Los sentimientos son de nosotros/as, los datos son ajenos

Verónica Sforzin

1

“Las penas y las vaquitas / se van par la misma senda. / Las penas son de nosotros, / las vaquitas son ajenas” (El arriero, Atahualpa Yupanqui).

 

Acerca del masivo extractivismo de datos en tiempos de cuarentena

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos” (Antonio Gramsci).

Mientras la gran mayoría de la población en América Latina y el Caribe se encuentra en cuarentena y con distanciamiento social, cumpliendo con el que parece ser el mejor método para frenar la propagación del COVID-19, en el mundo se libra una gran disputa geopolítica por la reconfiguración del orden mundial. Estamos frente a una crisis del dominio y del orden angloamericano, tanto del modelo más financierista especulativo, como del planteado por los sectores del continentalismo de Estados Unidos.

Toda crisis es una oportunidad, y es condición necesaria para que se muera lo viejo y lo nuevo pueda nacer. Un mundo que vuelva a tener por eje lo productivo, multipolar y pluriversal, encabezado por la dinámica de la Ruta de la Seda impulsada por China, parece ser más posible que nunca, en tanto la decadencia de los proyectos anglosajones no lleven a situaciones de no retorno y pongan en jaque a la humanidad toda. Cómo se dará la transición, con cuánta inestabilidad mundial, y con qué resultado, es lo que se encuentra en juego. En este marco geopolítico se reconfiguran las relaciones internacionales y los Estados Nación vuelven a tener una centralidad en el debate social, por ser los únicos actores capaces de dar respuesta a la crisis de salud que plantea esta pandemia, y de poner un freno a la Gran Depresión del Siglo XXI, para que impacte lo menos posible en los sectores más vulnerables.

Se rejerarquiza el rol de los Estados, el cual estuvo bastardeado por décadas de modelo neoliberal. Los Estados se valoran socialmente para el manejo de la economía, de la salud, de la educación… ¿y qué pasa con la comunicación y la tecnología? En tiempos de distanciamiento social, de cuarentenas más absolutas o administradas, el uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en la vida cotidiana ha aumentado, también exponencialmente.

¿Cuál es el debate social respecto al uso y consumo de estas nuevas herramientas, y al uso y abuso de Datos y Meta Datos personales? Prácticamente nulo. Muchas veces nos preguntamos acerca de cómo sería una cuarentena sin Internet, qué sería de la educación o de muchos trabajos sin poder realizarlos a la distancia gracias a las tecnologías. Pero estas nuevas mediaciones aparecen como un hecho dado, y por lo tanto son invisibilizadas.

Estas mediaciones están influyendo, moldeando comportamientos y subjetividades. Los programas que usamos para comunicarnos, como Facebook, Instagram, WhatsApp, Zoom o Jistsi, son programas que no solo facilitan la comunicación, sino que también proponen una “forma” y un “contenido” posible para la comunicación y la socialización virtual. Esto hace la diferencia ética y política.

 

Uso y abuso de Datos y Meta Datos: ¿hacia dónde van?

¿Qué pasa con los Datos que en la vida con distanciamiento social producimos masivamente? Es frecuente escuchar: “no me importa que usen mis datos, no tengo nada que ocultar” –y muchas derivaciones, como “mi vida es bastante rutinaria o aburrida, no van a encontrar nada”, etcétera. Este es el primer problema: no sabemos qué pasa con nuestros datos… ¡y no nos interesa!

Trataremos de graficar el recorrido de nuestros datos. En cuarentena nos pasamos prácticamente todo el día atrás del teléfono celular o de la computadora. Poniendo me gusta a publicaciones de otras personas en redes sociales; sacando fotos posibles de ser publicadas; escribiendo comentarios en las redes; viendo y compartiendo videos, memes, flyers; usando aplicaciones como Tik Tok; discutiendo con algún familiar o conocido; mandándole algún mensaje de amor a alguien… cada una de estas interacciones está siendo grabada y monitoreada en tiempo real. A esto hay que sumarle que, si voy a hacer las compras, hay un geolocalizador de movimiento que sabe adónde voy, cuál es mi rutina, cada cuánto salgo y cada cuánto no, si asisto a un centro de salud o a una farmacia. También se registra lo que buscamos en la red: si “googleo” centros de salud cercanos, o “cómo sacarme el maquillaje”, todo esto también queda grabado y monitoreado. También quedan registradas en la red nuestros pagos de servicios, nuestras cuentas, nuestras deudas, etcétera.

Hasta ahora no parece nada muy controvertido. Pero la siguiente pregunta que podemos hacer es: ¿quién guarda o acapara nuestros Datos y Meta Datos? ¿Acaso están guardados en un lugar público, cuidados por alguna agencia de los Estados? No parece ser la situación. Para describir quién guarda nuestros datos hay que separar las aguas: primeramente tenemos a las corporaciones dominantes en la cadena de valor de la tecnología, las cuales son unas pocas empresas, la mayoría de Estados Unidos nacidas en el calor de California, en el Silicon Valley –las famosas GAFAM: Google (Alphabet), Apple, Facebook (Instagram y WhatsApp), Amazon y Microsoft–, y en segundo lugar tenemos a “las Telcos”, muy pocas empresas que poseen los soportes físicos de Internet. Estas corporaciones son las únicas que tienen la capacidad de conseguir y acaparar todos nuestros Datos y Meta Datos.

¿Para qué se usan estos datos, los nuestros, de los que tenemos una vida aburrida sin ninguna novedad? Para varias cosas. Primero hay un monitoreo general, constante e invisible acerca de nuestros comportamientos sociales, que luego se procesa en función de diferentes objetivos.

Una vez que saben nuestros gustos, se nos vende la mercancía “que queremos”. Ya nos pasó que buscamos un producto y al instante aparece propaganda de productos similares en las demás redes sociales que usamos. Esto es porque se comparten los Datos y Meta Datos que son vendidos –sí, vendidos– a otras compañías y empresas que venden mercancías. Pero incluso si no buscamos un producto se nos aparecen posibles mercancías que, en función de muchos datos procesados, intuyen –con Inteligencia Artificial (IA)– qué podemos llegar a necesitar. El paso posterior es que inducen a que nos guste y a comprar determinado producto en función de nuestro perfil psico-social.

Esta situación se fue construyendo socialmente mientras –tal como plantea Van Dijck– negociamos comodidad por Datos. Cedimos, muchas veces conscientemente, nuestra información pública y privada por la comodidad que otorga que estas corporaciones nos ofrezcan lo que “nos gusta” o lo que “necesitamos” en el momento indicado. Esta situación se desencadenó masivamente no hace más de una década, y encubre un modo de producción de lo social donde nuestros datos son una parte esencial de la valorización de estas corporaciones y consolida una dependencia tecnológica a las empresas del Silicon Valley. Esto se construyó de la mano del ideario de la bondad del mercado, el cual está para servirnos. Son mitos que la Gran Depresión del Siglo XXI y la Pandemia del COVID-19 implosionaron.

Ya nos podemos hacer varias preguntas más, ¿no? ¿Por qué una corporación hace negocios con mis datos? Dentro de la lógica capitalista podríamos hacer los negocios nosotros mismos. ¿Cuándo costarían mis datos si las corporaciones tuvieran que pagarnos por cada dato extraído? En este tiempo de aumento de la desocupación y de una alta concentración de las empresas de tecnología, cuyos dueños figuran entre las personas más ricas del mundo, es una alternativa a considerar.

Todavía hay más. Como decía anteriormente, esas corporaciones son las únicas que tienen la escala y la capacidad tecnológica suficiente para procesar en tiempo real miles de millones de datos acerca de millones de personas, una Inteligencia Artificial que requiere de Centros de Procesamientos de Información. Son hegemónicas en lo que respecta a la capacidad de acaparar Datos y Meta Datos y procesarlos en tiempo real.

El gráfico muestra la capitalización de estas empresas que, a pesar de la Gran Depresión del Siglo XXI, no para de crecer. Esto no se debe al crecimiento en su capacidad instalada, sino a sus otras cualidades: al ser hegemónicas en acaparar datos y en el procesamiento de información producen una valorización con características específicas, siendo únicas en la venta de servicios, en la construcción de grandes nichos de consumo, en la capacidad de instalar candidatos políticos, de influenciar en miles de indecisos en una elección, o de instalar ideas fuerza y avanzar en la manipulación social.

Estas empresas producen un gran extractivismo de datos en casi todos los países occidentales y muchos de oriente. Esto permite su valorización financiera y la subordinación de territorios, y podría generar una nueva dependencia por la falta de soberanía comunicacional y tecnológica de la mayoría de los países, y de regulaciones de las corporaciones de TIC.

Cuando Facebook se congració con Cambridge Analytica para que ésta pudiera usar sus datos y así influir en las elecciones de Estados Unidos de 2016 y empujar el Brexit en Inglaterra, estaban haciendo algo más que vender datos. Vendían el éxito de una elección, lo cual cotiza mucho más porque otorga la posibilidad de mantenerse en el poder o de cambiar una correlación de fuerzas político electoral. Esto muchas veces se hace no solo por dinero. Poder hacer que un político gane una elección o generar paranoias mundiales, o comportamientos a futuro, es un poco más caro que vender una base de datos para que nos vendan heladeras. No solo estamos hablando de economía, sino de geopolítica.

Volviendo al relato del flujo de datos, podemos observar cómo los datos, los tuyos, los míos, los de un montón de gente común que no tiene nada que ocultar, son la base en la cual se estructura este nuevo régimen de acumulación. La clave es que sean grandes masas de información y monopolizar la capacidad de procesamiento.

Esto no es todo. Luego del 11S –el atentado a las Torres Gemelas en 2001– esta tecnología se inscribió bajo la lógica de la “guerra contra el terrorismo”, y se expandió hacia el control social. Esto es lo que denunció Edward Snowden, quien mostró cómo estas tecnologías se usan para el control social y para marcar objetivos –ahora sí, con nombre y apellido– y proceder a eliminarlos o construirles una catarata de fake news que desacrediten su participación social, comunitaria, científica o política. Esto lo podemos analizar en la vigilancia a presidentes de la región, como en el caso de Dilma Rousseff, cuya denuncia de espionaje salió a la luz en 2013.

Este régimen de acumulación desarrolla toda una estructura económica de pequeñas empresas de servicios tecnológicos a partir de la llamada “Economía de los Datos” –o “Capitalismo de la Vigilancia” (Zuboff, 2019)– basadas en el deslumbramiento de lo que parece ser la solución para cualquier empresa y cualquier político: el manejo del Big-datismo. Estas empresas necesitan comprar datos no nominales y, al igual que las grandes corporaciones, permiten el desarrollo de un conjunto de desarrolladores que arman programas que viven de la extracción y reventa de datos.

América Latina y el Caribe se inscribe en esta estructura, permitiendo su reproducción, cuya cabeza son las grandes corporaciones de las TIC. Nuestra región tiene funciones fundamentales: permitir el extractivismo de datos; proveer de un conjunto de “terciarizadas”, pequeñas y medianas empresas dependientes de estas corporaciones; y consumir los servicios de IA desarrollados por las grandes corporaciones, implicando una transferencia de riqueza y una consolidación de la dependencia.

La monopolización de los datos –“nuevo oro”– es estratégico para el capitalismo neoliberal anglosajón. Desarrollo un sistema de extractivismo que posibilita el sostenimiento de una Economía de Datos hegemonizada por las corporaciones de la tecnología. Pero también permite la manipulación de sociedades, usando el conocimiento de sus gustos, miedos, etcétera. Estas empresas de tecnología tienen un devenir histórico entrelazado con la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, con el Departamento de Estado, pero también con los grandes fondos financieros de inversión, como Black Rock, Templeton, etcétera, entretejiendo una estructura de poder y acumulación.

También China tiene una mirada respecto de la utilización de los datos sociales, muy ligada al control social. Pero hay que decir que los datos son manejados por el Estado, cuyo gobierno es elegido de manera representativa y soberana, y por lo tanto se inscribe dentro de las leyes de la democracia, a diferencia de las corporaciones de Estados Unidos. Este detalle lo obvian muchos intelectuales, cuya preocupación ordenadora parece ser la posible pérdida de las libertades individuales en este proceso de pandemia.[1] Libertades que se perdieron hace rato para grandes sectores de la población debido a la gran exclusión económica y los crecientes grados de desigualdad. Este necesario debate acerca de las libertades individuales no puede inscribirse por fuera de la necesaria participación social en la construcción de lo comunitario y lo social enmarcados en un proyecto.

La propuesta de América Latina está lejos de constituirse, y sus primeros pasos implican un debate ético social comunitario respecto de la utilización de los datos y la soberanía comunicacional y tecnológica, que va acompañado de una responsabilidad social y del Estado. Sin una conciencia social es prácticamente imposible que se respeten las leyes de protección de Datos –en Argentina datan del año 2000. Este debate social y el desarrollo de políticas públicas es imprescindible para no caer en la copia de modelos. Modelos como el anglosajón de “solucionismo tecnológico” (Morozov, 2016) que deslumbra a políticos y técnicos, y nos hace caer en la contratación de cualquier empresa que haga Big Data, sin preguntarnos acerca de cuál es la ética que sostiene el procesamiento de la información. Esta reproducción nos subordina a la estructura de negocios de las grandes corporaciones de la tecnología, e impide el desarrollo de una tecnología pensada desde nuestras necesidades.

 

La disputa por la Inteligencia Artificial

Hace décadas que la IA[2] está presente entre nosotros. En el ámbito de las TIC, gracias a la IA podemos buscar fotos, audios, textos, etcétera. Tal como recopila Joanna Bryson, “podemos traducir, trascribir, leer labios, interpretar emociones (incluidas las mentiras), falsificar firmas y otros tipos de escritura manual y manipular vídeos. Podemos –y esto es crucial– falsificar audios o vídeos durante retransmisiones en directo, lo que nos permite elegir las palabras de las que serán ‘testigos’ millones de personas, sobre todo en el caso de famosos, como los políticos, sobre los que ya existe gran cantidad de datos para componer modelos precisos” (Bryson, 2018). También la IA se utiliza para el desarrollo de la robótica, en forma, por ejemplo, de vehículos, armas, drones, altavoces inteligentes o videojuegos.

Esta tecnología, posterior a la Segunda Guerra Mundial, se desarrolló de manera desigual, siendo Estados Unidos –uno de los ganadores de la guerra– el único país en poseerla y desplegarla. Esta situación histórica llevó a un manejo exponencialmente desigual de las capacidades de la IA, y a que se utilice como herramienta por parte del modelo anglosajón para su poderío económico, político y militar. Esto penetró a los avances de IA de una lógica mercantil y de control social, impidiendo que florecieran otros usos donde la comunidad y la humanidad fueran sus banderas. Esto a su vez generó tensiones entre lo transnacional y lo nacional –o regional– y entre lo público y privado –privado en su doble dimensión: lo público como lo Estatal y lo privado como lo corporativo; y en la dimensión moderna, de separación entre el ámbito de lo público-social y lo privado-íntimo.

El desarrollo de la IA y del 5G[3] es uno de los factores centrales en la disputa del poder en la actualidad. En las últimas décadas se produjo un gran desarrollo de China y en algunos nichos de Rusia. Como plantea Argumedo: “Una de las áreas centrales de la disputa hegemónica de Estados Unidos frente a China se centra en el campo de la inteligencia artificial y las tecnologías de quinta generación 5G, donde los chinos han alcanzado una marcada ventaja” (Argumedo y Olsson, 2020). Las corporaciones norteamericanas se encuentran en una crisis estructural debido a los avances chinos, principalmente en el 5G, y al rompimiento del intercambio tecnológico entre ambos países. Manejar esta tecnología permite el control del proceso de la producción social, económica, política e ideológica cultural (Formento y Dierckxsens, 2020).

En este marco, la situación de dependencia tecnológica de América Latina y el Caribe adquiere una significación distinta. Estas empresas necesitan avanzar en la dependencia de nuestra región a su tecnología, así como de la Unión Europea. A su vez, a nuestra región abre la posibilidad de constituir acuerdos comerciales con otros socios, como China y los BRICS. Pero esta situación objetiva nos encuentra con fuertes divisiones internas en la región y con una dependencia tecnológica muchas veces reproducida por las anteojeras de los mismos actores político-institucionales. Estas anteojeras hacen que solo podamos creer en los beneficios del “solucionismo tecnológico” planteado bajo la lógica del Silicon Valley.

 

La extracción de datos en tiempos de pandemia

La pandemia del COVID-19 y el consiguiente distanciamiento social –como la más fuerte salida sanitaria para frenar su expansión– producen que grandes masas de población utilicen considerablemente más Internet, con el crecimiento del teletrabajo, la educación online, la televisión a demanda, los videojuegos online, el uso de las Redes Sociales y otras muchas aplicaciones y programas de la red. Hay especialistas que se preguntan si puede soportar la red este crecimiento del flujo de información –con el gasto energético que conlleva–, pero hasta ahora aguanta.

El uso de Internet en Italia y otros países aumentó alrededor de un 70%. La utilización de VPN, alrededor de un 250%. Si bien hay datos muy dispares entre países y no hay estadísticas globales, en todos los países se puede ver un gran aumento del consumo. Esto produce un crecimiento de la circulación de información de manera exponencial. Si bien el aumento del flujo de información es una constante, sin duda los meses de marzo y abril quedaran como grandes picos. La situación de cuarentena en la que se encuentra más de un tercio de la población mundial implica una gran acumulación de Datos y Meta Datos por parte de las grandes corporaciones de la tecnología occidental. No solamente son más datos, sino que son datos distintos cualitativamente, ya que hacen a todas las relaciones sociales que puede tener una persona: familiares, amistales, laborales, sesiones psicológicas, clases de yoga y gimnasia, etcétera. Como nunca antes en la historia de la humanidad, para una gran cantidad de población cerca del 100% de los vínculos sociales se establecen desde la virtualidad.

Esta situación está produciendo que las corporaciones del Silicon Valley y su red de negocios y estructura de poder tengan la posibilidad de dar saltos cualitativos en el procesamiento de la información y el desarrollo tecnológico. Queda por verse si esta lógica de acumulación y de valorización logra sortear la decadencia estructural en la que se encuentra el proyecto angloamericano.

 

Soberanía de tecnología de comunicación y de datos

En América Latina y el Caribe tenemos un gran atraso tecnológico –y en específico en las TIC–, por eso nuestra infraestructura física y el contenido que usamos es principalmente de Estados Unidos. Esto lleva a que necesitemos dar un debate social ético urgente acerca del uso de nuestros datos. Necesitamos reflexionar acerca de las mediaciones, que es una reflexión acerca de quién debe manejar las TIC: si estas deben encuadrarse en la lógica del mercado o en la de desarrollo de los Estados. Como intentamos graficar, la lógica bajo la cual las corporaciones utilizan nuestros datos y las TIC es la de la extracción para maximizar la ganancia. Bajo esta “no-ética” solo hay espacio para la ganancia, la mercantilización, la manipulación y el control social. Claro que nos cuesta verla, ya que es muy difícil cuestionar mediaciones que están en nuestro uso cotidiano y que se nos aparecen debajo de cada piedra como la solución de nuestras vidas. A lo cual hay que sumarle el gran aparato ideológico que instala el “solucionismo tecnológico” y los grandes gestos de solidaridad de estas corporaciones, a través de sus ONG y sus fundaciones, que muestran el “costado humano” de dicha tecnología. Esta consolidación de un nuevo fetichismo es lo que tenemos que deconstruir como sociedad.

Este debate implica tocar el concepto moderno y liberal de la libertad de expresión, la cual, enmarcada en la lógica del mercado, siempre es la libertad de los más fuertes. Atravesarlo implica poder discutir el rol social de la tecnología, de sus dueños y de la necesidad de construir soberanía y democracia, requisitos indispensables para la edificación de un mundo más igualitario y equilibrado que permita que quienes hoy no tienen más voz que la de ser meros consumidores, y quienes están fuera del sistema, puedan reencontrarse en la construcción y la participación social

¿Cuál es el rol de los Estados y de los organismos regionales? ¿Cómo los Estados hacen un uso social y popular de los datos y bajo que lógica y ética se encuentra enmarcado este uso? Son preguntas necesarias para la construcción de un pueblo participativo y consciente.

Imaginemos el uso de la tecnología y los datos en función de fortalecer la unidad en la diversidad de la Patria Grande. Puede permitir unir productores con consumidores, construyendo un gran mercado interno latinoamericano, sin mediaciones. Podría liberarse el uso de datos de Internet para ciertos sectores sociales, permitiendo achicar la brecha digital. Permitiría pensar y diseñar programas que posibiliten conectarnos entre nosotros, sin necesidad de la hiper-exposición del cuerpo, ni imponiendo estéticas y culturas hegemónicas… y muchas más cosas, inventadas en función de nuestras necesidades geopolíticas.

 

Referencias

Argumedo A y JP Olsson (2020): Interrogantes sobre el origen del coronavirus y el futuro del planeta. nacionalypopular.com/2020/04/16/interrogantes-sobre-el-origen-del-coronavirus-y-el-futuro-del-planeta.

Bryson J (2018): La última década y el futuro del impacto de la IA en la sociedad”, en ¿Hacia una nueva Ilustración? Una década trascendente. Madrid, BBVA.

Formento W y W Dierckxsens (2020): Coronavirus y Guerra de Big Data. Crisis Mundial Biológica, Petrolera y Financiera Hacia un Mundo Multipolar en 2020. http://ciepe.com.ar/wp-content/uploads/2020/03/2020-03-14-Coronavirus-y-Guerra-de-Big-Data.pdf.

Han BC (2020): “El coronavirus bajo el liberalismo. Vamos hacia un feudalismo digital y el modelo chino podría imponerse”. Clarín, 17 de abril.

Morozov E (2016): La locura del solucionismo tecnológico. Buenos Aires, Katz.

Van Dijck J (2016): La cultura de la conectividad: una historia critica de las redes sociales. Buenos Aires, Siglo Veintiuno.

Zuboff S (2019): “Shoshana Zuboff y la lógica del capitalismo de la vigilancia”. http://www.politika.cl/2019/03/04/shoshana-zuboff-y-la-logica-del-capitalismo-de-la-vigilancia/

 

Verónica Sforzin es socióloga, doctoranda en Comunicación Social y docente titular en la UNLP.

[1] Según el norcoreano Byung-Chul Han (2020), en China “ni un solo momento de la vida cotidiana escapa a la observación. Se monitorea cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. Se utilizan 200 millones de cámaras de vigilancia con reconocimiento facial. Quien cruza un semáforo en rojo, tiene contacto con personas opositoras al régimen o publica comentarios críticos en las redes sociales vive en peligro. Quienes, en cambio, compran comida sana o leen los periódicos oficialistas, son recompensados con créditos baratos, seguros de salud o visas de viaje. En China esta vigilancia total es posible porque no existe restricción alguna al intercambio de datos entre los proveedores de internet y de telefonía móvil y las autoridades. Así que el Estado sabe dónde estoy, con quién me encuentro, qué estoy haciendo en este momento, qué ando buscando, en qué pienso, qué compro, qué como”. Esta situación es visible, palpable. Pero el poder biopolítico que se fue desarrollando en las últimas décadas en Occidente fue mucho más sutil e invisibilizado gracias a un aparato ideológico cultural hegemónico que instaló los valores fundantes que permiten el autodisciplinamiento y la construcción de una cultura favorable a sus intereses.

[2] “IA: cualquier artefacto que amplíe nuestras capacidades de percepción y acción” (Bryson, 2018).

[3] El 5G es un gran salto de conectividad que permite el desarrollo del Internet de las Cosas y el desarrollo sin precedentes de la IA.

Comentarios de Facebook

También podría gustarte Más sobre el autor