Modelar un Proyecto de Vida

Gustavo Cirigliano

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La recurrencia y necesidad del otro a veces no es más que carencia de uno mismo. El argentino ciego o vaciado, sin luz propia, ¿busca lazarillos para confiarse a ellos? ¿Somos universales o apenas internacionalizados, o carentes de singularidad y diferencia?

Nadie puede cargar la Argentina sino el argentino, aunque le cueste. Cargar con todo. Lo bueno y lo malo. El pasado que se quiera olvidar. Las equivocaciones del presente. La incertidumbre del futuro. Hoy la difícil identidad argentina pasa por la conciencia del proyecto de país. Sin conciencia de sí, el argentino desorientado busca espejos donde elegir un rostro y un futuro.

Sin conciencia, una realidad social apenas es. Una realidad social es incompleta sin la conciencia que la reflexione, que la asuma, que la ponga de pie. En un Proyecto de País: sin reflexión no hay nación.

“La filosofía, pues, que es el uso libre de una razón formada, es el principio de toda nacionalidad, como de toda individualidad. Una nación no es una nación. sino por la conciencia profunda y reflexiva de los elementos que la constituyen” (Juan Bautista Alberdi).

Una realidad social y humana que no se piensa a sí misma, que no (se) da cuenta de sí, es como un estadio inicial, inconcluso, infantil, no maduro. Se encuentra en el estadio prelógico y emocional del nivel 1 (deseo), sin llegar al ámbito del nivel 2, de la razón.

Si la reflexión, el pensar lógico y racional es del nivel 2, la “ley de su desarrollo” –algo así como el “logos” de una historia– es el inicio del nivel 3 (voluntad). La ley de su desarrollo es el “proyecto”. Y si no tiene fórmula o proyecto, no tiene identidad ni sabe adónde se dirige. Es como “dejarse” vivir, o ser vivido por otro. Según una ley ajena que no conoce, ni controla, ni comprende.

Cuando uno no sabe qué hacer con su vida, otros se la hacen. Cuando un país no tiene proyecto, estará en el proyecto de otro país.

Sin conciencia de lo que somos no somos verdaderamente, sino con un ser prestado. Es una obligación pensar desde sí. No hay substituto.

Pensar desde sí, para ser uno mismo, es liberarse. Despojarse de lo ajeno, deseducarse. El pensamiento ajeno, cuando uno no es libre, no ayuda, ocupa –desalojándola– nuestra posibilidad de pensar lo nuestro desde nosotros mismos.

Pensar y querer. El pensar ha de completar el querer de una voluntad que se propone un país. La conciencia completa la voluntad y la acción.

Ilustrado, inteligente, o sea con conciencia de sí, que ha reflexionado y se ha hecho cargo de lo que es, de lo que quiere, de lo que se propone. Inteligencia es conciencia de uno mismo que se toma como fuente a sí mismo. El inteligente nutrido con alimento ajeno, no sólo no es “inteligente” (consciente), sino, peor aún que ser espontáneo e instintivo, es alienado, ocupado por la inteligencia e interpretación ajena.

Pensarse a sí desde sí y ante sí.  Solo es libre quien se hace cargo de sí, luego de contactarse consigo, de darse cuenta, de reconocerse, de quererse, de aceptarse, de hacerse dueño de sí. Pensándose a sí desde sí y ante sí.

Los grandes sistemas filosóficos, los pensadores universales son –si lo son– puntos de llegada, no puntos de partida.

La única originalidad para un argentino es pensar la Argentina. Expresarla. Y realizarla. A quien no crea lo propio, el camino que le queda es la erudición de lo ajeno.

Más de una vez se ha dicho que toda denuncia es un anuncio. Un proyecto es a la vez denuncia y anuncio, como toda utopía no es más que la denuncia del presente, exactamente invertido.

Algún pensador (¿o soñador?) ha señalado que un proyecto es un llamado, y quienes respondan a él se convierten en sujetos del pacto, en el pueblo de ese proyecto.

El proyecto se opone al plan del egoísmo de los hombres que, apropiándose de lo que es de todos, instauran la injusticia y sus consecuencias: el hambre, la espada, la peste y el cautiverio. Sortearlo urge al reconocimiento humilde de que la culpa está en uno, en nosotros, en el país, antes que buscar traspasar a otros –que también la tienen– la causa central de las desgracias. La responsabilidad mayor radica en haber traicionado los valores.

Proyectar ha servido más de una vez para evitar lo anunciado. Lo que puede convertirse en un género de anticipación muy extraño, porque no quiere cumplirse.

Un proyecto es un mensaje, una prédica y a la vez  una semilla que espera caer en tierra fértil. Que crezca no depende de uno, no depende del sembrador, la semilla crece sola, de noche, sin que siquiera se la piense. Y de semilla pequeña llegará a árbol inmenso.

De la esclavitud a la liberación es el recorrido del proyecto. Toda profecía no puede anunciar sino liberación. Decir lo que hay que hacer puede ayudar a evitar que se cumpla lo anunciado. Pero nunca para que queden las cosas como antes.

La semilla es siempre una promesa de liberación y despliegue de lo que en sí encierra: promesa, denuncia y anuncio. Permite meditar sobre la Argentina, que es lo que proponemos.

Esta propuesta conduce a aprehender de los hechos, los personajes, los mensajes que nos comunican. Primer muro que convertido en umbral habilita transitar y reconocer nuestra identidad, auto centrándonos, conociéndonos a nosotros mismos.

Darle significado a nuestro pasado, resignificándolo conforme la secuencia de proyectos de país habidos, los siete transitados, aporta a recrear el propio camino, superando la acotada visión erudita de y desde lo ajeno, deseducándonos para liberarnos. Convirtiendo también en umbral el muro que nos impide proyectar un futuro por el que estemos dispuestos a comprometernos y a pelear por él.

Todo proyecto es profético. Profecía no es decir lo que va a ocurrir, es decir lo que hay que hacer. El umbral es una convocatoria al lector a que acerque luz que ayude a iluminar el proyecto de todos, porque aspira a ser una semilla en tierra fértil que germine un nuevo modelo argentino, que apropiado por el pueblo, sea proyecto compartido (descentrado) y gozado.

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