos circuitos, la Formación es un momento indispensable en la capacitación de investigadores de todas las profesiones. Para: a) mejorar la capacidad laboral y sociocultural de la población; b) hacer posible la innovación basada en el uso –rompiendo, en parte, el monopolio de las capacidades de innovación que poseen las empresas más concentradas–; y c) incrementar las capacidades ciudadanas para controlar el futuro de dichos cambios. Cabe subrayar que, gracias a gobiernos peronistas, la enseñanza universitaria se expandió a amplios sectores de la población, y en un amplio territorio, cuya población –trabajadores que estudian–, no hubiese podido acceder a la universidad por impedimentos témporo-espaciales. Actualmente, las nuevas tecnologías –sobre todo contando con esa infraestructura espacial– puede ampliar aún más el espectro de personas de distintas edades mediante combinaciones creativas entre lo presencial y lo virtual. Tarea que los gobiernos kirchneristas iniciaron, mediante la distribución de notebooks y la ampliación de la red de fibra óptica. Intento al que debemos volver. Ingeniándonos para maximizar la utilización de los recursos escasos que tendremos durante muchos años. Lo que puede conseguirse abriendo el campo a la creatividad de todos aquellos que se sientan impulsados a participar en los distintos desafíos que la época nos impone como argentinos. Lo que, al mismo tiempo, es una forma óptima de insertarnos en la sociedad del conocimiento. Ya que, de ese modo, se ensaya el espíritu creativo, y un modo de saber hacer indispensable para adueñarnos de las nuevas tecnologías: de su uso e invención (Aigrain, 2011, 2012). Pues los nuevos desafíos requieren que, quienes ya gozan de empleo –o los pierden por falta de alguna capacidad aggiornata– puedan adquirir los conocimientos que les son necesarios. Y hacerlo dentro de un ámbito, como el de las universidades públicas –en forma presencial o no, en sus diversos grados y formatos–, que son las más capaces de transmitir esas novedades. Y hacerlo interpelándolos como ciudadanos que deben ponerse al día con los nuevos saberes. Pero conscientes de sus debilidades y fortalezas, en un ambiente en el que la ética esté siempre presente, particularmente en cuanto a los riesgos ambientales.

Sociedad del conocimiento

Eduardo Bueno, quien lidera el estudio sobre sociedad del conocimiento en España, reproduce varias definiciones sobre lo que suele denominarse sociedad del conocimiento:

  1. “Una sociedad en la que primero adquirió primacía el conocimiento teórico sobre el empírico” (Bell, 1976).
  2. “Una sociedad que trabaja en red y procesa gran cantidad de información, gracias a las tecnologías de la información y las comunicaciones” (Bueno, 1997).
  3. “Una sociedad cuya convergencia tecnológica se extiende cada vez más hacia una interdependencia creciente de las revoluciones de la biología y la microelectrónica, tanto desde la perspectiva material como metodológica” (Castells, 2000).
  4. “Una sociedad que viene protagonizando un espiral creciente de nuevos conocimientos” (Ikujirō Nonaka y Takeuchi, 1999).
  5. “Una sociedad que ha pasado a la creación y gestión del conocimiento, especialmente del tácito sobre el explícito” (Ikujirō Nonaka, 2007).
  6. “Una sociedad en que el valor en la economía se crea básicamente con recursos intangibles, basados en conocimiento en acción” (Bueno, 1997).
  7. “Una sociedad en la que los ejes que construyen su estructura y comportamiento se basan en el conocimiento, en todas sus dimensiones, en el talento y en la imaginación” (Bueno, 2001: 4).

En suma, entre los rasgos principales atribuidos a esta nueva etapa de la vida social se incluyen: a) trabajo en red, b) procesamiento de gran cantidad de información, c) interdependencia creciente de las revoluciones en la biología y en la microelectrónica, tanto desde la perspectiva material como metodológica, d) intensa creación y gestión del conocimiento, especialmente del tácito sobre el explícito y e) el valor en la economía se crea básicamente con recursos intangibles, basados en conocimiento en acción.

La peculiaridad de esas y de otras caracterizaciones por el estilo es que enfatizan en las trasformaciones del saber −y de la práctica que ese saber produce− observándolos, solamente, desde el punto de vista de la división técnica del trabajo. Sin hacer referencia a la división social que generan las diferentes relaciones de propiedad y posesión −o control− sobre dichos desarrollos científico-técnicos; provocando una distribución muy desigual de las riquezas entre diferentes países y estratos de la población. Relación entre cambios científico-tecnológicos y división social del trabajo de los cuales ya tenemos experiencia en lo que va del siglo pasado y de este siglo.

Apuntes sobre la apropiación del saber en la historia reciente

Es imposible hablar del Fordismo y el Taylorismo sin recordar la película “Tiempos Modernos” y al “Ford T”: que fuesen símbolos de la cadena de montaje, una forma de organización del trabajo y una modalidad de organizar la circulación y venta de mercaderías. Gracias a esos cambios, impulsados por Frederick Winslow Taylor, los saberes de los oficios fueron incorporados a la máquina, de modo tal que sus ritmos controlaban los tiempos de trabajo y la optimización en el uso de la energía laboral. Mientras que los progresos en las conquistas salariales permitieron la creación de un mercado interno capaz de absorber la producción masiva –el “jean” es un ícono de ese tipo de producto. Con esos cambios, Taylor y sus continuadores hicieron lugar a la aplicación productiva de la psicología y la sociología organizacional. Cambios a los que también contribuyeron Elton Mayo (2003) –quien dirigió los experimentos en la Western Electric Company con el propósito de determinar qué relación podía encontrarse entre la satisfacción en el trabajo y la eficiencia de los obreros[1]–; y C. I. Barnard (1971) –quien impulsó la optimización de los procesos administrativos basándose en su experiencia en una empresa de telefonía. Intervenciones clásicas que culminaron con los aportes de Herbert Simon, quien definitivamente sentó las bases de una nueva teoría de la organización y de la toma de decisiones (Aguilar, 2009)[2]. Con una novedad: estos cambios dieron lugar a nuevas formas de utilizar los “bio-saberes”, que hicieron más estrecho el control sobre los diferentes estratos de empleados y ciudadanos (Foucault, 1979, 1988, 2001).

Toyotismo

El desarrollo posterior de las teorías sobre la empresa y la productividad tomó un peculiar impulso en Japón. En dicho país se dio un nuevo uso a las ciencias “de la vida”, incrementándose la importancia del capital humano, diluyéndose las diferencias temporales y físicas entre los lugares de trabajo y de reproducción de la vida –descanso, alimentación, etcétera– y cambiándose la composición de las formas del capital, que pasó del predominio de lo tangible a lo intangible.

Nonaka y Tankeuchi

Según Micklethwait y Wooldridge (1997), después de su rendición, Japón no podía permitirse el lujo de desperdiciar materias primas escasas produciendo productos desechables o maquinarias de poca duración, como lo hacían los países occidentales. Por otra parte, era un país en el que los hábitos culturales, aunque permitían largas jornadas de trabajo, aseguraban a los obreros empleo de por vida; y en el que, debido a sus pérdidas humanas, no existía mano de obra vacante. Esto facilitó una oleada de disturbios que impulsaron a los dirigentes empresariales a buscar nuevas formas de productividad. En ese contexto, según Lovera Aguilar (2009:186), el trabajo de Nonaka y Takeuchi tuvo especial aceptación y Toyota se convirtió en un ejemplo de innovación. Entre sus ventajas comparativas se pueden enumerar tres, correspondientes a rasgos opuestos al catecismo taylorista, pues se facultaba a que los trabajadores pudiesen:

  • Captar la esencia de las situaciones –es decir, autorizarlos a pensar creativamente.
  • Crear contextos de aprendizaje.
  • Ejercer poder para unir a las personas en función de un objetivo común.
  • Fomentar en otros el desarrollo de la sabiduría práctica a través del aprendizaje y la orientación de monitores con mayor experiencia en cualquiera de las tareas[3].
  • Evaluar y juzgar lo que es bueno, tanto para sus empresas como para la sociedad y el universo.

Ese regreso al reconocimiento de los saberes de los obreros fue el eje de lo que sería la nueva etapa capitalista. Sin embargo, ello no se produjo de manera homogénea pues, al mismo tiempo, la paulatina generación de las nuevas tecnologías de la comunicación y del procesamiento masivo de información hicieron posible que las empresas se deslocalizaran, buscando ventajas comparativas en el costo y calidad de la mano de obra. Se produjo así un tipo de división internacional del trabajo en la que países como el nuestro fueron ubicados en el rol de proveedores de materias primas. Situación a la que Cambiemos contribuyó haciendo muy difíciles las actuales tareas de una reconstrucción nacional que nos ubique en otro lugar, debido a la destrucción del sistema científico y tecnológico cuya profundidad mostró Stefani en trabajos recientes (2017, 2018).

Conocimiento tácito y conocimiento codificado

Olvidando el determinismo tecnológico de casi toda la retórica sobre “sociedad del conocimiento”, vale aceptar la distinción que dicha literatura establece entre tres etapas que se reconocen en la creación cognitiva: a) el procesamiento de datos[4] convirtiéndolos en información; b) el aprendizaje de esa información y c) el saber hacer, que permite lograr el producto (Bueno, 1999: 5). Cada uno de esos pasos requiere de habilidades y tecnologías distintas, que concluyen en la aparición de empresas inteligentes capaces de liberar nuevas energías productivas, gracias al aporte intelectual de sus trabajadores (Bueno, 1999: 5). Esa fue una de las grandes novedades, pues concedió peculiar atención al papel del saber tácito[5] y a los capitales intangibles. De tal modo que ellos, junto al saber codificado y los capitales tangibles (Bueno, 2002: 13) pasaron a constituirse en el activo de las empresas. Con una peculiaridad que no siempre es destacada en los enfoques más comunes: que el saber del que hoy hablamos es un saber que nadie puede producir aisladamente, sino en amplísimas redes que contribuyen a él de diferentes modos, tal como lo demostró la cultura hacker en su momento (Himanen, 2002).

La explicación tecnologista: ciencia, tecnología y modernización

Pese a sus aportes, la literatura más frecuente comparte un agudo –e ideológicamente producido– reduccionismo científico-tecnológico. Esa es la razón por la que se refieren al lugar del conocimiento sin indagar cuáles han sido las razones por las que se impulsaron ciertas investigaciones y luego se decidió o no incorporar sus productos en el proceso empresarial. Reduccionismo que ignora cuál es el aporte de las relaciones de fuerzas que se producen en el mercado de trabajo y en el de mercancías) que obligan a las empresas a innovar con el propósito de incrementar su productividad y triunfar en la competencia (Aiken, 2015; George, 2015; Quiroz, 2011; Sader & Gentili, 2005). Esta ideología puede sintetizarse en la siguiente frase de Dominique Foray y Paul A. David (2002: 472), quienes coinciden con Domínguez Alfonso (2009) al afirmar que: “La llamada Sociedad de la Información (…). Viene impulsada por el avance científico y los intereses globalizadores económicos y culturales existentes en la sociedad actual”.[6] Lo que, según Eduardo Bueno (1999: 1), permite comprender que los principales conceptos de la nueva etapa sean: “capital humano”, “capital intelectual”, “activos intangibles”, “proceso de aprendizaje”, “organización inteligente”, “aprendizaje organizativo”, “conocimiento explícito”, “conocimiento tácito”, “economía del conocimiento” y “gestión del conocimiento” y que todos valoricen al: “capital intangible que posee y desarrolla la sociedad, las organizaciones o las empresas”.

El reduccionismo aludido impide diagnosticar algunas de esas dificultades que deberemos enfrentar en la reconstrucción argentina. Pues si bien todos coincidimos en la necesidad de poner nuevamente en marcha el sistema científico tecnológico que el gobierno debilitó, no lograremos hacerlo si no comprendemos cuál es el campo de relaciones de fuerzas en el que deberemos vencer para asegurar dicho desarrollo. Ya que, si bien podremos contar con la colaboración de científicos de diferentes países, nos toparemos con el boicot de aquellas organizaciones corporativas trasnacionales que apostaron a que nuestro país fuese un exclusivo cantero de materias primas. Sabiendo que, tal como predecía JK Galbraith en El nuevo estado industrial (1967), las grandes corporaciones se han convertido en unas entidades políticas y económicas de un poder tal que son capaces de colonizar los estados naciones (desde sus cúpulas gubernamentales y sus burocracias) o de condicionar las políticas de los gobiernos que no les responden mediante políticas de inversión que les permitan crear una división internacional del trabajo que les sea favorable.

 

 

Centros de investigación y de investigadores en el mundo

Como es posible notar en el gráfico 1, entre 2006 y 2011, los grandes bloques económicos estaban cerca, o sobrepasaron, el promedio general de inversión en investigación científico-tecnológica dependiente de sus grandes empresas. Mientras que la distribución de investigadores por millón de habitantes es sumamente desigual[7]. Razón por la cual no sorprende que el mayor número de patentes tríadicas[8] se agrupe en pocos países: Estados Unidos de Norteamérica reúne entre el 29,5 % y el 31 % de patentes tríadicas; la Unión Europea entre el 31,0 % y el 29,6 % y Japón entre el 30,0 y el 29,6 %. Este es un dato importante porque las patentes son la forma privilegiada de la apropiación del saber colectivo por parte de las empresas; y ello es coherente con la concentración de los profesionales dedicados a la concepción o creación de nuevos conocimientos. Desigualdad confirmada en el texto de Joan-Eugeni Sánchez (2008: 8), en el que dicho autor muestra cómo se distribuyen en el mundo las 500 mayores empresas entre los años 1996 y 2006 (con datos tomados de Forbes); lo que permite comprobar la total coincidencia que existe entre los grandes bloques geopolíticos –Estados Unidos, Unión Europea, Japón, Corea y China– y la concentración de las casas matrices de las grandes trasnacionales.

Es crucial tener en cuenta lo desfavorable de esta relación de fuerzas geopolíticas. Pues, para cambiar nuestra situación nacional deberemos ser capaces de construir una voluntad colectiva capaz de oponérsele. Tarea para la cual el pacto social es indispensable. Y debe ser un instrumento cuidadosamente cultivado por todos aquellos que, desde cada una de nuestras posiciones y capacidades, nos propongamos reconstruir nuestro sistema científico-tecnológico. Esfuerzo al que debemos convocar a la inteligencia de todos quienes puedan aportar algo en ese sentido; alentando esa participación por sobre toda mezquindad burocrática que intente privilegiar el secreto burocrático como forma de dominación particularista.

Concentración y centralización

Contra todo reduccionismo, no son ni la ciencia ni la tecnología las que conducen hacia el desarrollo desigual o hacia la enorme concentración de riquezas mundiales denunciadas por tantos autores (Fuentes-Nieva & Galasso, 2014; Piketty, 2014; George, 2014; Hardoon, Ayele, y Fuentes-Nieva, 2016). Por el contrario, como muchos otros investigadores, ellos han confirmado que esa enorme concentración de riquezas es el correlato de una inédita concentración de la propiedad y de la posesión (control efectivo) de los principales resortes de dirección de un conjunto pequeño de trasnacionales (Cárdenas, 2014), que asciende a 146 grupos que concentran el 80 % de los ingresos operativos (Glattfelder, Vitali & Battiston, 2011). Esta concentración de riquezas va acompañada (o, mejor dicho, es producida) por la vertiginosa subordinación de las sociedades a la expansión del capitalismo corporativo. Razón por la que cobra tanta importancia la ya propuesta integración de la F en la fórmula I+D+i, como parte del círculo virtuoso de la modernización, pues ello hará posible las innovaciones en “el uso” de las tecnologías (Cardon, 2005), a cargo de trabajadores diestros, peculiarmente en las pequeñas y medianas empresas.

Capitalismo cognitivo

Como se sabe, el estudio de los orígenes del capitalismo europeo fue objeto del capítulo “La acumulación originaria del capital”, de Carlos Marx (2008). En esos estudios, el autor de El capital encontró una creciente subordinación de la vida social y productiva al capital a la que dio el nombre de subsunción. En una primera etapa, aquellos que eran contratados poseían un saber del oficio que les proporcionaba una gran capacidad de negociación de su contrato de trabajo; dicho saber les atribuía cierta capacidad de negociación salarial; por eso, Marx denominó a esta etapa “subsunción formal del trabajo en el capital”. Pero luego de esa primera etapa de institución de la empresa capitalista, estimulados por la necesidad de triunfar en el mercado reduciendo costos, los empresarios invirtieron en máquinas que hicieron menos indispensable la calificación de los artesanos. El “fordismo-taylorismo” fue la culminación de esa etapa[9]. A partir de entonces: “las fuerzas productivas del trabajo directamente social, socializado –colectivizado– merced a la cooperación, a la división del trabajo, a la aplicación de la maquinaria y en general a la transformación del proceso productivo en aplicación consciente de las ciencias naturales (…) y de la tecnología” (Marx, 1997: 59).

Incorporación de factores científico-técnicos que hicieron posible un efecto mistificador del que aún no nos hemos liberado: “este desarrollo de la fuerza productiva del trabajo objetivado, por oposición a la actividad laboral más o menos aislada de los individuos dispersos (…) se presenta como fuerza productiva del capital[10] (…). La mistificación implícita en la relación capitalista en general se desarrolla ahora mucho más de lo que se había y se hubiera podido desarrollar en el caso de la subsunción puramente formal del trabajo al capital. Por lo demás, es aquí donde el significado histórico de la producción capitalista surge por primera vez de manera palmaria (específica)” (Marx, 1997: 59-60).

A esa subordinación Marx la denominó subsunción real. Concepto retomado por Michael Hardt y Antonio Negri (2000) y otros autores, quienes lo extienden a toda la vida social.

Con la descalificación del obrero que acompañó a la subsunción real del obrero en el capital, estos se transformaron en piezas sustituibles, lo que dio lugar a la emergencia de los sindicatos, para defenderse de manera conjunta, controlando el mercado de trabajo. Se produjo así un nuevo recurso de poder que permitió incrementar los salarios, lo que a su vez permitió ampliaciones del mercado para las mercancías que ahora salían en inmensas cantidades de las fábricas maquinizadas. Luego, la innovación keynesiana, que permitió superar las crisis de la primera mitad del siglo pasado, incluyó a la organización sindical y al aumento del consumo como una de las bases de su arquitectura. Con ella, se abrieron paso los años dorados del estado de bienestar que, aproximadamente, vivimos hasta los años sesenta. Años en que la creciente incorporación de nuevas tecnologías de la comunicación permitió una mayor movilidad del capital y una creciente automatización de los procesos empresariales. Entonces se hizo viable la deslocalización y la terciarización –produciendo un descalabro de las fuerzas sindicalizadas– y el uso de paraísos fiscales, que desfinanciaron a los estados. Transformaciones que es indispensable tener en cuenta, pues impiden retornar al estado keynesiano, debido a la creciente debilidad de los estados nacionales.

En todo caso, esa fortaleza estatal –que, por ahora, es el único medio de defensa popular ante el poder corporativo trasnacional– puede ser recuperada –al menos parcialmente– mediante la organización y la participación activa de todas las organizaciones sociales que forman parte del estado-nación; coordinadas y complementadas, mas no reemplazadas, por las burocracias gubernamentales y los órganos representativos republicanos. Reforzamiento que, al mismo tiempo, será totalmente insuficiente si a ello no se suman amplias alianzas con organizaciones públicas y privadas de otros estados nacionales; pues el enemigo no se instala dentro de ninguna frontera, sino que hace de ellas un obstáculo que suelen burlar, constituyendo una verdadera internacional del capital más concentrado: el famoso 1%.

El pacto social que propone el Frente de Todes es un componente principal de estas formas institucionales y debe ser replicado en cada provincia y municipio, ligando a todas las instituciones populares en un esfuerzo que no puede menos que ser mancomunado y creativamente organizado. Pues al mismo tiempo es cierto que, si bien el capitalismo cognitivo es lo predominante a nivel mundial –en oriente y occidente–, ello no implica que tenga formas iguales de estructuración.

En muchos países −como la Argentina− la relación salarial –propia de la etapa fordista– se mantiene en amplios sectores de la vida social y productiva −si bien aún es acompañada por diversos tipos de terciarización y precarización laboral de viejo y nuevo tipo. Con estas, de nuevo tipo, los trabajadores se convierten en autónomos, ganando más en lo inmediato, pero debiendo hacerse cargo de financiar su propia seguridad –salud, vejez, etcétera. Modos indeseables, pero al que es necesario atender, ya que, en la lucha por la hegemonía, esas nuevas formas de contratación se empalman con el individualismo ancestral de nuestras culturas para hacernos creer que ellas son parte de un proceso de posible de ascenso social y de libre uso de la propia creatividad y libre albedrio. Belo ideológico que actualmente les impide percibir, a muchos jóvenes, que esas modalidades de contratación, junto a la incorporación de las nuevas tecnologías –computadoras y los teléfonos celulares, algoritmos que predicen conductas y organizan desplazamientos de personal y mercancías, etcétera– pasan a convertir en horario laboral sus vidas completas; convirtiendo sus energías y saberes en fuerza productiva de la empresa; incluso en horarios de entretenimiento –y de otras formas de consumo– en los que además de consumir servicios y otras mercaderías, colaboran en l control laboral de otros trabajadores y en la producción de perfiles de consumo, que son también convertidos en capital empresarial de los más ricos (Pagura, 2009: 39-41)[11]. Esa generalización permite, hoy, hablar de una verdadera “subsunción real de la vida al capital”; pues éste controla al trabajador en todos los momentos de su existencia.

Así, retomando lo ya dicho antes, en esta fase de la subsunción, la ciencia se transforma en un elemento activo del proceso y es poco lo que no queda subordinado a la lógica y necesidades de la producción capitalista; borrando, incluso, las líneas que separaban las tareas de concepción de las tareas de ejecución (Coriat 1993; 2001).

De tal modo que, podría decirse, la administración desciende al ámbito productivo, operándose una metamorfosis en la división del trabajo; que es el entorno en el cual se plantean las necesidades y condiciones que debemos tener en cuenta cuando hablemos de las tareas de Formación de la fuerza de trabajo en todos sus aspectos.

 

Gestión del conocimiento, innovación y competencia

Dentro de las perspectivas halagüeñas sobre la sociedad del conocimiento suele señalarse que, en la nueva sociedad, “los trabajadores del conocimiento serían quienes con su actividad se ocupan de agregar valor al conocimiento que reciben como insumo” (Montuschi, 2001: 4). Dicha afirmación ignora los antes esbozados efectos de la división social del trabajo y de las nuevas tecnologías, que hacen del saber una producción colectiva (Domínguez Alfonso, 2009: 1) alienada al capital. De modo que la creación y la innovación son productos del “intelecto general”, aunque luego será apropiado en forma privada (Boisier, 2001; Bollier, 2011; Helfriche, 2011; Rey, 2011; Sultan, 2011), particularmente, mediante diversos modos de patentamiento.

Los autores italianos que desarrollaron la noción marxiana de “intelecto general” son quienes más han avanzado en la reflexión sobre la subsunción real. En esta línea, y reinterpretando el célebre “fragmento sobre las máquinas” de los Grundrisses (Marx, 2007), Paolo Virno (2003) señala que, en el posfordismo: “la ciencia, la información, el saber en general y la comunicación lingüística se presentan como el pilar central que sostiene la producción y la riqueza, y no ya el tiempo de trabajo”. No obstante, lejos del anunciado “fin de la sociedad del trabajo”, la consecuencia de ello es una mayor hibridación entre trabajo y vida. Esto nos permite comprender hasta qué punto, en el mismo momento en que los trabajadores creen lograr su máxima autonomía –como empresarios, capaces de administrar su jornada laboral– llegan al máximo de la explotación[12]. Aunque, debido a la conocida influencia de los diversos medios de formación de opinión, éste deberá ser un tema recurrente en nuestras discusiones tendientes a conformar el antes aludido pacto social por la reconstrucción nacional.

 

Salir del atolladero

Es muy posible que ni Mandrake tenga idea cabal de cómo salir del atolladero, –aunque utopías y distopias provean de imágenes posibles de nuestro futuro– incluso hoy, cuando adolescentes y jóvenes asumen un impensado protagonismo en defensa de su propio futuro y del futuro de la vida humana sobre el planeta[13]. Aunque al mismo tiempo en verdad, que son esas manifestaciones juveniles las que nos pueden brindar confianza. Del mismo modo que el entusiasmo con el que, en nuestra patria, tantos somos quienes asumimos el desafío de la reconstrucción argentina –luego del más rápido y destructivo de los aplastantes movimientos neoliberales sufridos por nuestro país y nuestra región.

En esa dirección, aquellos que participamos de la vida universitaria y que reunimos experiencias internas e internacionales de lo más variadas debemos tomar muy seriamente la tarea de movilizar nuestras capacidades de manera generosa para realizar los cambios indispensables, en una estructura educativa con grandes potencialidades, pero también con indeseables rasgos de rigidez y de vetustez, que la hacen inadecuada para auto proyectarse en la nueva época.

Para conseguir esos cambios no basta con que un congreso de los más sabios sobre el tema se reúna para diagnosticar el qué, el cómo, el modo y el momento de esos cambios. Ello por dos razones. La primera es que el saber que necesitamos es un saber que se va construyendo en el hacer cotidiano y que no puede precederlo ya que el rasgo de la época es, tal como se sabe, el de una rapidez en la que es difícil saber qué es lo que se debe sostener como válido y deseable de nuestros conocimientos e instituciones y qué es lo que debe ser cambiado. La segunda razón, tanto o más poderosa que la primera, es que solamente se aprende haciendo, que solo se comprende participando y que solo se hacen esfuerzos inteligentes cuando se ha participado en la construcción de un saber cuya aplicación ha de acarrear cambios en las identidades –formas de ser y hacer– de quienes participan de la amplia y diversa institución que denominamos universidad o sistema educativo en general.

Por eso, es muy insuficiente con enumerar programáticamente qué es lo que hace falta. Lo sabemos. Nos hace falta todo de todo. Salvo talentos, si es que sabemos motivarlos. Entre todo lo que hace falta, sabemos o deberíamos saber que lo primero que nos faltará es el financiamiento adecuado.

Por ello, no solamente los miembros de las instituciones educativas deberemos sacrificar montos salariales adecuados a nuestra formación académica –sobre todo si comparamos nuestros ingresos con los de otros países. También deberemos ingeniarnos para hacer cosas maravillosas casi sin recursos. Por ende, nuestro programa no debe sustentarse en una serie de promesas sino en una propuesta que convoque mentes generosas, cuyo pago será el del orgullo de haber podido hacer de un modo que otros no saben, no se han animado o no han necesitado hacer. La insuficiencia es buena maestra cuando se convocan epopeyas para superar sus límites.

Cualquiera que haya conocido otras universidades en otros países sabe que el viejo prestigio que acompañaba nuestras formaciones no sigue estándares tan altos como los que teníamos en otras épocas. Al menos, es lo que experimenté en México o en Brasil. Pero no en un aspecto que hoy es fundamental. Nuestro sistema universitario es mucho menos elitista que el de esos dos países.

Gracias al peronismo –incluso al de Menem– se ha creado un rosario de universidades que forman trabajadores que estudian y algunos estudiantes que trabajan o solamente estudian. El arte es convertir es debilidad en fortaleza. Investigando sobre alumnos y profesores de la UNTREF he confirmado una intuición que, en su momento, era el resultado de mis experiencias personales más que de un estudio más generalizado –aunque sin duda no necesariamente generalizable. La intuición era que, si en el proceso de enseñanza aprendizaje, los profesores incentivábamos la conexión entre sus experiencias laborales y los temas que estábamos viendo en clase, la experiencia daba al aprendizaje un matiz diferente. Permitía que el estudiante pudiese fertilizar el aprendizaje con ejemplos de su vida y fertilizar su presente laboral con algunas de las cosas que aprendía en la universidad[14].

Es cierto que en muchas carreras universitarias falta esa indispensable experiencia que a los médicos les da el paso por la Residencia. No es fácil homologar ese método en muchas carreras. Pero el traer las experiencias laborales al aula puede servir de precario, aunque importante reemplazo. Mientras que, desde otro ángulo, la educación continuada, que supone estudiantes que están trabajando y vuelven a la universidad para obtener ciertos saberes específicos, puede completar el panorama al respecto –tal como pueden corroborarlo aquellos estudiantes que se reinscriben. Razón por la cual la medida de éxito ubicada en la terminación en “tiempos teóricos” de cada carrera me parece absolutamente inadecuada, anacrónica y clasista. Del mismo modo que merecen los mismos calificativos las preocupaciones por la “deserción”. Cada estudiante de primera generación de universitarios dentro de su familia cambia su perspectiva del mundo y su apertura a nuevas experiencias educativas cuando rompe con el tabú de las escaleras que suelen decirles, en algunos edificios universitarios, que el saber pertenece a aquellos que están en las alturas.

Distancias y nuevas tecnologías

Lo sabemos, el mundo se está superpoblando. La mancha urbana se hace cada día más amplia. Las distancias aún no han sido suprimidas adecuadamente con transportes urbanos que supriman esa distancia –para ir de compras, para ir al trabajo, para ir a los centros de estudio. Y, por supuesto, hacen que nuestras horas de transporte se incrementen exponencialmente dado que debemos hacer las tres cosas en el término de semanas que no incrementaron el número de sus horas.

Por eso el éxito de las plataformas virtuales. Por lo que debemos encontrar fórmulas de educación a distancia que sean asumidas por el estado mediante sistemas de becas que permitan subvencionar a aquellos que las utilizan productivamente. También debemos dedicar muchas horas a incentivar que profesores y alumnos aprendamos a utilizar sea los programas de código abierto sea los otros, a los que tenemos acceso de algún modo, para aprender a enseñar y estudiar a distancia o mediante combinaciones diversas de lo virtual y lo presencial. Hay profesores que lo están haciendo por fuerza de voluntad y vocación. A ellos debemos dirigirnos para incluirlos en la epopeya de salir de un atraso que condenará a nuestro país y a las futuras generaciones a una división internacional del trabajo neoliberal que debemos combatir.

Conclusión

Según la bibliografía estudiada, entre los rasgos atribuidos a la vida social en la actualidad se ubica los siguientes: a) la importancia del procesamiento de la información y de la creación de nuevos conocimientos; b) el predominio relativo del saber hacer, del conocimiento tácito y del capital intangible sobre el saber teórico, el saber codificado y el capital tangible; c) la capacidad de trabajo en redes; d) la capacidad trabajo interdisciplinario tendiente a la innovación; e) capacidad de autogestión. Rasgos que implican la necesidad de trabajadores capaces de: captar los rasgos principales del desafío impuesto por la competencia o por dificultades científico-tecnológicas; aprender constantemente para mejorar esas capacidades; trabajar en forma interdisciplinaria; tomar decisiones basadas en esos conocimientos.

Lo que hasta hoy estudié muestra que existen lugares en la Argentina actual en que dichas capacidades se cultivan en forma activa. Por eso, creo que nuestro programa debe asumir con audacia una idea: el pacto social −al que Cristina y Alberto nos convocan y en cuya necesidad todos coincidimos− debe ser no solo vertical –de las cumbres sindicales o empresariales y del gobierno hacia abajo. Sino un pacto que todos impulsemos en cada rincón de nuestro país y en cada clase de ciudadanos compañeros con los que estemos en contacto en nuestras actividades cotidianas. En esos pactos horizontales y verticales debemos estimular la creatividad mediante la integración del saber teórico y el práctico para estar a la altura de lo que la reconstrucción nacional exige, en la época del capitalismo cognitivo.

 

Bibliografía

Aguilar MIL (2009): La organización creadora de conocimiento: una perspectiva teórica. Omnia, 15(2), 178-193.

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Homero R. Saltalamacchia es doctor en Ciencia Política, profesor e investigador de UNTREF.

[1] Haciéndolo demostró que factores sociales como la moral, el sentimiento de pertenencia a un grupo de trabajo y las habilidades interpersonales son necesarias para incrementar los índices productivos.

[2] Repaso muy esquemático de una época que, sin embargo, permite reconocer que las ciencias humanas puestas al servicio de la empresa capitalista no es patrimonio exclusivo de la época actual (Aguilar, 2009:183).

[3] Un ejemplo de esas ideas se puede encontrar en la siguiente exposición de Jaime Perujo (2017).

[4] Es frecuente la idea empirista sobre los datos, presuponiendo que existen antes de ser conceptualizados, En todo caso, se puede decir que los datos son reclasificados y relacionados para convertirlos en información.

[5] Con este reconocimiento tomó especial importancia el trabajo de (Polanyi, 1966)

[6] Idea compartida por muchos otros autores, como Bozu y Canto Herrera (2009), Domínguez Alfonso (2001) o Fernando Chaparro (2001b), quien sostiene que, si en cada época histórica hay principios organizadores del comportamiento humano: “Ese es el papel que el conocimiento desempeña en el mundo en este inicio del siglo XXI”. Entendiendo, como Jaramillo y Forero (2001), que el capital intelectual es conocimiento distribuido entre los miembros de una organización.

[7] Los datos se expresan en equivalentes a tiempo completo (FTE), que son una medida del volumen real de los recursos humanos dedicados a la investigación y el desarrollo (I+D). Sin embargo, es importante notar al interpretar los datos que los recuentos HC fueron utilizados para los países donde las cifras de FTE no estaban disponibles.

[8] Según la definición de la OCDE, una familia de patentes tríadicas tiene, al menos, los siguientes miembros: 1) una solicitud de patente europea (documento de patente EP-A); 2) una solicitud de patente japonesa (documento de patente JP-A): 3) una concesión de patente de los Estados Unidos (documento de patente US-B).

[9] Aunque el “fetichismo del capital” que permite que el capital, en la economía hegemónica, no sea considerado una relación social sino una “cosa”, que parece auto valorizarse con independencia del trabajo vivo.

[10] Esa es la forma en que la literatura sobre la sociedad del conocimiento sigue entendiendo al capital, ahora casi completamente socializado.

[11] La “libertad” que ofrece el emprendedorismo se ve así transformada en una modalidad de trabajo que (salvo excepciones a las que luego nos referiremos) hace que esos pequeños empresarios, trabajadores que destinan cada momento de sus vidas a la producción de bienes o servicios, dentro del engranaje global de la actividad social, que es a su vez, económica. Lo que torna extraña a la moderna utopía de la toma del poder por parte de los accionistas (Davis, 2019).

[12] Como es posible apreciar en la siguiente conferencia de Perez Ansaldi (2015) [https://www.youtube.com/watch?v=VHuofr0e2bM]

[13] https://nuso.org/articulo/greta-thunberg-clima-calentamiento-global-extrema-derecha/

[14] Agradezco al respecto las confirmaciones que me sugirieron Verónica Pepe y Jaquelina Ruano con relación a sus experiencias como estudiantes y, la primera, también como profesora.

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