La pandemia, la agricultura y el rol de nuestro Movimiento Justicialista

Javier Preciado Patiño

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La pandemia del COVID-19 puso de manifiesto y visibilizó aún más el papel de la producción de alimentos y sus cadenas de valor para nuestra sociedad.

Lo primero que se debe decir es que el Decreto 297/2020 definió no solo a la “industria de la alimentación, su cadena productiva e insumos” como una actividad esencial, sino también a lo relativo a su comercio exterior. Bajo este marco, el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación se abocó a garantizar el funcionamiento de las cadenas agroalimentarias, tanto en lo referido al consumo doméstico como a la exportación. Esto significó la elaboración en conjunto con el sector privado de protocolos sanitarios para atender eventuales casos de enfermedad entre los trabajadores y las trabajadoras, así como para facilitar y garantizar el transporte de alimentos dentro del territorio argentino y a nivel regional y de la exportación.

Los resultados, subjetiva y objetivamente, han sido positivos. En ningún momento se cortó el abastecimiento de alimentos a nuestra población y el ritmo de las exportaciones se ha sostenido, e incluso mejorado para algunos productos.

Antes de entrar en el aspecto central de este artículo, que es el papel del sector agropecuario y agroindustrial en un escenario pospandemia, repasemos dos o tres números que refuerzan lo expuesto hasta acá. Por ejemplo, el Índice de Producción Industrial Manufacturero muestra para el rubro Alimentos y Bebidas una variación positiva en el periodo enero a mayo de 2020 de 0,1% respecto de 2019, contra una variación negativa de 16,3% del conjunto de las actividades. Ramas específicas de la alimentación en productos esenciales, como las carnes, lácteos, harinas y pastas, muestran una variación positiva respecto de 2019 que oscila entre 1,7 y 4,0 por ciento.

En lo que hace a la exportación, contra una caída de 11,5% en el valor de las mismas para el período enero a mayo de 2020 por un valor absoluto de 2.948 millones de dólares, las exportaciones del sector agropecuario y agroindustrial no llegaron a caer el 1%, unos 129 millones de dólares.

Se trata en definitiva de algo obvio: en una situación de crisis económica devenida a raíz de una pandemia, la alimentación es uno de los sectores menos afectados y que mejor desempeño tiene frente a otras actividades económicas.

De cara al día después, la actividad agropecuaria y agroindustrial queda ubicada en un lugar privilegiado para poner nuevamente a la Argentina de pie, en un contexto global complejo y con varias dimensiones a articular.

En primer lugar, es factible que el país sea receptor de inversiones significativas para la producción de alimentos. La producción de las materias primas que la alimentación animal requiere es largamente excedentaria en la Argentina. Nuestro país exporta sin procesar más de la mitad de la producción de maíz y casi toda la producción de soja. Las condiciones ambientales y sanitarias, más la disponibilidad de forraje, pueden traccionar inversiones para la producción de cerdos, la carne más consumida en el mundo después del pescado, y donde muchos países productores están teniendo serios problemas de sanidad que limitan su capacidad productiva. Las condiciones sanitarias y ambientales del país permiten esta actividad bajo un esquema de estricto cumplimiento regulatorio, y en un esquema de “economía circular” donde se genera energía a partir de los mismos subproductos del proceso y donde otros subproductos –por ejemplo, los desechos luego de haber generado biogás para generar electricidad– se utilizan como fertilizantes de los campos que producen el maíz y la soja. Lo concreto es que transformar hidratos de carbono y proteína vegetal en proteína animal incrementa el valor de las exportaciones, genera empleo y ocupación territorial, herramienta indispensable para una política de arraigo.

Una segunda dimensión tiene que ver con incrementar los niveles de producción, pero aumentando la agregación de valor a esas materias primas. Esto marca una diferencia significativa con el modelo de la administración Cambiemos, que intentó volver a un esquema primarizante de producción de granos y exportación sin procesamiento alguno. El eje de un proceso de transformación profundo basado en lo productivo significa incrementar la productividad agrícola –la meta es llegar a 200 millones de toneladas en el mediano plazo– pero buscando el mayor nivel de transformación in situ de los granos. Por caso, además del cerdo, los biocombustibles o las energías renovables, en un sentido más amplio, son un ejemplo de lo perfectamente realizable en esta dimensión.

La tercera dimensión y la más importante es la humana, la del sujeto de nuestra política agropecuaria. La pospandemia puede resultar en la creación de una nueva generación de productores rurales, productores y productoras familiares que, sumados a la agricultura y pecuaria campesina e indígena, estén en condiciones de abastecer las demandas emergentes de los centros de consumo: abastecer demandas que valoren la cercanía en la producción de esos alimentos, que valoren los procesos con los que se obtuvieron y quiénes produjeron sus alimentos.

Ambos modelos –uno de carácter “industrial” o capital intensivo y otro de carácter familiar o de trabajo intensivo– son complementarios y se potencian para alcanzar el objeto señalado por nuestro presidente Alberto Fernández de que nuestra gente tenga la opción de dónde elegir vivir y desarrollarse, sin que lo rural resulte un ámbito expulsivo.

Uno de los desafíos que habrá que abordar es el de la conectividad informática en el ámbito de lo rural y la mejora de la infraestructura, tanto en lo que tiene que ver con los servicios como con los costos logísticos para las producciones del campo.

Nuestro Movimiento Justicialista se encuentra frente a la oportunidad histórica de mostrar, como lo hizo en ocasiones anteriores, la capacidad para conducir a la Argentina en la salida de una crisis, que en este caso no se circunscribe a nuestro territorio, sino que afecta la economía global en su conjunto.

 

Javier Preciado Patiño es ingeniero agrónomo (UBA) y subsecretario de Mercados Agropecuarios del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación.

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