La transformación del mundo del trabajo en el siglo XXI: la perspectiva de los trabajadores frente al futuro de los empleos

Rubén Lucero, con la colaboración de Natalia Basanta y Melina Castellano

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En el campo de las relaciones laborales el debate sobre el futuro del trabajo ha comenzado y, dependiendo de cada dimensión específica, muchos aportes y reflexiones van apareciendo casi diariamente. En nuestro ámbito, el de la formación, se presentan ciertos desafíos: por un lado, el plano de lo estrictamente técnico; y por otro, los desafíos de carácter institucional. En cada uno de ellos hay una dosis de difícil predicción, en tanto los escenarios futuros son inestables y volátiles, principalmente por las constantes fluctuaciones económicas, los movimientos del capital financiero internacional, la reorganización de las cadenas de valor a nivel mundial, las transformaciones demográficas y los procesos de cambio tecnológico que impactan sobre la dinámica de creación y destrucción de empleos.[1] A ello habrá que sumarle los cambios medioambientales y las trasformaciones políticas en el plano internacional que permanentemente modifican las características de la globalización.

Ahora bien, cuando nos abocamos a revisar algunos postulados de las teorías clásicas que reivindican al cambio tecnológico por su contribución al crecimiento y el desarrollo en el largo plazo, efectivamente se puede observar que durante el siglo XX los avances tecnológicos explican el crecimiento de las economías más desarrolladas, principalmente la de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, en lo que va del siglo XXI va teniendo lugar un nuevo proceso que efectivamente está configurando una novedosa fisonomía, diferente a la de la era industrial, en donde el uso masivo y la difusión de las nuevas tecnologías está impactando en los procesos y las características de creación y destrucción de empleos, con consecuencias todavía de difícil valoración cuali-cuantitativa. En tal sentido, se presenta como una necesidad impostergable abrir la discusión en los sistemas de educación y formación para comenzar a resolver los problemas emergentes, principalmente las brechas de competencias que se requieran a partir de la utilización de tecnologías de última generación.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) –en el marco de su centenario a celebrarse en 2019– impulsó “La iniciativa del centenario relativa al futuro del trabajo”, desde donde se vienen manifestado las preocupaciones sobre el denominado paradigma digital, que por un lado viene a potenciar la denominada productividad de las empresas, pero a la vez amenaza con reemplazar lisa y llanamente la mano de obra humana (OIT, 2015). Ha sido la OIT quien ha impulsado una reflexión de alcance mundial sobre el futuro del trabajo y –en una reciente investigación– ha reconocido que: “el cambio tecnológico es un proceso complejo, incierto y en absoluto lineal, que produce tanto fases de destrucción como de creación de empleos, que no sucede de manera automática ni homogénea, y está condicionado por fuerzas económicas, políticas, sociales y culturales” (OIT, 2015).

Otro aspecto que consideramos relevante para el debate sobre la real incidencia de las tecnologías sobre el empleo está dado por un proceso de mutación del capitalismo como generador de empleos, cuyo rol tradicional durante el siglo XX fue el de “poder de policía” sobre el trabajador en el lugar de trabajo. Ahora, con la fuerte y penetrante influencia de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), se ha ido trasladando sutilmente hacia una regulación más sofisticada que lleva al trabajador a internalizar una relación más “individualista y aislada”, construyendo una subjetividad que es controlada desde los potentes medios de comunicación, que ocultan generalmente peores condiciones de relación laboral.

En este contexto, los procesos de sindicalización se tornan más difíciles, a partir de mayores dificultades de interacción entre compañeros de trabajo más alejados de tal organización, dificultando la articulación de respuestas colectivas.

Otra amenaza visible es la tendencia hacia procesos de desregulación laboral, como ya ha sucedido en las anteriores versiones del neoliberalismo, en donde la tercerización, la flexibilización y la precarización han vuelto a cobrar impulso, fragmentando y polarizando el mundo laboral entre los trabajadores ultracalificados que pueden y podrán acceder a empleos de calidad en los nuevos sectores dinámicos o en las ocupaciones que generan las nuevas tecnologías y, en la otra punta, un vasto y cada vez mayor universo de trabajadores de bajas calificaciones, subempleados o desempleados, acechados permanentemente por la inestabilidad, la precarización y las bajas remuneraciones.

 

Marco conceptual

Con la idea de aportar antecedentes a esta discusión, siempre es bueno realizar un breve recorrido por las transformaciones estructurales que se produjeron en el sector manufacturero a nivel mundial desde fines de la década del 70 y especialmente durante la década del 80, dado que en este periodo tuvo lugar una fuerte dinámica de cambios tecnológicos que modificó las características de la competencia internacional. Ello dio lugar a combinaciones que incluyeron globalización y regionalización, con efectos significativos sobre la industria, pero también con cambios sustanciales sobre los modelos de organización productiva que habían prevalecido en las décadas anteriores. El mundo desarrollado experimentó avances vertiginosos a partir de la irrupción de las nuevas tecnologías, principalmente la microelectrónica, la biotecnología y los nuevos materiales, creando lo que se denominó un nuevo “paradigma tecnoeconómico”, en donde las actividades productivas desarrollaron un gran dinamismo, modificando las formas de producir y el uso de la mano de obra (Chudnovsky, 1991).

En lo que puede considerarse la fase más crítica de la transformación tecnológica durante el siglo XX, la transición de las tecnologías electrónicas[2] a las microelectrónicas produjeron cambios en los modos de producción, principalmente por sus costos decrecientes, pero además introdujeron una visión desde la cual sus posibilidades parecían ilimitadas, con aplicaciones posibles en todas las actividades, ramas de la producción y en los servicios (Azpiazu, Basualdo y Notcheff, 1988). La modernización tecnológica en el último tercio del siglo XX empujó a las organizaciones a operar bajo formas “flexibles”, con exigencias de conocimientos de los procesos de manera integral, o para estar preparados para lo imprevisible o lo aleatorio (Leite, 1996), con lo cual las nuevas demandas laborales pasaron a exigir una mayor escolarización básica y también una formación laboral que incluya este nuevo tipo de habilidades y competencias.

Visto en perspectiva regional, el análisis sobre el impacto de la incorporación de tecnologías ha incluido otros abordajes, más amplios y que van más allá de pensar exclusivamente en respuestas a las nuevas demandas de ocupaciones que provienen del segmento de empresas de mayor desarrollo tecnológico, o de sectores capital-intensivos. En este sentido se ha discutido en la literatura que analizar solo la porción dinámica del desarrollo tecnológico constituye una interpretación sesgada e insuficiente que excluye del análisis a una amplia gama de actividades económicas –entre ellas las informales– que expulsan o arrinconan una importante franja de trabajadores con oficios de baja calificación o de “menor productividad”, generando una “polarización de las calificaciones” (Pérez, 2002; Labarca, 2003).

El desplazamiento de la frontera tecnológica internacional tuvo otros efectos, tales como el incremento de la concentración y la creciente heterogeneidad estructural que alteró la dinámica tecnológica y organizacional en la región e impulsó procesos de reestructuración productiva, transformando la microeconomía de los establecimientos industriales.

Cabe preguntar: ¿cuáles fueron estas consecuencias? Hubo cambios significativos en la empresa industrial típica, cuya característica en etapas anteriores fue la de una alta integración vertical. Frente a ello, muchas industrias iniciaron un camino de creciente incorporación de insumos y partes importadas, así como también el desarrollo de especializaciones productivas como forma de superar sus problemas de escala (Kosacoff, 2000). En ese contexto, el paradigma tradicional de industrialización comenzó un proceso de “deconstrucción” y “formación de un nuevo orden”, en donde surgieron otras formas de organización del trabajo y otros medios e insumos de producción, y con ello fue naciendo un diccionario de términos cuya conceptualización daba cuenta de estas transformaciones, tales como “trabajo en equipo”, “creatividad”, “iniciativa”, etcétera (Gentili, 1994).

En tal sentido, se afirma que las transformaciones de los sistemas productivos desde la década del 70 no solo modificaron la forma de producir, sino que también cambiaron las relaciones implicadas en los procesos productivos. Sin alterar las relaciones de propiedad, produjeron un paulatino desplazamiento de los saberes de los trabajadores hacia las tecnologías que incorporan dichos saberes: se produce un traspaso de conocimientos hacia el capital que finalmente conforma un nuevo monopolio de determinados saberes (Finkel, 1983 y 1997).

Indudablemente, el proceso de cambios tecnológicos a fines del siglo XX seguirá siendo objeto de debates. Sus consecuencias para la región de América Latina llegaron en un período de estancamiento y desequilibrios macroeconómicos en la mayoría de los países, castigando principalmente a las industrias tradicionales que se basaban históricamente en la producción de bienes intensivos en mano de obra (Chudnovsky, 1991). Hubo “ganadores y perdedores”. Algunos sectores manufactureros comenzaron procesos de reestructuración, tratando de insertarse en cadenas de valor, dejando atrás la etapa de la industrialización sustitutiva y las funciones clásicas de la producción, a través de procesos de manufactura flexible y adaptándose a las normas internacionales de la serie ISO, lo que les permitió una paulatina inserción como subcontratistas y proveedores de partes y subconjuntos, e integrarse a cadenas de producción transnacionales (Posthuma, 1995; Katz, 1986 y 1998; Burachik, 2000).

Asimismo, el creciente uso y la difusión de las TIC aceleraron los procesos de automatización, fundamentalmente por la aparición de nuevos sectores –como la robótica, las tecnologías 3D, la Internet de las cosas, etcétera– cuyo impacto aún no se percibe con claridad en cuanto a la capacidad de generar nuevos empleos o, por el contrario, de su destrucción. Esta transición, que llevará algunos años, va a derivar en una reconfiguración de las demandas laborales, tanto las de alta calificación como las de carácter generalista, afectando con mayor intensidad a las economías en desarrollo, como ya ha sucedido en procesos anteriores. Aunque no sea un reemplazo brutal de nuevos por viejos empleos, lo más probable es que tenga efectos sobre otros aspectos laborales, salariales o de condiciones de trabajo (Graña, 2017). Resguardándonos en un postulado de Philippe Zarifian (1999), “un nuevo cambio de paradigma tecnológico que conduzca a la instalación de una nueva técnica dominante implica la coexistencia las nuevas y las viejas prácticas productivas”, y se presume que esta transición de demandas de competencias laborales no será abrupta, pero sí constante en las próximas décadas.

 

Hacia la cuarta revolución industrial

La historia nos deja enseñanzas. Durante el siglo XX se pudo observar que los cambios tecnológicos suprimieron puestos de trabajo y que las acciones compensatorias llegaron después, y más lentamente. El “desempleo tecnológico”, no es un término novedoso. Lo acuñó John Maynard Keynes en los años 30, y efectivamente tuvo sus consecuencias a lo largo de todo el siglo. Keynes sostuvo que: “el desempleo causado por los medios descubiertos para ahorrar mano de obra ocurre mucho antes de que podamos encontrar nuevos usos para la misma”. En cierto sentido, los cambios que experimentó el mundo desarrollado durante el siglo XX ha sido un proceso constante y creciente de cambios tecnológicos, aunque su impacto no haya sido determinante para la desaparición de puestos de trabajo.

Sin embargo, como señalamos en forma precedente, la década del 70 marcó su aceleración, aunque, como se ve en la figura que acompañamos, de acuerdo a estadísticas elaboradas por la OIT y OCDE, los países desarrollados no sufrieron impactos significativos entre 1960 y 2015.

En particular, los procesos de transformación derivados de la incorporación de tecnologías en América Latina han sido muy heterogéneos y segmentados, provocando no pocos inconvenientes de adaptación, principalmente en los procesos de internacionalización, cuyo impacto sobre los empleos no fue necesariamente de expulsión de mano de obra, sino que más bien acentuó los déficits de mano de obra calificada.

El análisis sobre el impacto de las tecnologías que se realiza en la actual etapa viene indicando que puede sobrevenir un cambio crítico respecto del patrón del siglo XX que se basaría en los logros de los anteriores cambios tecnológicos, conjugando los proporcionados por las tecnologías de la automatización y por las TIC, que podrían producir un crecimiento de las productividades sin precedentes (Schwab, 2015; Nubler, 2016). Para algunos especialistas, la posibilidad de aumento del desempleo por causas tecnológicas surge precisamente por la combinación de las TIC, la robótica, la Internet de las cosas y la impresión en 3D (Nubler, 2016; McAfee y Brynjolfsson, 2014).

Al aumento del desempleo por causas tecnológicas se añaden otras consecuencias para los trabajadores que sigan en actividad, partiendo de la eventual atomización de las relaciones laborales o la individualización de las mismas a partir de cambios en horarios, lugares y condiciones de trabajo, afectando los mecanismos de representación colectiva.

Por su parte, las previsiones que se mencionan indican que las empresas irán modificando sus modelos organizativos con el incremento de la subcontratación y el outsourcing, modificando y flexibilizando las relaciones de empleo, combinando la gestión de la producción y de los recursos humanos, acentuando las tendencias hacia el individualismo tanto del empresario como de los propios trabajadores, a partir de crecientes procesos de deslocalización física, la modificación de las condiciones de trabajo o la evaluación individual de la productividad de cada trabajador.

En este contexto, la perspectiva tradicional jurídica y laboral de los trabajadores –basada en la idea de colectivo de trabajadores negociando con el empresario– podría modificarse o desaparecer como modelo.

Indudablemente estamos en presencia de tiempos de cambio. Las transformaciones tecnológicas, como factor determinante de los procesos de producción, generan nuevas demandas de calificaciones, que podrán ser de carácter “evolutiva” –cuando ocurre sobre una tecnología existente, sin alterar los principios básicos de la técnica, que al menos conserva la mano de obra calificada y que además puede ser recualificada– o de “ruptura” –cuando la tecnología cambia hasta el punto de mudar completamente la lógica que gobierna la técnica y en consecuencia son necesarias nuevas calificaciones para operarlas.

Los probables efectos de la denominada cuarta revolución industrial sobre las economías de la región son por ahora un interrogante, que pueden tener un alto impacto, negativo o no, pero merece al menos un debate político serio, cuya agenda debería incluir fundamentalmente sus consecuencias económicas y sociales. En tal sentido, es imprescindible la participación de los actores, sindicatos y organizaciones empresarias, dado que una discusión sobre los procesos de supresión y creación de puestos de trabajo debe dimensionar el impacto y cómo manejarlo.

La discusión sobre el “ritmo de los cambios tecnológicos” y sus efectos reales en la productividad resulta particularmente relevante, sobre todo a partir de las ya difundidas advertencias de Piketty (2014) sobre el avance de la tecnología a nivel mundial en un contexto en el que la desigualdad general de los ingresos ha alcanzado un récord histórico.

El análisis sobre el futuro del empleo en las próximas décadas tendrá la responsabilidad adicional de no construir un “mito popular” sobre las catástrofes por venir en materia de desempleo, pero sí deberá realizar una mirada atenta y sistemática para evitar el oportunismo de ciertos sectores dominantes que, ante la amenaza de estos mitos, aprovechan para propiciar “una nueva era de la flexibilidad laboral” o directamente la supresión lisa y llana de condiciones de trabajo o de derechos laborales ya consagrados.

 

Desafíos

El gran interrogante es si la automatización futura suprimirá totalmente las ocupaciones o solo una parte, y cómo impactará en las economías menos desarrolladas. En nuestro país, con la caracterización de economía emergente, donde conviven empresas con un desarrollo tecnológico de avanzada con otras “más tradicionales” con tecnologías intermedias y uso intensivo de mano de obra, es difícil predecir la cantidad de puestos de trabajo que irán desapareciendo como producto de los procesos de automatización. En este sentido, los datos de los países de la OCDE son concluyentes, dado que aproximadamente 9 por ciento de los trabajos ya están en alto riesgo de ser automatizados, con una variación entre un 12 por ciento en Austria, Alemania y España y aproximadamente un seis por ciento o menos en Finlandia y Estonia. Asimismo, los procesos de cambio tecnológico en las economías más desarrolladas –principalmente por las nuevas tecnologías en el transporte o las TIC– dan lugar a otros factores de riesgo que pueden ocasionar la pérdida de puestos de trabajo u obstaculizar la generación de nuevos empleos, como la tercerización, la relocalización y la fragmentación de los procesos de producción, guiados por la búsqueda de mejoras en la productividad. Esta búsqueda denodada del aumento de la productividad ha llevado a las empresas a especializarse en tareas específicas en los países, y finalmente a especializarse en tareas específicas en las cadenas de valor mundiales. La hipótesis en la que estamos trabajando indaga si las nuevas tecnologías tendrán impactos significativos en los procesos de supresión y creación de puestos de trabajo, siendo que nuestro actual contexto tecnológico y productivo a nivel país no parece estar en una dinámica de aceleración o incorporación a corrientes internacionales de inversiones productivas, y en la mayoría de las empresas locales –tal vez a excepción de los sectores de punta y en los más internacionalizados– conviven el uso de tecnologías nuevas y viejas, y consecuentemente la supresión de puestos de trabajo más bien obedece a la crisis que provocan las decisiones de política económica.

En segundo lugar, asumiendo que aún existe en general una débil percepción del impacto que podrían causar los cambios tecnológicos y sus efectos sobre los empleos en las distintas actividades económicas, se presenta el desafío de instalar este debate en las organizaciones sindicales. Si bien ya hay evidencias concretas del compromiso que están asumiendo muchas de ellas frente al tema, resulta necesario la profundización del debate sobre las estrategias que se plantean al respecto, tanto a nivel de defensa de los derechos ya consagrados como en el marco de las futuras negociaciones colectivas de trabajo. En tal sentido, se viene apreciando un sinnúmero de actividades laborales que han surgido a partir de plataformas digitales con escasas o nulas regulaciones, como Uber, o Airbnb, entre las más conocidas, y una creciente actividad de plataformas de servicios de comidas o entregas (como Glovo y Rappi) que utilizan trabajadores independientes precarizados sin cobertura alguna. En este contexto, surge la urgente necesidad de abordar esta temática desde el mundo sindical, en donde miles de trabajadores ya se encuentran en situaciones de total desprotección, en actividades que en algunos casos ni siquiera cuentan con un marco normativo, y en este estado de vulnerabilidad y necesidad de tener un empleo o generar un ingreso estos trabajadores están además fuertemente influenciados por una construcción subjetiva respecto de sus posibilidades de ser independientes y no estar atados a las reglas laborales tradicionales, pero que en realidad están sometidos a un futuro laboral altamente fragmentado y precario.

Un tercer desafío que se presenta al abordar esta cuestión es que este debate adquiera “visibilidad”, sobre todo entre los actores del mundo del trabajo y la educación, y desde allí poder dimensionar sus consecuencias, directas o no. En tal sentido, nos preocupan dos ejes vertebradores: el educativo y el laboral, a partir de la puesta en valor del tema en los convenios colectivos de trabajo.

En el sistema educativo, la visibilidad de la temática adquiere otras dimensiones no menos relevantes, en las que se debe trabajar para poder acompañar un proceso extremadamente complejo, cuyas variables –algunas de ellas altamente subjetivas– deben ser tenidas en cuenta para poder adaptar las currículas educativas a los cambios tecnológicos actuales y los que vendrán en las próximas décadas. En este sentido, uno de los principales desafíos que se le presentan a la educación es la mejora en las propuestas curriculares para la formación básica y la capacitación permanente, que deberán orientarse hacia estas nuevas “competencias”, incorporando nuevos trayectos de aprendizaje, para lo cual es indispensable institucionalizar fuertemente la relación entre el trayecto formativo y la articulación con el mundo productivo. Entre las experiencias internacionales significativas y a modo de ejemplo, destacamos el modelo alemán de formación para el trabajo, que ha logrado desarrollar un abanico de profesiones en el ámbito de las TIC, intentando dar cobertura a las exigencias de este nuevo campo en permanente desarrollo, tales como: a) competencias vinculadas al sector electrotécnico especializado en sistemas de la información y de la comunicación; b) competencias vinculadas a la informática especializada (desarrollo de aplicación de ordenadores o integración de sistemas); c) competencias vinculadas al comercio especializado en sistemas de información y comunicación; y d) competencias vinculadas al comercio especializado en informática.

En lo que respecta a los convenios colectivos de trabajo es necesario trabajar en el diseño de cláusulas específicas en aquellos sectores o actividades que sean alcanzados por estas transformaciones, particularmente por su impacto en las relaciones laborales individuales y colectivas, afectando los acuerdos preexistentes a partir de la incorporación de cambios tecnológicos sobre los empleos. En tal sentido, lo que está en juego son los marcos institucionales de las negociaciones colectivas de trabajo, y los eventuales efectos colaterales, que rememoran situaciones no muy lejanas en el tiempo, como la flexibilización, la precarización o la modificación de las condiciones de trabajo, entre otras. Resulta difícil dimensionar la evolución de estos acontecimientos y más aún, cómo impactarán sobre los empleos tal como los conocemos. Sin embargo, ya contamos con algunos antecedentes recientes de algunos acuerdos entre empresarios y trabajadores que pretenden anticipar los eventuales cambios tecnológicos y productivos y, en ese marco, cómo deben atenuarse dichos impactos sobre los trabajadores afectados.

A modo de cierre, cabe una reflexión respecto de los procesos de formación de los jóvenes en los distintos niveles educativos. Si bien es un tema que debe transitarse con urgencia, tratando de evitar las consecuencias no deseadas de los cambios tecnológicos, no debe omitirse el problema estructural que padece el sistema educativo, con una enorme cantidad de jóvenes que arrastran fuertes carencias formativas, especialmente en la enseñanza media, con significativas desigualdades según su origen socioeconómico, que actúan como una barrera y restringen posibilidades de acceso a empleos formales y de calidad, marginándolos o arrinconándolos en una frontera en donde habitan los empleos de bajísima calidad y precariedad.

 

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[1] Se calcula una pérdida de 5,1 millones de puestos de trabajo entre 2015 y 2020 (CEPAL, 2016).

[2] La tecnología electrónica es un ejemplo porque supone que en ella los saberes propios de los trabajadores se trasladan a los bienes de capital, y en consecuencia los requerimientos de mano de obra calificada pasarían a ser menores y a la vez también podrían actuar como factor de disciplinamiento de la masa laboral, depreciando el valor del salario.

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