La grieta y la unidad: una discusión desde las agendas sanitarias

Mauricio Monsalvo

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Dos son los desafíos que debe asumir el Movimiento en los próximos años. Uno es externo: superar la grieta. El otro interno: mantenerse unido. Un sueco recién llegado pensaría que son dos caras de una misma moneda. Se equivocaría. Trataría entonces de aplicar alguna lógica narrativa. Rápidamente pensaría que el segundo desafío puede supeditarse al primero: superar la grieta –que es más profunda, más enraizada y trasciende a los partidos políticos– puede requerir dividir nuevamente al peronismo –tan propenso él, por otro lado. También se equivocaría. Aunque la Historia podría darle argumentos, quien escribe esto piensa que dejar atrás la grieta y mantener la unidad del peronismo son requisitos necesarios para sostener la democracia en Argentina, con todo y sus deudas sociales.

El proceso de atomización, que se inició en algún momento del primer mandato de CFK (¿con la 125?) y catalizó en algún momento del segundo, colapsó en 2015 con la pérdida del poder en elecciones limpias. Se dejó en manos de Cambiemos el manejo de los resortes del Estado Nacional y de la Provincia de Buenos Aires. Incluso se perdieron municipios importantes. Las elecciones legislativas de 2017 no cambiaron ningún rumbo.

La novedad este año fue que el gobierno de coalición, que parecía imbatible en lo electoral y aceptable en algunas propuestas políticas –para ciertos sectores sociales, que incluyen peronistas varios–, falló. Fracasó de una manera rotunda. Agitó fantasmas que estaban ahí, que nunca se habían ido y que todavía pueblan América Latina. Y solo contribuyó a la división social: la grieta. Por suerte, los partidos existen y la política también la hacen personas. Políticos y políticas. Y no consultores, gurúes del big data, periodistas de toda calaña, máquinas que practican el machine learning, algoritmos que simulan evoluciones. Entonces, un proceso iniciado en la Comisión de Acción Política se consolidó en una decisión táctica que reconfiguró, a tiempo, el tablero electoral. Se revirtió así la tendencia centrípeta del Movimiento. Comenzó a operar una fuerza centrífuga en torno a la elección presidencial.

Interesan todos los planos de esa reversión. Pero estas líneas se ocupan de –o se limitan a– el sanitario. A la salud, entendida como un capítulo de la calidad de vida. En ese espacio, el proceso fue veloz. Todos los sectores, agrupaciones o inter-grupos venían trabajando sus temas, las reivindicaciones de sus propias agendas, dando batallas por sus ideales. Los encuentros y re-encuentros fueron, sin embargo, muy poco traumáticos. No hubo violencia verbal ni física en las discusiones. Ni malos modales, ni gente levantándose de la mesa. Hubo tensiones, momentos más o menos ríspidos, contrapuntos esperables en cualquier espacio de discusión política y sobre políticas. Es lo que nos gusta: si no, nos quedamos en casa o nos mantenemos en nuestras orgas, rumiando entre nosotros sobre nosotros mismos. Todos los que gustamos de la política y la militancia sabemos de qué se habla. Primer paso, cumplido.

Ahora, ¿cómo puede contribuirse a superar la grieta y mantener unido al peronismo en el plano sanitario? Tratemos de percibir qué acontece en el campo de la salud. Sinteticemos las cosas –tomemos el riesgo– e imaginemos soluciones y ejecuciones: abusando de la clasificación con fines analíticos, puede postularse que existen tres agendas en el plano sanitario. La primera podríamos denominarla “global”, en el sentido sistémico. Incluye las enfermedades crónicas no transmisibles, los desafíos –éticos, financieros y económicos– que imponen las innovaciones y los avances tecnológicos en la recuperación de la salud, la aparición de la resistencia antimicrobiana, la seguridad y la defensa de los derechos del paciente, la malnutrición y la cuestión –issue– de los sistemas de información.

La segunda agenda es la más política. Responde a intereses y demandas que pujan por hacerse un lugar en los espacios de decisión pública y tiene una fuerte impronta feminista. Incluye el tratamiento de las formas de violencia –una de las “causas externas”, como le decimos en la jerga médico-hegemónica–, con particular referencia a las cuestiones de género y de salud mental; el consumo problemático de sustancias; la educación para la salud sexual; la mortalidad materna; la atención de la discapacidad y la rehabilitación; los cuidados paliativos; y, más en general, los cuidados en el hogar o en los espacios no-hospitalarios.

La tercera agenda es coyuntural, pero crítica en el sentido vital: contiene la desnutrición y sus tragedias. Incluye la reemergencia de enfermedades, producto de la caída en el acceso efectivo de muchas coberturas. Se destaca el problema de las vacunas, quizá por la caja de resonancia que resultan ser los anti-vacunas. Pero las ineficacias del Gobierno ponen en esta agenda problemas que estaban resueltos, que requerían mejoras e innovaciones para hacer más eficientes las soluciones: las causas son las mismas. Las enfermedades causadas por la caída en las coberturas de inmunizaciones no son diferentes a los embarazos no deseados que tendremos por la falta de insumos anticonceptivos; o la reemergencia o el aumento de enfermedades infecciosas, entre ellas las que traerá la desatención de la salud reproductiva o las impericias en la distribución de preservativos; o los eventos cardiovasculares que provocará la caída en el acceso a medicamentos de los jubilados y de los consultantes a los Centros de Atención Primaria. Como “el modelo” castiga de manera diferencial, las principales consecuencias las padecen los más vulnerados: los pobres, los jubilados, los desprotegidos, los desocupados, los trabajadores informales, los empleados que no llegan a fin de mes. Las voces a las que más les cuesta hacerse oír. Los sectores de la población que siempre, más y mejor, representó el peronismo.

En esta última agenda fue clave el proceso de acercamiento de posiciones entre sectores diversos –o dispersos– del Movimiento, por ser la de mayor urgencia y más alto nivel de consensos internos. Es reversible mediante una gestión eficaz, y está al alcance de cualquier conducción capaz de no chocar calesitas ni hundirse en el pantano de los personalismos y los intereses sectarios. Se da en los espacios menos mercantilizados de la sociedad, pero tiene puntos de equilibrio que fueron alcanzados y que pueden alcanzarse nuevamente, sin amenazas relevantes en el plano fiscal. Salvo en extremos de la derecha liberal, la sociedad argentina no tiene fuerzas políticas articuladas en su contra. Sus principales amenazas son la corrupción y la tensión en la distribución de funciones entre la Nación, las provincias y los municipios.

La segunda agenda, vinculada con la emergencia del feminismo, es la que presenta mayores oportunidades de construcción política, porque no existen voces disonantes ni siquiera allí donde las diferencias generacionales y corporativas hacen mayor mella. Requiere un cambio en el plano de los valores y la cultura. En términos de políticas públicas, tiene beneficios dispersos para costos concentrados (corporativos) y dispersos (regulatorios de amplio alcance). Avances normativos y modificaciones en las reglas del juego permitirán grandes avances: las leyes de paridad, los cambios laborales, la creación de estructuras diferenciales, la democratización de las corporaciones, entre otras políticas, favorecerán progresivamente a las mujeres vulneradas en detrimento del patriarcado. Quizá sean los problemas de salud mental y la tragedia de las adicciones las fronteras más calientes de esta agenda sanitaria.

La primera, posiblemente por ser la que mayores reformas estructurales requiere, es la agenda más conflictiva. Supone redistribución de poder para la generación y asignación de recursos fiscales hoy inexistentes. Incluye una tensión creciente entre poderes del Estado: las presiones por ampliaciones de derechos particulares –por enfermedad– del Legislativo, las definiciones sanitarias a caballo de los amparos del Poder Judicial y los recursos escasos del Poder Ejecutivo. Dadas en el terreno más mercantilizado de la sociedad, interpelan la grieta de manera directa: ¿cómo vamos a pagar lo que requieren aquellos que no consumen? ¿Cómo vamos a proteger a los que consumen sin afectar los derechos esenciales de los excluidos del mercado? ¿Cómo encontramos un equilibrio entre regular, cubrir y seleccionar? ¿Cómo configuramos el sistema de salud sin abrir disputas en el plano previsional, laboral y fiscal? Es difícil pensar políticas distributivas o redistributivas sin recursos genuinos. Y cuando los recursos no están, las grietas afloran, se profundizan, se tornan más dañinas. Los equipos técnicos y los decisores políticos tienen dos responsabilidades claras: pensar y ejecutar políticas con recursos exiguos y crear condiciones socialmente aceptables para generar recursos genuinos, suficientes y pasibles de ser distribuidos. Ajuste y derrame no van. Expropiación y ley de abastecimiento, tampoco. Tendremos que pensar mejor, discutir más, innovar y afinar el lápiz.

El Peronismo, en su característico movimiento de dividirse, doblarse y plegarse sobre sí mismo, encontró una forma de expresión y elaboró propuestas en tres ejes fundamentales: el acceso a bienes y servicios estratégicos, la calidad de la atención y la equidad del financiamiento. Integró además dos ejes transversales, con formato de necesidad: la puesta en valor del talento humano en salud y la recuperación del Ministerio de Salud. Fiel a su estilo, organizó las políticas en inmediatas o urgentes –pensadas para los simbólicos primeros 100 días de gobierno– y de mediano o largo plazo. Entre las primeras se incluyeron, sobre todo, las que corresponden a la aquí denominada tercera agenda. Los problemas de la coyuntura, acunados en el fracaso redondo del macrismo y su coalición de gobierno. No se esquivó en este grupo de propuestas y respuestas la perspectiva de género, dominante en la segunda agenda –de acuerdo a la arbitrariedad analítica del redactor. Se puede afirmar entonces que existe al interior de nuestro movimiento mucho recorrido y muchas voces con poder que han hecho bien su trabajo. Los espacios del Ejecutivo y del Legislativo serán ocupados por compañeres capaces, que tienen claras las aristas de esta agenda y que darán la batalla política y cultural saliendo por encima de la grieta.

Pero, ¿hasta dónde se avanzó en la agenda estructural? Básicamente, en que es necesario recuperar gobernanza. Se requiere un ministro o una ministra de Salud con volumen político, capaz de convocar y sentar en la misma mesa la suficiente cantidad de actores. La recuperación del Ministerio de Salud no es una consigna, ni una reivindicación burocrática: es una propuesta de construcción de poder para gobernar un sistema de salud que, en el corto plazo, no va a modificarse radicalmente. Y se requieren equipos técnica y políticamente sólidos, que sepan recorrer el camino que va de la percepción al análisis, del análisis a la síntesis, de la síntesis a una resolución, y de la resolución a la ejecución.

También se avanzó en imaginar dos espacios de intervención claves desde el Poder Ejecutivo Nacional. Por un lado, la creación de condiciones para desarrollar una Estrategia de Atención Primaria de la Salud. Apuntalada con programas verticales mejorados, más integrados y conscientes de la territorialidad; orientada por la promoción de la salud y la prevención de enfermedades; preocupada por los determinantes sociales; y con eje en mejorar la calidad de vida. Atravesada, se insiste, por una perspectiva de género. Por el otro lado, la generación de infraestructura física y comunitaria, tecnología y capacidades sanitarias para el abordaje de las patologías complejas. Consolidada, a su vez, por redes de complejidad creciente definidas, sistemas de información que faciliten la tarea en lugar de complicarla, telesalud, redes informales y de personas. Orientada por la evaluación de tecnologías sanitarias; preocupada por la cobertura y el acceso.

Ambos planos de intervención deben estar centrados en la persona y sus derechos, y preocupados por la calidad de la atención. Requieren poner en valor el talento humano sanitario argentino y exigen el uso racional de los recursos disponibles y por disponer. Si la solución es peronista, la ejecución será alguna forma –¡ojalá avanzada e innovadora!– de concertación. El capítulo Salud del documento elaborado por los Equipos Técnicos del PJ expresó el proceso inicial. El próximo paso está por darse. El camino es complejo, pero la magnitud de la crisis que padece el sistema crea una oportunidad: en esta coyuntura, a todos los actores les conviene cooperar. Conducir esa cooperación es la clave para superar la grieta y sostener la unidad.

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